RAFAEL LÓPEZ. Cuento breve: «Adela y Antonio»

Fui compañero de Antonio tanto en el instituto como en la universidad. Por aquellos años destacaba por ser un irreverente, osado y sagaz joven que, en las distancias cortas, mutaba en un tipo noble y generoso. Disponía Antonio de una voz primorosa, fino humor y una imponente y atractiva fisonomía que lo convertían en el plan sicalíptico perfecto para las chicas más lanzadas. Le gustaba que fuéramos juntos en toda ocasión pero, especialmente, cuando íbamos a encontrarnos con chicas. Nunca entendí el por qué, ya que le era totalmente innecesaria semejante prevención, por más de que un tipo corriente como yo, con una voz desastrosa y un carácter entre tímido y muy tímido, coadyuvase a destacar aún más su presencia.

Les relataré, a continuación, una anécdota que observé de primera mano y que ejemplifica un rasgo de su carácter por entonces: fue durante nuestra etapa universitaria. A Antonio nunca le fue lo de estudiar, así que recurría a todo tipo de mecanismos ilícitos para ir quitándose asignaturas, como a él le gustaba decir. Tuvo siempre una suerte inmerecida con estos asuntillos porque jamás lo pillaron. Creo que el desparpajo con el que actuaba era su mejor escudo.

Era una mañana de invierno de ésas en las que se agradecen, como en ninguna otra estación del año, esos tibios rayos de sol sobre los semblantes. Siguiendo su rutina, Antonio no había estudiado, ni siquiera se había preparado unas improvisadas chuletas para el examen. Con ese bagaje cualquier otro no se hubiese atrevido a entrar en el aula, pero Antonio no era de amilanarse ante tan hostil coyuntura.

El hecho es que, como no tenía ni idea de las preguntas del examen y mucho menos de las respuestas, requirió a una compañera de clase, que estaba sentada a su lado, para que se las soplase.

La chica en cuestión se llamaba Adela, no es que fuese la más bella de la clase, pero lo compensaba ampliamente con su simpatía natural, lo formal que era y porque tenía la risa más bonita y entrañable que jamás haya conocido. Lo cierto es que la joven sentía una cierta atracción por Antonio, aunque nunca habían llegado a tener más relación que la académica entre dos compañeros de universidad.

Adela, que era estudiosa, andaba frenética respondiendo las procelosas preguntas que les habían puesto, sin levantar, si quiera, la mirada y desoyendo las desesperadas peticiones de Antonio. El tiempo iba transcurriendo y aquello pintaba realmente mal para los especulativos intereses de Antonio, así que, con una desvergüenza sin parangón, en un súbito movimiento felino, le robó el examen de Adela, para copiarse sin el mayor miramiento.

Adela, cuyas mejillas – en el fragor intelectual del examen – habían adquirido un intenso color sonrosado se quedó blanca como la nieve. A pesar de ello, tuvo el coraje de no desenmascarar tamaña afrenta de su compañero, disimulando hasta que, minutos después, Antonio, en otro gesto intrépido, le pudo devolver su examen.

El padre de Adela era mecánico de profesión y le llamaban “el tuercas” porque decían que aflojaba los tornillos con las manos sin necesidad de llaves fijas, ni de tubo. Era un hombre recio, como una columna dórica, que a sus cincuenta y tantos aún conservaba un gran vigor. A pesar de su físico intimidatorio solía ser afable en el trato, salvo que alguien le buscase las cosquillas; entonces era de temer.

Antonio conocía al padre de Adela y consciente de lo que le podía acontecer, evaluó, a la salida del examen, las dos posibilidades que tenía: una era esperar a que Adela le contase a su padre lo ocurrido y éste fuese a buscarlo para romperle, uno a uno, todos los huesos de su anatomía infringiéndole el mayor dolor posible; y la otra, recordando lo dicho en esas películas clásicas estadounidenses sobre juicios en que se menciona que una esposa no puede declarar contra su cónyuge, pedirle la mano a Adela.

No es que Antonio se manejase mal en lo de la defensa personal incluso contra adversarios que le superasen en número, pero una cosa eran esas peleas y otra enfrentar a un Zeus justamente enojado y con manos como palas. En realidad coadyuvó a la determinación que tomó el hecho de que Adela, sin tener el físico de su padre, tenía, como mínimo, el doble de su carácter, así que a la salida del examen se fue presta a buscar a Antonio, lo cogió de la pechera y con una fiera y fulminante mirada no hizo falta que le dijera nada. Antonio sintió, en ese fulguroso instante, algo que no había sentido antes y, entonces, la besó, para después, con esa encantadora sonrisa suya algo pícara, espetarle:

  • Te casarás conmigo ¿verdad?

Tras medio lustro de noviazgo, debidamente supervisado por el padre de la novia, se casaron en un agradable día de primeros de otoño. Adela llevaba un inmaculado vestido blanco con guantes por encima del codo y Antonio un resultón traje de color gris con corbata a juego y nudo clásico. Ahora llevan ya 20 años de casados y son un matrimonio que muestra una gran armonía, probablemente por ser tan distintos. Han tenido tres hijos (dos chicas y un chico) y el abuelo sigue estando pendiente de cualquier reparación en sus bicicletas, motos y artefactos con ruedas de cualquier pelaje.

A excepción de nosotros tres, nadie, hasta ahora, había tenido conocimiento de aquella anécdota que cambió tan significativamente la vida de sus protagonistas.

Por cierto, en aquel examen sacó mejor nota Antonio que Adela.

Deja un comentario