Les traigo a este magnífico blog de Don César Bakken Tristán una nueva joya cinematográfica. El título es el que ilustra la cabecera del artículo y es una coproducción cubano-mejicana del año 1955, dirigida por Tulio Demicheli.
Es una historia de pasiones febriles, diría que hasta volcánicas; contada con la elegancia de aquellos primorosos años, sin que por ello pierda un adarme de intensidad. Está rodada íntegramente en Cuba, un par de años después de que se hubiesen dado los primeros pasos de la sanguinaria llegada de “los barbudos” que convirtió la isla en su cortijo particular ¡vaya revolución más siniestra!.
Tal como he dicho, esta cinta está rodada, íntegramente, en Cuba. Seria interesante contrastar como eran y como son los lugares donde se desarrolla la historia.
En fin, no me quiero desviar (aunque todo sea material de interés) y prefiero invitarles al disfrute de una historia entretenida y bien contada, en el clásico metraje cinematográfico de la hora y media. Cuenta la cinta con la imponente presencia del galán español (¡y universal!) por antonomasia y de una de las exuberantes bellezas del cine mejicano de aquellos áureos años.
Jorge Mistral y Miroslava (permítanme la descortesía de poner primero al hombre, pero mi filiación por el actor de Aldaya está bien documentada) realizan unas interpretaciones de gran intensidad. ¡Qué delicia de película!, pasiones desatadas sin nada de sexo, desnudos, ni ná de ná. Así da gusto, todo está debidamente contado, sin que hubiesen recurrido al cotidiano peaje carnal, tan habitual, desde hace lustros, en este valle de lagrimas artístico en el que estamos inmersos.
En fin, una obra de primer orden por su sencillez. Me agrada que se entienda todo sin necesidad de chorradas. Nos hemos acostumbrado tanto, en estos tiempos aciagos y de tribulaciones, a que una caterva de buenos para nada pontifiquen sobre el cine, que una película tan tórrida como ésta resulta jovialmente refrescante.
Consideré prudente no extenderme más en mi anterior artículo, porque disponía de material para más y opino que estas píldoras nostálgicas es mejor tomarlas poco a poco.
La mecanización va indisolublemente ligada a la desaparición del mundo rural. En estos tiempos aciagos y de tribulaciones observa uno, atónito, como una clase urbanita desconocedora de todo, pontifica, a diario, sobre cuestiones de agricultura, caza, montes y ganadería. Por desgracia, legiones de indoctos, que no tienen ni puñetera idea de nada, compran esas mercancías averiadas.
Relataba, el otro día, la cantidad de trabajos que se tenían que realizar durante la cosecha, todos ellos de una exigencia física considerable. Les aseguro que nadie que estuviera corbella en mano, toda la jornada, desconocía en que parte de su anatomía se encontraban los riñones, aunque no hubiese ido a la escuela ni un solo día de su vida. Pero la siega era sagrada porque suponía la obtención del sustento doméstico para todo el año, tanto desde el aspecto alimenticio por el trigo convertido en pan, así como por el pienso para las caballerías y los animales de corral que componían el sustento proteínico familiar (cerdo, gallinas, conejos, etc.). También, por supuesto, suponía la fuente de recursos económicos familiares obtenidos a través de la venta de los excedentes de trigo y cebada.
Indudablemente, esos exigentes trabajos manuales hicieron florecer una serie de maquinas que trataran de aliviarlos en lo posible. Iré mencionando algunas de ellas, sin orden ni concierto:
La primera de la lista es la aventadora. Esta maquina tenía como finalidad sustituir la actividad de aventar la mies a mano. Estaba compuesta por una serie de cribas metálicas que iban separando el grano de la paja. Aunque la tracción, durante su funcionamiento, seguía siendo manual, tenía la ventaja de que aunque no hiciese viento se podía aventar igualmente.
La empacadora. Esta maquina recogía la paja que las cosechadoras expulsaban, para compactarla, mediante un par de cuerdas, en unas balas llamadas alpacas, que tenían forma de prisma rectangular y de unos 25/30 kg de peso. Ese formato permitía el almacenamiento de una forma mucho más eficiente, tanto en pajares como en unos espacios con techumbre situados en las eras (¡maldita memoria! no recuerdo el nombre que tenían). Hasta la aparición de esta maquina la paja se almacenaba a voltero en el pajar con las angarillas.
Ahora existen también empacadoras, pero su compactación es más contundente al formar unos cilindros chatos de gran volumetría y peso que sólo se pueden manejar con maquinaria. Diríase que se ha industrializado la compactación y el manejo de la paja.
De todos modos la máquina estrella que supuso una transformación radical en los quehaceres relacionados con la recolección del cereal ha sido la máquina cosechadora. Esta máquina fruto de la evolución de las arcaicas precedentes, de escaso recorrido y versatilidad (como la gavilladora, el trillo de discos, las segadoras, la trilladora) integró la casi totalidad de las tareas inherentes a la recolección del cereal.
Las cosechadoras modernas cortan, en primer lugar, la planta del cereal por la base del tallo (la función que antaño se hacia a mano con las corbellas), introduciéndola en un tornillo sinfín que ira cortando el tallo haciendo las antiguas funciones del trillo. Posteriormente una serie de cribas (parecidas a la aventadora) separan el grano de la paja. El grano se va almacenando en un deposito que lleva la propia máquina de unos 4.000 kg, mientras que la paja es expulsada. Cuando el depósito de cereal esta lleno, la cosechadora, mediante un tubo sinfín, habilitado al efecto, lo expulsa dejándolo caer sobre el remolque, o camión, que lo llevará al silo o almacén.
Es decir, las fatigosas tareas que antes ocupaban varias semanas ahora las realiza una maquina en dos o tres jornadas. ¿Sirve para algo recordar estas antañas maneras en las que el hombre se relacionaba con la naturaleza? Creo que sí. No soy un nostálgico de aquellos trabajos en que nuestros ancestros tenían que trabajar tan duramente para llevarse el pan a la boca. En primer lugar, ahora seríamos incapaces de exigencias físicas de ese nivel, pero considero que no debemos olvidarlos nunca para, como suele decirse, “tener los pies en el suelo”.
En estas sociedades modernas, tan tecnológicas, nos olvidamos con frecuencia de la importancia de la comida. Nos hemos acostumbrado a comprar, sin esfuerzo alguno, una barra de pan o un kilo de carne, pero dichos productos han requerido del trabajo de la tierra y la cría de ganado. Los que son algo más mayores que yo, y los de mi generación, nos iremos pronto de este infierno en la Tierra en que han convertido el solar patrio, pero debemos trasladar a las nuevas generaciones, aunque sólo sea un adarme, ese formidable legado para que lo conozcan y minimizar que sean tratadas como reses (¡qué es como ya nos tratan a todos!).
Si hace unas semanas les recomendaba el tema discotequero “I love de night life”, compuesto e interpretado por la estadounidense Alicia Bridges, hoy pondré melodía a mi artículo con otra artista useña, me refiero a Suzy Quatro, con el tema “She’s in love with you”. Es una canción del año 1979, sólo un año después de la recomendación mentada anteriormente, y sigue inmersa en esa explosión sonora de la música disco. Aunque el verano es temporada baja para ese tipo de turismo, creo que esta canción es perfecta para la nostalgia de esos ancianetes (quintos míos) centroeuropeos que nos visitan y se alojan en los hoteles playeros, amenizando sus veladas con un repertorio para el que este tema va como anillo al dedo.
Desconozco cuantos artículos escribiré de esta saga, pero quiero traer, a este magno blog de Don César Bakken Tristán, recuerdos de mi infancia, mejor dicho un testimonio de otro tiempo.
Desgraciadamente, por mi edad no puedo apoyarme en personas, muy queridas y cercanas, que conocieron dichas realidades muchísimo mejor que yo. La mirada de un niño suele ser, en algunos aspectos, limitada, impresionable e incompleta, pero no por ello carente de veracidad en lo esencial. Convencido de esa certeza, les mostraré algunos de mis recuerdos infantiles.
Habiendo nacido en el Aragón profundo, que es el Aragón entero, mis recuerdos estivales están asociados a la siega. Es la intensa actividad agrícola realizada, principalmente y dependiendo de la climatología, durante el mes de julio. Hay una película bastante apañada de Juan Antonio Bardem titulada “Los segadores” (se retituló, por motivos que desconozco, como “La venganza”) del año 1958, que retrata, relativamente bien, el quehacer de esos segadores que, de sur a norte, iban, de pueblo en pueblo, por la España cerealista de los latifundios (como siempre, les adjunto un enlace donde ver la película al final de mi artículo).
Los toques comunistoides del director resultan, con algo de paciencia, tolerables. Además, y muy principalmente, la presencia del imponente Jorge Mistral supone, en si misma, un formidable argumento para ver la cinta. Porque estamos hablando de ese actor y de la década de los 50, una ecuación de primer orden e imbatible, para cualquier persona a la que le guste el buen cine y un espléndido galán.
Retomo el eje axial de mi relato, indicando que la climatología resulta esencial en esta actividad, al marcar en qué momento se realiza la siega. Así, y generalizando, en Andalucía y Extremadura van más adelantadas, mientras que en zonas más frías, como las de Castilla y Aragón, el momento de la misma se produce uno a casi dos meses más tarde. Esa acomodación de la actividad a los ciclos climatológicos era la que motivaba ese periplo laboral de los segadores durante el verano, mostrado en la película antes reseñada.
La siega tradicional se componía de diversas actuaciones. La primera era la que da nombre al nombre genérico de la actividad, y se realizaba a mano, con una hoz, o corbella, formando después unos atados llamados gavillas que se acarreaban (con carros y galeras tirados por caballerías) hasta el pajar. Si no se barruntaba lluvia se sacaban las gavillas del pajar, esparciéndolas en la era para efectuar la trilla. Consitía esta actividad en, mediante un par de caballerías que tiraban de un trillo (una especie de tablero de madera grande en cuya base llevaba incrustadas unas afiladas piedras de pedernal), realizar continuas pasadas sobre la parva. Mediante unas horcas se iba moviendo la mies para que el pasar del trillo alcanzase a toda ella. Con esta actividad se conseguía triturar la paja.
Ya después se habilitó maquinaria, pero originalmente después de la trilla se aventaba. Esta labor consistía en, con una horcas, lanzar la mies al aire. Como el grano pesa más, caía en una zona cerca del labrador, mientras que la paja, llevada por el viento se iba depositando más lejos. De esta manera se separaba la paja del grano. Normalmente el grano se ensacaba en talegas y sacos para llevarlo al granero, donde se tendía para que se orease; mientras que la paja, mediante unas angarrillas, se llevaba al pajar.
Para las labores de ensacar la mies se utilizaba una barcilla (les adjunto una foto al final, porque tiene distintos nombres según las regiones, pero la de la imagen es idéntica a la que había en mi casa), que se complementaba con una pieza de madera de un par de palmos de larga por un geme de alto, ligeramente cóncava que además servia para enrasar. Por más que me he estrujado la sesera, no he conseguido recodar el nombre de ese utensilio. Tal vez fuese gamella, pero no me atrevo a aseverarlo.
Antes comentaba lo de la lluvia porque si se mojaba la mies había que esperar a que se secase porque húmeda no valía para la trilla, debido a que las piedras de pedernal (técnicamente sílex) no conseguían cortar la paja. Asi que si estaban trillando y se ponía a llover, a toda prisa tenían que recojer la parva para meterla de nuevo en el pajar.
Creo que he explicado lo principal de la siega, tal como se realizaba, en muchos lugares, hasta hace 60 años. Después aparecieron maquinas, que debido a la extensión del actual artículo comentaré en el próximo. Inicialmente eran arcaicas (aunque liberadoras de las fatigosas tareas inherentes a la cosecha) para ir evolucionando, muy rápidamente, hasta las modernas cosechadoras que realizan todas estas labores con la sola participación del conductor de la máquina.
Les traigo a este insigne blog de Don César una delicadísima joya del cine estadounidense. Me refiero, por supuesto, a la que da título a mi artículo-recomendación. Es una cinta del año 1937, dirigida por Leo McCarey, en la que no me duelen prendas es destacar a la actriz Beulah Bondi, quien realiza una interpretación de primerísimo orden llena de sutileza y sensibilidad.
Para quien conozca la historia, les aseguro que se conmoverán tanto como la primera vez. Y para los que sean tan osados de atender mi recomendación les auguro 90 minutos entrañables, con una historia que va directa al corazón.
Afortunadamente, ahora somos tan modernos, progresistas y libérrimos que, gracias a Lucifer, no tenemos que soportar este tipo de cine casposo, retrógrado, ficticio y profundamente sensiblero.
El cine actual tan culto, real y creativo sublima los más inspirados anhelos artísticos de la especie humana. Porque estas obras modernas llenas de mamporros, sexo y escatología nos muestran ese camino a la perfección, definido por Oscar Wilde, por el que “la vida imita al arte”.
Por supuesto, Aristóteles había defendido, 2.200 años antes, todo lo contrario, al indicar que es el arte el deudor de la realidad. Ustedes pueden posicionarse con el irreverente y talentoso irlandés o con el sabio griego. Personalmente creo que el estagirita está más acertado, porque el arte se ha ido degenerando a raíz de una sociedad enferma, débil, vacua y desnortada.
Tal vez la cuestión sea una de esas bizantinas, sobre que fue primero, lo uno o lo otro, porque van muy de la mano ambos factores. De todos modos, aunque sólo sea un instante antes, opino que son las sociedades las que se degradan con anterioridad, empuercando, a continuación, el arte, a la propia sociedad y hasta al hombre mismo.
Algunos jueves, mientras voy a realizar alguna compra a un centro comercial cercano a mi domicilio, me suelo acercar a una de esas modernas multisalas de cine. Jamás entro, simplemente me dedico a echarle un vistazo a una enorme pantalla que hay en la entrada, donde van desfilando los anuncios de las películas que están en proyección.
Por supuesto, este, entre sufrido y necesario, ejercicio es el mejor argumento para no entrar al cine ni harto de coñac, pero suele facilitarme algún detalle para escribir unas líneas en este insigne blog de Don César.
Antes de nada, debo indicar que aunque salen escenas de películas son siempre sin sonido, los diálogos aparecen siempre escritos. La cuestión es que estaba mirando el carrusel de la oferta cinematográfica y en una película me aparecen las palabras “joder” y “coño”, debidamente edulcoradas con j*der y c*ño, para no ofender la sensibilidad.
Tanto recato me resulta enternecedor. En primer lugar porque aún llaman más la atención esos palabros astericoides que los originales. Más allá de que el segundo de ellos jamás lo he usado en toda mi vida, me sorprende que con las cosas que se evacuan en televisión, con imágenes altamente censurables en horarios desaconsejables, se anden con estos remilgos hipócritas.
Pero, como siempre, aún hay más. Basta conocer como se manejan verbalmente (también por comunicaciones cibernéticas varias) nuestras elites (sé que es un oxímoron dicho calificativo, pero para que me entiendan) políticas, mediáticas, sociales, eclesiales, judiciales, etc., en sus ámbitos privados para que cause un gran estupor este tipo de prácticas fariseas.
Lo más perverso del asunto es que justifican estas prevenciones semánticas para proteger a la infancia. Esa misma infancia de los 100.000 asesinados al año en el vientre de las que deberían ser sus madres; esa misma infancia a la que se adoctrina sin compasión en los colegios; esa misma infancia que sufre el acoso en las escuelas como nunca antes; esa misma infancia a la que se le cercena la inocencia, corrompiéndola con contenidos repugnantes; esa misma infancia a la que le han robado el presente y el futuro.
En fin, que son unos hijos de perra ¡y sin asteriscos!
Vivimos unos tiempos tan aciagos y de tribulaciones que hasta un aspecto tan poco edificante del carácter humano, como es el hecho de aburrirse, puede llegar a convertirse en una virtud.
Justifico esta atípica mutación porque considero que el noble aburrimiento es muy superior, en todos los aspectos, a realizar/creer/colaborar con algo indigno o indebido.
Desde esa perspectiva, el aburrimiento, el estar aburrido, supone, quizás, la última ratio de defensa personal pacífica en contra del zaherimiento, de toda índole, al que estamos sometidos.
El hombre aburrido es consciente de ello. No es que sea un motivo para estar orgulloso ¡vive Dios!, pero llevado con templanza y sobriedad merece cierto encomio. El hombre aburrido no ve la televisión, ni los medios de cualquier especie; tampoco trabaja y escasamente realiza cuatro tareas domésticas que le ocupan una insignificancia de su tiempo. Es un profesional en hacer lo mínimo posible para disponer de mucho tiempo con el que aburrirse.
Indudablemente, es insobornable ante cualquier canto de sirena con los que el vulgo, en general, se azara e “incendia”. Tampoco consiguen hacer mella en Él las tendencias de ningún tipo, sigue un severo patrón de conducta que lo aísla y protege del luciferino entorno.
Dispone de una conversación algo restringida, ya que sólo habla de sus vivencias actuales, pero de primera mano, y, especialmente, de aquellas otras personales de tiempo ha, cuando en su rutina diaria no existía ni la más mínima concesión al aburrimiento.
Creo que el aburrimiento, serio y riguroso, es el primer paso hacia el estoicismo piadoso con el que sobrellevar estas empecinadas, siniestras y nigérrimas jornadas.
Como despedida, para vigorizar esa faceta del hombre aburrido, les dejo tres temas musicales con los que cultivar ese aburrimiento sereno y profiláctico contra la idiocia, la mediocridad y la estulticia.
El primer tema lo popularizó en España (por ende, en los países hispanohablantes) Julio Iglesias y su título es “Me olvide de vivir”. Fue una adaptación realizada por el Dúo Dinámico, por cierto habituales compositores de algunos de los mayores éxitos del internacional cantante español. Sin embargo, dicha canción es una versión de un tema original, cantado en 1977 por Johnny Halliday, titulado “J’ai oublié de vivre”. El autor de la letra es Pierre Billon y el compositor el gran Jaques Reveux.
En la segunda canción recomendada ocurre a la inversa, ya que fue el cantante francés el que versionó el clásico hispano de Los Bravos “Black is black”, adaptándolo con el titulo “Noir c’est noir”.
Realmente resulta enternecedor como un título tan poco estimulante, como “Negro es negro”, pueda dar tanto juego.
Y, por último, les dejo un tema del año 1978, discotequero a más no poder, de la mano de Alicia Bridges, titulado “I love the nightlife”. Don César aún andaba medio a gatas cuando esta canción hizo furor en todo el orbe, durante aquella explosión, sonora y cinematográfica, de la música disco del segundo lustro de los 70′.
Así que señores, abúrranse pero con dignidad. Y, para ello, cíñanse al criterio de aprender/hacer algo todos los días bajo la norma de que sea verdad, bueno y bello.
Por cierto, que no se ofendan, pero las señoras nunca se aburren.
Dada mi filiación por las películas en blanco y negro, tal vez piensen: “este arretranco de maño nos zahiere, inmisericordemente, con esas antiguallas de películas en blanco y negro, y ahora habla de cine negro y en español ¡hasta ahí podíamos llegar!”. Acepto la reprimenda, pero valga como disculpa que no he encontrado un mejor título para el artículo del día de hoy.
El “cine negro” va asociado a ese tipo de intrigas policiacas, detectivescas y similares, y siempre ha sido motivo de atención por los directores y guionistas de todos los tiempos, y de todos los lugares. Indudablemente la potencia del cine estadounidense ha opacado la interesante producción de otras latitudes. Humildemente, quiero aportar mi grano de arena para destacar producciones propias, hechas al más alto nivel.
Como dice el título del artículo, les voy a presentar dos auténticas joyas: la primera es “El cebo” de Ladislao Vajda, realizada el año 1958; y la segunda “El expreso de Andalucía” de Rovira-Beleta, del año 56.
Dos trabajos de gran pulcritud, sin fisuras, ni estridencias. No me duelen prendas en calificarlos de primer orden. En la primera la acción está situada en Suiza, sin apenas rostros hispanos. Por el contrario, la segunda cuenta con una pléyade del fabuloso fondo de armario de aquellos primorosos años, destacando la presencia del imponente Jorge Mistral ¡qué década la suya!.
Ahora tienen ambas cintas disponibles en una plataforma televisiva de amplia difusión, ya que cuenta con un tremendo catálogo de películas en español y producciones hispanas (como no me pagan por hacer publicidad no nombraré ni a la plataforma, ni al catálogo de marras, pero, si disponen de la primera, con la opción de buscar seguro que encuentran los títulos reseñados). La ventaja es que la calidad de imagen y sonido es notablemente superior a las copias de internet que yo les ofrezco y, aunque en cualquier formato son merecedoras de su dedicación, ¡a nadie le amarga un dulce!
Estoy convencido de que algún seguidor de este insigne blog pensará: “¡Pardiez!, aún no he visto sus anteriores recomendaciones, y me viene con más, este tío”. También he pensado en esa, hasta cierto punto justificada, critica y, para contrarrestarla, les contaré algo: por causas inconfesables (en público) accedo, de Pascua a Ramos, a una de esas cuentas de correo electrónico de tipo particular tan comunes hoy en día. Siempre que sales de la misma, te aparece un carrusel de presuntas y “estimulantes” noticias, como por ejemplo: mira lo que ha dicho fulano de fulana; que si haces esto o aquello es sinónimo de no sé qué; que las redes arden con las declaraciones de un don nadie, etc., etc. Todo muy grotesco, porque los titulares jamás muestran nada, sólo insinúan burdamente. Por supuesto, nunca he accedido a semejantes contenidos basurientos, porque yo me informo, de lo realmente interesante, aquí, en el blog de Don César, vamos “a lo puro macho”, sin chorradas y dando la cara.
Por lo expuesto anteriormente, les recomiendo sin rubor esta feraz cascada de recomendaciones cinéfilas, con la prevención de que, si ustedes se informan a través del acerado ojo del señor Bakken (a través de su canal de telegram, o de este blog), quedan eximidos de atenderme a mi. Por el contrario, si lo que hacen es ver la televisión, o seguir esa especie de “noticias de interés”, que mencionaba en mi párrafo anterior, les aseguro que no van a obtener ninguna indulgencia de mi persona.
No les robo ni un segundo más de su tiempo y confío disfruten tanto de estas películas como yo.
Comentaba, en mi anterior recomendación cinematográfica, que yo también he sido un torpe borrego al tener infundadas filias hacia el cine yanqui, ya que, en la mayoría de las ocasiones, era inmerecida.
También he comentado, en más de una ocasión, la formidable utilidad del blog de Don César para vigorizar el espíritu crítico y no seguir las turbias señales de la mediocridad reinante.
Realizo este prefacio porque estos errores también los he cometido con “los de casa”. Me refiero a mi paisano don Luis Buñuel, cuya obra ha sido glorificada a los altares del Séptimo Arte, por tirios y troyanos, y que, desde mi punto de vista, esa sublimación de su figura debe realizarse más mesuradamente. No cuestiono su calidad y originalidad como director, porque, saber, ¡vive Dios! que sabía. La cuestión es que a sus películas más valoradas, esas más personales, les ocurre, salvando las distancias, lo mismo que a “La pasión de Cristo”, es decir “con una vez basta”.
Cintas como “Un perro andaluz”, “Los olvidados”, “La edad de oro”, “Viridiana”, “Belle de jour”, “Nazarín” etc., es decir, las más auténticamente buñuelianas, son difícilmente digeribles para repetir en su visionado (al menos eso es lo que me ocurre a mi). Indudablemente, sus imágenes quedan nítidamente registradas en la retina del espectador para siempre y, por eso mismo, no todo el mundo está dispuesto a auto zaherirse gratuitamente.
Me propongo, en este artículo, realizar un viaje por la parte de la obra del calandino desarrollada en Méjico. El germen del mismo fue la satisfacción que me produjo ver una cinta suya, de esta etapa, desconocida hasta ese momento, “Ensayo de un crimen”, que ya tuvo acogida en este magno blog, hace unas semanas.
Cuando descubrí la película antes mentada, me sorprendí porque pensaba que había visto todas sus cintas mejicanas. Así que el planteamiento ha sido muy sencillo: abordar, íntegramente, todas sus obras y ver las 4 ó 5 que, para mi, todavía eran inéditas. Ya les anticipo que, en total, son 20 los títulos que componen el periplo del de Calanda y que los desconocidos se debían, principalmente, por ser coproducciones con Francia o destinadas al mercado estadounidense.
Antes de continuar, les contaré una anécdota que todavía me hace sacar una sonrisa: buceando en el averno cibernético me encontré que a Buñuel lo califican como director de cine hispano-mejicano, jajaja. No consideren mi risa una falta de respecto hacia el país hermano hispanoamericano, es que la obra de Buñuel es profundamente aragonesa, por ende española. Resulta impensable que, nadie que vive cuatro lustros en otro país, no fagocite parte de su cultura, costumbres, etc., pero de éso a lo otro hay una distancia muy grande.
Haré una cronología y después ampliaré las tres nuevas recomendaciones que les hago hoy (son las que su título aparece en negrita):
Gran Casino. 1947 → No la había visto.
El gran calavera. 1949 → mi favorita y que ya tuvo acogida en el blog hace casi un lustro.
Los olvidados. 1950 → ganadora del Festival de Cannes. Una película que retrata la amoralidad y la maldad de una manera áspera y sin concesiones. Una película muy dura, pero que recomiendo para quien no la conozca.
Susana. 1951 → no la conocía. Trata sobre una mala mujer que consigue (al final no lo consigue, pero poco le falta) corromper a los hombres de una familia (padre e hijo) y al hombre de confianza de la misma. No la recomiendo, me resulto previsible y tediosa.
La hija del engaño. 1951 → No la había visto.
Una mujer sin amor. 1952
Subida al cielo. 1952 → un bodrio.
El bruto. 1953 → es una cinta interesante que retrata la tosca brutalidad en contraposición a la perversa y sibilina. Para quien no la conozca, la recomiendo.
Él. 1953 → trata sobre la terrible influencia de los celos. Si no la conocen, véanla.
La ilusión viaja en tranvía. 1954 → el lenguaje de los personajes acaba de echar a perder lo poco destacabable de esta obra insustancial. No la recomiendo.
Abismos de pasión. 1954 → el imponente Jorge Mistral en una recreación del clásico literario “Cumbres borrascosas”. Sólo por la presencia del galán español, ¡qué década la suya!, ya se justifica su visionado. Es una historia seca y áspera pero totalmente recomendable, aunque requiera de estómagos resistentes para posteriores visionados.
Robison Crusoe. 1954 → es una producción de Óscar Dancigers (su principal mecenas) para el mercado estadounidense. No pude encontrar ninguna copia cuyos diálogos no fuesen en inglés. Es su primera película en color y su duración es contenida, por ello, la recomiendo, pero sólo una vez.
Ensayo de un crimen. 1955 → como he dicho antes, la descubrí hace poco y ya forma parte del blog.
El rio y la muerte. 1955 → ¡al menos una vez!
La muerte en el jardín → 1956 → es una coproducción mejicano-francesa, también de Óscar Dancigers y en color. Es lo mejor que puedo decir. No la recomiendo.
Nazarín. 1959 → también premiada en Cannes. Un trabajo marca de la casa y, por lo tanto, sí hay que verla, pero sólo una vez.
Los ambiciosos. 1959 → es otra coproducción mejicano-francesa. Al final no sé si hice artículo sobre esta cinta, pero estoy seguro que la mencioné, de refilón, cuando trataba la relación de la imponente María Felix con los directores españoles. Si no fuese por la presencia de la actriz mejicana, no la recomendaría, porque los únicos minutos aprovechables de la cinta son los suyos.
La joven. 1960 → me ha costado mucho encontrar una copia con diálogos en español, porque está en ingles y con actores, principalmente, estadounidenses. Tiene algo de interés, pero muy justico. Hagan lo que les parezca mejor.
El ángel exterminador. 1962 → otra obra marca de la casa. Si no la conocen, ¡véanla!
Simón del desierto. 1965 → obra que se quedó a medias por falta de presupuesto y también muy personal del calandino. Si han llegado hasta aquí, por una más que no quede.
Gran Casino está considerada como una obra menor y un fracaso de público y critica. Participan en la cinta muchos rostros conocidos del Buñuel de aquellos años y cuenta con la presencia de dos fulgurantes estrellas de actores-cantantes, de aquellos años, como son Libertad Lamaque y Jorge Negrete. Me ha sorprendido muy agradablemente esta cinta. Es una historia sencilla, muy bien contada y que, siendo un musical, es de esos títulos privilegiados porque la mano de Buñuel consigue que las canciones no supongan un lastre, sino todo lo contrario. Me sorprende que no fuese valorada en su momento porque, a mi, me ha gustado mucho.
La hija del engaño junto a la anterior, ha sido el otro descubrimiento en este viaje. Sin ser una comedia pura y dura, me he podido reír, con algunas de sus escenas, como hacia tiempo.
Una mujer sin amor es la historia de una mujer que se casa, por las apreturas económicas de su familia, con un hombre mayor de agrio carácter. Tienen un hijo y, después de 10 años, conoce a un hombre que le brindará el cariño que nunca ha tenido con su marido y con el que mantendrá un relación extra conyugal de la que nacerá un segundo hijo. Al final, la película narra el conflicto entre los hermanos porque el de la relación ilícita recibirá una cuantiosa herencia de su padre. En fin, relaciones humanas complejas muy bien tratadas por Buñuel para mostrarnos el alma humana y los conflictos morales. Totalmente recomendable.
Como siempre les adjunto los enlaces para poder ver estas películas.
Para mitigar, en la medida de lo posible, las perversas y sistemáticas extorsiones fiscales, policiales, mediáticas, etc., de estos tiempos aciagos y de tribulaciones, les traigo, hoy, otra joya del cine argentino, titulada “La cigüeña dijo sí”. En realidad fueron años en que hubo, tanto en las producciones que se hacían en España, como en países hermanos hispanoamericanos (siendo Méjico y Argentina los ejemplos más sobresalientes) obras encomiables que, por desgracia, han sufrido un ostracismo feroz impuesto por la general devoción hacia el cine estadounidense.
Yo también he sido sujeto abducido, o torpe borrego (elijan lo que prefieran), por esas filias hacia el cine yanqui. Afortunadamente ser fiel seguidor de este libérrimo blog de Don César y los años vividos (por este orden), me han permitido adquirir un criterio más afinado y critico con el que enfrentar la realidad, cotidiana e histórica, y el arte.
La película que les recomiendo hoy es del año 1955, sólo dos años más tarde que mi anterior consejo cinéfilo, “El Conde de Montecristo”, ambas de producción argentina. También se cumple en esta cinta un detalle, ya mencionado en mi artículo sobre la cinta del imponente Jorge Mistral, y es que el acento argentino está muy atenuado, por lo que puede verse con agrado sin el lastre, al respecto, que acompaña a las producciones modernas de aquellas latitudes.
Es una comedía de enredo fina y elegante, pero con la rotundidad y la sencillez que debe tener una obra para que merezca mi calificativo de primer orden. A los mandos del guion está, nada más y nada menos, que Alejandro Casona, un dramaturgo español español exiliado en la Argentina, durante la Guerra Civil. No es la única aportación patria al elenco, ya que forma parte de él, un actor muy de mi agrado, el solvente Tomás Blanco. Del resto no les puedo dar referencias porque intuyo que son argentinos y sería un fatuo si presumiera de un conocimiento del que carezco.
La duración de la cinta es ajustadísima, 64 minutos que se pasan en un santiamén y que suponen un desbordante ejercicio audiovisual de humor sutil y diálogos ingeniosos. La historia, originalmente, había sido creada como obra de teatro y bien que se nota esa procedencia en la factura final de la cinta.
Aquí viene la hiel de mi artículo: vi esta película el año pasado en un enlace que, desafortunadamente, ahora no está disponible (cosas del averno cibernético). La imagen y sonido, del único enlace que he podido encontrar, son de muy mala calidad, y es tal el pudor que me produce esta recomendación que, para aquellos que no quieran sufrir esos rigores técnicos, adjunto otro enlace con uno de aquellos entrañables Estudio 1 de televisión española con el mismo guion y realizado en el año 1979. La duración es la clásica de hora y media y el reparto principal viene de la mano de actores muy curtidos del panorama patrio como Mari Carmen Prendes, Antonio Garisa, Tina Sainz y Jaime Blanch. De todos modos considero que, a pesar de los rigores técnicos mencionados, sigue mereciendo más la pena el visionado de la versión primigenia.
Les soy sincero cuando les confieso que no soy un nostálgico irredento de las producciones hispanas de hace quince lustros en blanco y negro. No, no es así, de hecho, en mi rutina, suelo compaginar el visionado de estos clásicos inmarcesibles con películas modernas (priorizando que sean en español), pero me resulta imposible hacer un artículo sobre una película actual sin echar espumarajos por la boca. La última que vi, necesitaría del rocoso lenguaje de Don César para adjetivarla como merece.
En fin, no les quiero aburrir más con mi verborrea juntaletril, porque sería un sacrilegio que la lectura de mi artículo conllevase más duración que el visionado de esta deliciosa cinta.
Reitero mis disculpas para aquellos osados seguidores del blog que vean la película recomendada.
¿Quién no ha leído, o visto, la historia sobre Edmundo Dantés, la inmortal obra de Alejandro Dumas y Auguste Maquet, el más famoso ‘negro’ de la historia?
Han sido incontables las versiones (tanto para televisión como para el cine) que se han realizado de esta obra. Desconozco la inmensa mayoría de ellas, pero ello no me impide calificar la propuesta cinematográfica que les hago hoy, como de primer orden.
Es una película argentina del año 1953. El acento de aquellas latitudes, un lastre total en la producciones modernas, está muy atenuado (en aquellos años esas cosas aún se respetaban y cuidaban). También la duración de la cinta es un motivo más para darle una merecida oportunidad. Los 105 minutos en que se condensa esta historia es un metraje ceñidísimo dada la magnitud de la novela.
Sin embargo, el factor principal de mi elección es la imponente presencia de Jorge Mistral. El de Aldaya tiene a sus espaldas una filmografía estupenda, pero la de los años 50 es una cosa seria (algún título suyo ha engalanado este insigne blog de Don César Bakken). Estoy convencido de que los señores Dumas y Maquet soñaron con nuestro compatriota cuando escribían esta obra, porque si ha habido un actor a la altura del personaje, ése ha sido Jorge Mistral.
Igual que uno se toma un eupéptico (vulgarmente ‘digestivo’), antes de una comida copiosa, para coadyuvar al esfuerzo gástrico, he considerado oportuno, una vez pasada la Cuaresma, vigorizar mi ánimo cinematográfico con esta deliciosa cinta, para así poder atender las rocosas y sicalípticas empresas a las que estoy emplazado. Y les realizo esta íntima confesión porque me he comprometido a ver unas películas, de las modernas, de Berlanga y, tal como les decía, al principio del párrafo, estoy convencido de que deviene imprescindible un eupéptico cinematográfico.
APOSTILLA
Si usted va a enfrentarse, por primera vez, a esta inmarcesible película, le auguro un gran deleite en su visionado; pero, además, le aseguro que, toda su vida, le servirá como perfecto fiel con el que valorar al resto de versiones. No encontrará lujosos efectos especiales; ni alharacas, ni fatuas florituras, por parte de los actores; ni nada superfluo. Va a descubrir un trabajo limpio, contado con sencillez y naturalidad, y sin chorradas que le distraigan de la trama axial de la historia.
Esos factores, que mencionaba antes, siempre han sido sinónimo de calidad. Pero, hoy en día, entre tanta acémila con pretensiones dedicándose a estos asuntos audiovisuales, resulta extraordinario encontrar un trabajo de tanta pulcritud.
Es más, si se dan las circunstancias expresadas al inicio de esta Apostilla, descubrirá, con amargo sabor, como debería haber tomado un buen “digestivo” antes de meterse entre pecho y espalda la mayoría de las versiones que se han realizado de este clásico.