RELATOS esperpénticos y kafkianos (VIII): «Una piara de guarros me quiso linchar y acabaron invitándome a birras…»

Más o menos, serían el mismo número de guarros que los cerdos salvajes que me atacaron, una solitaria madrugada mía y entre decenas de vacas somnolientas en las playas del sur de Senegal. Pero los guarros a los que me refiero ahora son bípedos (aunque su drogadicción les torne cuadrúpedos muchas veces): red skins, sharps, punkis y, en definitiva, los hijos que todos los papis desean…

Esa madrugada fui a un pub de mi barrio (Leganés) con 2 colegas. Hacía años que no pisábamos ese garito y había cambiado de dueño, pues ahora era un antro infecto de guarros ultraviolentos. Aún así, nos metimos. Gran error. Y más aún porque uno de mis colegas era un metepatas constante, con todo el mundo, le daba igual la ideología y esas mierdas, lo suyo era tocar los cojones con “bromas” que no le hacían gracia ni a él. El caso es que unos cuantos guarros rapados y otros greñudos, pero todos desarrapados, se mosquearon con él, lógico, y tuve que mediar para que no le reventaran – con toda la razón, ojo, soy ecuánime hasta con los psicópatas –. El caso es que mi amigo, una vez calentado el ambiente del garito, se piró y el otro hizo lo mismo y yo me quedé fuera del antro, hablando con 4 de estos piezas, amigablemente, sentados en los respaldos de un banco.

Siempre me ha apasionado la antropología y la sociología a pie de calle, así que no desaproveché esa ocasión para “dialogar” con estos tarados. Como no llevaba en mi indumentaria nada que hiciera saltar su odio, indagué en su psique. Pero… craso error el mío… pues si llevaba algo: una camiseta del F.C.Barcelona (no era Barçalunya todavía) porque esa noche fue un derbi con el Real de Madrid. Mientras unos 100 cerdos permanecían en la cochiquera, vulgo pub, uno de los 4 que estaban conmigo sufrió un colapso de la única neurona que no estaba drogada a esas horas… y me empezó a gritar que yo era (un nombre propio) “el nazi”. Todo fue rapidísimo. Los 4 me rodearon gritándome que yo era ese notas y traté de calmarles, para sacarles de su absurda paranoia, mientras veía que de la cochiquera salían más. “Estás jodido” – me dije. Por suerte yo había estado en 1.001 brocas y sabía, más o menos, la mejor manera de obrar en cada estúpida situación de ultraviolencia… pero jamás sospeché como acabaría esta historia.

En los pocos segundos que me dejaron hasta que empezaron a sacar navajas e

insultarme, traté de hacerles razonar lo absurdo de su comportamiento… pero eran 4 drogados ultraviolentos… así que asumí que era imposible razonar (serenos, si es que alguna vez lo están, tampoco se puede, obvio). Mientras me amenazaban de muerte, enseñándome cicatrices que “los nazis” (así llamaban todo el rato a sus supuestos enemigos mortales) les habían hecho, me fijé que uno de los que se incorporaba al grupo de estos 4 estaba mediando para que dejaran de hacer el imbécil. Así que me aferré a convencer a este “amigo de los otros” para evitar tener que matar a alguno y

acabar yo ídem.

Enseguida empezó la lluvia de hostias, todas hacia mí, claro. Eran 4 contra 1 y el mediador. El resto de cerdos no atacó, por suerte para mí. Decidí no ser ofensivo sino sólo defensivo a más no poder y no caer al suelo, o estaría muy jodido entonces, pues sus botas rojas de punta de acero me hubieran destrozado, tal cual.

Solventé bien todas las hostias y no me alcanzó ninguna, salvo una – precisamente del más mastodonte – que amortigüé mucho con un ligero movimiento de cadera y retroceso de cabeza (sólo tuve el ojo con una ligero derrame una semana). Si repelía su ataque, les estaría mandando el mensaje de que yo era “el nazi” ese, por lo que lo mío era esquivar y esquivar, mientras les gritaba su error y el mediador ídem (resulta que él sí que conocía a “el nazi” y sabía que no era yo… pero como soy calvo y con la camisa del FCB… pues que el notas ese era un rapado del FCB también… pero dudo mucho que tan guapo como yo… era imposible confundirse, cojones…).

Y entre que no lograban calzarme las hostias, el trabajo del mediador y que yo no se las devolvía… pararon la agresión e, inmediatamente, me pidieron perdón (a su manera, que parece que te están insultando) y me dijeron que me invitaban a “tomarla por ahí”. Fue en un segundo su cambio de agresores a invitadores. Qué jodidos esquizofrénicos son.

Obviamente yo quería salir de ese entorno YA, en parte porque estaba muy cabreado, pese a parecer condescendiente con estos anormales; y esa noche no podía, bajo ningún concepto, dejar libre albedrío a mi cabreo. Todavía en Madrid capital o en otra ciudad, pase, ¿pero estar enfrentado a cientos de psicópatas organizados, en mi ciudad? ni de coña. Les dije que me piraba, y ellos que no, que me invitaban. Y yo que no. Y otra vez me rodearon los 4… pero para que no me fuera sin que me invitaran. Les dije que no pensaba entrar en ese garito (imaginad meterme en las fauces del lobo drogado y hambriento) y decidieron ir a otro que yo conocía perfectamente, de toda la vida.

Uno me agarró del cuello-hombro, como hacen los amigos… pero más bien parecía una llave de judo… y me gritaba que me iban a invitar, por el error y mil veces me pedía perdón. Y yo, tratándome de zafar, pero sin parecer rechazo… y nada… otro de ellos se quitó un jersey (de Iron Maiden) y me lo regaló al grito de: “¡Te regalo mi jersey! Si tuviera algo más te lo daría. Perdona tío por lo de antes. Póntelo, que es tuyo”. Era una orden lo del jersey, porque otra vez se pusieron ultraviolentos por rechazar su puta y asquerosa ropa… y, nada, que me tuve que poner el jersey o sacaban otra vez las navajas (que por suerte guardaron cuando la lluvia de hostias).

Una vez en el pub, piden de beber y yo le pido al pincha que ponga un tema punki o muy heavy. Mi intención era obvia: ahora estaban los 4 de buen rollo y dándome la brasa que te cagas con sus peticiones de perdón, que yo era su colega, que les pidiera lo que quisiera y etc.  Sólo les faltó decirme que fuéramos al baño y les diera por el culo, por turnos. ¡Qué pesados, joder! Prefería lo de las hostias, os lo juro.

El caso es que mi plan funcionó: el pincha puso algo y estos empezaron a bailotear dándose de hostias amigables… momento que aproveché para ir, poco a poco, bailando también, hasta la puerta, y pirarme.  Lo primero fue tirar el jersey a una papelera. Enfilé, birra gratis en mano, el camino a casa, riéndome de lo absurda que puede llegar a ser la vida y lo rápido que se puede perder si no andas con cuidado.

La agresión trascendió en mi entorno y a los pocos días unos colegas me dijeron que no íbamos a dejar eso así y que iríamos a por los guarros (mis colegas eran macarras, no “nazis” de esos que dicen los cerdos). Pero calmé a las huestes, diciendo que no merecía la pena empezar una guerra urbana como las que ellos habían tenido la década anterior, por culpa de esta panda de hijos de puta que viven sólo para la ultraviolencia. Yo tenía muchas cosas interesantes que hacer en mi vida, como para ponerla en riesgo por semejante gilipollez digna de drogatas acabados y no de seres racionales que aman la vida. Al fin y al cabo, había logrado salir indemne de la agresión en grupo. Si no hubiera sido así, obviamente: VENGANZA, caiga quien caiga.

A los pocos meses me topé con estos mismos 4, en otro garito… iban cocidísimos, como la primera vez, y obviamente ni se acordaban de mí (y dudo ni de lo que pasó aquella madrugada, pues estos coleccionan broncas a diario). Le dije quienes eran , al colega que venía conmigo y que no perdiera detalle porque se iba a liar.  No por mí, que solo soy pendenciero en autodefensa y cuando ésta no es peor que estarte quietecito, como he demostrado en este relato. Estos 4 estaban rodeados por tías, una de las cuales le daba la brasa al mastodonte, que estaba tan cocido que casi no se tenía en pie. Y claro… ultraviolencia esta vez contra la chica que no pesaría más de 45 kg. Le soltó una hostia en el pecho que la mandó a varios metros de distancia y porque había una pared, que si no todavía seguiría yendo hacia atrás de la hostia. Los otros 3 trataban de calmar al mastodonte y yo, a mi colega, “¿ves? Anda, vámonos de aquí que me da asco estar cerca de esta gentuza”.

Con los años me crucé con uno de ellos, de día. Una calle larga y solitaria. Le reconocí de lejos, jamás olvido una cara. Íbamos en sentidos contrarios. Instintivamente cerré el puño derecho y miré a todas partes, comprobando que no había nadie, aunque sí mogollón de ventanas indiscretas. Nos cruzaríamos en pocos segundos, aminoré mucho mi paso, casi andaba sin andar, porque pensaba en qué hacer. Como él no sabía quien era yo, le podía soltar un hostión según nos cruzásemos y reventarle luego en el suelo. Pero yo no soy así, no soy como ellos, así que le dejé pasar. Me refiero a que no soy como ellos de gilipollas, no de violento en defensa propia, y haberle agredido hubiera sido mi defensa propia de aquella noche – está vez sí 1 contra 1 – y el inicio de una “guerra callejera” con 2 ejércitos totalmente descompensados: yo sólo contra cientos de guarros que sólo viven para la ultraviolencia y el vicio autodestructivo.

Supongo que estos 4 ya no estarán vivos, o estarán en la cárcel, o fugados… a saber, tamaño desastre vital no puede llevar a buen puerto.

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