Dentro de mis dos pentalogías dedicadas a la obra del gran Rafael Gil, hubo títulos que dejé en el tintero por un cribaje, entre arbitrario y obligado.
Hoy vuelvo mis pasos tras el director matritense con esta cinta del año 1951 ¡qué década tan prodigiosa la suya y, por ende, la del cine español! Bien pueden calificarse, a aquellos primorosos años, como la etapa de oro del cine español.
También han espoleado mi ánimo los persistentes efectos de mi anterior recomendación cinematográfica. Porque sí, en contra de lo que pensaba, he necesitado una dosis adicional de antídoto ¡y eso que la primera cucharadita era, nada más y nada menos que, “El beso de Judas”!.
Les traigo una producción marca de la casa, con don Vicente Escrivá a los habituales mandos del guion y con un elenco de primerísimo nivel, todos rostros muy conocidos y frecuentes en la filmografía del señor Gil: Juan Espantaleón, José Nieto, José María Lado, Julia Caba Alba, Rafael Bardem, mi paisano Fernando Sancho y un largo etcétera de lo más granado del estupendo fondo de armario patrio de aquellos venturosos años. Hasta el insulso fernando rey es capaz de no emborronar el resultado final. En las cuestiones técnicas están los habituales colaboradores de don Rafael, lo cual es sinónimo de calidad y finura.
La historia versa sobre la aparición de la Virgen María a tres pastores, en la localidad portuguesa de Fátima, y esta tratada con el firme y respetuoso pulso del señor Gil. Es una cinta emotiva, pero con la contención que ostentan las grandes obras, es decir sin alharacas, pero con una poderosa rotundidad.
En estos tiempos aciagos y de tribulaciones, volver a estas grandes obras de hace quince lustros supone un descanso para el guerrero (incluso de los ancestrales) y, también, una preparación para las duras empresas que, en breve, tendremos que afrontar. La fortaleza en nuestras convicciones va a ser puesta a prueba, y estas películas son el mejor “alimento para el espíritu”.
Me quiero ir despidiendo con una contrapunto entre la cinta y la España actual. En la película se observa como los ‘rojos‘ portugueses estaban colonizando las instituciones públicas y aplicaban una política taimada contra la Iglesia. Por supuesto sus fines eran el clásico “copia y pega” de la revolución bolchevique en Rusia. Al ver la cinta y mirar a los yermos campos y desvencijados muros de la patria, comprobé lo “imberbes” que eran esos socialcomunistas lusos en comparación con los que tenemos hoy aquí, agusanando el formidable legado que nos dejaron nuestros Padres y Abuelos.
Pero lo más hiriente, para un católico, es comprobar como esos heresiarcas con sotana, que copan los centros de poder de la iglesia, se allanan, servilmente, al enemigo. Hay una escena en la película en la que un criminal funcionario rojo amedrenta a los tres pastores con echarlos al fuego, si no se retractan. Ninguno ‘rebla’ (finalmente no culmina su amenaza), pero al ver la escena, no pude evitar pensar que, aquí y ahora, serían esos íncubos con alzacuellos de la conferencia episcopal los que llevarían al cadalso a esos tres inocentes muchachos.
Confío que les guste, tanto como me ha gustado a mi.
Les presento una película cuyo visionado recomiendo realizar, pero una sola vez en la vida. Por su contenido, considero innecesario verla más veces, porque las imágenes quedan tan nítidamente grabadas en la retina que su repetición resultaría más un estéril sufrimiento, que un sacrificio.
La cinta es “La pasión de Cristo” del año 2004, dirigida por Mel Gibson. La ficha técnica y demás aspectos (búsquenlos si tienen interés) resultan superfluos ante el hiriente relato visual de los hechos acaecidos contra Jesús de Nazaret durante los dos últimos días de su vida terrenal. Creo que podría haberse reducido algo el metraje, de las dos horas que dura la cinta. Para mi, los ‘flasback’, que se desarrollan en la película, no aportan gran cosa, distrayendo, la mayor parte de las ocasiones, de la continuidad de la narración. Al igual que tampoco ayudan las escenas a cámara lenta. Es una película muy “visual”, desde mi punto de vista, demasiado visual.
Además de los textos bíblicos se tuvieron en cuenta, para el guion, las visiones de la Beata Ana Catalina de Emmerik. La película es de una gran dureza y para un católico resulta muy dolorosa (creo que a cualquier persona, con un adarme de sensibilidad, le resultará igual). Ya les digo que contener las lágrimas me ha resultado imposible.
También me brotan, siempre que la veo, en la excelente “El beso de Judas” del gran Rafael Gil, cuya tematica es parecida, pero desde la original perspectiva de Judas Iscariote. Esta última cinta, cinematográficamente me parece muy superior, más fina. Tiene un trasfondo moral más complejo y completo.
Tal vez, en otro momento de mi vida no hubiese sido capaz de realizar una crítica a la película recomendada, pero un lustro remando, en esta estarranclada balsa de náufragos, te enrecia cultural e intelectualmente, permitiéndome acometer empresas antaño inimaginables.
Ya he comentado el asunto de los ‘flashback’, pero tratar tan “carnalmente” el zaherimiento sufrido por nuestro Señor Jesucristo, le quita potencia en cuanto a su legado intangible. Por ejemplo, en la escena final yo la hubiese cortado en ese sudario cuyo “contenido” terrenal, delicadamente, se proyecta fuera de él. La imagen posterior de un vigoroso Jesús, con algunas de las marcas del martirio, resultaría mucho más poderosa si la tuviéramos que imaginar que viéndola.
Representar a Jesús en el cine resulta una tarea imposible, por muchas dotes, para la escena, que tenga el actor que realice el papel. Jim Cazievel, hace un buen papel en la cinta de Gibson, especialmente por la exigencia física de la mayoría de las escenas. Sin embargo, esa traslación al personaje queda lastrada ya desde el principio, al dejarle el ojo derecho a la funerala. Esa mirada de Jesús, que en la cinta del señor Gil, está dotada de toda su magnificencia, en la de Gibson, físicamente, se reduce a un solo ojo, casi siempre sanguinolento, que, en ningún momento, alcanza a transmitir todas sus potencias.
La presencia visual del demonio (lo pongo en minúsculas, porque se le da una imagen simplista) resulta innecesaria. Presentarlo acompañado de una sierpe, en los primeros minutos, sólo se puede justificar por la nula confianza del director en el intelecto del espectador. Ese insustancial remedo visual de la Muerte, en la cinta “El séptimo sello” de Bergman, aquí en forma de demonio, les aseguro que no aporta absolutamente nada.
Don Rafael Gil, es más sutil en su obra. Nos presenta a Jesús, casi siempre de espaldas o en planos alejados, para no enfrentar la ciclópea tarea de los primeros planos, pero cuando lo hace consigue trasladar gran parte de la trascendencia de esa “mirada”. Precisamente uno de los personajes dice una frase de una rotundidad demoledora: “tú no sabes cómo mira ese hombre”. Tengo que decir que impone más esa frase y la evolución del personaje que la dice que todo lo proyectado en la cinta estadounidense.
Don Rafael Rivelles está soberbio en el papel de Judas y el resto del primoroso elenco está a un grandísimo nivel. Además, la cinta del señor Gil sí permite posteriores revisionados donde emocionarse y deleitarse con una obra maestra (en este insigne blog de Don César, pueden encontrar un artículo mío con un enlace para poder ver esta película).
Les adjunto un enlace donde ver “La pasión de Cristo, en versión original con subtítulos al español. En la cinta se habla en arameo (el idioma que hablaba Jesús en su ámbito personal/familiar), hebreo y latín. Soy consciente de que hay versiones dobladas, pero pierden con el cambio. Debo advertirles que la calidad de la imagen no es todo lo buena que yo quisiera, pero estoy convencido de que disculparán esa deficiencia.
Complemento esta recomendación cinematográfica con el tema “Getsemani” del musical “Jesuscristo Superstar”, en la vibrante voz de Camilo Sesto. Les aseguro que hasta un maño medio sordo, como yo, reconoce la muy superior interpretación de nuestro compatriota respecto de la versión cinematográfica que se realizó de esta obra. Además tiene la virtud de ser en español (ya lo dijo el emperador Carlos I de España, “el español es el lenguaje para hablar con Dios”).
El cantante de Alcoy puso un gran empeño personal para traer a España este musical. Además de apostar económicamente, realizó el papel protagonista, complementando el elenco grandes voces del panorama patrio, destacando especialmente Angela Carrasco. Tal fue la calidad del montaje que hasta su propio autor, Andrew Lloyd Weber, consideró que era la mejor adaptación de su obra realizada en todo el mundo.
Sin que suponga demerito del tema musical recomendado, considero también superior un tema 100% patrio. Me refiero a “La roca fría del Calvario”, canción de la zarzuela, “La Dolorosa” del maestro Serrano. Escuchar este conmovedor tema, por ejemplo, en las primorosas voces de grandes tenores, como Alfredo Kraus o Pedro Lavirgen, supone una experiencia de primer orden.
El sobresaliente talento español al acercarse a la figura de Jesús, a través de personas cercanas a Él (Maria, Judas), brinda una intensidad emotiva muy superior respecto de las producciones anglosajonas. Los creadores foráneos, carentes del misticismo hispano, van, a calzón quitao a retratar directamente al Redentor ¡cómo si éso fuese posible!
Les indicaré la única escena de la película donde he observado un hálito de éso que he tratado de explicarles en el párrafo anterior. Es una escena sin diálogos, donde la esposa de Pilatos le entrega unos inmaculados paños a María, para que pueda enjugar la sangre derramada por su Hijo, durante el terrible martirio al que lo han sometido. Esa sutil y delicada ofrenda a la Madre doliente expresa mucho mejor, y más dramáticamente, la grandeza de las figuras de Jesús y María.
Por último indicar que la imaginería de los pasos procesales españoles ofrece unos retratos de Jesús realmente primorosos y sobrecogedores, imbatibles para cualquier actor de carne y hueso (por mucho maquillaje y efectos especiales que utilicen).
Retorno al cálido y confortable hogar de mis recomendaciones cinematográficas, para traerles, hoy, una sobresaliente película de mi paisano Luis Buñuel, cuyo título es “Ensayo de un crimen”.
Es una cinta del año 1955, enmarcada en su etapa mejicana, que desde mi punto de vista presenta sus títulos más notables y digeribles. Porque, siendo sincero, les confieso que algunas de sus películas me desagradan por cargar en “exceso la mano con sus cosicas”.
No es el caso de esta cinta. No quiero desvelarles la trama para que obtengan un mayor deleite en su visionado. Desde luego la obra tiene muchísimos detalles marca de la casa, pero sin estridencias. Llama la atención el finísimo ajuste y sutileza de los ‘flashback’ que se van desarrollando durante la trama (Don César me corregirá, que de estas cosas, y otras muchas, sabe).
En fin, la película te atrapa desde el primer instante, tarea que no siempre resulta fácil, pero que el calandino consigue casi siempre. Es una trama dinámica, pero tomándose las cosas con la calma que requiere contarlas bien.
El sonido y la imagen son de buena calidad y, como siempre, les adjunto el enlace para poder disfrutar del ajustado metraje de la cinta.
No quiero despedirme sin antes advertirles de que no corren instintos homicidas por mis venas, por el hecho de mi recomendación de hoy, o de la anterior, titulada “Por favor, maten a mi mujer”.
En fin, no creo que, el hecho de que me haya surgido un fuerte impulso de adquirir una caja de música de plata con una bailarina sobre su tapa, sea una inquietante influencia de esta película … no, creo que no la tiene… ¡vamos éso creo! …
Hacia unos cuantos días que había observado el cartel de marras, pero el hecho de ir conduciendo no te permite obtener el detalle necesario, con el que expresar una opinión mínimamente contrastada.
Esta mañana he perdido minuto y medio de mi tiempo (el intervalo en el que transcurre cada cambio del semáforo, asociado al paso de peatones por el que paso todos los días laborales a eso de las 8) para cerciorarme adecuadamente del susodicho cartel.
Sólo por identificarlo diré que su lema es “Declara la guerra al hambre”, seguro que ustedes lo habrán visto también. El patrocinador del mismo son nuestros impuestos ¡obvio!, aunque oficialmente indique que es una campaña de “manos unidas”, por supuesto avalado por toda la purria buenista y globalista internacional.
La estética del cartel no deja lugar a dudas: han buscado a una recién adolescente negra, de facciones agraciadas, con un vestuario y maquillaje acorde a la intencionalidad, levantando una cuchara sopera. A la joven en cuestión, visto el romo y feo panorama de las modelas y artistas de todo pelaje, le auguro un futuro brillante en el mundo de la moda o el entorno audiovisual.
Pero vayamos al lío, que me estoy liando otra vez, como es frecuente en mis materiales, jejeje. ¡Qué casualidad! que cuando las trompetas patrias retruenan con el “no a la guerra” (se entiende al ataque sionista contra Irán, porque hablar de la guerra en Ucrania, no toca), surge espontáneamente esta campaña para rascar nuestros bolsillos, por enésima vez, en aras de un buenismo repugnante.
Son unos hijos de perra.
¡Cuánta hipocresía! A estos bastardos les importa el hambre lo mismo que a mi los viajes espaciales. Ese vomitivo aprovechamiento de una coyuntura supuestamente favorable a sus eslóganes, dice mucho de esta piara de indoctos y malnacidos.
Podían haber utilizado para la foto a uno de los millones de desnutridos negros y marroquíes que nos invaden con la anuencia de las criminales elites colaboracionistas peperas y sociatas. Esos seres de luz que traen cultura, bienestar, progreso, cotizaciones al quebradísimo sistema de pensiones y todas esas cosas tan buenas.
Los lectores de este blog, que además atiendan los magníficos artículos de Don César, saben de sobra de lo que estoy hablando, porque Él con pluma más ágil y lucida que la mía, lo ha explicado en 1.001 ocasiones.
De todos modos, si hoy tiene un día no excesivamente malo, y quieren coger un cabreo de un par de cojones, deténgase un minuto y medio de su ajetreada rutina diaria y vayan a ver, a pie, el cartelico en cuestión.
“Dios quiere nuestro sacrificio, no nuestro sufrimiento” escribía G.K. Chesterton, una de las mentes más brillantes del siglo XX. Sus citas son un manual, de primer orden, para entender muchas cosas.
Estamos en la Cuaresma, fechas de profundo recogimiento y meditación para los católicos. En realidad, deberían ser para todos, porque siempre es útil equilibrar, al menos una vez al año, nuestros actos con nuestros pensamientos y creencias.
Vivimos tiempos aciagos y de tribulaciones, donde los acontecimientos y la voracidad mediática nos empuerca, de tal manera, que no disponemos de un instante para pensar en lo importante. Y lo importante no es lo que nos cuentan, sobre tal y cual cosa que “incendia” las redes, lo importante somos nosotros mismos, nuestra dignidad, nuestra fe y nuestro compromiso.
Ayer me impuse una penitencia, no hay periodo eclesiástico más idóneo: consistió en ver una película española moderna. La cinta, en cuestión, trata sobre una joven que se quiere meter a monja de clausura. No citaré el título, ni los premios “de postín”, ni las voluptuosas subvenciones de dinero público, porque no lo merece. En todo y en parte, es una cinta globlalista fetén, por más que intente tratar un asunto profundamente religioso.
Cinematográficamente hablando me pareció infumable, por duración (más de dos horas, para no contar nada) y por una trama insípida hasta más no poder. Un maño mediosordo, como yo, se irrita con las producciones modernas, porque disponiendo de unos tremendos medios tecnológicos, contratan a unos actores con unas voces deplorables, un sonido de cuarta y unos diálogos de quinta. Incluye la cinta de marras numerosas canciones corales (no se si queriendo imitar a “Los chicos del coro”, la celebérrima película francesa), sin que ello redunde en una mejora del resultado final (éso si, alarga su metraje innecesariamente).
En un momento de la película uno de los peronajes ¿creo que? habla vascuence. Como parte del dinero público proviene de esa región etarra y son tan altaneros ellos, no tuvieron ni la cortesía de poner subtítulos en español (ése es el nivel). También la acción se desarrolla ¿supuestamente? en esa región, “tan católica” y supremacista a la vez, ¡vaya empanada mental!.
Sin embargo, mas allá de cualquier valoración de índole técnica, la cinta trata de contar una historia de temática religiosa, sin abordar, en ningún momento, la misma. Que lejos quedan aquellos sobresalientes referentes, en celuloide, de don Rafael Gil.
Está pringada de proguez, ¡demasiada proguez! Hay un escena, realmente siniestra, en el que las monjas oran “por los inspectores de la agencia tributaria, para que hagan bien su trabajo”. Estoy convencido de que algún discípulo de Satanás escribió ese dialogo.
No puedo destacar, positivamente, a ninguno de los personajes y a ninguno de los actores. Si la temática hubiesen sido los “atascos mentales” de una adolescente, hubiera tenido medio pase, así no.
He recomendado en este magno blog de don César Bakken, notabilísimas cintas de temática religiosa. La diferencia entre ellas y el bodrio que vi ayer, es que las antañas y sólidas películas sí tratan sobre la Fe (amén de ser muy inspiradoras a nivel místico), la que vi ayer no.
La oxidación es un fenómeno que afecta a cualquier material orgánico, e inorgánico, que se ve expuesto al contacto con el oxígeno. En términos coloquiales, dadas las características de la estructura atómica de los mismos, se asimila, generalmente, al producido en los metales, especialmente en el hierro.
Pero no quiero hablar de invariables procesos físicos y químicos, sino de otro tipo de oxidación, el que atañe a las ideas y a las personas. Es un fenómeno bastante instructivo porque permite delimitar la vigencia de las mismas.
Anoche, después de varios lustros sin hacerlo, tuve la osadía de visionar la mayor parte de la gala drag queen de Las Palmas de Gran Canaria. Quería conocer, de primera mano, como andaba el gremio y un evento de estas características.
Utilicé para realizar mi valoración, como no podía ser de otra manera, un contraste perfecto: mis recuerdos de hace 20 años cuando visioné, por primera vez, este especta-culo de luz, sonido, bailoteos, depilaciones salvajes y fuegos artificiales.
Recuerdo que, en aquella ocasión del año 2006, me supuso un choque bastante considerable, porque, realmente, no estaba preparado para algo así.
Siempre que dejas un tiempo prudencial entre dos situaciones de similar naturaleza, observas, incluso sin ser el más lúcido de los seres humanos, los cambios acaecidos. Indudablemente, existe un factor privativo de evolución/involución personal, por el que, teniendo los mismos ojos, provoca que la mirada sea diferente.
Pero también opera la propia naturaleza del acontecimiento en si, y ésa es la esencia de mi artículo: me resultó un evento oxidado. Por supuesto siguió contando con todo tipo de recursos escénicos, esos que salen del erario público mientras no hay dinero para atender “las cosas de comer” de los contribuyentes. De todos modos, no quiero entrar en esa cuestión porque no es el objeto de mi artículo, y además supondría alargarme.
Por supuesto, estuvieron presentes las “reinvidicaciones” del colectivo lgtbi+, siempre tan martirizado. No faltaron las loas a la diversidad cultural, étnica y ‘entrepernil‘; tampoco se quedó en el tintero la mención a lo inclusiva, resiliente, tolerante y feliz que es la población de la capital grancanaria. No tengo nada en contra de ellos (la libertad individual es algo que respeto muchísimo, amén de ser infinitamente superior a la que nos conceden a los siervos tributarios), pero resultaría interesante que se dieran una vuelta (debidamente ataviados) por el emblemático paseo de Las Canteras. Podrían comprobar lo extendida que está la invasión de marroquíes y lo tolerantes que son esos “seres de luz” (los negros también están muy presentes, pero en cuantía algo menos numerosa). Porque a todos ellos les han regalado el carné de españoles fetén, aunque no hablen español y sean unos holgazanes que viven a costa de nuestros impuestos.
Así que, por ir terminando, ese mensaje de liberalidad y transgresión del evento no es que esté oxidado, es que está muerto. Como espectáculo tiene medio pase (siempre y cuando uno cauterice la herida y deje de verlo en unos cuantos años); como exaltación de las bondades y “derechos” de esos colectivos “marginados” y de paso, el enésimo aquelarre anti-franquista (es curiosa su “homérica” lucha contra Franco, cuando el primer carnaval se celebró en 1976) y/o anti-fascista, ya no dice nada, suena todo a oxidado.
Anoche andaba peleándome con la plataforma televisiva que les comentaba en mi anterior artículo, cuando desesperado por la roma propuesta ofrecida, elegí una película que nunca había visto “Frankestein”. Obviamente, conocía imágenes sueltas y alguna pequeña escena de este clásico del cine de terror de los años 30, pero la película completa no la había visto nunca.
Como sólo dura 66 minutos, no me importa recomendarla. Es cortica y no siendo nada del otro mundo, sí aporta ese nivel de conocimiento cinematográfico que cualquier cinéfilo debe tener.
Una vez realizada esa autolabor didáctica y fatigado, tras horas de tediosa búsqueda, me acordé de una película que vi, por primera y única vez, hará cinco lustros ¡cómo mínimo! La película en cuestión es la que da titulo a mi artículo y está interpretada, en sus principales papeles, por Danny deVito, Bette Milder, Judge Reinhold y Helen Slater.
Recurri a los, en ocasiones, útiles soportes del averno cibernético y pude encontrar la película (les adjunto enlace al final del artículo). Es un comedia pura y dura (cosa que se agradece) y ochentera a más no poder, por estética y dialéctica. Las actuaciones no sé si serán buenas o malas (don César lo dirá), pero no van a encontrar en la historia ni un puñetero teléfono móvil, ni diálogos que no pueda ver un niño bien educado, ni chismes tecnológicos de los muchos con los que zahieren, hoy en día, a los sufridos espectadores.
Otra cuestión que me ha llamado la atención, además de la estética de casas y oficinas, es su vigoroso lenguaje. Se utiliza con razonable profusión, respeto continuo y estimulante naturalidad la palabra maricón y sus derivados.
También resulta muy gracioso el tórrido encuentro sexual entre el pillín comisario de policía y una prostituta. Por lo demás la trama es dinámica y entretenida de principio a fin. Me da igual que sea previsible (dado el tono de la cinta), es muy refrescante y hasta transgresora, porque una película de este nivel hoy no estaría permitiría, y su doblaje al español muchísimo menos.
En fin, disfruten de un metraje muy ajustado (ni siquiera lo he buscado) y asomen la cara a la ventanilla del coche, tren o avión para que el fresco aire de un cine sin complejos les arregle la jornada, o la velada.
Sé, a ciencia cierta, que están aburridos a más no poder y necesitan de la feraz carne fresca que proporciona el Blog de don César. Aunque algo indisciplinado, soy un galeote de su estarranclada balsa de náufragos, y me veo – a pesar de mi holgazanería endémica – en la obligación de remar mientras mi querido cómitre descansa, un ratico, de la agotadora labor de marcar el ritmo con las mazas.
En mi artículo de hoy trazaré un eje argumental (seguramente algo sinuoso) relacionado con esas series televisivas en las que, durante tres cuartos de hora, un personaje principal influye poderosamente en las vidas de otras personas. No necesariamente están relacionadas con asuntos policiales o detectivescos (“Se ha escrito un crimen”, “Starsky y Hutch”, «Corrupción en Miami”, por citar algunas de mi época); también las hay con un trasfondo más vivencial (“El virginiano”, “El fugitivo”, “Vacaciones en el mar” por volver a citar otras de mi época).
En ellas aparecen, y desaparecen, personajes a los que, durante el tiempo que dura un capitulo, el protagonista les influye notablemente en sus vidas, resolviendo “nudos gordianos” que les resultaban imposibles de solucionar por sí solos. En la vida real ocurre algo parecido. Quizás de una manera más sutil, no tan escenográfica, pero también pasan por nuestras vidas, “durante 45 minutos” personas especiales que nos influyen poderosamente.
Desde luego supone un privilegio conocer a esas personas que coadyuvan a una evolución interior insospechada y a un mejor conocimiento del mundo exterior. También, todo sea dicho, hace falta ponerse un poco el mono de trabajo, porque la cosa no consiste sólo en esperar recibir, creyéndose merecedor de dicha atención. Indudablemente uno de los mejores ejemplos de lo que les estoy contando en Don César Bakken Tristán, con quien esos 45 minutos duran ya más de un lustro, jajaja.
Por supuesto, existe un estadio superior formado por los formidables vínculos familiares y aquellos ‘amicales’ de intensidad y vivencias cual hermanos. En no pocas ocasiones no sabemos apreciar, en toda su intensidad, lo afortunados que somos, porque, al igual que ocurre en las series de televisión, el legado de esos “protagonistas” tan sobresalientes dura para siempre.
Cambio de tercio.
Soy cliente de una plataforma televisiva que, además de emitir canales generalistas (que nunca veo), zahiere a sus abonados con programas, películas y series deleznables (alguna mínima excepción hay, si no, no la mantendría). La mayor parte de los contenidos propuestos por la plataforma de marras están diseñados para las 3 G, es decir ‘gays‘, gilipollas y guarros (entiéndase en este último segmento televisivo a los rojos y peperos, que vienen a ser lo mismo).
Una de sus últimas aberraciones es una serie televisiva que trata de dos ‘gays‘ patinadores sobre hielo . Por supuesto sólo me he permitido leer las dos lineas de la sinopsis, lo cual ya me ha resultado hasta excesivo. No es la primera vez (por desgracia tampoco será la última) que machacan a su sufrida audiencia con contenidos solo aptos para el desquiciado movimiento lgtbi.
Soy consciente que una de las pocas cosas útiles que tiene la televisión es que sino te gusta lo que ves la puedes apagar. Pero me irrita que, mayoritariamente, exista una programación sesgada, manipuladora y zafia.
En fin, como de historias cinematográficas sobre patinadores de hielo apenas conozco, y siempre que escribo me gusta realizarles alguna recomendación de mi agrado, les animo a que, si lo que prefieren es no “resbalarse”, echen un vistazo a una película de Paul Newman que descubrí hace muy poco, su título es “El castañazo”. La cinta es del año 1977, y aunque tiene un metraje excesivo (para mi gusto le sobra media hora), al menos puedan pasar una entretenida velada sin ver corrompidas sus neuronas con porquerías. No se pierdan la parte final en la que se desarrolla un delirante partido de hockey que seguro les hará sacar una sonrisa.
Disculpen la broma del titular, pero es necesario añadir algo de sicalipsis a lo que les voy a contar (además tengo confianza en que don César me felicitará, jajaja).
Soy maño, algo que cualquiera que siga este magnífico Blog sabe, y el pasado lunes por la noche cometí una tropelía, que nunca había hecho: ver mi primer debate electoral. En ocasión tan especial dedique dicho sacrificio para observar a los candidatos al gobierno de Aragón (tengan cuidado con las mayúsculas porque vienen curvas). He de confesar que la hora y media me resultó mucho más entretenida (¡y divertida!) que cualquiera de las películas modernas que se emiten con profusión desmoralizante.
Seguramente desconocerán que las elecciones mañicas son este domingo, 8 de febrero, y ayer se celebraba en la televisión aragonesa el tercer debate (no lo sabia, por lo visto hubo dos encuentros más previos) con los ocho candidatos a presidir el gobierno de Aragón (durante muchos años se llamó diputación general de Aragón, coloquialmente dégéá, por su acrónimo DGA).
Tal como decía al principio, jamas había visto un debate electoral hasta el de ayer, y no me arrepiento. Siempre he considerado una árida y tétrica labor la de estos ‘perrodistas‘, de a 4 pesetas el kilo, que tienen que embaularse, entre pecho y espalda, estos bodrios para luego hacerles un resumen a sus amos con las que publicar y/o comentar estupideces.
Pero vayamos al lio: ocho (no seis como en los toros), ¡ocho candidatos! a presidir el gobierno de Aragón (los mañicos siempre hemos sido muy espléndidos, jajaja). Hormonalmente eran tres tías y cinco tíos y para poder avanzar se los presentaré: estaba una podemita y otra de izquierda hundida con apellidos vascongados lo cual, en Aragón (y en toda España), ya es motivo de alerta. Luego estaba la sociata cuyo apellido ‘alegría’ es un oxímoron en toda regla. Por la bancada de la testosterona había uno del par (partido aragonés regionalista), otro de la chunta aragonesista, uno de aragón existe, el pepero y un hombre de VOX.
Hechas las presentaciones, indicar que la hora y media del debate me resultó muy instructiva. Me reí, en algunos momentos, como hacia tiempo. El hecho de tener unos tiempos de intervención tan limitados, convirtió al debate en un episodio televisivo muy dinámico. Cada candidato tuvo 2 minutos y medio, en cada uno de los cuatro bloques en que se estructuró el debate, más un minuto al inicio y otro al finalizar el mismo.
Centrándonos en el contenido, debo decir que me supuso un gran alivio que tanto la podemita como la de izquierda hundida utilizarán, en el 100 % de sus intervenciones, el género femenino, lo cual me excluía, afortunadamente, de sus desquiciamientos ideológicos. Por no hablar de la estúpida verborragia “inclusiva” que da más asco que otra cosa. Realmente los más risueños momentos de la noche me los pasé con la hembra empoderada de izquierda hundida, aunque, en algún momento, le echo una mano la podemita que no estuvo tan brillante en lo de decir majaderias.
Aliviado porque estas acémilas bípedas no contaran conmigo para nada (y con el sexo masculino en general), me centraré en la sociata que llegó a pronunciar, en varias ocasiones y sin pestañear, la palabra gratis. Si hay una palabra que detesto, y más en el tráfico político, ese palabro maldito, ¡NO HAY NADA GRATIS, REDIOS!
Me enternecieron las “severas” criticas de las chicas podemitas y de izquierda hundida hacía la sociata. Tampoco faltaron esos “pellizcos de monja” hacia la la antítesis de la alegría, por parte del tiparraco de la chunta, ni del de aragón existe, ambos fervorosos apoyos a los malpresidentes del gobierno sociata en Madrid. ¡ay, Señor, que enfados!
El chico del par se presentó con atuendo casual de calle y estuvo divertido en general. En una ocasión le espetó a Alejandro Nolasco de VOX que Abascal era su jefe indio, jajaja (ahí estuvo ocurrente el tipo). Por supuesto el señor Nolasco fue acusado de fascista, machista, racista, negacionista, antivacunas, ultraderechista y no sé cuantas cosas más ;aunque el más hiriente, para variar, fue el pepero. Afortunadamente, y dado lo limitado de los tiempos de intervención, el hombre de VOX no entró al trapo de semejante y estéril diarrea verbal.
El pepero vendió humo (como siempre), dijo rotundo que “Transvase NO” (como el resto excepto VOX) y se pasó el debate en una oxidada y aburrida pelea de enamorados con la sociata, echándose los trastos a la cabeza con nulo ingenio y tediosa previsión.
Y me despido con el señor Nolasco, que fue el único que tuvo el atrevimiento, entre otras cosas, de decir inmigración ilegal y menas. Ya sólo por eso contó con mi simpatía. Por supuesto no mencionó términos tan deplorables como ‘cambio climático’, ‘100 % público’, ‘migrantes’, ‘ecología’, ‘cultura’, ‘derechos’ y demás palabrotas de esa terminología yerma. También me gustó que fuese igual de contundente con sociatas y peperos, ese partido siamés bicéfalo que ha esquilmado España los últimos diez lustros.
Y, en fin, para terminar y puedan esbozar una sonrisa les diré una anécdota entrañable: resulta que la podemita estaba exhalando dióxido de carbono cuando dijo en uno de sus balbuceos “para que David y su novio puedan tener una vivienda e independizarse”. Por lo visto los ‘gays’ si entran en ese restringido y “sensible” nicho (nunca uso ese término, pero en este caso es el apropiado) de población al que estas tiorras se dignan en dedicar sus lamentables quehaceres.
Para despedirme, quizás lo más propio hubiese sido poner una jotica, pero estoy en un momento de transición en mi vida y lo que me apetece es ser un facha redomado. En fin, para compaginar esa filiación con Aragón he elegido el “Cara al sol”, en la primera versión grabada de dicha canción. Es el imponente tenor mañico Miguel Fleta.
No puedo dejar pasar la ocasión de contar una anécdota, cada vez que nombro al gran cantante lírico aragonés. Resulta que el día que se proclamó la II república, don Miguel actuaba en Pamplona y, al llegar al teatro, le espetó el portero:
Don Miguel, ahora somos todos iguales
A lo que el mañico univesal le contestó, con agudeza:
¡Vale! pues salga usted a cantar que ya me quedo yo en la puerta
Hará cosa de quince años, durante aproximadamente tres o cuatro, fui vecino de Raquel y Esteban. Por entonces eran dos recién cuarentones sin hijos, con quienes coincidía, con cierta frecuencia, tanto en la calle como en el ascensor o el portal del edificio donde residíamos.
A pesar de esos casuales encuentros públicos, el vivir pared con pared (¡estos edificios de las grandes ciudades son indiscretos a más no poder!), me permitió conocer una realidad más intima.
Raquel era una mujer que aún manifestaba una buena parte de la belleza que seguro había tenido siendo más joven. Sin embargo, cuando la conocí, su aspecto aparentaba tener un par de lustros más de lo que reflejaba su fecha de nacimiento.
Esteban era un tipo atractivo de presencia rotunda y don de gentes. Estoy convencido de que fueron esas cosas las que atrajeron a Raquel para casarse con él. De todos modos, en los años en que fuimos vecinos observé una dualidad notable en el carácter de Esteban, porque podía ser un tipo encantador para cualquiera, pero en lo que atañía a la convivencia marital era un auténtico carnuzo.
Esteban era un celoso enfermizo pero, sin embargo, él – incluso cuando iba acompañado de Raquel – no tenía reparo alguno en fijarse, descaradamente, en las jóvenes de buen ver con las que se cruzaba y, siempre que tenía ocasión, las dejaba pasar por delante suyo para realizarles la oportuna radiografía del equipamiento posterior. Fueron estos años una época donde las desavenencias conyugales de mis vecinos me dejaron una profunda huella. Aunque la realidad era que el único desavenido era Esteban, quien, con una frecuencia roma e implacable, era sumamente desabrido con su mujer.
Raquel era ama de casa y coincidíamos a veces mientras iba o venía de hacer la compra. Cuando llevaba mucha carga solía ayudarla, aunque ella era algo refractaria a la desinteresada ayuda, por si alguien conocido la veía en mi compañía, supongo. También solíamos coincidir en la iglesia, aunque menos veces de las posibles, porque mi pereza para madrugar los domingos me impedía acudir a la misa de las 9, que era la preferida de Raquel. Nunca la vi acompañada de su marido.
Esteban trabajaba como comercial, con considerable éxito, en una empresa de venta de coches y era, durante su jornada de trabajo, una persona que no manifestaba el agrio trato que, por entonces, le daba a su mujer. Las discusiones eran más bien monólogos porque el único que soltaba diatribas y exabruptos era el animal de Esteban. Creo que Raquel ya se había dado cuenta de la esterilidad que suponía discutir con un energúmeno incapaz de darle un adarme de cariño. Me he excedido con el término ya que a una esposa se la respeta y éste no era el caso.
Raquel cocinaba, lavaba la ropa, atendía el hogar y hasta tenía que soportar esporádicas relaciones sexuales cuando las hormonas, de la bestia bípeda que tenia como marido, estaban exaltadas. Sin embargo, en cuántas ocasiones escuché como Esteban le espetaba hirientes comentarios como que Ella comía gracias a lo que él ganaba; que era una inútil que sólo ocupaba su tiempo en ver intrascendentes series de televisión; que se estaba poniendo gorda porque no pensaba en otra cosa que comer; y otras lindezas por el estilo. ¡Cómo si Raquel no se partiera el lomo, todos los días, haciendo mil cosas de provecho!
Siendo mucho, no sólo eran esas las únicas situaciones en las que Esteban manifestaba su áspero carácter. Continuamente criticaba a Raquel con comentarios desagradables por minucias: que si la comida estaba con poca sal; que si te han visto acompañada; que qué estabas haciendo cuando he llamado hoy a casa y no me has contestado; que todavía no me has cosido el bajo del pantalón (¡a saber en que circunstancias!); que tienes la casa hecha una porquería y, en fin, cosas por el estilo.
Intervenir en una contienda conyugal así es muy complicado, y yo jamás encontré la manera de ayudar a Raquel, más allá de mostrarle la mayor cordialidad de la que era capaz. La tristeza de la mirada de Raquel me sobrecogió siempre. Ésa cristiana resignación suya, vinculada a la asunción de la responsabilidad por la elección del marido, es algo que siempre consideré como de una gran integridad moral pero, a la misma vez, terrible. Cuando, por motivos laborales, tuve que cambiar de residencia, me entristeció sobremanera la despedida con mi vecina. Ella jamás me comentó nada sobre su desastrosa convivencia marital, su entereza, ante su adversidad personal, me conmovió.
Después de tantos años, casualmente la semana pasada, volví a ver a Raquel. Se había producido una extraordinaria metamorfosis en su aspecto, no en lo físico, porque a pesar del tiempo transcurrido se puede decir que físicamente estaba tal como la recordaba. Sin embargo su ánimo y su mirada me resultaron novedosas. Me comentó que enviudó cuatro años después de dejar de ser su vecino. No le pregunte por lo ocurrido, ni siquiera le dí el pésame, hubiera sido un gesto hipócrita a los que no soy dado. Al fin y al cabo el sentimiento más probable, ante el óbito de su cónyuge, sería, con mucha probabilidad, el de alivio. No observé que se molestase por esa forma de actuar mía.
Fue un encuentro muy cordial. Raquel estaba muy tranquila, con esa confianza interior que se manifiesta sutilmente, sin impostarla. Me presentó a su madre, quien la acompañaba en ese momento. Es una anciana menuda de pelo cano, gafas de montura metálica y de mucha graduación. Tiene esa mirada serena de quien ostenta nobleza y ha hecho el bien durante toda su vida. Su aspecto físico estaba notablemente condicionado por el paso de los años, también de aquellos en los que había dejado una marca visible el sufrimiento por su hija.
Para mi sorpresa me dijo que, si me iba bien, podíamos quedar para comer un día. Me comentó que prefería la comida a la cena, porque cenaba muy frugalmente, ante la irascibilidad de su estómago (según Raquel, un legado paterno del que hubiese preferido prescindir).
Dos días después fuimos a un restaurante convenido, un sitio en el que había estado y que, en esta ocasión, me resultó más luminoso y agradable que nunca. Es uno de estos clásicos restaurantes familiares con un pequeño bar a la entrada. Las mesas están dispuestas con esos entrañables manteles a cuadros en las mesas y cuya mayor virtud, además del cordial trato que brindan el matrimonio y sus dos hijos que regentaban el local, es disponer de un fuego bajo que le dota de una calidez especial. Como era poco después del día de Reyes, se puede decir que el ambiente no podía ser más propicio y acogedor para una inmarcesible charla. Y así fue.
Me alegré al observar que Raquel había encontrado esa armonía vital que merecía. Al fin y al cabo ya había pagado el precio (y el sobreprecio) de la misma. Durante esa comida descubrí algo que no había visto antes: su sonrisa.