RAFAEL LÓPEZ: Agosto.

Este mes voy a lanzar una diatriba hacia la hipocresía respecto del matrimonio y, por ello, prefiero poner el vendaje antes de la herida indicando que son, exclusivamente, reflexiones personales. Porque, aunque vaya a expresarme con vehemencia y rotundidad, sobre la cuestión, en modo alguno anida en ello una falta de respeto hacia las decisiones y formas de vida, individuales, conyugales y de pareja, de nadie. Quien lo interprete así, allá él.

En éstos atribulados tiempos de degeneración moral, se ha convertido en práctica generalizada la desnaturalización de toda estructura social. Una vez laminados los referentes menos vigorosos, se vienen centrando, en los últimos lustros, en tratar de zaherir el último e inexpugnable baluarte que queda: la familia. Ésos ataques son de muy diversa naturaleza pero, por no extenderme hoy en demasía, me centraré en el socavamiento de la institución del matrimonio, porque, al fin y al cabo, es el casamiento el manantial que hace brotar el nacimiento de una familia, con independencia de que, después, se tengan hijos o no.

La agresión sistemática y voraz que sufre el matrimonio, principalmente a través de la ley del divorcio y la tolerancia hacia pseudo uniones de todo pelaje, a las que se les otorga rango de paridad, resulta ignominiosa.

Como aperitivo indicar la profunda degradación en la propia celebración de las nupcias. Desde hace tiempo, tenemos que observar, atónitos, como se celebran burdas ceremonias homosexuales en las que la ostentación, amplias dosis de parafernalia y una impostura manifiesta suponen el lúgubre contrapunto de lo que es y supone un matrimonio. No menos rechazo me producen esos arrejuntamientos sin celebración alguna, que argumentando sandeces como que el amor va mucho más allá de un mero contrato (ésos indigentes morales degradan el matrimonio al asociarlo a un gris documento de derecho civil), santifican unos temporales amancebamientos hormonales intrascendentes.

No estoy en contra de los matrimonios civiles, porque es una formula muy válida para quienes, sin ser creyentes, desean asumir la responsabilidad de crear un vínculo conyugal. Los que sí me producen una gran repulsión son esos católicos sólo en el día de la boda, ésos que realizan una ceremonia religiosa, exclusivamente, por la apariencia y el esplendor que otorga, no asumiendo las gravísimas responsabilidades morales y personales que lleva implícitas. Y no hace falta que les mencione mi opinión sobre esos segundos casamientos católicos que, tras haber obtenido la muy conveniente disolución matrimonial por parte del tribunal de la Rota, alegan que las primeras nupcias fueron no consumadas (teniendo hijos y llevando, en la mayoría de los casos, un tiempo notable de cohabitación).

Abomino de las uniones civiles o religiosas que prostituyen el significado del matrimonio, no porque se arrejunten y quienes se arrejuntan (que me trae sin cuidado), sino por vampirizar el nombre, los rangos y el sentido de algo noble como es el matrimonio. La profunda decadencia de España se observa, entre otros infinitos aspectos, en cómo se ha admitido un lenguaje profundamente pervertido que califica de matrimonio algo que no lo es y asigna conceptos conyugales, como llamar a dos maricones marido y marido y a dos lesbianas mujer y mujer, profundamente degenerados (que lleguen a autocalificarse estos sujetos como esposos supone, en sí, un caustico escarnio verbal al vinculo conyugal). Son unos auténticos desquiciados quienes usurpan tales categorías, aunque – como siempre – lo son aún más los que han permitido esta perversión legal y lingüística.

Centrándome ahora en los matrimonios, digamos fetén, me resulta tragicómico cuando en alguna película, o en un medio de desinformación, oigo hablar de crisis matrimoniales, porque, en la mayoría de los casos, citan unos periodos de convivencia conyugal que deberían sonrojarles, por lo intrascendente de los mismos. No es que no se pueda vivir con intensidad el matrimonio, estoy convencido de que habrá cónyuges que se conozcan y hayan compartido muchas más vivencias que otros que lleven el doble de tiempo casados, porque no es la antigüedad en la celebración de las nupcias sino la intensidad de lo que acontece después lo realmente importante. Y realizo esta advertencia porque hay matrimonios que duran mucho, pero nunca han dejado de ser dos distantes individualidades.

El argumento de la incompatibilidad de caracteres me parece inmaduro y simplista. En primer lugar, porque un noviazgo debe permitir conocer los aspectos más personales de alguien con quien vas a compartir la vida. No puedo ser condescendiente con los papanatistas argumentos de que lo volcánico de sus caracteres, y/o el descubrimiento de que su cónyuge no ha resultado ser como esperaba, llegue a justificar la separación a los cuatro días. ¿Acaso quienes llevan muchos años casados son amebas que no han experimentado también, en algunos momentos, parecidas cuitas y probablemente a un nivel agravado?, no me respondan, porque era una pregunta retórica.

Rompiendo, ligeramente, el hilo argumental indicar que me resultan ridículos (y soy amable con el calificativo) ésos separados o divorciados, más o menos seniles (mas más que menos) que después de una vida marital bastante amplia dejan a la esposa para liarse con una jovenzana veinte o treinta años menor, balbuceando “que, por primera vez, han encontrado el amor”. Esa vejación hacia la esposa que estuvo lavándole los calzoncillos muchos lustros (posiblemente, también, dándole unos hijos), me resulta especialmente lacerante; porque hay que ser muy miserable para despreciar, de esa manera, a quién tanto se le debe y no concibo otro calificativo para esos mentecatos que el de ser unos perfectos capullos.

Porque, a mi modo de ver, son unos auténticos majaderos quienes pretenden mocear llevando canas (aunque se las tiñan) para “ponerse en el mercado”. Ésa extemporánea “búsqueda del amor” fuera del vínculo conyugal, hilvanada con una renovación completa de vestuario (por supuesto juvenil y ceñido) y de infinitos tratamientos estéticos para disponer de una imagen divina de la muerte, resulta grotesco y de una fatuidad insoportable.

La filiación de los padres hacia los hijos es natural pues son sangre de su sangre, heredando muchos aspectos físicos y del carácter de sus padres, pero esa circunstancia no se da con los esposos. Considero imposible una comunión de caracteres en el matrimonio y me generan no pocas cautelas cuando oigo semejante afirmación en unos cónyuges. Porque fiar la perfección del matrimonio a una coincidencia en aficiones, gustos, carácter, etc., me resulta superficial y hasta inmadura. Indudablemente años de convivencia van cincelando, en la mayor parte de los casos, el carácter y las afinidades de los contrayentes, pero ese es un proceso natural que se da (aunque con menor intensidad) en cualquier relación humana duradera en el tiempo.

Quiero realizar ahora una matización sobre los matrimonios laicos y católicos: sí en uno laico, el cónyuge se debe, a la persona con la que he decido compartir su vida, para entregarse más allá de uno mismo, en el católico ese vínculo es además con Dios. Les aseguro que no es ésta una cuestión baladí, porque el compromiso jurado ­­­­– o prometido –  delante del sacerdote supone una exigencia adicional de entrega y responsabilidad.­

Existen otros sacramentos como el bautismo, la confirmación o la primera comunión que al realizarse, habitualmente cuando uno es pequeño, no se tiene tanta consciencia del acto en sí, pero en el matrimonio no cabe esa discrecionalidad. En mi caso, el matrimonio me ha dotado de una fortaleza interior que no hubiese alcanzado jamás, eliminando miedos e inseguridades que me resultaban inabordables cuando era joven. Sin embargo, como todo en la vida, hay una excepción a ese formidable bagaje de enriquecimiento personal y ésa es, precisamente, el temible infierno que supone enfrentar las severas desavenencias conyugales. Para quienes se toman el matrimonio a la ligera, tal vez, esa posibilidad no les resulte tan hiriente, pero si se ha casado uno con la seriedad que impone tal decisión, ése escenario deviene esguazador.

Considero que el perfeccionamiento del matrimonio permite a los esposos sublimarse como personas. En contra del feroz individualismo y la falta de compromiso actuales, afirmo que el matrimonio no está hecho para pusilánimes, ni para incapaces en asumir una entrega y responsabilidad de primerísimo nivel. Igualmente afirmo que es ésa primorosa conjunción, del respeto y de la virtud teologal de la paciencia, la que permite ir dando los pasos necesarios para que el matrimonio madure de una manera sana y natural. De cualquier manera, como todo lo importante de la vida, se obtienen a cambio de esas férreas determinaciones y sus sacrificios inherentes, hitos vivenciales y emocionales excepcionales.

Podría haber escrito este artículo contra el matrimonio en el mes de septiembre, cuando celebraré, si Dios quiere, mi trigesimocuarto aniversario, pero considero que, al igual que ocurre con el oficio de padre, el de marido es de por vida y, por ello, todos los días son dignos para celebrar las jornadas conyugales de miel y también ¿por qué no? las de hiel.

A mi querida Esposa y a mi Madre.

Hasta el mes que viene, sí Dios quiere

2 respuestas to “RAFAEL LÓPEZ: Agosto.”

  1. Avatar de Rafael López
    Rafael López Says:

    Don César, gracias por el cuasi perfecto aporte fotográfico a mi intrascedente artículo (dudo que haya un comentario distinto al que estoy escribiendo, aunque ésa circunstancia tampoco me afecto en absoluto), pero ésa ultima imagen tuya de dos novios con bozal me ha producido un profundo desasosiego.

    Dispongo de una foto de casados (que sé que Tú dispones de ella) y me ha evocado la misma, pero en 1983, sin bozal, guantes de latex y toda esa mandanga. ¡Sabes zaherir a un maño gruñón y cuasi invernal!

    Aunque no te lo creas (¿creo?), me he dado cuenta de las mejoras semáticas y ortográficas que has realizado sobre mi artículo. En el fondo tienes alma de artesano que coge entre sus manos un material bruto y lo convierte en un objeto noble. Gracias, muchas gracias por éllo.

    Y en fin, sí crea controversia (que lo dudo), pues bendito sea, y, sí no, pues también, porque el primer – y principal objetivo- ya está cumplido.

    Un abrazo,

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