ARTÍCULO. Y, todavía, lo siguen llamando Carabanchel…

A veces creo que tengo mil años más de los 48 que atesoro, porque mi vida – le pese a quien le pese – es un tesoro muy valioso, el más valioso del mundo que ni los piratas más gallardos atisbaron en sus sueños más húmedos.
El pasado sábado pasé y paseé (mis adoradas cacofonías) por Carabanchel. Todo parecido con un barrio madrileño es mera coincidencia. Concretamente fui desde la calle «Eugenia de Botijo, vulgo Montijo» (una aristócrata afrancesada) hasta la glorieta de Marqués de Vadillo, por la calle General Ricardos. La segunda noticia de la foto de cabecera es del barrio en el que sobreviví 14 años (que se dice pronto) y trabajé varios años antes en su radio (Radio Vallekas). Habla de otro milico, pero no general, sino capitán que mató a su mujer. Obvio: los militares existen para matar. La pena es que, desde Gila, ninguno ha servido para nada útil. En cualquier caso… ¿cómo se le ocurre a una mujer casarse con un militar? Pues mira lo que les pasa, con los años. Normal. Deleznable pero normal.
En el paseo que os digo, iba yo con una mujer blanca, española y heterosexual (estoy casado con ella). ¡Qué bravuconada la mía! No nos detuvieron de milagro, claro. Pululamos entre infinidades de etnias, razas y etc. de seres antropomorfos, dizque humanos. En Carabanchel sólo quedan 4 viejos españoles y PUNTO. Ese barrio, otrora castizo total, es hispanoamérica, con unos ligeros toques de Europa del Este y de «musulmania». Es Madrid capital. Normal. Un día más en la oficina.
¡Y qué sucio está todo, joder!
De vez en cuando veo a cerdos cuadrúpedos. Los tiene un conocido mío. Pues su cochiquera, un palacio comparado con Madrid capital y el resto de la Taifa. Vivir aquí es lo más parecido a la muerte en vida o a una vida donde la muerte es la redención, tal cual. ¿Cómo hemos permitido llegar a este punto? Joder, es que ya ni están buenas las panchitas, joder, son todas gordacas. Recuerdo antes cuando, por lo menos, te alegraban la vista. ¡Viva la multiculturalidad y las bandas latinas y el maltrato al ser humano, y a la vista, y al buen gusto y al raciocinio! ¡Vivan todos a una como en Fuenteovejuna!
En el calvario (que no camino) de ida a Carabanchel, en el tren había todo tipo de orcos y seres deformes. Me fijé en 3 panchitas que, a duras penas, entraban con calzador en los asientos. Iban pegadas a nosotros (yo voy siempre de pie) y con una música estridente de bachata (o alguna barbaridad igual) que salía de un móvil. Las 3 gritando, echando carreras a ver quien decía la gilipollez más grande, y con la susodicha música de fondo, claro. Para acabar de aderezar el plato de insensatez, subieron varios panchitos, borrachos como cubas a eso de las 12 y 30h. y con yonquilatas de birra en la mano, no fuera que se les pasara un poco el pedo, noooooooo, joder, eso hay que mantenerlo ahí estable, todo el día. La estampa era algo así: yo de pie, mi mujer sentada y rodeados de panchitos escandalosos. El tren iba, raudo y veloz, por Madrid capital…
Segregacionismo o muerte (o vida, qué se yo, ya…)
Nunca he ido a hispanoamérica. Y no lo he hecho porque no me ha dado la gana. Lo más cerca que estuve fueron los 300 pavos que perdí en un vuelo de Madrid a Nueva York, y de allí a Atlanta. Para ir 1 mes a México, con mi novia seria de entonces, que era mexicana. Me rajé al asumir que si hacía ese viaje (todo planificado con su family) ya me casaba o algo así… y no… a los 25 años yo todavía tenía muchas chorradas que hacer en la vida, menos formar una familia. Y eso que nos íbamos a ir a vivir a Australia, encima… si no quieres café, toma 2 tazas. Pero, qué cosas, ¿verdad? a mí me gustaba mi país. Me gustaban mis amigos, mi familia… ¿qué cosas, verdad? Ahora paseo por Madrid y a duras penas sé que estoy allí. Por los edificios, nada más que por eso. El resto es extraño, grosero incluso. Ofensivo, si cabe. Pero qué sabrá de la vida un fascista como yo. Qué cojones sabrá ya de la vida alquien así.
«No serás un extraño»
Es el título de un pedazo de tocho que hubo siempre en la casa de mis padres, en Leganés. Una vez me aventuré a leerlo. Trata de un galeno. Pero me aburría y no avancé mucas decenas de páginas. Pero me quedo con el título: «No serás un extraño» y con la coña de que, actualmente, cualquier español de varias generaciones, es un extraño en Espena. ¡Y hasta nos parece normal! Pues a mí no. Vaya que no. Pero Dios me bendijo con el talento necesario para no traer descendencia a este mundo. De haber sido lo contrario, hace mucho que me habría suicidado (matando a algún «caballero,caballero» o milico para que ellos hicieran lo ídem) porque traer vida a este país es un crimen de lesa humanidad.
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