ARTÍCULO: El día en que se me aferró un ciego, aprendí mucho de la vida.

Fue en el madrileño metro de Oporto (Madrid, insisto, no Lusitania). Venía yo de Londres, por gozo, no por negocios (de eso, ni tengo ni tendré, aunque una vez casi caigo en la tentación, pero la vida es demasiado seria como para pasarla trabajando por pasta). Mi hipermnesia recuerda, nítidamente, la sensación de reencontrarme con Madrid, tras 16 días guiris y apreciar lo que veían mis ojos. Realmente había un vínculo entre Madrid y yo y sólo la distancia lo había creado, a mis ojos.
Ya he dicho “ojos” un par de veces, porque este relato va de ojos. De los ojos aparentemente inservibles de un ciego.

Ahora no lo sé, pero en los años 90, el metro de Oporto (Madrid) era lo más parecido al infierno, por lo menos a “mis ojos”. Gente, mucha, toda. Ajetreo, mucho, todo. Ruido, mucho, todo. Pestilencia, mucha, toda.  Yo pasaba por ahí 5 días a la semana, más o menos. Encima para ir a estudiar a la facultad de Derecho. Tela. Menuda mierda de vida, la mía. Pero era joven. Menuda gozada de vida, la mía (por lo de joven, obvio).

Iba yo desvenzijado por el ajetreo del metro y el constante roce del personal, y atisbaba  el final del túnel. Por fin saldría del agujero, cogería un autobús (la 484) y depositaría mi cuerpo en una confortable cama del suburbio llamado Leganés. Me había tirado 16 días en London, durmiendo encima de los cojines de un sofá, puestos en el suelo porque mi metro ochenta no entraba en el sofá; y en una colchoneta de playa, junto a mi amiga gabacha, Annabelle. Me dijo que un día dormía yo con los ojos abiertos. Y esas cosas pasan, porque una vez vi a un amigo dormir así. Menudo susto, en serio. Nadie debería dormir con los ojos abiertos, pero sucede.

Mi primer día londinense, nos pillamos una borrachera de veinteañeros borrachos. Éramos 2 francesas, una alemana a la que le di masaje sin lascivia, una española (pibón descomunal viguense, María se llama) 2 franceses, 2 italianos – uno el novio de la gallega – y yo (inclasificable, pero algo español sí que soy). ¡Menuda tropa!

Llevé 2 botellas de JB y una de Vodka (no recuerdo la marca, pero supongo que Absolut, que era con lo que yo me emborrachaba más y mejor en esa época). Mi amiga gabacha (es otra, no la de la cama pegada a mi colchoneta de playa) llevó otras tantas botellas. Y tabaco. Llevamos mucho tabaco porque en London es “mucho caro” y nos pidieron tabaco como si fueran presidiarios. No era por negocio, sino por amistad, lo de llevar tantas vituallas.  Y antes se podían hacer esas cosas en los aeropuertos. Antes había vida y no gente embozalada. ¡Pardiez que sí!

Con la gabacha cogí un vuelo charter que venía de Turquía. Dejaba turcos en Madrid y se iba a Londres a recoger a más turcos. Pero el viaje entre Madrid y Londres… sólo para los currelas del avión y para Gwendoline y yo.  Vaya nombre raro el de esta tía, Güen la llamábamos.  Se me quiso follar en el avión, pero yo retrasé el polvo hasta años después que me la tiré. No sé por qué, pero no me gustaba esta tía hasta años después que pasó lo del folleteo. Y mira que la tuve mucho sóla y cerca. Ella creía que yo era maricón, me lo dijo tras los polvos, porque no era normal rechazarla tantas veces.

10 mil calas nos costó el vuelo (ida y vuelta y con papeo y todo. Si es que la vida antes molaba, hacedme caso. Eso sí, la trampa estaba en el tren de cercanías, más caro que el avión). El avión salía a las four de la noche. Pero antes, en Barajas (nada de Adolfo Suárez) podías hacer botellón, merendola o lo que te saliera de las pelotas. Y como el metro acababa a la una de la mañana, pues la Güen y yo quedamos en Oporto a eso de las 00h. y llegamos a Barajas, y nos parapetamos con litronas y snaks (¿se escribe así?). casi 4 gloriosas horas dale que te pego a lo de dentro del vidrio y al francés (no seáis mal pensados, digo el idioma, cabrones) y el español y el inglés. Menos mal que Güen es trilingüe… porque lo que es yo… ni de coña me rebajo a no hablar español.

La compañía aérea destrozó la maleta de Güen.  Cuando la vimos en la cinta esa rara del aeropuerto, por donde pupulan las maletas de la peña… nos descojonamos. En serio. Estaba totalmente destartalada. Le habían pasado por encima varios séptimos de caballería. Agarramos la maleta lo mejor que pudimos y fuimos a reclamar. Menuda risa con los del aeropuerto, que sólo hablaban inglés, no te jode. Esos mismos cuatreros me detuvieron luego, a la vuelta, porque se ve que yo soy siempre sospechoso de todos los delitos habidos y por haber. Me acababa de comer unas patatas fritas (o lo que fuera eso) del Mc. Pollas del aeropuerto. Costaban una libra. Y yo no tenía más dinero. Tal cual. 1 pound creo que lo llamaban. Creo que no es buena idea estar en Londres sin tarjeta de crédito y sin dinero. Pero, bueno, yo soy así y hasta tengo panza ahora, sé cómo comer.

Pasaron muchas cosas molonas ese viaje. Tal vez demasiadas como para ser contadas aquí y ahora. Me quedo con el gatito de la viguesa pibón total y descomunal, que me regaló una foto suya donde escribió: “fuck you, men”. No recuerdo el nombre del minino pero sí sé que se lo comió el perro del vecino, tal cual. Un boxer, como los gallumbos.  Pero cuando estaba vivo, el gato me despertaba con su patita en mi mejilla. Sin sacar las uñas, dándome con esa especie de almohada que tienen los gatos en las pezuñas. El hijoputa me daba hasta que me despertaba. Yo en el suelo, obvio. Y esa manera de despertar, que queréis que os diga, era maravillosa. Como mi vida.

Se me olvidaba el motivo de este artículo. Cuando logré salir del embutido vagón de metro de Oporto, con una maleta y una mochila (no es fácil llevar esas cosas embutido con tantísima gente) enfilé el abarrotado andén, con la esperanza de salir pronto de ese infierno. Pero, de repente, alguien se aferró a mi brazo derecho. En plan apretar como si, al soltarse, fuera a caer al averno.  Fueron décimas de segundo en las que pensé: ¡Joder, lo que me faltaba, que alguien me toque los cojones ahora!

Pero resulta que era un ciego.

De repente, se apagó el ruido, el hedor y el horror del lugar. En décimas de segundo, pensé y me reí por dentro de que sólo a mí me puede pasar eso: que en medio de la marabunta, y con bultos, me agarre un ciego.  Y fui su lazarillo en tan dantesco y ajetreado escenario. Saliendo del infierno en 4 tramos de escaleras mecánicas que yo siempre subía andando y a la carrera.  Y, durante ese trayecto tan lleno de gente y cieno, pensé en la suerte que tenía por el mero hecho de poder ver y no necesitar agarrarme al primer gilipollas que mi sentido del tacto detectara.

Muchas veces no sabemos todo lo bueno que tenemos. Que es mucho.

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