Anoche andaba peleándome con la plataforma televisiva que les comentaba en mi anterior artículo, cuando desesperado por la roma propuesta ofrecida, elegí una película que nunca había visto “Frankestein”. Obviamente, conocía imágenes sueltas y alguna pequeña escena de este clásico del cine de terror de los años 30, pero la película completa no la había visto nunca.
Como sólo dura 66 minutos, no me importa recomendarla. Es cortica y no siendo nada del otro mundo, sí aporta ese nivel de conocimiento cinematográfico que cualquier cinéfilo debe tener.
Una vez realizada esa autolabor didáctica y fatigado, tras horas de tediosa búsqueda, me acordé de una película que vi, por primera y única vez, hará cinco lustros ¡cómo mínimo! La película en cuestión es la que da titulo a mi artículo y está interpretada, en sus principales papeles, por Danny deVito, Bette Milder, Judge Reinhold y Helen Slater.
Recurri a los, en ocasiones, útiles soportes del averno cibernético y pude encontrar la película (les adjunto enlace al final del artículo). Es un comedia pura y dura (cosa que se agradece) y ochentera a más no poder, por estética y dialéctica. Las actuaciones no sé si serán buenas o malas (don César lo dirá), pero no van a encontrar en la historia ni un puñetero teléfono móvil, ni diálogos que no pueda ver un niño bien educado, ni chismes tecnológicos de los muchos con los que zahieren, hoy en día, a los sufridos espectadores.
Otra cuestión que me ha llamado la atención, además de la estética de casas y oficinas, es su vigoroso lenguaje. Se utiliza con razonable profusión, respeto continuo y estimulante naturalidad la palabra maricón y sus derivados.
También resulta muy gracioso el tórrido encuentro sexual entre el pillín comisario de policía y una prostituta. Por lo demás la trama es dinámica y entretenida de principio a fin. Me da igual que sea previsible (dado el tono de la cinta), es muy refrescante y hasta transgresora, porque una película de este nivel hoy no estaría permitiría, y su doblaje al español muchísimo menos.
En fin, disfruten de un metraje muy ajustado (ni siquiera lo he buscado) y asomen la cara a la ventanilla del coche, tren o avión para que el fresco aire de un cine sin complejos les arregle la jornada, o la velada.
Sé, a ciencia cierta, que están aburridos a más no poder y necesitan de la feraz carne fresca que proporciona el Blog de don César. Aunque algo indisciplinado, soy un galeote de su estarranclada balsa de náufragos, y me veo – a pesar de mi holgazanería endémica – en la obligación de remar mientras mi querido cómitre descansa, un ratico, de la agotadora labor de marcar el ritmo con las mazas.
En mi artículo de hoy trazaré un eje argumental (seguramente algo sinuoso) relacionado con esas series televisivas en las que, durante tres cuartos de hora, un personaje principal influye poderosamente en las vidas de otras personas. No necesariamente están relacionadas con asuntos policiales o detectivescos (“Se ha escrito un crimen”, “Starsky y Hutch”, «Corrupción en Miami”, por citar algunas de mi época); también las hay con un trasfondo más vivencial (“El virginiano”, “El fugitivo”, “Vacaciones en el mar” por volver a citar otras de mi época).
En ellas aparecen, y desaparecen, personajes a los que, durante el tiempo que dura un capitulo, el protagonista les influye notablemente en sus vidas, resolviendo “nudos gordianos” que les resultaban imposibles de solucionar por sí solos. En la vida real ocurre algo parecido. Quizás de una manera más sutil, no tan escenográfica, pero también pasan por nuestras vidas, “durante 45 minutos” personas especiales que nos influyen poderosamente.
Desde luego supone un privilegio conocer a esas personas que coadyuvan a una evolución interior insospechada y a un mejor conocimiento del mundo exterior. También, todo sea dicho, hace falta ponerse un poco el mono de trabajo, porque la cosa no consiste sólo en esperar recibir, creyéndose merecedor de dicha atención. Indudablemente uno de los mejores ejemplos de lo que les estoy contando en Don César Bakken Tristán, con quien esos 45 minutos duran ya más de un lustro, jajaja.
Por supuesto, existe un estadio superior formado por los formidables vínculos familiares y aquellos ‘amicales’ de intensidad y vivencias cual hermanos. En no pocas ocasiones no sabemos apreciar, en toda su intensidad, lo afortunados que somos, porque, al igual que ocurre en las series de televisión, el legado de esos “protagonistas” tan sobresalientes dura para siempre.
Cambio de tercio.
Soy cliente de una plataforma televisiva que, además de emitir canales generalistas (que nunca veo), zahiere a sus abonados con programas, películas y series deleznables (alguna mínima excepción hay, si no, no la mantendría). La mayor parte de los contenidos propuestos por la plataforma de marras están diseñados para las 3 G, es decir ‘gays‘, gilipollas y guarros (entiéndase en este último segmento televisivo a los rojos y peperos, que vienen a ser lo mismo).
Una de sus últimas aberraciones es una serie televisiva que trata de dos ‘gays‘ patinadores sobre hielo . Por supuesto sólo me he permitido leer las dos lineas de la sinopsis, lo cual ya me ha resultado hasta excesivo. No es la primera vez (por desgracia tampoco será la última) que machacan a su sufrida audiencia con contenidos solo aptos para el desquiciado movimiento lgtbi.
Soy consciente que una de las pocas cosas útiles que tiene la televisión es que sino te gusta lo que ves la puedes apagar. Pero me irrita que, mayoritariamente, exista una programación sesgada, manipuladora y zafia.
En fin, como de historias cinematográficas sobre patinadores de hielo apenas conozco, y siempre que escribo me gusta realizarles alguna recomendación de mi agrado, les animo a que, si lo que prefieren es no “resbalarse”, echen un vistazo a una película de Paul Newman que descubrí hace muy poco, su título es “El castañazo”. La cinta es del año 1977, y aunque tiene un metraje excesivo (para mi gusto le sobra media hora), al menos puedan pasar una entretenida velada sin ver corrompidas sus neuronas con porquerías. No se pierdan la parte final en la que se desarrolla un delirante partido de hockey que seguro les hará sacar una sonrisa.
Disculpen la broma del titular, pero es necesario añadir algo de sicalipsis a lo que les voy a contar (además tengo confianza en que don César me felicitará, jajaja).
Soy maño, algo que cualquiera que siga este magnífico Blog sabe, y el pasado lunes por la noche cometí una tropelía, que nunca había hecho: ver mi primer debate electoral. En ocasión tan especial dedique dicho sacrificio para observar a los candidatos al gobierno de Aragón (tengan cuidado con las mayúsculas porque vienen curvas). He de confesar que la hora y media me resultó mucho más entretenida (¡y divertida!) que cualquiera de las películas modernas que se emiten con profusión desmoralizante.
Seguramente desconocerán que las elecciones mañicas son este domingo, 8 de febrero, y ayer se celebraba en la televisión aragonesa el tercer debate (no lo sabia, por lo visto hubo dos encuentros más previos) con los ocho candidatos a presidir el gobierno de Aragón (durante muchos años se llamó diputación general de Aragón, coloquialmente dégéá, por su acrónimo DGA).
Tal como decía al principio, jamas había visto un debate electoral hasta el de ayer, y no me arrepiento. Siempre he considerado una árida y tétrica labor la de estos ‘perrodistas‘, de a 4 pesetas el kilo, que tienen que embaularse, entre pecho y espalda, estos bodrios para luego hacerles un resumen a sus amos con las que publicar y/o comentar estupideces.
Pero vayamos al lio: ocho (no seis como en los toros), ¡ocho candidatos! a presidir el gobierno de Aragón (los mañicos siempre hemos sido muy espléndidos, jajaja). Hormonalmente eran tres tías y cinco tíos y para poder avanzar se los presentaré: estaba una podemita y otra de izquierda hundida con apellidos vascongados lo cual, en Aragón (y en toda España), ya es motivo de alerta. Luego estaba la sociata cuyo apellido ‘alegría’ es un oxímoron en toda regla. Por la bancada de la testosterona había uno del par (partido aragonés regionalista), otro de la chunta aragonesista, uno de aragón existe, el pepero y un hombre de VOX.
Hechas las presentaciones, indicar que la hora y media del debate me resultó muy instructiva. Me reí, en algunos momentos, como hacia tiempo. El hecho de tener unos tiempos de intervención tan limitados, convirtió al debate en un episodio televisivo muy dinámico. Cada candidato tuvo 2 minutos y medio, en cada uno de los cuatro bloques en que se estructuró el debate, más un minuto al inicio y otro al finalizar el mismo.
Centrándonos en el contenido, debo decir que me supuso un gran alivio que tanto la podemita como la de izquierda hundida utilizarán, en el 100 % de sus intervenciones, el género femenino, lo cual me excluía, afortunadamente, de sus desquiciamientos ideológicos. Por no hablar de la estúpida verborragia “inclusiva” que da más asco que otra cosa. Realmente los más risueños momentos de la noche me los pasé con la hembra empoderada de izquierda hundida, aunque, en algún momento, le echo una mano la podemita que no estuvo tan brillante en lo de decir majaderias.
Aliviado porque estas acémilas bípedas no contaran conmigo para nada (y con el sexo masculino en general), me centraré en la sociata que llegó a pronunciar, en varias ocasiones y sin pestañear, la palabra gratis. Si hay una palabra que detesto, y más en el tráfico político, ese palabro maldito, ¡NO HAY NADA GRATIS, REDIOS!
Me enternecieron las “severas” criticas de las chicas podemitas y de izquierda hundida hacía la sociata. Tampoco faltaron esos “pellizcos de monja” hacia la la antítesis de la alegría, por parte del tiparraco de la chunta, ni del de aragón existe, ambos fervorosos apoyos a los malpresidentes del gobierno sociata en Madrid. ¡ay, Señor, que enfados!
El chico del par se presentó con atuendo casual de calle y estuvo divertido en general. En una ocasión le espetó a Alejandro Nolasco de VOX que Abascal era su jefe indio, jajaja (ahí estuvo ocurrente el tipo). Por supuesto el señor Nolasco fue acusado de fascista, machista, racista, negacionista, antivacunas, ultraderechista y no sé cuantas cosas más ;aunque el más hiriente, para variar, fue el pepero. Afortunadamente, y dado lo limitado de los tiempos de intervención, el hombre de VOX no entró al trapo de semejante y estéril diarrea verbal.
El pepero vendió humo (como siempre), dijo rotundo que “Transvase NO” (como el resto excepto VOX) y se pasó el debate en una oxidada y aburrida pelea de enamorados con la sociata, echándose los trastos a la cabeza con nulo ingenio y tediosa previsión.
Y me despido con el señor Nolasco, que fue el único que tuvo el atrevimiento, entre otras cosas, de decir inmigración ilegal y menas. Ya sólo por eso contó con mi simpatía. Por supuesto no mencionó términos tan deplorables como ‘cambio climático’, ‘100 % público’, ‘migrantes’, ‘ecología’, ‘cultura’, ‘derechos’ y demás palabrotas de esa terminología yerma. También me gustó que fuese igual de contundente con sociatas y peperos, ese partido siamés bicéfalo que ha esquilmado España los últimos diez lustros.
Y, en fin, para terminar y puedan esbozar una sonrisa les diré una anécdota entrañable: resulta que la podemita estaba exhalando dióxido de carbono cuando dijo en uno de sus balbuceos “para que David y su novio puedan tener una vivienda e independizarse”. Por lo visto los ‘gays’ si entran en ese restringido y “sensible” nicho (nunca uso ese término, pero en este caso es el apropiado) de población al que estas tiorras se dignan en dedicar sus lamentables quehaceres.
Para despedirme, quizás lo más propio hubiese sido poner una jotica, pero estoy en un momento de transición en mi vida y lo que me apetece es ser un facha redomado. En fin, para compaginar esa filiación con Aragón he elegido el “Cara al sol”, en la primera versión grabada de dicha canción. Es el imponente tenor mañico Miguel Fleta.
No puedo dejar pasar la ocasión de contar una anécdota, cada vez que nombro al gran cantante lírico aragonés. Resulta que el día que se proclamó la II república, don Miguel actuaba en Pamplona y, al llegar al teatro, le espetó el portero:
Don Miguel, ahora somos todos iguales
A lo que el mañico univesal le contestó, con agudeza:
¡Vale! pues salga usted a cantar que ya me quedo yo en la puerta
Hará cosa de quince años, durante aproximadamente tres o cuatro, fui vecino de Raquel y Esteban. Por entonces eran dos recién cuarentones sin hijos, con quienes coincidía, con cierta frecuencia, tanto en la calle como en el ascensor o el portal del edificio donde residíamos.
A pesar de esos casuales encuentros públicos, el vivir pared con pared (¡estos edificios de las grandes ciudades son indiscretos a más no poder!), me permitió conocer una realidad más intima.
Raquel era una mujer que aún manifestaba una buena parte de la belleza que seguro había tenido siendo más joven. Sin embargo, cuando la conocí, su aspecto aparentaba tener un par de lustros más de lo que reflejaba su fecha de nacimiento.
Esteban era un tipo atractivo de presencia rotunda y don de gentes. Estoy convencido de que fueron esas cosas las que atrajeron a Raquel para casarse con él. De todos modos, en los años en que fuimos vecinos observé una dualidad notable en el carácter de Esteban, porque podía ser un tipo encantador para cualquiera, pero en lo que atañía a la convivencia marital era un auténtico carnuzo.
Esteban era un celoso enfermizo pero, sin embargo, él – incluso cuando iba acompañado de Raquel – no tenía reparo alguno en fijarse, descaradamente, en las jóvenes de buen ver con las que se cruzaba y, siempre que tenía ocasión, las dejaba pasar por delante suyo para realizarles la oportuna radiografía del equipamiento posterior. Fueron estos años una época donde las desavenencias conyugales de mis vecinos me dejaron una profunda huella. Aunque la realidad era que el único desavenido era Esteban, quien, con una frecuencia roma e implacable, era sumamente desabrido con su mujer.
Raquel era ama de casa y coincidíamos a veces mientras iba o venía de hacer la compra. Cuando llevaba mucha carga solía ayudarla, aunque ella era algo refractaria a la desinteresada ayuda, por si alguien conocido la veía en mi compañía, supongo. También solíamos coincidir en la iglesia, aunque menos veces de las posibles, porque mi pereza para madrugar los domingos me impedía acudir a la misa de las 9, que era la preferida de Raquel. Nunca la vi acompañada de su marido.
Esteban trabajaba como comercial, con considerable éxito, en una empresa de venta de coches y era, durante su jornada de trabajo, una persona que no manifestaba el agrio trato que, por entonces, le daba a su mujer. Las discusiones eran más bien monólogos porque el único que soltaba diatribas y exabruptos era el animal de Esteban. Creo que Raquel ya se había dado cuenta de la esterilidad que suponía discutir con un energúmeno incapaz de darle un adarme de cariño. Me he excedido con el término ya que a una esposa se la respeta y éste no era el caso.
Raquel cocinaba, lavaba la ropa, atendía el hogar y hasta tenía que soportar esporádicas relaciones sexuales cuando las hormonas, de la bestia bípeda que tenia como marido, estaban exaltadas. Sin embargo, en cuántas ocasiones escuché como Esteban le espetaba hirientes comentarios como que Ella comía gracias a lo que él ganaba; que era una inútil que sólo ocupaba su tiempo en ver intrascendentes series de televisión; que se estaba poniendo gorda porque no pensaba en otra cosa que comer; y otras lindezas por el estilo. ¡Cómo si Raquel no se partiera el lomo, todos los días, haciendo mil cosas de provecho!
Siendo mucho, no sólo eran esas las únicas situaciones en las que Esteban manifestaba su áspero carácter. Continuamente criticaba a Raquel con comentarios desagradables por minucias: que si la comida estaba con poca sal; que si te han visto acompañada; que qué estabas haciendo cuando he llamado hoy a casa y no me has contestado; que todavía no me has cosido el bajo del pantalón (¡a saber en que circunstancias!); que tienes la casa hecha una porquería y, en fin, cosas por el estilo.
Intervenir en una contienda conyugal así es muy complicado, y yo jamás encontré la manera de ayudar a Raquel, más allá de mostrarle la mayor cordialidad de la que era capaz. La tristeza de la mirada de Raquel me sobrecogió siempre. Ésa cristiana resignación suya, vinculada a la asunción de la responsabilidad por la elección del marido, es algo que siempre consideré como de una gran integridad moral pero, a la misma vez, terrible. Cuando, por motivos laborales, tuve que cambiar de residencia, me entristeció sobremanera la despedida con mi vecina. Ella jamás me comentó nada sobre su desastrosa convivencia marital, su entereza, ante su adversidad personal, me conmovió.
Después de tantos años, casualmente la semana pasada, volví a ver a Raquel. Se había producido una extraordinaria metamorfosis en su aspecto, no en lo físico, porque a pesar del tiempo transcurrido se puede decir que físicamente estaba tal como la recordaba. Sin embargo su ánimo y su mirada me resultaron novedosas. Me comentó que enviudó cuatro años después de dejar de ser su vecino. No le pregunte por lo ocurrido, ni siquiera le dí el pésame, hubiera sido un gesto hipócrita a los que no soy dado. Al fin y al cabo el sentimiento más probable, ante el óbito de su cónyuge, sería, con mucha probabilidad, el de alivio. No observé que se molestase por esa forma de actuar mía.
Fue un encuentro muy cordial. Raquel estaba muy tranquila, con esa confianza interior que se manifiesta sutilmente, sin impostarla. Me presentó a su madre, quien la acompañaba en ese momento. Es una anciana menuda de pelo cano, gafas de montura metálica y de mucha graduación. Tiene esa mirada serena de quien ostenta nobleza y ha hecho el bien durante toda su vida. Su aspecto físico estaba notablemente condicionado por el paso de los años, también de aquellos en los que había dejado una marca visible el sufrimiento por su hija.
Para mi sorpresa me dijo que, si me iba bien, podíamos quedar para comer un día. Me comentó que prefería la comida a la cena, porque cenaba muy frugalmente, ante la irascibilidad de su estómago (según Raquel, un legado paterno del que hubiese preferido prescindir).
Dos días después fuimos a un restaurante convenido, un sitio en el que había estado y que, en esta ocasión, me resultó más luminoso y agradable que nunca. Es uno de estos clásicos restaurantes familiares con un pequeño bar a la entrada. Las mesas están dispuestas con esos entrañables manteles a cuadros en las mesas y cuya mayor virtud, además del cordial trato que brindan el matrimonio y sus dos hijos que regentaban el local, es disponer de un fuego bajo que le dota de una calidez especial. Como era poco después del día de Reyes, se puede decir que el ambiente no podía ser más propicio y acogedor para una inmarcesible charla. Y así fue.
Me alegré al observar que Raquel había encontrado esa armonía vital que merecía. Al fin y al cabo ya había pagado el precio (y el sobreprecio) de la misma. Durante esa comida descubrí algo que no había visto antes: su sonrisa.
Fui compañero de Antonio tanto en el instituto como en la universidad. Por aquellos años destacaba por ser un irreverente, osado y sagaz joven que, en las distancias cortas, mutaba en un tipo noble y generoso. Disponía Antonio de una voz primorosa, fino humor y una imponente y atractiva fisonomía que lo convertían en el plan sicalíptico perfecto para las chicas más lanzadas. Le gustaba que fuéramos juntos en toda ocasión pero, especialmente, cuando íbamos a encontrarnos con chicas. Nunca entendí el por qué, ya que le era totalmente innecesaria semejante prevención, por más de que un tipo corriente como yo, con una voz desastrosa y un carácter entre tímido y muy tímido, coadyuvase a destacar aún más su presencia.
Les relataré, a continuación, una anécdota que observé de primera mano y que ejemplifica un rasgo de su carácter por entonces: fue durante nuestra etapa universitaria. A Antonio nunca le fue lo de estudiar, así que recurría a todo tipo de mecanismos ilícitos para ir quitándose asignaturas, como a él le gustaba decir. Tuvo siempre una suerte inmerecida con estos asuntillos porque jamás lo pillaron. Creo que el desparpajo con el que actuaba era su mejor escudo.
Era una mañana de invierno de ésas en las que se agradecen, como en ninguna otra estación del año, esos tibios rayos de sol sobre los semblantes. Siguiendo su rutina, Antonio no había estudiado, ni siquiera se había preparado unas improvisadas chuletas para el examen. Con ese bagaje cualquier otro no se hubiese atrevido a entrar en el aula, pero Antonio no era de amilanarse ante tan hostil coyuntura.
El hecho es que, como no tenía ni idea de las preguntas del examen y mucho menos de las respuestas, requirió a una compañera de clase, que estaba sentada a su lado, para que se las soplase.
La chica en cuestión se llamaba Adela, no es que fuese la más bella de la clase, pero lo compensaba ampliamente con su simpatía natural, lo formal que era y porque tenía la risa más bonita y entrañable que jamás haya conocido. Lo cierto es que la joven sentía una cierta atracción por Antonio, aunque nunca habían llegado a tener más relación que la académica entre dos compañeros de universidad.
Adela, que era estudiosa, andaba frenética respondiendo las procelosas preguntas que les habían puesto, sin levantar, si quiera, la mirada y desoyendo las desesperadas peticiones de Antonio. El tiempo iba transcurriendo y aquello pintaba realmente mal para los especulativos intereses de Antonio, así que, con una desvergüenza sin parangón, en un súbito movimiento felino, le robó el examen de Adela, para copiarse sin el mayor miramiento.
Adela, cuyas mejillas – en el fragor intelectual del examen – habían adquirido un intenso color sonrosado se quedó blanca como la nieve. A pesar de ello, tuvo el coraje de no desenmascarar tamaña afrenta de su compañero, disimulando hasta que, minutos después, Antonio, en otro gesto intrépido, le pudo devolver su examen.
El padre de Adela era mecánico de profesión y le llamaban “el tuercas” porque decían que aflojaba los tornillos con las manos sin necesidad de llaves fijas, ni de tubo. Era un hombre recio, como una columna dórica, que a sus cincuenta y tantos aún conservaba un gran vigor. A pesar de su físico intimidatorio solía ser afable en el trato, salvo que alguien le buscase las cosquillas; entonces era de temer.
Antonio conocía al padre de Adela y consciente de lo que le podía acontecer, evaluó, a la salida del examen, las dos posibilidades que tenía: una era esperar a que Adela le contase a su padre lo ocurrido y éste fuese a buscarlo para romperle, uno a uno, todos los huesos de su anatomía infringiéndole el mayor dolor posible; y la otra, recordando lo dicho en esas películas clásicas estadounidenses sobre juicios en que se menciona que una esposa no puede declarar contra su cónyuge, pedirle la mano a Adela.
No es que Antonio se manejase mal en lo de la defensa personal incluso contra adversarios que le superasen en número, pero una cosa eran esas peleas y otra enfrentar a un Zeus justamente enojado y con manos como palas. En realidad coadyuvó a la determinación que tomó el hecho de que Adela, sin tener el físico de su padre, tenía, como mínimo, el doble de su carácter, así que a la salida del examen se fue presta a buscar a Antonio, lo cogió de la pechera y con una fiera y fulminante mirada no hizo falta que le dijera nada. Antonio sintió, en ese fulguroso instante, algo que no había sentido antes y, entonces, la besó, para después, con esa encantadora sonrisa suya algo pícara, espetarle:
Te casarás conmigo ¿verdad?
Tras medio lustro de noviazgo, debidamente supervisado por el padre de la novia, se casaron en un agradable día de primeros de otoño. Adela llevaba un inmaculado vestido blanco con guantes por encima del codo y Antonio un resultón traje de color gris con corbata a juego y nudo clásico. Ahora llevan ya 20 años de casados y son un matrimonio que muestra una gran armonía, probablemente por ser tan distintos. Han tenido tres hijos (dos chicas y un chico) y el abuelo sigue estando pendiente de cualquier reparación en sus bicicletas, motos y artefactos con ruedas de cualquier pelaje.
A excepción de nosotros tres, nadie, hasta ahora, había tenido conocimiento de aquella anécdota que cambió tan significativamente la vida de sus protagonistas.
Por cierto, en aquel examen sacó mejor nota Antonio que Adela.
Hoy hace 5 años que tuve el privilegio de ser acogido por Don César, en este magnífico blog suyo.
Ha sido un intervalo temporal y una vinculación personal que han ejercido una notabilísima influencia, no ya desde la perspectiva de un juntaletras invernal (que también), sino en múltiples aspectos vitales. Navegar como galeote, a las ordenes del fiero cómitre, me ha permitido obtener un bagaje insospechado de conocimientos y experiencias, pero, todo ello, asociado a una primorosa comunión, en muchas cosas impensables entonces. De todos modos, lo principal ha sido el descubrimiento de una gran persona: sensible, inteligente, cariñosa y profundamente transgresora.
Antes de entrar en materia y dada la flojísima memoria del vulgo ‘espenol’, debo recordarles que en noviembre del 2020 estábamos en pleno desquiciamiento ‘plandémico’. Ya saben, imposición del bozal, arrestos domiciliarios forzosos, medidas liberticidas a quemarropa, “filantropicas vacunas” que resultaron ser muerte en vena a malsalva y, en fin, todas esas cosas.
De todos modos, quiero alejarme de esas nigérrimas jornadas para conmemorar esta emblemática efeméride personal, dejando, como los buenos licores, un buen sabor de boca. Escribí para la ocasión, hará cosa de un año, un relato muy intimista que pivotaba sobre don Raimundo, un personaje a quien el Señor Bakken Tristán conoce bastante bien.
Sin embargo, desistí de presentar ese relato, en este lustroaniversario, por considerarlo demasiado íntimo, al igual que me ha ocurrido con otro que escribí, unos meses después, con ese mismo objetivo, titulado ¡Maldito viaje!
Por supuesto Don César ha tenido acceso a dichos textos. Para mi, que sus inquietos y lúcidos ojos sean los únicos que tengan la ocasión de leer esos relatos tan personales (nunca afinados del todo, principalmente en lo gramatical, jajaja), me parece el mejor destino para los mismos.
De cualquier manera, creo que en el centenar y medio de mis artículos subyace una imagen muy fiel de mi personalidad, aficiones, filias, fobias, convicciones; incluso intimidades. Es más, estoy convencido de que lo mejor que he escrito, y escribiré jamás, forma parte de esos artículos.
Tengo que confesarles que ha sido el relato ¡Maldito viaje! el que, durante más tiempo, pensaba utilizar para esta ocasión. Partiendo de una hipotética experiencia personal futura, preparé un texto en el que me excedí en mostrar uno de mis recuerdos más íntimos, motivo por el cual he considerado totalmente inadecuada su exposición pública.
Debo decir que, a pesar de ese auto-ostracismo, sólo el mero hecho de haberlo escrito me ha resultado de gran ayuda, porque me ha permitido darme cuenta de aspectos y relevancias que las nostalgias motivadoras del relato me impedían ver y valorar con claridad.
Podría escribir, hasta cansarles, sobre la calidad e intensidad de mi relación con César, un Hombre con una capacidad creativa y comunicativa volcánica, contagiosa, feraz y exigente (pero de esa exigencia que nace de la que Él se impone a si mismo, tanto en sus materiales, como en la atención que brinda a sus quehaceres), noble, de afinado sentido del humor y con un toque de calidez en el trato, ciertamente raros en estos tiempos aciagos y de tribulaciones.
Habiendo muchos factores por los que valoro mi estrecho vinculo con el empedernido creador, y titánico baluarte de este blog, considero que el más principal de todos ha sido: tener su RESPETO.
No es nada gratuito, ni menor, ese aspecto de las relaciones humanas. Es más, lo considero superior a la mayoría de ellos, por su vigencia en cualquier momento y situación. Los afectos y las animadversiones, por ejemplo, son volubles a la intensidad de la relación, además de mudables con el paso del tiempo. Sin embargo el Respeto, una vez obtenido, es roca firme que permanece, con independencia del devenir de la vida.
Digo aún más: el Respeto, lejos de esas rancias aproximaciones que se realizan sobre él, es inigualable piedra clave sobre la que apoyar nuestra conducta y las relaciones con otras personas.
Cuando eramos unos desconocidos existía ese respeto aséptico, formal, frio, que ni dice, ni vale, gran cosa. Ahora, sin embargo, el bueno está infiltrado hasta el mismísimo tuétano y puedo decir que esa evolución ni ha sido fácil siempre, ni muchos menos rápida. Porque este Respeto, que es privilegiado don sólo al alcance de los elegidos, no se adquiere por más de que exista un flujo de entrañables conversaciones telefónicas y un inmenso arsenal de correos electrónicos, guasap y telegram (incluso ha habido emotivas cartas postales). Tampoco porque se hayan producido un buen número de confesiones e intimidades. El Respeto debe forjarse en el compromiso y en cómo nos comportamos ante las desavenencias (que alguna hemos tenido). Por haber tenido esas pruebas y haberlas superado, gracias a esa “materia” intangible prodigiosa, nuestra amical relación ha alcanzado ese primoroso estatus.
El Respeto, para mi – entre otras muchas cosas – es ese formidable aliento por el que alcanzamos compromisos que ni siquiera el aprecio (o desprecio) personal son capaces de materializar. También es que, cuando don César conozca a otro maño gruñón sé que pensará, al menos un instante, en mi. De la misma manera, estoy seguro de que cuando me encuentre con un ácrata irredento y sicalíptico, pensaré en Él. Y también sé que, ambos, cuando en la cercana crucial hora para la inmortal Patria, en la que los ecos de las veras y antañas voces llamen a sus hijos – zaheridos durante lustros – a deshollinar de felonías, expolios e ignominias el solar patrio, nos pondremos en pie y , con voz rotunda, exclamaremos: «¡PRESENTE!»
Sólo ha habido dos momentos en mi vida que he llorado en mi actividad juntaletril. El primero no tengo la menor intención de desvelar, aunque esté publicado en este libérrimo blog. El segundo, aunque mis lagrimas se hayan deslizado por mi cara con menor intensidad, ha sido en este emotivo artículo para el lustroaniversario de mi presencia aquí.
He recibido de Don César paciencia infinita y sobradas muestras para considerar este blog suyo como mi casa. Así la considero, y la consideraré, mientras viva.
Un hogar en el que he vivido mis horas más febriles como juntaletras, aunque últimamente mi ritmo es ya más sereno, acorde a las canas de un invernal sesentón. Este blog es un refugio cómodo, familiar, confiable, dispuesto siempre a atender los requerimientos de los eremitas que se refugian en él. Es guarida virtual cálida en invierno y fresca en el verano, pero en la que su principal activo es la compañía (amén de Don César, Don Luys y Doña Karen).
Siguiendo una de las líneas juntaletriles más comunmente utilizadas por mi, en este ilustre blog, creo que no existe mejor manera de cerrar este artículo/carta/testamento juntaletril, que efectuando una recomendación cinematográfica, actividad que me ha brindado muy gratas horas en esta singladura.
Es una película que ya recomendé el 1 de enero del 2021, casi recién llegado a esta cueva campestre, cobijo de galeotes muy indisciplinados. La cinta es de primerísimo nivel y bien merece una segunda oportunidad. También porque, entonces, no pude ofrecer un enlace para su visionado completo.
Me he decantado por la misma porque, en cierta forma y desde mi punto de vista, tiene una analogía con el periplo vital y emocional de César y mío. Dos personas, inicialmente, con poco en común y con unas vidas muy distintas, pero que, al irse conociendo, van adquiriendo perspectivas más amplias y enriquecedoras, hasta configurar una relación de Respeto eterna.
La película es del año 1942, dirigida por el estupendo George Stevens y se titula, en español, “El asunto del día”. Participan un elenco de primer orden compuesto, en sus papeles protagonistas, por Jean Arthur, Ronald Colman y Cary Grant, quienes realizan unas actuaciones deliciosas y sin desperdicio.
Me despido, afirmando que Don César Bakken Tristán es un hombre con temple (busquen la atinada 6ª acepción del diccionario de la RAE), de rocoso lenguaje, critico acerado y libérrimo, estimulo constante; antagonista temible, estoico corrector de mis errores ortográficos y sintácticos, generoso mecenas y leal Compañero de viaje en esta estarranclada balsa de náufragos cibernética.
Me despido de esta tetralogía dedicada al gran Rafael Gil, con el título de la cabecera. Tal como me comprometí, completo, con esta cinta del año 1948, la indispensable trilogía del director matritense con la imponente María Félix.
Tengo mucho material para esta última entrega, porque aprovecharé para, además de hablar de la película en cuestión, comentar filias y fobias cinematográficas, del primoroso cine franquista e hispanoamericano de aquellos feraces años 40 y 50.
Sobre la película de hoy indicar que es una trama de espionaje durante la II Guerra Mundial (con éso basta). El protagonista masculino es el sobrevalorado Fernando rey, un tipo que fue habitual del señor Gil y que trabajó a lo bestia durante el franquismo ¡aún me hago cruces de semejante privilegio! Porque me ha resultado siempre bastante insufrible y éso que fue llevado a los altares por la “proguesía democrática del 78”. En fin, no quiero perder más tiempo con este tipo.
Hay actores, por ejemplo Tomás Blanco que hubieran tenido más prestancia en ese papel. El actor bilbaíno se manejaba con gran solvencia en todo tipo de géneros: el drama “La laguna negra”; el bélico “El santuario no se rinde”; incluso en la comedia elegante como en la producción argentina “La cigüeña dijo si”; y ya ejerció de marido de la Félix en “Una mujer cualquiera” de 1949. Eso por no hablar de lo que hubiese supuesto la reconfortante presencia del gran Jorge Mistral, que, al menos, hubiese nivelado la balanza contra la Afrodita mejicana.
Acompaña a la pareja el siempre eficiente Guillermo Marín, y un actor de gran tonelaje físico y artístico (dicho con el mayor de los Respetos): me refiero al entrañable Juan Espantaleón, cuya actuación en “La pródiga” (año 1946), del mismo director (fue un habitual suyo), aún me emociona cada vez que la recuerdo.
Quiero resaltar a esa perversa mujer que, en esta película, lleva al límite y más allá a un hombre. Tiene todo el crédito del mundo, no como las ‘femme fatales’ de ahora que resultan estérilmente creíbles en lo de llevar a la perdición a los hombres, ni siquiera al más desesperado y sicalíptico de los mismos. Aún más, por más contorsionismos e impúdicos exhibicionismos que realicen consiguen activar la testosterona suficiente, en el espectador, como para hacer creíble un mero encuentro sexual o un apasionamiento desenfrenado.
Esta cinta me ha evocado otra, con la misma actriz, en la que ejerce, también, de “mala mujer”. Es en la película de Luis Saslavsky, un director argentino que en 1951 dirigió, “La corona negra”, sobre una novela de Jean Cocteau. Acompaña a la Félix José María Lado, un habitual del primoroso cine franquista de la época (casi siempre haciendo papeles de hombre áspero y rudo), quien ejerce de marido, en segundas nupcias (está más que justificado el arrebato ‘entrepernil’). El hombre saca del arroyo a esa turbadora buscavidas y a un tipo de cuestionable y similar ralea que luego se liarán y conspirarán contra él. Hay una escena demoledora: resulta que está el matrimonio en plena desavenencia conyugal en su domicilio, y María Félix lleva un impoluto y espectacular vestido blanco con unos taconazos de infarto; nada comparable a unas cómodas zapatillas de felpa y un cálido pijama o chándal de cuerpo entero. Ante una presencia así, supone un dulce y justificado sacrificio que esa escultural hembra te asesine, a traición, clavándote unas tijeras en el costillar.
En fin, que María Félix da la perfecta imagen de poder hacer lo que se le antoje, con cualquier hombre ¡y encima dejarlo encantado con ser su felpudo!
Este mismo director realizó, en el año 1941, la notable “Historia de una noche”, la mejor película argentina que he visionado. A pesar de los años, mantiene la frescura con una historia que te atrapa desde el primer instante. Las actuaciones son de primer nivel y la hora y media se pasa en un santiamen. Los diálogos son muy fluidos y de gran calidad. El acento argentino, un habitual lastre en las producciones de aquellas latitudes, está muy contenido, de tal manera que resulta perfectamente tolerable.
El director, desafortunadamente, se embarco en una producción española, del año 1963, con la misma historia. Ni siquiera la estimulante presencia del gran Jorge Mistral pudo compensar esa innecesaria ‘segunda parte’. Ayudo sobremanera al despropósito el pánfilo de Adolfo marsillach, un tipo de cuyo desempeño cinematográfico no puedo tener peor opinión, y éso que se hartó de hacer cine con Franco.
Haciendo mio un antaño y querido modelo de presentación de don César, especialmente en su insigne sección “Música sin mariconadas”, no les presento hoy una película, ¡¡sino tres!!, todas de primerísimo nivel, con el clásico metraje de la hora y media, que harán las delicias de los osados que se atrevan a sustituir el intrascendente y aburrido cine actual por CINE con mayúsculas.
¡Hasta dentro de siete semanas!, si Dios quiere, y vean, ¡vean! las buenas películas del formidable fondo de armario del cine franquista e hispanoaméricano de los años 40 y 50.
Cruzo el ecuador de mi tetralogía del gran Rafael Gil, entrando en los mejores títulos de la misma. La que les presento hoy es “La noche del sábado” del año 1950, sobre una obra homónima de Jacinto Benavente.
Aquí ya estamos hablando de palabras mayores, con un elenco de primerísimo nivel en el que destaca la imponente presencia de Maria Felix. La acompaña Rafael Durán, un actor muy de mi agrado, indispensable en la filmografía del director matritense en aquellos años. Títulos como “La fe”, “El clavo” y algunos más que mi desmemoria me impiden señalar, muestran ese intenso y feraz vinculo profesional.
La belleza mejicana realizó una trilogía indispensable para el señor Gil: una cinta de 1948 que presentaré en la próxima ocasión; “Una mujer cualquiera” de 1949, que ya tuvo cobijo en este retiro cibernético de primerísimo nivel, y la película de hoy. Tres grandes películas que admiten «revisionados» sin perder la frescura, a la par que permiten encontrar detalles nuevos en cada uno de ellos.
La historia es lo menos relevante, aunque por darles unas pinceladas indicar que es una joven de gran belleza y ambición que por salir de la pobreza se convierte, inicialmente, en musa de un escultor y de ahí irá escalando socialmente. Si no la van a ver ¿para qué darles más detalles?, y si se deleitan con su visionado, prefiero no desentrañar más la historia.
Hay una frase de “Cautivos del mal” de Vincente Minelli (desde mi punto de vista su única película digna de mención) en la que Kirk Douglas dice sobre Lana Turner (después de una desastrosa prueba para una película de la actriz) “da igual que en la prueba haya estado mal, porque cuando está en la pantalla cautiva y los ojos sólo se fijan en ella” (se que no es literal, pero la esencia es esa). A María Felix le ocurre exactamente eso, su presencia cautiva ¡y de que manera!, convirtiendo cualquier aparición suya en garantía para que la película valga la pena verla.
El problemón era para los actores, y fueron pocos los que tuvieron la prestancia como para mantener el tipo ante la Afrodita mejicana, aunque de eso hablaré en la próxima entrega.
Comentaba en mi anterior recomendación, del gran Rafael Gil, que iba a realizar una tetralogía significativa de su obra pero con la peculiaridad de utilizar el transgresor criterio de empezar, entre las seleccionadas, por las más recientes en el tiempo, para ir dando pasos cronológicos hacia atrás (no cinematográficamente hablando, porque, en las dos próximas entregas, encontraremos cintas de los años 40 y 50, sin lugar a dudas la etapa más fecunda y poderosa del director matritense).
Hoy les presento una cinta basada en una obra de Ana diosdado (sólo le concedo la mayúscula al nombre porque mis referencias personales, a nivel creativo, son sencillamente malas, pero tal vez disponga de alguna virtud y esté equivocado en mi apreciación). No sé nada de la vida de esta autora, pero los materiales que conozco suyos me han resultado infumables, hipócritas, buenistas y progues.
Quiero destacar la presencia, en la película, del mañico Fernando Sancho, un actor que estuvo a las ordenes del señor Gil durante más de siete lustros. Una dilatadísima colaboración, aunque en esta cinta sólo realice una brevísima aparición haciendo de El mismo (creo que lo llaman “cameo”). Sin embargo encontraremos a don Fernando en todas sus grandes obras y quisiera destacar una moderna en la que tiene un papel estelar. Me refiero a la adaptación cinematográfica de la novela del “fénix de los ingenios”, como se le bautizó en su tiempo, a don Félix Lópe de Vega y Carpio, un autor del Siglo de Oro con una inmensa capacidad creativa, entre cuyas obras se encuentra “El mejor alcalde el rey”. En la película, que adapta dicha novela, don Fernando interpreta a un conde sicalíptico y malvado, pero encantador, en una actuación de primerísimo nivel y sumamente enternecedora.
Después de este sentido homenaje a mi paisano, les relataré que la cinta que presento hoy, es una historia intrascendente, con un final dramático, en torno a unos jóvenes que quieren abrirse paso en el mundo de la música. Todos son muy “liberales”, por no decir progues y por lo tanto gilipollas. La cuestión es que uno de ellos lleva tres años casado (a su manera), pero se encama con su cuñada por despecho al no recibir el respaldo económico, para su proyecto musical, del cuñado que está económicamente bien situado. El desenlace es coherente y dramático.
La cinta me resultó ilustrativa sobre las “bondades” de la progresía tardo y post-franquista. Así en ése “matrimonio tan moderno” la cónyuge le perdona la infidelidad como si no hubiese pasado nada (la escena final en la que se van a la cama juntos, como si no hubiese pasado nada, es muy clarificadora). En fin que esos jóvenes del 75 (desde mi punto de vista con poco en común con los jóvenes de aquellos años) se creen superiores a los “casposos” franquistas intolerantes, y, personalmente, me parecen unos tipos ridículos, pretenciosos y fatuos.
Es una cinta de 1975 y ya marca territorio sobre muchas tendencias, en las formas de vida y comportamiento social, que se impusieron después.
Sinceramente, ¡CON FRANCO VIVÍAMOS MEJOR!
Como en mi anterior recomendación, aunque sea una película floja en el haber del señor Gil, prefiero que vean la cinta y que comenten, en la confiable opción que ofrece este blog, sus opiniones.
Cuando se aborda una tarea monográfica sobre algo, o alguien, suele realizarse de una forma cronológica, de manera que pueda observarse la evolución (o involución) del artista y su obra, a través del tiempo.
A fuer de remar en esta estarranclada balsa de náufragos me he aficionado, en ocasiones, a ser un poco transgresor – ¡jamás tanto como el cómitre que la gobierna! -, así que les voy a presentar una tetralogía del gran Rafael Gil que amplia y complementa la pentalogía, sobre el mismo director de cine, ya presentada en octubre y noviembre del año pasado, en este cobijo cibernético de galeotes indisciplinados,
Van a ser cuatro recomendaciones de muy diverso calibre y calidad, dos de ellas de su etapa crepuscular, tan vinculadas a las obras del escritor valenciano Fernando Vizcaíno Casas, y otras dos de su más poderosa y feraz etapa creativa, la de los años 40 y 50, con sendas películas basadas en novelas de Vicente Blasco Ibáñez, también valenciano aunque valga en su haber que su Madre era mañica (bilbilitana, para más señas).
Sólo como recordatorio indicar que las cinco películas seleccionadas que tuvieron cabida en este primoroso rincón digital fueron (esta vez sí, por orden cronológico de publicación):
La calle sin sol – 1948
De Madrid al cielo – 1952
Una mujer cualquiera – 1949
Huella de luz – 1942
El beso de Judas – 1954
Todas ellas junto a mi preferida, del director matritense, “La guerra de Dios” del año 1953, conforman un fondo de armario ideal con el que adentrarse en su obra.
Las cuatro películas que les voy a presentar configuran un estrafalario contraste (¡me gustan los contrastes!) y complemento de las anteriores, gracias a que esas cintas modernas muestran una descarnada visión de la sociedad post-franquista.
Tenga en cuenta, lector, que las dos cintas de los años 70, que voy a incluir, fueron realizadas cuando nacimos los que somos ya cincuentones y sesentones. Véalas con la perspectiva temporal y no se haga trampas al solitario, porque, en el fondo, comprobará que son muy ilustrativas.
No entraré en cuestiones técnicas de las que nada sé, porque, simplemente, presento películas que me gustan, o disgustan, y punto. Sí es cierto que considero interesante su visionado, ¡al menos una vez!, porque, desde mi punto de vista y para los que nacimos cuando el Caudillo aún era el Jefe del Estado, ofrecen una agria visión de la involución acaecida en España con el advenimiento de la “democracia”. ¡Y son de los años 70, para que contar la degradación, y degeneración, acaecida en los últimos ocho lustros!.
Bueno, vamos al lio que hay mucho material. Hoy les presento “La boda del señor cura”, una cinta del año 1979, sobre una novela homónima de Vizcaíno Casas publicada el mismo año, que cuenta con un potente elenco de actores patrios (el protagonista, José Sancho, es un actor que, siendo popular, no me gusta nada, pero ¡que se le va hacer, no se puede tener todo en la vida!). La historia narra la evolución/involución (¡malditas bodas de plata!) de unos estudiantes falangistas en un colegio jesuita y la de uno de sus profesores.
Prefiero no anticiparles más la trama, porque si no la van a ver ¿para qué? y, si la van a ver, prefiero que saquen sus propias conclusiones y se manifiesten en la opción de Comentarios, que con agrado les atenderé.