RAFAEL LÓPEZ: Octubre

Abordo, en el día de mi sexagésimo cumpleaños (hace 60 años que nací, para los que no hicieron la E.G.B., y es mi 60 restaños, para que me entienda el Tirano), una cuestión que creo muy apropiada: la vejez y la muerte.
Este artículo me ha servido para rememorar el quinto (hoy estoy enfebrecido con los números ordinales), que escribí para el señor Bakken, a mediados de noviembre del 2020, ¡hay que ver como pasa el tiempo!
Por cierto, hablando de como pasa el tiempo, ¿alguien se acuerda de cuando se estudiaban los números cardinales y los ordinales?, no sé sí se seguirán dando, porque, ahora, las horas lectivas se centran en corromper y embrutecer a los niños con porquerías, degeneraciones y majaderías.
Les dejo el enlace del artículo mentado, para los que sientan curiosidad y sean unos holgazanes, como yo:
Sin embargo, modificaré la línea expositiva de mis dos últimos artículos (la Familia y los Hijos), en los que “sentaba cátedra”, eso sí, con la cautela de que mis reflexiones son mías.
Realizo este necesario cambio de registro porque debiendo gozar, todos ellos, de la necesaria amplitud para ofrecer un tratamiento medio digno, en el caso de la vejez y la muerte la casuística individual hace imposible la síntesis en un simple artículo.

Sí les anticipo que existe una cuestión que, siempre, me ha dado que pensar: ¿los años nos hacen mejores, o peores, personas?. Todavía no he encontrado una respuesta, de ahí que el intento por acrisolar una realidad tan compleja, como es la vejez, me haya hecho desistir de toda pretensión. Cada persona es un mundo y tiene una evolución (o involución) vital, por lo que generalizar es errar. Hay quien nace siendo un vinagre, sigue siendo vinagre y muere siendo un vinagre; otros, como los buenos vinos, mejoran con los años (sé que es una analogía algo prosaica – no poética, jajaja – pero, para un vinater como yo, me resulta acogedora); otros con todo a su favor en su infancia y juventud llegan a un punto en el que se malean y se echan a perder; en fin, un sin Dios.
Si nos atenemos a la cita del gran Oscar Wilde “Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones”, el curso vital, en el que perfeccionarse como persona, debería ser un constructivo número de errores. Se podrá, o no, estar de acuerdo con la sentencia de marras, pero lo que nadie puede negar es que se aprende mucho más de ellos, que de las cosas que nos salen de cara.
Para mí, y salvando las diferencias, el trascurrir por las distintas etapas vitales se me asemejan a los cambios de residencia. No me refiero a un mero cambio de casa dentro de la misma ciudad, o pueblo, sino a un cambio de residencia drástico (de un pueblo a una gran ciudad, de la península a una isla, o de un país a otro). Te das cuenta, desde el primer instante, que has de “coger el paso”, que tienes que adaptarte al lugar en cuestión y eso no se hace en un día. En la vida pasa algo parecido, también tienes que coger el paso a los años, pero de una manera natural, sin forzar las cosas, porque devienen grotescos los sujetos que llevan el paso cambiado, moceando cuando peinan canas o esos imberbes que presumen de ser mayores.
Cada ciclo vital tiene sus cosas buenas y otras que no lo son. Hay que valorar y disfrutar de las positivas y llevar con dignidad las negativas. Indudablemente, el paso de los años deja huellas físicas, emocionales, de pensamiento, etc. que nos van cincelando como personas y que, desde mi punto de vista, deben servirnos para enreciar nuestro espíritu y servir de fulminante en la búsqueda de la verdad y la sabiduría.
Pensando en ciertas personas, podría hablar maravillas de la vejez, porque han sido ejemplos vivos de superación personal y de una calidad humana excepcional en dicha etapa vital (en realidad durante toda su vida), pero hay viejos a los que les ocurre todo lo contrario: son seres resentidos y sin amor por nada, ni por nadie (a excepción de ellos mismos).

En fin, sólo puedo decir que mientras hay vida hay esperanza, y que debemos aprovechar todos los años de este tránsito terrenal. Una persona mayor tiene las capacidades, el bagaje vital y una buena parte de sus potencias físicas para hacer muchas cosas buenas en la vida y ése es mi concepto de cómo afrontar esta etapa.
Indisolublemente hilvanado con el asunto de la vejez, está el de la muerte. Poco tengo que añadir a mi artículo de hace tres años (la verdad, es de los que mejor aguanta el paso del tiempo y uno en los que menos correcciones realizaría), simplemente reafirmarme en la dignidad con que debemos enfrentarnos a Ella, reparando – en lo posible – agravios mientras limpiamos nuestra alma de indignidades y pecados.
Cuando era joven veía a los treintenos como personas muy mayores, cuasi como si estuvieran a un paso de la fosa, jejeje. Ahora, ocho lustros más viejo, me remitiré a un párrafo escrito por mi: “Y en esta hora en la que adquieren sentido tantos anhelos sofocados bajo el peso de interminables jornadas de desasosiego, aspereza y desolación”, que ningún lector conseguirá desentrañar, pero que yo entiendo a la perfección (que para eso lo he parido).
Sinceramente me explayaría más, porque los asuntos mencionados lo permiten, pero descartando 2 o 3 seguidores de este blog, que son como manda Dios, el resto sois unos pasmarotes, incluidos el centenar que reciben las andanzas del buen “Sancho” Bakken por telegram, y que también tienen la posibilidad de acceder a los artículos que aquí se presentan. Todos vosotros no merecéis más que mi animadversión, tanto por no comentar los míos, como los muy esforzados y feraces materiales del cómitre, que dirige esta balsa de náufragos. Si hay algo que me enerva es la callada por respuesta y este silencio de muertos, ante contenidos que pueden ser cualquier cosa menos proclives a la indiferencia.
Intuyo que, tal vez, alguien llegue a pensar ¿Quién se ha creído Este?, sí escribe es porque quiere, que luego no se queje y nos eche la bulla. Crítica que acepto gustosa porque es infundada (los maños gruñones sólo nos enfurruñamos cuando nos hacen críticas fundadas, jajaja).
He sido privilegiado con una intensa comunicación con don César. Puedo prescindir, perfectamente, de ver publicados mis materiales en el blog, pero no de ése, cuasi íntimo, carteo con el señor Bakken. Principalmente, porque me ha aportado un mayor conocimiento personal suyo, tan alejado de la imagen que suele proyectar, en la mayoría de sus artículos, a través de ése rocoso lenguaje tan personal. Además, a pesar de “escribir para mí”, me produce un severo hastío la indiferencia de los lectores, que no solo minusvaloran, con su inacción, mis textos, sino, también, el trabajo que se toma César en complementar mis artículos, con imágenes apropiadas y muy apropiadas. Por si no fuesen suficientes las razones mentadas, está el hecho de que a un holgazán como yo, le supone un sacrificio repasar mis frecuentes errores ortográficos, de acentuación y de puntuación, y eso es algo que tampoco merecen los vacuos visitantes de este insigne blog.

Cuando he dicho que “escribo para mi” es porque he mostrado, en buena parte de mis artículos y en los mil y uno comentarios del blog, vivencias, creencias y opiniones personales. No se escribir sin trasladar un posicionamiento propio sobre las cosas, sea en base a mis experiencias vitales como de mis convicciones personales. Debido a ese criterio me resultan, insufriblemente, tediosos los artículos que no enseñan nada, ni se esfuerzan en una crítica fundada y autónoma, generados facilonamente a partir de los 1.001 titulares de todo tipo, que se evacuan hoy en día, con los que seguir idiotizando, aún más, al vulgo. Por eso, ya ni leo prensa, ni veo la televisión y de internet lo justico y de cuatro elegidos (nunca mejor dicho).
Alguien que se tome la molestia de atender los materiales que he creado para este blog, le aseguro que dispone de elementos, más que suficientes, para que si me ve por la calle me diga: ”Rafael, yo te conozco” (y no me refiero al simbólico reconocimiento facial a través de la foto, que la gentileza de César tuvo a bien incorporar al carrusel de imágenes de portada de su blog), porque mis escritos muestran muchas de las facies de mi personalidad, preferencias, convicciones y de mi transitar por la vida.
Cierro, después de tres años, un ciclo, con una destacada deuda hacia don César **Bakken **Tristán, que me ha permitido saborear las mieles de mi actividad juntaletril, alcanzando cotas impensables. También me ha brindado la oportunidad de aprender muchas cosas, comprobar la mendacidad y las miserias que reinan por doquier y conocer interesantes verdades, que habían permanecido ignotas para mí.
La exégesis de este periplo trienal podría ser ésta: Este dipsomaníaco, de discursos anacolutos, ha alcanzado tal nivel de ataraxia que le permite afrontar, sin titubeos, el reto del negro sobre blanco y que la esclavitud de escribir para un Maldito ha tenido unos considerables efectos apotropaicos y sofronizantes, JAJAJA.
Ahora, más en serio, y dado que en la postdata realizaré una recomendación cinematográfica y otra musical, les transcribo unos inspirados versos de la gran Santa Teresa de Jesús:
“Nada te turbe, nada te espante;
todo se pasa, Dios no se muda;
la paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta.”
Y me despido definitivamente, porque estafermos con horchata, en vez de sangre en las venas (¡para qué esperar siquiera tinta!), no merecen ni un segundo más de mi tiempo.
Gracias, como siempre, a mi Amigo, ése indómito Cicerone cuya hospitalidad, fidelidad y nobleza le permitirá seguir siendo merecedor de mis atenciones.
Adiós.
P.D.: Para César y ésos 2 o 3 seres con alma les dejo el enlace de una película entrañable (en España se tituló “El asunto del día”), está en versión original y sin subtítulos ¡a lo puro macho!
Re-P.D.: Como no podía ser de otra manera y asumiendo el atrevimiento, al ser el que suscribe un maño medio sordo, les adjunto el enlace donde escuchar el concierto número 4 en fa menor de Antonio Vivaldi, Op. 8, RV 297, titulado “El invierno”, perteneciente a “Las cuatro estaciones”. Para los que tengan prisas por seguir perdiendo el tiempo con memeces, nada; para el resto deléitense, durante 9 minutos y 24 segundos, con los tres movimientos del mismo.
Requete-P.D.: como buen aficionado a los toros, tal vez, mi despedida sea taurina, no descartando volver a los ruedos si la ocasión lo merece, o sí la nostalgia me vence.
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