ARTÍCULO: el horror de los centros de menores.

Y no me refiero sólo al drama de la destrucción de las familias, por el secuestro injusto de sus vástagos; ni al terrible lucro estatal por dicha destrucción y secuestro, sino a lo sucede dentro de los centros. Hablo sólo de mi experiencia de 1 mes en la «Residencia Infantil Chamberí». Entré gracias a la estúpida PLANdemia, pues aprovechando la farsa covidiota, casi todo quisque se dio de baja, obvio, y tuvieron que contratar a gente en absoluto preparada para los puestos de educador o de auxiliar de control (este fue el mío, pero porque quien me enchufó no dijo que yo tenía una licenciatura. De haberlo dicho hubiera sido educador, todavía más lucrativo e inane que ser auxiliar de control).
En cualquier caso, ese miserable mes de trabajo me otorgó muchas cosas positivas:
1/ ser «trabajador indispensable» y tener un salvoconducto para ello y poder no estar confinado, como los capullos que se confinaron. Yo no me confiné ni respeté cierres perimetrales y toques de queda, pero durante un tiempo tuve un informe que me habilitaba… y jamás me pararon en las solitarias calles por donde pupulé en solitario todo el confinamiento. Sólo lo hicieron – y mil veces – con la posterior prohibición de ir sin bozal, cosa que jamás toqué y no paré en casa nunca.
2/ 2.200 pavos de dinero público (recuperé parte de los cientos de miles que me han robado) por no hacer nada, o hacer esto, que es lo mismo: estar 10 horas, en turno de noche, cerrando 4 puertas y pidiendo 4 firmas a los trabajadores que entraban o salían; y luego abriéndolas por la mañana y pedir las mismas 4 firmas a los trabajadores que entraban o salían.
3/ comprobar la mezquindad de los trabajadores, pues todos salvo yo, se pasaban casi todo su turno durmiendo, literalmente, incluidos los guardias de seguridad (uno por turno). Yo me daba vueltas haciendo el trabajo de control de los durmientes, leyendo y viendo películas en mi portátil. Fumaban dentro del recinto y dejaban que los menores fumaran, hasta que yo me quejé. Hacían la vista gorda ante un sarraceno becario que casi nunca iba a su obligación que era estar en el centro controlando a los menores – sobre todo sarracenos como él – y que todos sabían que les vendía la droga. El olor a porro era lo habitual, otro tipo de drogas no vi.
4/ era pleno confinamiento. Colegios cerrados, por lo cual todos los menores estaban 24horas en el centro de secuestro infantil. Pero no estaban confinados en sus cuartos, como el resto de menores y mayores en sus casas, sino que estaban todo el día bien pegaditos y jugaban al jurgol y etc. en el patio… privilegios derivados de la desidia de los educadores y directivos del centro. Mejor que estén «entretenidos» y menos curro nos dan. Les pusieron internet y reglaron videoconsolas, con ese mismo fin. Los móviles que usaban, todos pagados por nosotros, pues les dan una paga para esos gastos frívolos… siendo menores.
5/ son centros de formación de delincuentes. A mí me respetaban, no por ser adulto, sino por haber sido (y ser) más macarra que todos ellos juntos y sus ascendientes. Algunos padres si son delincuentes reales que no han de tener la custodia de sus hijos. Todos eran, de una manera u otra, bien innata o aprendida en el centro o sus casas de nacimiento, absolutos fracasos sociales, víctimas y victimarios de una sociedad desastrosa. El que no delinquía, soñaba con eso y lo hacía o haría en el futuro. Y los menas… los peores de todos. Ultraviolentos, inadaptados, yonquis, traficantes y etc.
6/ A nivel sexual yo no vi ningún abuso de adultos. No significa que no los hubiera pues denuncias y rumores sí han habido. Pero los internos sí presumían de estar todo el día follando entre ellos (de manera heterosexual, en lo que me llegó a mí). Y se notaba ese conchabe entre ellos y ellas… pero… ¡SON MENORES DE EDAD, HASTA BEBÉS – estos separados en otro edificio, menos mal –!

Lo de Armengol es por si sólo, para iniciar una revolución (como la mal llamada Guerra Civil del 36) en este país, por todo lo que arrastra al ser quien es y, a pesar de ello, ser la tercera persona más «importante» del país. Sólo ver que sus 2 superiores son el satánico Rey felón y el satánico Presidente del Gobierno… pues eso… revolución de autodefensa popular, sí o sí. Que reconozcan ,públicamente, las relaciones sexuales entre nenes y nenas de 7 y 9 años… y las defiendan porque «eran consentidas» es sólo la confirmación de la pútrida sociedad que tenemos… y la ratificación de que los pederastas como Ipene Moncerdo o Celaà nunca mintieron en las barbaridades pederastas que decían, sino que se implementan. Pero yo trabajé en un centro regido por Isabel Díaz Abuso... y mirad como funcionaba. En esta caso, no, «amigos fachas», los rojos y separratas de 2 patas no son los únicos malos.
Me negué a renovar mi lucrativo e inútil contrato, porque yo no soy un hijo de puta, un paniaguado ni un pederasta satánico maltratador y corruptor de menores. De hecho, dejé el trabajo 2 días antes, por un conchabe de la subdirectora (era quien contrataba) que, sin previo aviso, enchufó a un antiguo segurrata de 2 patas de allí al que – dicen y me lo creo – se tiraba. Y lo contrató para mi puesto, al negarme yo a renovar… pero lo trajo cuando me quedaban 2 días laborales. Obviamente, me aproveché – y descojoné – de la PLANdemia diciendo que era una locura estar 3 personas en una pequeña garita… ¡qué pasaba con la distancia social! Éramos el nuevo (ya experto del centro, pero con la porra) un segurrata panchito que se iba a dormir sin hacer ni la primera ronda, luego se duchaba en el centro y salía antes de su hora vestido de calle y oliendo a colonia, jajajajaaa… pero el protoLoco COVIDIOTA me avalaba. Así que… a casa y a seguir cobrando. Y al día siguiente, llamada de la inepta sundirectora para echarme en cara el abandono laboral… y bien escaldada que salió por llamar a un tipo como yo, una corrupta e inútil como ella… aleccionando y recriminando a un ácrata libérrimo y sensato…
Apostilla
Todos los compañeros que tuve (educadores, auxiliares y segurratas de 2 patas) aborrecían ese trabajo y a los menores tutelados; algunos –literalmente– les odiaban a muerte. Y sólo estaban ahí por el buen sueldo y por el casi inexistente trabajo ¿Qué podría salir mal…?
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