Era Antonio un tipo endurecido por mil vicisitudes, a quien sus vecinos temían como al mismo demonio, por sus nulas concesiones hacia la injusticia y la arbitrariedad. Tanto ellos, como los cargos políticos y los agentes del orden de todo pelaje, conocían de su gallardía y que no ‘no reblaba’ ante nadie. Su voz poderosa y lenguaje rocoso no eran casi nada respecto de cuando miraba de frente. En fin, una mala bestia de tomo y lomo.
Estaba nuestro protagonista tomándose unos vinos, en un bar del pueblo donde moraba, cuando de pronto apareció en el local un ancianete de pelo cano, y pintas de no haberse peleado, en su puñetera vida, con nadie. Ese vejestorio andante, sin mediar palabra, va y le espeta a Antonio ¡eh Tú, maldito!.
Los parroquianos se quedaron atónitos, se hizo un silencio sepulcral. La primera imagen que se les vino a la cabeza es que Antonio se iba a comer crudo a ese anciano irreverente. Sin embargo nada de éso sucedió porque, Antonio, entre sorprendido y alborozado, supo al instante quién era ese forastero inesperado.
Lejos de darle la paliza de su vida, por una ofensa verbal que no le hubiese tolerado a nadie, le ofreció, al recién llegado, la mano cordialmente, pero lejos de aceptarla le propino sendos besos en las mejillas (besos de hermano), dejando estupefactos a los presentes. Como era invierno y hacia frio fuera, Antonio le cogió, con cariño, del brazo y le invitó, muy amablemente, a acercarse a una chimenea que tenía el local donde cálidamente ardían unos troncos de pino, que dejaban su inmarcesible aroma.
Allí charlaron amigablemente, y no tan amigablemente, pero, en contra de todo pronóstico, de los que en el bar estaban en ese momento, sus discusiones no motivaron que Antonio fulminase a ese viejo irreverente, que se atrevía a llevarle la contraria por momentos.
Intrigados por la naturaleza de ese indómito viajero, los habituales se mantuvieron impertérritos esperando cualquier tipo de desenlace. Nada que no se haya descrito ocurrió. Cuando el camarero anunció que era la hora del cierre, con toda naturalidad, Antonio salió junto a su recién conocido.
Nunca más se le volvió a ver al “intruso”, aunque lo acontecido en aquella velada, persiste, perennemente, en la memoria de los que tuvieron el privilegio de contemplarla.
Los más osados de los lugareños (iban en grupo, por si acaso) tuvieron la impertinencia de preguntarle a Antonio, días después,
Antonio ¿quién era ese anciano que te encontró en el bar hace unos días?
A lo que Antonio les respondió, con severa mirada: Alguien a quien no había visto en toda mi vida.
Estoy embargado por una intensa emoción. El motivo es que les voy a presentar, por primera vez, una película recién recomendada por mi Hijo. No conocía la cinta en cuestión, aunque éso no ha sido nada novedoso para mí ya que, continuamente, me sorprende con su fondo de armario y amplitud de conocimientos en materia cinematográfica (¡y en tantas otras!).
Aunque no es la primera vez que atiendo sus “eclécticas” sugerencias, en esta ocasión he decido escribir un artículo. En primer lugar, porque me ha autorizado a ello (incluso supervisará el texto antes de su publicación, con lo cual Don César se evitará la tiránica servidumbre de tener que corregir mis frecuentes faltas ortográficas y semánticas); y, en segundo lugar, porque creo que la película marida bastante bien con mi línea de recomendaciones cinematográficas, en este magno Blog.
Es una cinta estadounidense dirigida por William A. Wellman, del año 1933 (recuerden la fecha porque tiene su relevancia), que trata sobre un hombre extraordinario, en el sentido más amplio y rotundo del término. Desde mi punto de vista demasiado generoso para la mayor parte del ganao con el que le toca lidiar. De todos modos, pienso que quien dispone de un sentido de la humanidad y el amor al prójimo como el suyo, no es un ser/tipo corriente.
Nuestro protagonista, Tom Holmes, realiza un acto de gran coraje durante la I Guerra Mundial, pero es herido y dado por muerto. Su superior, un cobarde redomado que es muy valiente mandando a la muerte a los soldados a su cargo , no tendrá reparos en apropiarse de la hazaña, recibiendo honores y reconocimientos de toda índole. Después de no pocas vicisitudes, en las que nuestro héroe pone de manifiesto su rectitud de conducta, y ausencia de negatividad hacia quien se benefició de su gesta, encuentra una buena mujer con la que se casa y tienen un hijo.
Parte de ese proceso se debe a encontrar un trabajo donde un jefe lúcido observa su potencial y le brinda oportunidades laborales más acordes a su talento, carácter y buen hacer. Desgraciadamente, la inesperada muerte de su jefe motiva que la empresa sea comprada por un especulativo fondo buitre (¡vaya redundancia, verdad!) que despedirá a la mayor parte de la plantilla, para aumentar así sus pingües beneficios.
Los trabajadores despedidos se deciden a asaltar la lavandería donde trabajaban, en la que la mecanización había supuesto la pérdida de la mayor parte de los empleos. Tom trata de hacerles entrar en razón, pero ya es una turba embrutecida que no atiende a nada (es la parte que menos me gusta porque el protagonista se comporta como un gilipollas). En vez de quedarse con su familia, tratará, estúpida y estérilmente, de convencerlos hasta el final, con unos catastróficos y terribles resultados: a él lo considerarán, desde entonces y para siempre, como un agitador y subversivo comunista, y lo peor, que su esposa, que tiene bastante más de guapa que de espabilada, decide ir a buscarle, siendo víctima mortal durante la reyerta entre los obreros y la policía.
Así que el hijo, que cuenta 2 añicos, queda huérfano de madre y, a los efectos, de padre, ya que es condenado a 5 años en la trena por “agitador y comunista” (cargos de los que era inocente). Atenderá a la criatura la patrona de la casa de huéspedes donde se conocieron, años atrás, Tom y su futura esposa.
Cuando sale de la cárcel, expulsarán a Tom de su ciudad, por sus antecedentes penales, y lo seguirán expulsando de todas las ciudades por donde pasa, por los mismos motivos. Hacia el final de la película nuestro protagonista está, con otros marginados, junto a una hoguera protegiéndose de la lluvia. Allí se encontrará, de nuevo, con el tipejo cobarde que se apropió de su hazaña militar. El padre del tiparraco en cuestión, que era banquero, se había pegado un tiro tras el “Crack del 29” por malversar los fondos de los clientes, y el hijo había tenido que pasar 2 años en la cárcel por el mismo motivo.
Sin embargo, la actitud de ambos es muy distinta, porque nuestro protagonista no se deja abatir en ningún momento, a pesar de las adversidades. El hecho de que hubiese dejado de llover, cuando los desalojan, lo considerará ya un motivo para estar contentos. También hace una mención al discurso del presidente Franklin D. Roosevelt, como argumento para tener esperanza en un futuro mejor para los estadounidenses.
Creo que he visto pocos personajes cinematográficos al que el traje de optimista le quede tan a medida. Para un maño gruñón que piensa que un pesimista es un optimista bien informado, le resulta incomprensible esa actitud frente a la vida.
Hay un compañero de la casa de huéspedes, que es un comunista iracundo de origen alemán. Sin embargo, es también un ingeniero sobresaliente y gracias a la ayuda económica de Tom consigue patentar una máquina industrial para el uso en lavanderías. Los derechos por el invento brindarán a su inventor y a Tom lucrativos beneficios. Tal como la cuenta corriente del inventor va en aumento sus criterios políticos van cambiando diametralmente, de tal modo que, al final de la cinta, acaba convertido en un exacerbado capitalista que abomina de sus primigenios principios y detesta a la chusma empobrecida por la crisis del 29. Esa mutación me resulta muy interesante y visionaria, porque ¿cuántos políticos españoles se han arropado bajo la bandera de la igualdad y el reparto de la riqueza, hasta que la tocaron, para actuar después, con un filibusterismo y mendacidad repugnante?, no me respondan porque es una pregunta retórica.
Cuando les hablaba, al principio, de la fecha en la que se realiza la cinta, es porque, para mí, está muy enmarcada dentro del espíritu del “New Deal”. Por aquel entonces el cine tenía una capacidad mediática de primer orden y pienso que estas películas estaban alineadas con el interés del poder político en insuflar, al pueblo, cierta esperanza con la que superar la grave crisis económica que se padecía entonces.
Les he realizado una sucinta sinopsis de la película porque el enlace que les adjunto es “estrafalario” (yo aún no me explico que locuras cibernéticas habré hecho, sin saber cómo, para que se activase el enlace de marras). Si encuentran la cinta con un enlace de más fiabilidad, o por otra plataforma, no duden en aprovechar la oportunidad. De todos modos el breve resumen realizado creo que permite la posibilidad de interesantes discusiones, sin la obligatoriedad de ver la cinta.
La película también suele aparecer bajo el título de “Héroes a la venta»
Sólo un lustro después de acabada la Guerra Civil, el cine español ya contaba con una infraestructura cinematográfica solvente, con la que dejar en el olvido sus pretéritas servidumbres con los estudios Cinecittá en Roma.
La cinta que les presentó hoy es perfecta muestra de esta aseveración. Es una comedia romántica de las buenas, de las que hacen honor a ambos términos, interpretada por un actor consentido mio, Rafael Durán. Le acompañan una pléyade del formidable fondo de armario de aquellos años: Juan Espantaleón, Joaquín Roa, Guadalupe Muñoz Sampedro, Juan Calvo, y un largo etcétera.
En un contexto histórico tan complicado para España, esa vitalidad de nuestro cine para realizar este tipo de obras demuestra que existía una fulgurante vitalidad cultural, a pesar de las penurias económicas y sociales. Sí, señores, ¡basta ya! del mantra de que la cultura patria era “roja” y que España quedó hecha un páramo intelectual y creativo, tras la guerra. ¡Está uno harto de estas monsergas!. Por supuesto que hubo intelectuales que se exiliaron, pero ni mucho menos fueron la mayoría, ni tampoco disponían de una superioridad respecto de los que se quedaron.
El director de la película es Juan de Orduña y les dejo un enlace de internet donde visionarla. También la tienen disponible en cierta plataforma televisiva que cuenta con un menguante fondo de armario del cine franquista (empezaron bien, pero ahora están mandando al ostracismo a las cintas de los 40 y 50, para centrarse en pelicuchas del desarrollismo y primeros años de la “democracia”, absolutamente prescindibles, cuando no insufribles). Si tienen esa opción televisiva la calidad de imagen y sonido es algo superior, pero la opción de intenet es también meritoria.
Una dosis balsámica de buen cine con el que mitigar los efectos de la bazofia que se emite actualmente (en realidad desde hace muchos lustros)
Para no pleitear con mi querido cómitre, he decido cambiar de registro y de país. Con esa vertiginosa velocidad que ofrece, generosamente, este magnífico Blog de Don César Bakken Tristán, me traslado desde el Méjico profundo a la República Democrática Alemana.
Creo que es la primera vez que veo una película de esa procedencia y, la verdad, no me ha disgustado, aunque deba decir que son ese tipo de cintas que “con una vez basta”. No me ha dejado mal sabor de boca, porque, a pesar de tocar un asunto controvertido, la violencia visual está muy contenida, hasta tal punto que considero que es una película que podrían ver todo tipo de públicos (aunque el público de menor edad se aburriría como una ostra).
Es una cinta del año 1962 que trata sobre el intento de fuga de un preso bajo el régimen nazi y que, después de la guerra, reconoce confortablemente rehabilitado (a nivel social) al criminal que se dedicaba a torturar a los presos. Debe tenerse en cuenta que la represión que ejercía ese ser abyecto, era sobre sus propios conciudadanos, simplemente por el hecho de presentar cierta disidencia política respecto del III Reich. En ningún caso eran presos de otras nacionalidades venidos del frente, ni con creencias religiosas perseguidas por el régimen, eran sencillamente ciudadanos alemanes.
Se plantea, para mi, con bastante fidelidad, una terrible realidad: como auténticos malnacidos son readmitidos socialmente sin que tengan que rendir cuentas por sus asesinatos y brutalidades, simplemente por el hecho de que esos crímenes “no cuentan”.
Es un retrato áspero de una realidad incómoda y que, en cierto modo, resulta de utilidad y actualidad. Porque, en España, se van a ir de rositas auténticos hijos de perra, que se arrogaron, y arroparon, bajo la bandera de la libertad, la democracia que nos hemos dado, el progerso y todas esas mandangas, para expoliarnos y zaherirnos durante los últimos diez lustros. Y no sólo me refiero a los criminales sociatas sino, también, a los malnacidos peperos, que conforman ese monstruo bicéfalo globalista, traidor y esquilmador que ha ‘esguazado’ el formidable legado de nuestros Padres y Abuelos.
Porque en esa escena final en que el protagonista le pregunta al policía: «¿qué va a hacer al respecto?» Éste le contesta con una retahíla de procedimientos judiciales garantistas, que, como sucede en España, sólo sirven a los poderosos.
Es una película en blanco y negro y en alemán, con subtítulos en español; de aceptable sonido y regular imagen porque hay unos cortes de imagen sin continuidad. En fin, a pesar de ello, la recomiendo y si no les gusta díganmelo.
P.D.: la huida del protagonista me ha resultado pintoresca por las visicitudes que se producen en la misma.
Para esta cuarta entrega, de este sucinto periplo mejicano de mis últimos artículos, les ofrezco un peliculón, un poderoso drama romántico con un final tremendo.
Recordarán los lectores que, hace unos días, recomendé la película “Carmen la de Ronda” con ese portentoso trío amoroso compuesto por Sara Montiel, Jorge Mistral y Maurice Ronet, un elenco de primerísimo orden. En esta ocasión mi recomendación norteamericana (Méjico es un país de América del Norte y los lectores de este magno Blog sé que lo saben, pero no se pueden hacer una idea de lo averiado que está, por ahí, el ganaó en materia de geografía) no le va a la zaga, estamos hablando de la imponente María Félix (María Ángela), el charro cantor Jorge Negrete (Fernando) y de René Cardona (Manuel) ¡un auténtico lujo!
Es una cinta del año 1943 con una calidad de imagen y sonido notabilísima dada su edad. La trama gira sobre dos familias enfrentadas y una mujer amada por los vástagos de las mismas. Lamento que el enlace esté sojuzgado por esa nefasta y moderna gangrena que supone incluir innecesarios y grotescos subtítulos a los diálogos (en uno escriben Bécquer con k, ¡manda cojones!). Como es habitual en las películas de aquellas latitudes, y contando con la presencia del señor Negrete ¡qué les voy a contar!, aparecen, en esta ocasión, sólo tres canciones, entre las que se encuentran las emblemáticas “Yo soy mejicano” y “Los altos de Jalisco”. La banda sonora tampoco le va a la zaga.
Si el final de “Carmen la de Ronda” es épico y consigue poner los pelos de punta al más insensible de los seres, la película de hoy supone otro hito en cuanto a un final emocionante, pleno de intensidad. Siempre me califico de gruñón pero el abuelo de la protagonista es un profesional en la materia: intolerante, egoísta, miserable, soberbio y malcarado hasta el aborrecimiento. Prefiere asesinar a su nieta antes de permitir que se case con el descendiente de la familia rival, que, además, nunca tuvo sangre en sus manos.
Los dos enamorados, en ese final sublime, se arrodillan junto a María Ángela herida de muerte, quien, en su último suspiro, los nombra a los dos. Cuando muere, Manuel le espeta a Fernando “¡No la toque!, en vida lo prefirió a usted pero muerta es mía”. Entonces hay un duelo a pistola en el que Fernando se deja matar, al carecer de anhelo vital alguno tras la muerte de su amada, agradeciendo a Manuel que así lo hiciera. Manuel coge a María Ángela entre sus brazos para encaminarse al Peñón de las ánimas donde, juntos, se tiran al vacío.
Un final sobrecogedor y de una intensidad dramática al alcance sólo de los elegidos.
En fin, podría contarles más cosas de esta estupendísima película, pero como casi nadie me lee, prefiero que dediquen su tiempo a este bálsamo espiritual y visual.
Continuo con mi idilio con el actor mejicano Luis Aguilar. En esta ocasión les presento una entretenida comedia romántica del año 1952, justo un año antes de “Tal para cual”, mi anterior recomendación, en la que compartía protagonismo con el gran Jorge Negrete.
El señor Aguilar está acompañado, en esta película, por Rosita Arenas, amén de habituales del rotundo fondo de armario mejicano de aquellos años. Es una trama sencilla, previsible y sin ‘estrafalarismos’ artísticos. Les aseguro que considero positivos a estos tres factores, y el motivo de esta querencia es el hartazgo que me produce el cine que se realiza desde hace lustros: abstruso, pretencioso y raro (en el sentido más negativo del término), en estos tiempos aciagos y de tribulaciones. Desde esa perspectiva les aseguro que esta cinta es un agradable bálsamo para nuestros fatigados ojos y mente.
Hay algunas canciones ¡por supuesto! (alguna icónica), interpretadas, mayormente, por el señor Aguilar, pero en un número muy contenido y que no alteran el desarrollo de la trama.
Como sé que prefieren ver mis recomendaciones a tener que leer a este juntaletras invernal, dejo de darles la monserga y les facilito el enlace de la película, que, por supuesto, es en glorioso blanco y negro.
¡Creo que es una de las mejores maneras de inaugurar este mes de octubre!
He comentado en este magno Blog de Don César Bakken Tristán mi escasa filiación por las películas cantadas, sin embargo en toda regla hay excepción (y hasta excepciones). Así que, a mis años, prefiero lidiar con los eventuales incumplimientos de mis criterios a imponerme una absurda rigidez respecto de los mismos.
Les presento una nueva joya del cine mejicano de la mano del charro cantor Jorge Negrete, quien fue indiscutible figura en todos los países de habla hispana. Su presencia, y su primorosa, voz fueron pasaporte para realizar muchas películas donde sus cuerdas vocales deleitaban a un público, por lo demás fervoroso. Don Jorge está muy bien acompañado por María Elena Marqués y otra gran figura del cine de oro mejicano: Luis Aguilar.
Es una comedia deliciosa en la que las canciones no distraen del eje de la historia. Además, no se puede considerar sacrificio escuchar al señor Negrete. Creo que la cinta es del año 1953 y es en glorioso blanco y negro. He visto una versión coloreada, pero como a mi no me gustan esos retoques innecesarios, he preferido ofrecerles el formato original. Si alguien prefiere visionarla en color puede encontrarla fácilmente por internet.
Sí que lamento que el enlace presente una anomalía, para mi, atroz, gangrena de estos tiempos aciagos y de tribulaciones, esos absurdos subtítulos mal escritos. No entiendo su presencia, máxime cuando el idioma hablado de la película es el español. Por desgracia, están por todas partes y han infectado todo tipo de materiales por internet, es un cáncer luciferino en toda regla.
A pesar de ese penoso peaje, estoy convencido de que disfrutarán mucho con esta jovial película.
¡Una nueva píldora de cine “casposo”!, seguidores del magnífico Blog de Don César Bakken Tristán. Yo, como pueden, ver sigo a lo mio sin dejar la linde.
No soy devoto seguidor de Sara Montiel, aunque reconozca su carácter y cierta transgresión. De todos modos no conozco bien su figura como para escribir sobre ella y por lo tanto sólo mostraré algunas pinceladas sobre esta actriz española que dejo su impronta al ser pionera en el cine estadounidense. Doña Concha Piquer había estado, durante un lustro, en Brodway en los años 20, e incluso realizó un cortometraje durante su estancia allí, pero, indudablemente, es la manchega la que cuenta con un bagaje cinematográfico de mayor envergadura.
Así, a vuela pluma, creo que fueron “Veracruz” con Gary Cooper y Burt Lancaster, y “Yuma” con Marlon Brando las cintas de Saritísima y desde luego estuvo acompañada por actores de relumbrón. Antes de esas actuaciones ya había realizado algunos títulos en el cine mejicano.
Me contó una vez mi Esposa que en los descansos de los rodajes solía preparar huevos fritos. Los hacia siguiendo la tradición que había visto siempre en su casa, sofriendo primero unos ajos y cuidando que quedasen con puntillas. Por lo visto Marlon Brando sentía tal devoción por ese típico plato español que rememoraba a menudo esta anécdota. Hay que reconocer que la gastronomía useña no destaca por nada en absoluto y es comprensible que una cocina tan rotunda como la española llame la atención en cualquier parte del mundo. A mi me gustan mucho los huevos fritos (mejor si van bien escoltados de conserva o jamón de Teruel), así que no criticaré el paladar del actor yanqui.
Leí en una ocasión unas declaraciones de la imponente Maria Félix que decían algo así: “yo hago de india en Méjico, pero fuera sólo hago papeles de gran duquesa y princesa”. En su fundamental trilogía hispánica con el gran Rafael Gil tuvo la cortesía de flexibilizar dicho criterio (al fin y al cabo un mejicano no se debe sentir extranjero en España). No sé si la sentencia de la actriz mejicana fue anterior o no, porque Sara Montiel, después de sus dos experiencias hollywoodienses, dijo: “para hacer papeles de india, prefiero hacer películas en mi país”. Y así fue, volvió a España, donde fue agasajada como una gran estrella internacional, ofreciéndole papeles protagónicos con lo más granado del cine español y europeo.
La cinta que les presento hoy es del año 1959, pero cuenta con un portentoso despliegue de medios, a la altura de las mejores producciones. El elenco es de primerísimo orden, ya que estuvo acompañada por el imponente Jorge Mistral y el galán francés Maurice Ronet, amén de habituales del fondo de armario patrio de aquellos años.
Creo que la mayoría de las películas de doña Sara son musicales, género por el que no siento predilección. Esta película sólo la he visto una vez y fue hace bastante tiempo, pero recuerdo dos escenas que se me quedaron nítidamente grabadas en mi memoria. Sólo por ellas se justifica su visionado (aunque luego hagan trampas como yo y se salten los números musicales).
La historia gira sobre un triángulo amoroso en el que la parte masculina la conforman un oficial francés y un patriota/bandolero español. El francés, por amor hacia Carmen, creo que mata a un superior y es acogido, a regañadientes, en la cuadrilla que manda Mistral. Lógicamente la disputa entre ellos se convierte en inevitable y hacia la mitad de la cinta tienen una tremenda pelea a navaja, de la que sale victorioso Mistral quien acaba apuntando con la navaja al gaznate del gabacho, ofreciéndole la vida a cambio de que deje de mirar a Carmen. La cuestión es que, en ese crucial momento, le espeta el francés ¡Clava!
La otra escena es al final. Al francés le han preparado una celada para matarlo por traidor. Entonces Carmen se interpone y mueren ambos. Mistral inicia, en ese momento, la sublevación contra la guarnición francesa y al salir del edificio, roto de dolor por la pérdida de Carmen y lleno de ira contra el francés, abre la navaja con una furia tremenda (una escena conmovedora y llena de fuerza).
En fin, la cinta recomendada está en esa plataforma televisiva que cuenta con un catalogo de películas en español realmente notable. La calidad de imagen y sonido son estupendísimas. Seguramente por internet habrá opciones, aunque si pueden véanla donde les digo. La escena primera comentada es entre los tiempos 1:09 y 1:11. La segunda escena es al final, no tiene pérdida.
Y aunque haya reconocido mi escasa filiación por las películas musicales, les dejo un tema de una en las que interviene Sara Montiel que es de mi agrado, para que vean que no soy tan gruñón como parezco.Por cierto, una letra ideal como bálsamo intelectual para las desquiciadas femiprogues.
Seguramente quienes siguen este magno Blog de Don César Bakken Tristán se sorprenderán del título de mi artículo de hoy, conociendo las loas y estupendos monográficos que he dedicado, en los dos últimos años, al cine franquista.
Sin embargo, creo que la crítica fundamentada resulta siempre de utilidad porque, además de separar la paja del grano, nos permite afinar la valoración respecto de la calidad de los contenidos cinematográficos de aquellos venturosos años.
Es incuestionable la feracidad y potencia de buena parte de las películas franquistas de los años 40 y 50. Opacan, sobradamente, todas las producciones realizadas con posterioridad y ya ni les cuento respecto de esa tenebrosa etapa de la “democracia que nos hemos dado”. De todos modos hay que reconocer que en aquellos años (me refiero a los 40 y 50) también se realizaron obras mediocres, por no decir malas, con infumables argumentos costumbristas de bandoleros y gitanos, así como desacertadas recreaciones históricas.
La exaltación patriótica se encuentra con un mensaje más rotundo y certero en obras de sobrada solvencia como “Rojo y negro” de Carlos Arévalo, del año 1942, que sin embargo el régimen despreció por su excesiva filiación falangista. Obras más beneficiadas por el régimen devienen en producciones defectuosas e histriónicas por su maniqueísmo y simpleza.
Directores tan valorados y queridos por mi, como el gran Rafael Gil o el estupendo José Luis Sáenz de Heredia, se embarcaron en algunos pocos proyectos que no hay por donde cogerlos. Además, Ellos y otros grandes directores tuvieron, para mi, el desacierto de dejar el peso principal, en algunas de sus producciones, en actores cuya negativa presencia hundía toda posibilidad de que aquello pudiera tener un atisbo de lucimiento. Ya he comentado, en estos lares, la nefasta presencia en muchas obras de aquellos años de fernando rey y fernando fernán gómez. Este último resulta especialmente lacerante por cuanto fue un “subversivo” toca cojones que se harto de hacer cine en aquellos años, para luego “reconvertirse” y ser vanagloriado por las hordas artísticas del rojerio patrio.
Leía el otro día que se realizaba un homenaje al modisto Jean Louis, creador de los vestidos de Rita Hayworth en “Gilda”. Al respecto sólo puedo decir que es todo un acierto ese merecido homenaje. Esos vestidos, auténticos iconos cinematográficos, unidos a su portadora forman parte de la nobleza del séptimo arte. Sin embargo, en España, las producciones franquistas de los 50 también contaron con rutilantes aportaciones de grandes modistos, así el turolense Pertegaz diseñó y creó el vestuario de Amparo Rivelles para las películas “De mujer a mujer” de Luis Lucia del año 50 y en “Alba de América” de Juan de Orduña del 51. Es decir tuvieron unas colaboraciones, en el aspecto de vestuario, con lo mejor de lo mejor.
Para un maño mediosordo, me resulta pudoroso comentar el tema de las bandas sonoras y canciones insertas en las películas. Pero desde mi sordera ya endémica, y ausencia de conocimientos musicales, hay que reconocer las aportaciones de grandes maestros y autores que coadyuvaron, con su talento, en la música de grandes películas de la época. Una cinta musical como “Teatro Apolo” de Rafael Gil, del año 50, con el charro cantor Jorge Negrete es un magnifico exponente de lo que estoy argumentando.
Esas colaboraciones descritas anteriormente se mantuvieron, en algunos casos, en el tardofranquismo. Pero el problema de esos años es que los argumentos languidecieron en tramas sin nervio, cuando no profundamente decadentes. Podría resumirlo en una España que progresaba económicamente pero se hundía culturalmente.
Toda esta exposición que, por su brevedad, se acoge a cierta generalidad de conceptos, puede ser rebatida con las consabidas excepciones, que también las hay. Sin embargo, me tengo que reafirmar en que, como marco para entender los 40 años del cine franquista, las premisas son las correctas.
Por último, me resulta triste que muchas películas de aquellos años no estén accesibles. Y no solo hablo de esa siniestra televisión “pública” que pagamos todos y que nadie ve a excepción de los acólitos progres y que jamás programa esas cintas, sino de la plataforma televisiva que cuenta con el mayor fondo de armario de películas españolas, pero cuyo catalogo se centra, precisamente, en los vacuos años del desarrollismo.
Es cierto que por internet se encuentra algo, pero con unas calidades de imagen y sonido que sólo animan a los pertinaces devotos como yo.
Traigo a esta magno blog de Don César Bakken Tristán una joya del cine franquista. ¡Redios! resulta que me he dado cuenta que todas mis películas españolas consentidas son franquistas, ¡quién me lo iba a decir!
Sí, es una nefanda película en blanco y negro católica, patriótica y que habla de valores nobles. Desgraciadamente, amebas sin talento alguno nos han sermoneado sobre el cine casposo de aquellos primorosos años y lo intelectual y artístico que supuso la democracia. Me repugnan esas garrapatas que pontifican sobre lo mejor de nuestra historia reciente, tanto en el social, como en lo cultural.
También siento cierta vergüenza porque durante bastante tiempo me creí esas majaderías. Sin embargo, he encontrado un medio perfecto, con el que hacer propósito de enmienda y petición de clemencia por mi pretérita estupidez, el blog de Don César.
Aquí, libérrimo faro de estos tiempos aciagos y de tribulaciones, puedo mostrar y manifestar mi querencia por el cine franquista, presentando sus magistrales obras. Es un acto de justicia que no necesita justificación, pero si alguna vez dudan de ella pongan la tele y tendrán motivos sobrados.
La delicada gema que les presento hoy, es una cinta del año 1942, con un papel estelar de un actor “secundario” consentido mio, Fernando Fernández de Córdoba. Es una trama interesantísima que te atrapa desde el primer instante. Su metraje ajustadísimo, para los cánones de la época, se hace corto y no decae en ningún momento. Don Juan de Orduña sabe manejar, a la perfección, la historia incluyendo, como era habitual en su filmografía, selectos momentos musicales y de danzas.
Los que dispongan de determinada plataforma televisiva tienen la ocasión de deleitarse con esa estupenda película, con una calidad de imagen y sonido realmente insuperables.
Para los que no dispongan de esa plataforma televisiva lamento no poderles ofrecer un enlace donde visionar esta delicada obra de arte. Sin embargo, no me perdonaría no realizar esta recomendación, porque los que puedan visionarla estoy convencido de que se emocionarán como lo he hecho yo, y los que no puedan acceder les aseguro que harán bien en tomar nota para cuando tengan la ocasión.