ARTÍCULO: Maderos, ya está, venga… que ya no engañáis a nadie. Sois el enemigo.

Y bien orgullosos que están, oye. Ahí con sus trajecitos de montamán, que vienen con todos los accesorios para jugar más y mejor: porra extensible, spray de gaseo, casco, botas, pipa, porra grande, escudo, chaleco antitodo, guantes anticorte, esposas…
Recuerdos de una infancia sin patio ni Sevilla
Bueno, de una adolescencia, pero es que Machado escribió «infancia» y lo he respetado. Recuerdo, nítidamente, hace unos 30 años un 20 de noviembre en el madrileño Paseo del Prado, a varios maderos «paseando» por allí con escopetas recortadas al hombro, en plan película del Oeste, tal cual. Yo iba con un par de amigos que ni sabíamos que significaba esa fecha, ni quienes eran un grupo de chavales con la cabeza rapada y banderas nazis y, ni mucho menos, esos maderos con las escopetas recortadas al hombro, sujetadas con un brazo, en la pose más chulesca de las poses más chulescas que os podáis imaginar.
De esto ya he escrito, pero me la suda, me gusta recordar. No obligo a leer. No paso lista.
A los 10 años de esto de los de la recortada al hombro, más o menos, un madero se postró ante mí, en la puerta de la comisaría de Leganitos (Madrid, muy cerca de la Plaza de Espena) con una recortada igual que las que os digo de El Paseo del Prado. Iba con un rifle de esos, tal cual y yo no sé qué falta le hacía. Y se ve que yo era un delincuente muy peligroso pues, mirándome a la cara, cargó el arma, como en las pelis: «¡Crass, crass!» sonó la onomatopeya. Y sus ojos, fijos en los míos. Pensé que me iba a disparar, pero no tuvo cojones. Bueno… quiero decir que la ley, todavía y por suerte para mí, no le habilitaba a hacerlo, pero con el gesto, y la mirada, lo hizo. Yo estaba allí con unos amigos, pues estábamos de borrachera en el infame pub / sótano «Oba-Oba» y una del grupo sacó una cámara de fotos muy mona, para hacernos una ídem. yYyo le dije: te la van a robar, no la dejes en la chaqueta, encima del sofá. No me hizo caso y, nada, pues a comisaría a acompañarla a poner la denuncia. Porque la cámara le había costado 50 mil pesetas (sic).
Ese día, por desgracia como todos los días, yo iba sin mi revólver, así que no pude hacer el merecido duelo que el madero merecía y, parece, necesitaba. Así que me dediqué a atacarle con un arma mortal que él no tenía ni tendrá: hilaridad. Empecé a imitar su cara de perro y sus gestos de bestia armada hasta los dientes. Empecé a «cargar» mi recortada imaginaria… ante su mirada cada vez más y más de odio, un odio que yo creía insuperable, pero qué va… se iba superando a sí mismo. Sólo le faltaba echar humo por las orejas, al muy hijo de la gran puta. Yo sabía que al tener testigos no me podía matar, por eso le tocaba los cojones al puto cerdo madero asqueroso. Pero él tenía un as dabajo de la manga del brazo con el que sostenía parte de la recortada: la ley. Así que llamó a 2 perros como él y me detuvieron. «Desacato a la autoridad» creo que balbuceó y grito de rabia hacia mí, dirigido a sus compañeros. Y fui «pa´dentro». Uno quiso esposarme. Pero mi mirada y mi gesto evasivo le dejó claro que no… que si se le ocurría intentar esposarme lo mataría, tal cual. Luego ellos a mí, obvio. Pero él iría el primero a la otra Dimensión para seguir debatiendo conmigo allí, ya sin ser madero ni yo represaliado, de tú a tú, vaya…
Aquí empieza la parte de «Mortadelo y Filemón», si es que la anterior no lo era ya.
Me iban a meter a un calabozo… pero resulta que estaban todos llenos, jajajajaja. Tal cual. Así que, improvisaron y me llevaron a un despacho vacío de gente y lleno de cacharros administrativos. Ahí «me enjaularon» y me dijeron que esperase «a no sé qué», tal cual, ni ellos mismos sabían qué cojones iban a hacer conmigo. Durante un par de segundos, tal vez 3, me preocupé en ese cuarto oscuro. Creí que me iban a dar la del pulpo o un tiro, tal cual y como han hecho tantas y tantísimas veces. Pero al tercer segundo (confirmo que fueron 3, sí) mi cerebro me dijo que yo iba con más de una decena de testigos. No podían matarme, gracias a eso. Así que me acerqué a una ventana y cuando comprobé que daba justo a la entrada de la puta comisaría, mi jolgorio se desató, riéndo con mis colegas que me estaban viendo y «reclamando» mi inmediata puesta en libertad. Y era gente pacífica, no eran como yo. De haber sido como yo, eso hubiera sido como la peli: «Asalto a la comisaría del distrito 13».
Una vez afiancé mi posición, me senté en el alfeizar interior de la ventana y empecé a descojonarme de la impotencia de los maderos. Pobrecillos, qué mal les había salido la jugada. En un calabozo me hubieran dado la paliza que ellos pretendían, y todos tan contentos luego a su puta madriguera que llaman casa. Por cierto… eran todos hombres… ¿qué mujer puede acostarse con un ser así? ¿qué mujer puede tener hijos con un ser así? ¿qué mujer puede esperar y acondicionar la casa para un ser así? Una vez un examigo con la edad de mi padre me dijo que había hablado con su mujer (también muy conocida mía) para que le permitiera follar un día con una mujer policía, vestida como tal y con todos los accesorios, en la cama. Yo me quedé perplejo según me relataba eso, pues este hombre era (no desvelaré su identidad, es un personaje público, además) y no me esperaba que me estuviera contando eso a mí. Pero así era y así fue. Bueno, decía esto por lo de las mujeres liadas con maderos, que salvo ese estúpido morbo de mi examigo, no entiendo qué más puede atraerles de semejantes hijos de puta armados hasta los dientes.
Traté de azuzar el fuego, que se estaba apagando
No me hacían caso, joder. Eran tantos los detenidos y los denunciantes (como mi amiga y un amigo que entró con ella en calidad de abogado, porque lo era y estaba colegiado y todo) que pasaban de mí. Y me aburría. Así que empecé a silbar «La internacional». Yo, un ácrata patriota (oxímoron que, simplificando, significa: «Facha») silbando esa puta mierda… porque antes los maderos eran «fachas» y yo sabía que ese temita musical les jodería. Entró uno, muy ofendido gritándome que no se podía silvar eso, ahí (sic). Y que me sentara en una silla y no donde estaba. Claro… yo mirando a todos mis colegas y el madero sabiendo que ellos me veían… pues me vine arriba: ya no podían darme de hostias. Había testigos, como dije antes. Qué mal se lo montaron conmigo. El pobre perro de la puerta, el que me denunció, no podía hacer nada conmigo, jajaja. Así que me puse a silbar otra cosa (no recuerdo qué, pero una melodía conocida), para tocar los cojones más, hasta que el madero me gritó que «aquí no se puede silbar»(sic). Y yo le agradecí la matización, entre risas. Recordad: tenía a mis testigos frente a mí, y frente al madero. Me hicieron la ficha y aquí paz y después gloria. Entre risas cogí «el recibo» y sigo esperando el juicio que me prometieron, diciendo algo así: «Cuando te llegue la citación no te vas a reír tanto». Y sigo riendo, hijos de la gran puta.
Con los maderos me han pasado cosas divertidas de todo tipo. Pero no quiero aburriros contándolas ahora. Esto, como bien sabes si has llegado hasta aquí, es más un relato corto que un artículo, de ahí su interés. Informativo es cero, pero como relato tiene su aquel. Aunque todo esté basado en hechos reales, no deja de ser un relato, porque yo soy escritor, no perrodista.
Apostilla
to be continued… (continuará)
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