RAFAEL LÓPEZ: Las malas compañías

Voy a asumir el vértigo de escribir este artículo sin comillas. No es la primera vez que cometo tal osadía y vuelvo a ella, tal vez, porque me gusta la tensión que genera tanto para el que lo escribe como para el lector.

Cuando vas cumpliendo años, o restando según el cómitre que dirige, con fiera mano, este insigne blog, rememoras, a menudo, antiguos dichos y vivencias, los cuales, admirablemente, permanecen petrificados en nuestra memoria, mientras se desvanecen, con una facilidad pasmosa, hechos y acontecimientos cercanos en el tiempo, cuando no recientísimos. Mismamente ya ni recuerdo lo que almorcé ayer, ni lo que hice el fin de semana pasado. En ocasiones, tengo que realizar severos, y a menudo infructuosos, esfuerzos para recordar datos e informaciones acaecidos en fechas cercanas, los cuales me son necesarios tanto en mi actividad profesional, como en mi vida privada.

Un término que, desde mi punto de vista, ha decaído notablemente en su utilización es el de las malas compañías. No lo escucho por ningún lado, ni a nivel profesional, ni en el personal. Desconozco los motivos de esa falta de uso porque, desde mi punto de vista, sigue plenamente vigente aunque tal vez se deba a que es excesivamente vigente.

En estos tiempos aciagos y de tribulaciones afirmo que las malas compañías están más presentes que nunca y que son más malas que nunca. Aunque cometa una herejía al escribir esto, creo que Dios castigó a Lucifer con un muy agrio, e ingrato, trabajo que no se le sabe valorar, recompensar, ni reconocer. Con lo que le está tocando considero que ya se ha ganado el perdón divino, o, al menos, una segunda oportunidad.

En el acceso a sus dominios hay una puerta principal para los espenoles (Don César Bakken Tristán dixit, para mí, uno de sus más atinados neologismos) y todos los que por ella pasan han sido malas compañías.

Dentro de ese patrio contingente están los que, en vida, han recibido trato de don sin serlo, aderezada con inmerecidas gabelas de todo tipo. De todos modos no son, sólo, los que en su terrenal paso se pavonean, estúpidamente, por llevar trajes costeados por sus siervos tributarios, quienes recibimos a cuenta todo tipo de escarnios y latrocinios; también están los poca ropa, los tibios, ésos incapaces, por puro mediocres, de tener en vida ni una mala palabra, ni una buena acción. Son seres sin alma, ni aliento vital, cuyo único objetivo es pasar desapercibidos, cuasi camuflados, perfectamente mimetizados con el paisanaje de ser un borrego más.

En la antigua Mesopotamia la sociedad estaba estratificada por clases y su sistema judicial contemplaba la aplicación de las penas en función de la clase social a la que pertenecía el delincuente, siendo mucho más severas con los sujetos de mayor estatus social. La lógica del sistema no admite discusión, porque contra mayor es la posición que se ocupa, mayor perjuicio se puede realizar y, por lo tanto, más agravado debe ser el castigo. De cualquier manera no puede obviarse que personas de baja condición son capaces de conductas miserables y ser, también, unas malas compañías. Desgraciadamente el funesto igualitarismo moderno ha conseguido equilibrar el reproche penal (incluso el social), con independencia de la naturaleza del autor, algo que me resulta del todo punto incomprensible, porque malos son todos, pero sus capacidades de hacer el Mal difieren notablemente.

La debilidad mental de la sociedad occidental actual ha defenestrado el concepto de malas compañías y su graduación. Actualmente, todo se acepta con una naturalidad hiriente: ahí están ésas endiosadas malas compañías que implementan sus siniestras agendas deshumanizadas y profundamente desquiciadas y, también, las malas compañías chusqueras, ésas que aplauden bobaliconamente, y coadyuvan con lacayo fervor a su puesta en marcha a pleno rendimiento.

Por supuesto hay muchos más perfiles de malas compañías: por ejemplo, escucho últimamente a homéricos ciudadanos espetarle al Presidente del Gobierno: ¡Que te vote Chapote! (me niego a escribir palabros con sintaxis vascongada, que lo hagan las madres que mal engendraron a esas alimañas asesinas hijas de perra). Sin embargo, buena parte de esos mismos buenos ciudadanos no tuvieron los hígados de decirle al anterior ocupante del cargo ¡Que te vote Bolinaga! Esa falta de criterio y memoria es, para mí, un síntoma de ser una mala compañía porque se manejan bajo el nauseabundo influjo de un sectarismo burdo e hipócrita.

Hay otro grupo que me genera una especial animadversión: quienes enmascaran, con una estéril y farisea erudición, siniestros propósitos. Ésos hipócritas empostados han ido adquiriendo, con el paso de los años, una mayor presencia, resultándome la misma zafia y grotesca. Son sujetos, buenos para nada, que se escudan en la titulitis y cosas por el estilo, para convertir auténticas memeces en dogmas de fe.

Dentro de las variopintas tipologías de las malas compañías hay refranes y preguntas que, al responderlas, nos pueden ayudar a identificarlas:

  • A Dios rogando y con el mazo dando.
  • ¿Para qué hacer el bien, sí como se vive bien es haciendo el Mal?
  • ¿Por qué no voy a mentir para conseguir mis fines?
  • La libertad sólo se aplica si piensas y actúas como yo. Sí criticas, aunque tengas más razón que un santo, te censuro, te silencio y te crujo.

Seguro que el lector de este artículo encontrará más que estas cuatro referencias para identificar a las malas compañías. Doy éstas como una base que pueda completarse, y perfeccionarse, con las opiniones y experiencias vitales de cada quien.

Hay sociedades que tienen procesos evolutivos, la nuestra también los ha conocido (el más cercano el régimen del general Franco). Sin embargo, las malas compañías llevan provocando – desde hace media centuria – un siniestro impulso involucionista que está degenerando y degradando nuestra forma de vida, a nosotros mismos en nuestras libertades y derechos e incluso a la sociedad en su conjunto.

En definitiva, reitero que Lucifer debe estar más que irritado (tiene motivos de sobra para ello) por tener que acoger a tanto carnuzo. Tal vez vuelva a decir Non serviam e impida el acceso a su reino a tanta inmundicia antropomorfa. Con ello mandaría a esas viscosas escorias pseudo humanas y sin alma a la nada, que es donde siempre han estado. El averno es sitio demasiado noble para ellas.

Y dejo para el final a las malas compañías veras, ésas que tienen que soportar en vida la estigmatización, la hostilidad y el desprecio de la sociedad; simplemente por decir la verdad y mantener una actitud vital honesta, lejos de la mendacidad y la corrupción que reinan por doquier. Te dirán: “ten cuidado, no te juntes con éste o aquel porque es un radical/negacionista/fascista/etc.”. Esas malas compañías, que han sido agraviadas, menospreciadas, puteadas, zaheridas, vilipendiadas y un largo etcétera; por no doblegarse al mandato de las criminales élites y del vulgo adocenado. Ésas que no toleran la infamia de la mentira y la doblez son las que quiero para mí, porque ésos hombres de recio carácter – junto a aquellas personas de corazón limpio – son los que vigorizan mi espíritu crítico, estimulan mis potencias creativas, amplían mis conocimientos y, principalmente, porque a través de ésa sublime comunión me perfecciono como persona.

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