ARTÍCULO: ¿Y si el pucherazo son los padres?

Todo el que tenga recuerdos de infancia constatará el engaño que era la vida hasta que el propio raciocinio se impuso a las mentiras ajenas. Los Reyes Magos son el caldo de cultivo de una sociedad apollardada. A fuerza de mero pudor, jamás pregunté a mis padres el por qué de esa gilipollez de los Reyes Magos que nos hacía creer a los nenes que la vida era un lugar mágico donde no era preciso esfuerzo ni talento alguno para lograr los inexcusables fines materiales que nos habían metido en el melón como valores sociales loables y, por lo tanto, deseables.
Todavía recuerdo aquella infecta revistilla llamada “Teleprograma”, que en las cursis fechas navideñas emponzoñaba la almendra de los nenes con un consumismo feroz, haciendo que los niños nos tornásemos en una suerte de piraña antropomorfa sin más anhelo que conseguir todos los juguetes de la putatele. Tal cual, esa era la campaña de estos sicarios de Luzbel. La cosa era sencilla: rellenabas una papeleta con los datos personales de algún mayor de edad descerebrado que te había puesto esa promoción en el hocico y ya optabas al botín. Sólo por ver qué cojones haría el premiado con todos los juguetes de la tele, ya merecería la pena tamaña basura mundana. El caso es que yo, austero y casi eremita desde mi alumbramiento, también participé y babeé consumismo y ganas de tener todos esos jodidos juguetes con los que nunca habría jugado, obvio. Y lo hice porque durante un tiempo breve yo también estuve socializado. Duró poco y todo era mera impostura para no estar todo el día a hostias con el prójimo. Cuando asumí que la guerra estaba más que perdida, empecé a librar mis propias batallas, haciendo de mi desesperanza un sayo.
Una vez aniquilados los Reyes de Oriente, mi vida pasó a la fase de asombrarme con las verdades del barquero. Me resultaba desolador el panorama humanoide, tanto cercano como lejano, por lo que empecé a alejarme de lo socialmente establecido y empezar un deambular introvertido, fingiendo estar socializado como el que más; es tan fácil engañar a un gilipollas, y eso es lo que hice durante lustros y lustros; aprovechando a vivir como la famosa canción de Flan Sin Nata: “mai guey”. Con los años aprendí que “mai” significa “nunca” en eivissenc y que “guey” significa “tío” en mexicano; y lo hice sobre el terreno, es decir: viviendo en Eivissa y siendo novio de una mexicana. Esto indica que antes la vida dependía de uno mismo y estaba ahí para hacer, más o menos, lo que quisieras sin hacer daño a nadie.
Ahora todo se ha ido a tomar por el culo, pero no por generación espontánea, sino por maldad y estupidez humanas insuperables.
Mi antiguo “mai” ha tornado en expolio y satrapía a mano de los catalufos separratas de 2 patas que son los que gobiernan Espena (Puisdemón al paredón) y mi antigua novia hispanoamericana ha mudado en invasión migratoria. No obstante, siguen tratando de engañarme con una evolución de los jodidos Reyes Magos: la democracia. Supongo que todavía habrá nenes que crezcan engañados por los adultos, allá ellos y ya despabilarán – como yo o a su manera –, pero lo que nunca mejorará será la puta autocracia memocrática y los jodidos adultos que nos toman por niños tontos, siendo ellos unos infantes mentales con corbata y asuntos muy adultos que tratar, para jodernos la vida a los disidentes, a las ovejas descarriadas más negras que la hulla. En este puto país perdido de la mano de Dios y la razón hemos normalizado tener los políticos que tenemos y los votontos que tenemos. Y no sé por qué, pero cuando yo era gilipollas mi rey favorito era el negrata. Hace cosa de un lustro el otrora Baltasar que desfilaba por las infectas calles del gueto llamado Leganés fue una tía travestida y los otros 2 ídem. En su día, cuando Baltasar era un blanco pintado de negro yo le grité: “¡y una escopeta!” porque se me había olvidado pedirla en mi carta a los Reyes. Mi madre me embaucó para que bajásemos a la puta calle y se lo pidiera directamente al Rey. Y eso hice. Y a las pocas horas ahí estaba la escopeta, en la chabola vertical parental.
Ahora que los Reyes Magos están muertos y enterrados, sigo demandando una escopeta, pero esta vez de verdad para, entre otras muchas cosas, defenderme de los “mai” y de los “guey” y poder volver a vivir “a mi manera”.
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