RELATOS esperpénticos y kafkianos (II): “Me fui sin pagar de un sacamuelas”.

«Saturno devorando a su hijo» Don Francisco de Goya y Lucientes.

Fue en una clínica del madrileño distrito de Retiro, una de esas franquicias tremebundas que parecen más un pequeño hospital que una clínica de piños. Fui a que me hicieran un empaste, poca cosa, vaya; pero yo intuí que algo raro pasaría, pues cuando fui a que me dieran presupuesto para el arreglo de mi supuesta dentadura dañada, me hicieron uno de más de 2 mil pavos… en el cual incluían necedades como cobrarme por la endodoncia y reconstrucción de 2 molares y, a la vez, por su extracción… jajaja. “Caballero, aquí tiene el presupuesto de construcción de su casa y de su demolición posterior”.

¿Cómo se puede ser tan gilipollas? ¡ah! Que no son gilipollas los galenos, sino que pasan absolutamente del paciente y lo necesitan como fuente de ingresos: la enfermedad o su tratamiento son secundarios. De hecho, mis terribles problemas dentales comenzaron a mis 25 años, por hacer caso a un amigo y hacerme un seguro dental para la extracción de una muela del juicio, que me la hicieron tan rematadamente mal, que necesité 16 puntos y 3 visitas de urgencias a sendas clínicas dentales tremebundas asociadas a la primera. ¡4 intervenciones para la extracción de un molar! ¡16 puntos en total! (casi tantos como los paupérrimos 18 puntos que anotó el F.C. Barçalunya en toda una primera parte de un partido de baloncesto, la Final de Copa de 2022… qué encima ganaron… imaginad la calidad del rival… la peor anotación de la historia, en una primera parte…y campeones).

Los mejores 4 puntos que me dieron fue porque, a pocos días de los 4 que sumaron 12, noté como una telilla en la encía… ¡y era un trozo de tela que sobresalía de ella! El sacamuelas había olvidado ahí un trozo de tela de la que usan para no sé qué pollas, creo que para limpiar al herida abierta. Y nada… a abrirla, sacar la tela olvidada y coserla, otra vez. En los segundos 4 puntos, los que sumaron 8, la historia es como de película de terror: me masacraron la muela en Leganés, y yo vivía en Retiro (para recochineo en la Calle 12 de Octubre – como el hospital –). Me tenía que poner gasas por doquier, porque eso no paraba de sangrar, y tuve que ir a una dirección de la central de la clínica, a tomar por culo, para que me vieran el estropicio. Iba, literalmente echando sangre por la boca sin parar. En el metro iba empapando pañuelos de papel de toda la sangre que rezumaba mi boca, en un torrente que las gasas apiñadas en el hueco donde estaba el molar, no podían contener ni de coña.

Al llegar a la clínica, las de recepción fliparon y, dejando todo lo que tenían entre manos, me pasaron a una consulta -quirófano, donde una dentista y una enfermera por poco se desmallan al abrir yo la boca y ser eso como un geiser de películas gore de serie Z.

  • ¡Ay, dios mío! Nunca he visto esto – dijo la asustada dentista, taponando como podía mi sanguinolento géiser – llama al doctor Fulanito.

Y el Doctor Fulanito, ya mayor y curtido en carnicerías bucales múltiples, sin inmutarse hizo 4 maniobras y me cosió el géiser. Buen comienzo de tortura bucal tuve, vive Dios, y de ahí hasta el infinito de la ignominia y más allá.

Retomo el título del relato y lo acabo tumbado en el sillón de tortura de la consulta, para que me empastaran un premolar. Eso parecía el pasillo aledaño (daño no me hicieron, por la tremebunda anestesia de caballo que ponen ahora los hijos de puta que no quieren perder un segundo y ya no ponen esa dosis lenta y de poca carga anestésica, y casi inocua, que obligaba a esperar 10 minutos hasta que hacía efecto. Qué va, ahora según te jeringan te hurgan) al camarote de los Hermanos Marx: no dejaban de pasar tías – no vi un solo hombre, salvo pacientes – a preguntar cosas administrativas, y médicas, a la dentista que me hurgaba sin parar. Ninguna iba embozalada y me hablaban pegadas a mi buzón… muy aséptico no es que fuera. Al acabar, pues a soltar la mosca en la planta de abajo, en recepción. Con una sonrisa profident, la nena de recepción me saca una factura de casi 100 pavos, cuando el empaste eran 60, que ya tenía yo sobre la mesa.

La recepcionista insistía en que la cuantía era mayor, y yo que no, enseñando el presupuesto y mi cita para ese día, que dejaba claro: “empaste de tal piño, 60 napos”. Como el efecto de la anestesia para solípedo dura muchas horas, yo no podía hablar bien y hasta se me caía algo de baba, fijo. Pero ante la tozudez de la moza, tuve que hablar:

  • Habé, mia el pefupueho ehte. Ehenta euos. Cóbate y ya tá – dije en idioma de anestesiado bucal.
  • No, caballero, son (casi 100).
  • ¡Qué no!
  • ¡Qué sí!
  • ¡Me cagon Dioh! Coba ehto o me pio sin pagá  – dije ofreciéndole, de nuevo, los 60 machacantes.

Llamó a la directora, gerente o lo que fuera la zorra malfollá jefa de la clínica de los horrores, que bajó a aclarar el malentendido.

  • Tiene que abonar (casi 100 pavos) porque le han puesto (no sé qué) a parte del empaste.
  • Eho no ehtá en el peupueho – dije mostrando el papel de antes.
  • Cierto, caballero. Llama a la doctora Menganita – le dijo a la recepcionista.

Bajó la doctora y dijo que me había puesto (no sé qué), efectivamente.

  • Pueh a mí no me ha diho ná.
  • ¿No ha informado al paciente?
  • No, se me pasó.
  • Cao, oño, si ehtabah to ato habando con otas tíah
  • Pues su obligación era informar, previamente, al paciente – dijo la jefa en tono de reproche – Sea como sea, tiene que abonar (casi 100 euros).
  • Y una poha, o te joe. Pago lo pehupuehao.
  • ¡Qué no!
  • ¡Qué hí!

Y ante lo pesada y exigente que se puso, me guardé mi pasta.

  • Que os fohen, no pao ná. Ma salio baato el empahe.
  • ¡Oiga! No puede irse sin abonar el importe de la intervención.
  • ¿Qué no? Mia como me pio, giipollah.
  • ¡Pues pase ahora mismo a otra consulta, para que le quitemos lo que le hemos implantado!

Hay empecé a descojonarme y a limpiarme la babilla que caía, de mi boca dormida, al hacerlo.  Y ella no paraba de gritar, señalando a una consulta, que entrara inmediatamente en ella, mientras yo caminaba, lentamente, por el enorme hall, hacía la puerta. Y la tarada gritando y llamando a gritos a una especie de “seguridad” para que no me dejaran salir. Y yo ríe que te ríe, señalándola con el dedo a ella y luego a mi sien en el gesto de que ella estaba como las maracas de Machín.

Durante años estuvieron mandándome cartas a la casa de mis caseros, en Hediondo Puente de Bellacos, para que pagara, con amenazas de multas de la hostia y no sé qué consecuencias civiles y hasta penales, si no pagaba. Pero eso, a un tío insolvente y sin cuenta bancaria como yo, se la trae floja.

2 respuestas to “RELATOS esperpénticos y kafkianos (II): “Me fui sin pagar de un sacamuelas”.”

  1. Gracias por este artículo… (me he reído a gusto, imaginándome la escena, tan real). Yo también tengo más de una historia para contar sobre el escamoteo compulsivo de los dentistas. ¡Qué gente, que tipos! Me atrevo a afirmar que si no hubiera acudido nunca a uno, tal vez (no descarto la idea en absoluto) JAMÁS hubiera necesitado de su «ayuda» en toda la vida… Yo he hecho la prueba de acudir hasta a 3 dentistas diferentes para recibir… 3 diagnósticos totalmente diferentes…!¡Joder, pero absolutamente diferentes…! En uno te decían que tenías 7 muelas cariadas, en otro 5 y gingivitis, en otro una necesidad de hacer endodoncia a 4 dientes (que no eran ni los mismos que los otros). ¡Panda de ladrones! Si uno tiene la inmensa suerte de encontrar a un dentista honrado en la vida… ¡que dé las gracias al altísimo! Muy buen artículo. Aquí, un artículo que da fe que esta es una realidad habitual… (ya sé, obviemos lo de El Confidencial… lo importante es el contenido): https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2018-12-30/experimento-cientifico-dentistas-timos_1724130/

    • Gracias al advenimiento de la cirugía estética, los dentistas están aflojando algo en su maldad contra la salud bucal de sus pacientes, y tienen su panacea en los clientes que, teniendo la boca sana, se la quieren cambiar entera (o en partes) por estética. Así que ya no necesitan tanto jodernos la vida a los que nos suda la polla tener la dentadura de un camello o la de un actor de Jollibud. Lo que nos interesa es que sirva para ayudar a ingerir alimentos, y que no nos duela ni nos cause otros problemas de salud.

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