RAFAEL LÓPEZ: La pena de muerte

El asunto de la pena de muerte se aborda, desde hace tiempo, desde una perspectiva tremendamente hipócrita y burriciega. Ya les anticipo que ésta carta es un alegato en favor de la pena de muerte en su sana, y natural, concepción.

Por desgracia la pena capital se está tratando, desde hace lustros, pro-victimario, en vez de pro-victima, consiguiendo su estigmatización social, y éso es un error gravisimo. Y me explico para lo cual utilizaré, la mejor ayuda posible, dos buenos ejemplos:

Siempre he considerado, y considero, que una violación es peor incluso que el homicidio, porque implica una muerte en vida, que es mucho peor. Si una alimaña viola a una mujer, ¿que haría un Padre, o un Hermano ante esa agresión, incluso tiempo después de ocurrida?, la respuesta todo el mundo, que no sea un malnacido, un oligofrénico o un sectario, la conoce. Pero incluso, sin ser un familiar, cualquier biennacido actuaría, en caliente, de la misma manera, y no le ocasionaría ningún tipo de remordimiento porque sería un acto incuestionable de legítima defensa en favor de la inerme víctima. Sin embargo nuestras buenistas leyes privilegian al criminal: en primer lugar, no concediendo a la policía discrecionalidad para descerrajarle dos tiros, a ésa inmundicia antropomorfa cuando acuden y el crimen se está cometiendo, o acaba de materializarse. En segundo lugar, y en frío, la aplicación de ésas mismas leyes pro-violador auguran, demasiado pronto siempre, una suelta del mismo a sabiendas de las inclinaciones a la reincidencia de éstos degenerados. El culpable de la primera violación es el malnacido que la atacó en su dignidad más íntima, pero las siguientes víctimas son culpa principal de un sistema penal depravado, malparido por unos malgobernantes sin escrúpulos ni conciencia, que privilegian al criminal.

No son infrecuentes los casos de carnuzos multivioladores que agreden a decenas de mujeres, ésta aberrante realidad pone de manifiesto que todas las víctimas, menos la primera, se hubiesen evitado con la aplicación de una sentencia correcta, y éso justifica, más que ampliamente, la aplicación de la pena de muerte para este tipo de crímenes. A mí ésto de que son enfermos, de las terapias químicas, de los alejamientos (contra su última víctima, tal vez, pero ¿qué hay del resto de sus potenciales futuras víctimas?), etc., etc., me parecen unas estupideces colosales. Y, por supuesto, no se trata de que estén a la sombra el resto de sus días (mínima pena que debería estar vigente en éste país de pusilánimes, y sin ridículas revisiones ¡por supuesto!), sino de que los ejecuten, y que introduzcan sus siniestros, e inmundos, restos en una caja de pino para colocarla a dos metros bajo tierra.

El segundo ejemplo es el de un caso que leí hace tiempo, y que me estremeció profundamente: un carnuzo que violó, mutiló, torturó y asesino a una mujer con una crueldad, y saña, sobrecogedoras. Aquí ni siquiera hace falta el ejemplo parental, o filial, del caso anterior, porque cualquier ser humano, digno de esa categoría, al conocer las atrocidades de ése despojo orgánico actuaría en consecuencia matando a esa alimaña, en caliente, en frío o en templado.

Normalmente se dice ésa estupidez de que no se debe legislar en caliente, pero los casos que he comentado son reales, pasaron hace lustros, y mi indignación sigue, si cabe, más agravada que cuando ocurrieron los crimenes. Las victimas primeras no han sido resarcidas, y las siguientes ni les cuento, por culpa de la falta de previsión de una legislación acomplejada y criminal. Es más dejarán en libertad a las alimañas, que cometieron ésos crímenes, para escarnio de sus victimas, o sus familiares.

Habrán observado que he utilizado el término alimaña con relativa profusión, en ésta carta, y lo he hecho con plena conciencia, porque los que nos hemos criado en la España profunda sabemos que a las alimañas, sencillamente, se les chafa la cabeza, sea con una piedra, con una estaca, con el pie, o con lo que  se tenga a mano, pero no se les deja con vida jamás.

Desgraciadamente el sistema penal español está diseñado para zaherir a los robagallinas y a los que molestan a los poderosos, porque actúan con naturalidad y sentido común, en vez de seguir las desquiciadas normas de conducta que imponen éstos globalistas hijos de perra. Seguro que conocen el caso de un hombre de edad avanzada que, defendiendo su hogar y su vida, le pego un tiro a una alimaña que, armado con una motosierra, entró en su casa para vete tú a saber qué. Resulta que ese buen hombre, que en una legitima defensa de manual, defendió su vida, y su morada, lleva en la trena desde el primer día. Basta ojear cualquier basuriento medio de desinformación para sentir náuseas ante la indulgencia judicial, policial y legislativa que se concede, a diario, a catervas de malnacidos.

Tal vez piensen que son casos poco representativos, pero discrepo, profundamente, de semejante criterio, porque son reales y éso, en sí mismo, justifica la prevención, pero, además, ejemplifican unos comportamientos, y una falta de humanidad, de los victimarios que los hace indignos del divino don de la vida.

No hace falta que les diga la indulgencia que siento hacia los desquiciados terroristas que ponen bombas en un cuartel, o en un centro comercial, o ésos valientes gudaris que asesinan con un tiro en la nuca. Aunque, posiblemente, el más repugnante de todos sea el caso del siniestro carcelero que retuvo en un zulo durante año y medio a su victima, y cuando fueron a realizar indagaciones, para liberarlo, fue tan hijo de perra cómo para callarse e intentar dejar morir de inanición a su victima (afortunadamente la Guardia Civil supo desenmascararle y liberar al prisionero).

El otro día César realizaba un muy atinado comentario sobre la palabra honrra. Para devolverle la cortesía, realizaré una breve divagación: se han dado cuenta de lo siniestra que es la palabra zulo, es sucia, repugnante, no hay frase que no la envilezca, ni pringue, con su presencia. Hay palabras con significados similares cómo la poderosa ergástula, o incluso la palabra cárcel, que permite su uso hasta en canciones de amor.

Cómo cuando se publique está carta, salvo imprevistos, será martes de carnaval, quiero dejarles con un tema musical, para aligerar algo el contenido de esta carta, es el cantante grancanario Braulio, autor (y también interprete en el vídeo adjunto) del tema «En la cárcel de tu piel».

Adiós

P.D.: éste miércoles, 2 de marzo, es Miércoles de Ceniza, fecha de inicio de la Cuaresma, tiempo de reflexión siempre necesario, pero, de un tiempo a esta parte, más que nunca, por la omnipresencia del Mal globalista y su degenerada ingeniería social.

Deja un comentario