ARTÍCULO: Femirrojas hasta en las sopas.

Viendo el nauseabundo devenir de la sociedad accidental (vulgo occidental) y su zozobra ineludible, acabo de recordar 2 episodios que me acontecieron en un restaurante del municipio espenol donde sobrevivo. Fue con una camarera espenola, creo de pura cepa pero no he mirado su pedigrí… animalita ella, oye.
Estaba yo presto a pagar una cena en ese restaurante, cuando la chalada esta vino con el cacharro ese de las tarjetas bancarias. Yo no tengo (ni tendré) cuanta bancaria, pero mi parienta actual sí; por lo cual – cuando salimos juntos – la tarjeta la llevo yo porque a mí ni se me pierde ni ha nacido un hijo de puta capaz de robármela. La orco de mordor disfrazada de camarera cogió la tarjeta y preguntó algo así: «¿Cuentas separadas, verdad?».
Agárrate, que vienen curvas
Mi estupor y mi cara eran primas hermanas. Un hombre y una mujer, afablemente comiendo y bebiendo, y prestos a pagar con una única tarjeta… que según esta jodida tarada tenía que ser partida en 2 y pagar cada uno lo suyo y Dios sabe si comimos y bebimos exactamente lo mismo o había que pagar porcentajes diferentes.
Obviamente mi mirada de estupor pasó en milésimas de segundo al odio y le espeté que POR SUPUESTO nosotros somos un matrimonio y los gastos son unívocos. Y no me cagué en su puta madre primero por no faltar a la señora que tuvo la mala suerte de parir algo así y, segundo, porque igual si es una puta… ¿qué educación ha podido tener un orco de mordor y cuánta culpa tienen sus progenitores y… los hijos y nietos de esta purria de insensatos?
Quedó ahí la cosa y no hice leña del árbol femirrojo caído.
Y saltó la liebre
La siguiente – y última – vez que fuimos a ese restaurante fue apoteósica la necedad de esta contratada. No sé por qué motivo nos quiso invitar a un chupito (chopitos los llamaba la ignorancia de otra camarera que ahora no viene al caso) y YO pedí lo que pedimos siempre MI mujer y YO y lo pedimos de manera aleatoria, esa noche lo dije yo y otras veces, obviamente, lo dice ella: pacharán. Pero, justo al decirlo, mi mujer cayó en la cuenta de que estábamos en un restaurante italiano y preguntó si tenían limonchelo. Hasta ahí todo normal, ¿verdad? Pues no… para nada normal. La puta zorra, con la cara de odio que tenía siempre que me veía (sin conocerme de nada, por ser YO un Hombre sin ambages) empezó a despotricar con que «¡Claro qué hay limonchelo!» «puedes tomar lo que quieras, no lo que te diga él» y demás barbaridades ante las cuales ya no di la callada anterior de la tarjeta por respuesta.
¿En serio esa puta zorra asquerosa se arrogaba el PLACER de sojuzgarnos a mí y a mi mujer por haber aceptado la invitación de unos misérrimos chupítos de licor barato de garrafón? ¿Se arrogaba el PLACER de humillarnos de esa manera?
No, queridos niños, conmigo NO, NUNCA, SIEMPRE.
Lo que le dije a esta psicópata son cosas que, por desgracia y por culpa de los accidentales, ni puedo escribir aquí. Pero os garantizo que no ha vuelto a cruzar su mirada conmigo, ni lo hará sin que le tiemblen las patas. Animalito, ella, oye; insisto.
No dejéis pasar ni una a estas zorrEs. Nos va la vida en ello, oye, reinsisto. Yo le dejé pasar una y mirad lo que ocurrió después. Si le llego a dejar pasar la segunda, a la tercera llama a los picolerdos y me meten al calabozo por cualquier cosa que ella hubiera alegado, pues todas sirven para los sicarios de Satán.
Deja un comentario