RELATOS esperpénticos y kafkianos (IV): «Me fui de Córdoba por falta de sueño, no de sueños».

«La chiquita piconera» Julio Romero de Torres.

 Año 2006, Córdoba (España). Yo currando de “Jefe de tó” como dijo mi verdadero jefe a la de (no sé qué era eso, si una gestoría o un organismo oficial… no me fijo en nada legal) que nos preparó el contrato para trabajar yo de encargado, camarero y gestor cultural de una mítica taberna/pub en Córdoba (“La espiga”) ya derruida (era un edificio de 3 plantas, aquí podéis conocerla). Apostillo que mi contrato fue el mínimo legal posible, el 90% lo cobraba en negro… no por decisión mía, sino de quien me contrata… es la historia de mi vida laboral remunerada, sólo tengo cotizados 4 años habiendo currado muchísimo más.

Sólo estuve 2 meses, pues mi salud física no aguantó más por algo que ahora explicaré, pero os aseguro que fueron 2 meses tan intensos que se tornaron en más de 2 años, bastantes más, de cualquier vida normal. Anteriormente estuve más de año y medio seguido viviendo en Córdoba y trabajando como gestor cultural en ese mismo lugar y de tabernero en otro mágico lugar que tampoco existe ya, y era del mismo dueño/gran amigo mío de La Espiga. No entro en las mil situaciones maravillosas, que para muchos serían infernales, ojo que te la cojo, que viví tan sólo en esos 2 meses; me centraré en un ejemplo de lo kafkiano y valleinclinesco, que son el marco de esta serie de relatos.

5 años antes me tiré 3 meses en Eivissa, currando de ayudante de cocina de un hotel de 5 estrellas y durmiendo 4 horas – de media – al día. Yo era todavía más toro (aunque igual de polienfermo físico, pero yo soy de los que obvia las limitaciones corporales… hasta que sobrepaso mi límite, que está altísimo, en cotas que nunca han alcanzado los falsos proyectos espaciales, que son todos). El caso es que, aquellas 4 horas al día eran de descanso total, en condiciones paupérrimas de alojamiento… pero sin ruido, que es lo principal para dormir, porque la luz la puedes paliar con antifaz.

Lo que provocó mi salida de Córdoba fue el ruido, algo tan simple como eso.

Yo acababa mi jornada laboral (6 días semanales, descansando cuando los católicos pese a ser yo agnóstico) sobre las 4 de la mañana… y el ruido en Córdoba empezaba poco antes de las 7… pese a vivir yo en la judería, la mejor zona de la ciudad – la menos urbana – y una de las mejores del mundo que conozco. Como mucho 3 horas de descanso al día. Probé con tapones… y eso era casi peor, porque por lo menos a mí, meterme una pelota de frontón hasta la trompa de Eustaquio, como que no me iba bien: me atronaba la vida desde dentro de mí. Me disturbaba mi engranaje…

El primer mes viví en la buhardilla del local, un lugar precario pero entrañable y bohemio. Y lo compartí con mi novia que venía a verme desde Madrid, y al final se lo dejé a colegas puntuales que ídem. Mi fidelidad a esta novia hizo que me perdiera más de 3 veintenas de polvos (mínimo uno al día, de media) y, tal vez, una relación fructífera de haberse iniciado…con una mujer llamada Pilar, que estaba loca por mí y era “magisma” por dentro, por fuera y en plan profesional (era bióloga)… yo ligaba tanto, sin pretenderlo, que esto era lo normal en mi vida; y cuando lo pretendía, pues imaginad, una Babilonia era aquello; pero echaba el freno cuando alguna mujer me hacía “Tilín” de verdad. Y se apeaban todas las demás. Recuerdo a una rubia descerebrada que estaba cañón y estuvo en mi casa de 2005, donde le pinté algunas uñas de los pies, en mi sofá… pero se fue a follar con mi amigo que me traje de compañero de piso, porque él le daba farlopa…adquirida con mi dinero… pero eso es otra historia. Esa tía, Laura, me escribió una nota en una enorme tarjeta postal (de metro  y medio) que me dedicaron los clientes y mis empleados el día que me fui, como despedida en un fiesta sorpresa que me prepararon: “Para el encargado más buenorro e inteligente”. “Esa rubia te pone las tetas en la boca” Eso no lo ponía en la postal, sino que lo decía mi novia, porque era verdad.

Viendo que era imposible vivir ahí, empecé a buscar piso y, en el ínterin me quedé en un cuarto de mi antigua casa unos días, yo sólo… pues me dieron las llaves los actuales inquilinos, que la cogieron al irme yo meses antes. Pero estos inquilinos (entre ellos la hija de mi amigo/jefe y ex compañera de curro, que me tiraba los trastos descomunalmente y estaba muy buena… pero ahí sí que no quería meterme ni loco) eran jóvenes y liaron unas del copón en el piso… que llegó a oídos de mi casero y les echó… y con ellos a mí. Ahí sí pude dormir algo, 2 o 3 días.

Al mes siguiente encontré un preciosísimo estudio (perdón por la expresión cursi mariquita, pero es que lo era) en la Plaza de Abades, un lugar extraordinario de la Judería… en ese mes, 1001 historias que contar sólo de ese sitio y toda la gente que pasó por él, como en el otro. El caso es que antes de las 7 de la mañana, la resonancia de las estrechas calles hacía imposible vivir allí. Simplemente los tacones de una mujer parecían martillazos junto a mi almohada.

Una mañana decidí irme a un hostal silencioso para dormir todo lo que pudiera hasta que tuviera que abrir el garito, que era sobre las 19h. Cosa rara eso de tener un alquiler y tener que buscar alojamiento. Pues nada… recorrí mogollón y todos completos. La oferta hotelera de Córdoba es escasa y la demanda la desborda.  Ya resignado a pasar otro día más de vigilia, con lo que eso acarreaba de recrudecimiento de mis enfermedades óseo-articulares– musculares (soy lisiado oficial, con carnet de Papá Estado, pero sin paga alguna porque yo paso de ser paniaguado y ni me dejan serlo, que tampoco soy gilipollas del todo a estas alturas de mi vida), pero recordé que el año y medio anterior iba con frecuencia al cine de la Filmoteca de Córdoba (análogo a los famosos Doré de Madrid), una sala vacía, pues ponían pelis buenas, no comerciales y a horarios intempestivos. 1 euro me costaba cada peli. “¡Allí puedo dormir, por lo menos 2 horas!, al arrorró de la peli y la oscuridad. Y allí que me fui, ilusionado, porque la sesión empezaba a las 11h.

Ponían un bodrio lamentable que jamás hubiera visto… pero como yo iba a dormir, pillé la entrada. “La niña de tus ojos”, con eso os lo digo todo. Al aproximarme a la sala de proyección, oí algo que jamás había oído… ruido de gente. Al entrar el ruido se tornó en jolgorio, algarabía… “¿qué coño era eso?” El cine estaba casi lleno… y de ancianos. Hui a la taquilla para preguntar qué pasaba. Resulta que era el día del jubilado, o algo así, y una de las actividades  programas para cientos de ellos era ver esa peli y gratis…  Entré y me puse todo lo alejado que pude de ellos, con la esperanza de que al empezar la peli cesara el jolgorio y pudiera echar una merecida cabezadita… pero qué va, eran peor que niños. No paraban de jugar, de gritar, de “putearse” entre ellos… tuve que largarme de allí a los 10 minutos, porque una cosa era no poder dormir y otra la tortura de soportar tamaño bodrio de peli.

Así que tuve que abandonar Córdoba, por no poder dormir debido a mi horario laboral. Vaya tela, ¿eh?

3 respuestas to “RELATOS esperpénticos y kafkianos (IV): «Me fui de Córdoba por falta de sueño, no de sueños».”

  1. Avatar de Rafael López
    Rafael López Says:

    A mí no me engañas, César, saliste del cine porque te miró mal el director de la película de marras.

    Has de ser más indulgente con las personas de la «tercera edad», al fin y al cabo el año próximo, si Dios quiere, cumpliré los 60, y pasaré a ser un juntaletras invernal.

    Un abrazo,

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