RAFAEL LÓPEZ: «La tentación»

Vuelvo a mi muy querido blog de don César para elucubrar sobre la tentación, aunque debería haber escrito la TENTACIÓN.
En la literatura y en el cine (con mucho más bagaje de conocimiento personal en lo segundo, que en lo primero) se ha tratado, con relativa frecuencia, la influencia de la tentación en la voluntad de la persona. Sí nos atenemos a la cita del gran Oscar Wilde “la mejor forma de resistir una tentación es caer en ella”, poco podría escribir más, porque el genial irlandés dejo el asunto zanjado.
Sin embargo, las cosas no son así y todos lo sabemos. La cuestión es el nivel de resistencia a la tentación y quien ofrece más a la misma. Desde siempre se ha considerado que los eremitas, ésos misántropos dedicados a la filosofía, serían – por su condición de renuncia a todo lo mundano – los individuos más resistentes a la tentación. Personalmente difiero de dicha premisa y les explicaré el motivo: recientemente he visto un pequeño trozo de una prometedora película del gran Rafael Gil titulada “Mare Nostrum” del año 1948 con la imponente María Félix. El mismo director trabajaría de nuevo con la actriz, al año siguiente, en la muy recomendable “Una mujer cualquiera”.
En una escena de la primera película mentada (que trato de adjuntar y dejo a la sapiencia del señor Bakken en estas lides cibernéticas la posibilidad de su visualización)
el enamorado, interpretado por Fernando Rey (un actor que pese a su prestigioso bagaje cinematográfico nunca he conseguido verlo como galán, creo que el estupendo actor valenciano Jorge Mistral hubiese sido más resultón), mantiene un dialogo con María Félix que más o menos viene a ser así:
- FR: – Yo estaría dispuesto a sacrificarme por usted
- MF: – Morir no es una prueba de amor
- FR: – ¿Qué más se puede ofrecer que la vida?
- MF: – Hay un sacrificio mayor, el honor vale más que la vida, la responsabilidad del lugar que se ocupa.
- MF: – Sólo me convencería alguien que me ofreciese honra y posición, que descendiera a lo más bajo sin perder la voluntad en mi

(disculpen sí las citas no son literales, vean la escena, es a partir de los 2’40», y cerciórense ustedes mismos).
Realmente la cuestión está muy bien planteada porque dar la vida en un acto supremo de sacrificio, de amor, de orgullo, etc., es algo que siempre se valora. Mientras que perder el prestigio, la autoestima, las más profundas convicciones personales, etc., por una tentación implica una repulsa generalizada, no se considera un acto gallardía, sino de cobardía y ausencia de carácter.
Se le atribuye, normalmente, a la tentación forma de mujer (personalmente, creo que existe por igual para ambos sexos) y dejemos que sea así como hilo argumental para el resto de mi artículo. Para empezar no debemos atender al sujeto tentado que resulta cuasi irrelevante en la ecuación, toda vez que es la potencia tentadora de la fémina en cuestión el factor perturbador de la conciencia de un hombre. Aunque la cabeza coadyuve, no seamos tan necios en pensar que sin una anatomía poderosa las tentaciones iban a ser igual. He pensado en un cuarteto de mujeres que creo dan el perfil, todas ellas hispanas (de un lado u otro del charco) que al fin y al cabo cuando hablan se las entiende perfectamente. Son las exhuberantes María Félix, Rita Hayworth, Elsa Aguirre y Charo López (como para gustos los colores, que cada cual elija a otras, si las considera más atractivas).

En fin ya tenemos el factor esencial de la ecuación un súcubo con la embriagadora forma de una mujer de rompe y rasga. Visto desde la barrera estoy convencido que muchos dirán “ésa, conmigo no podría”, cuestión bien distinta es cuando uno es sujeto activo (en este caso quizás tendría más sentido hablar de sujeto pasivo) y tenemos la tentación delante nuestro. Considero que ese místico eremita que, en el fondo, casi nada tiene que perder, sucumbiría mucho antes que un atribulado padre de familia cuyos vínculos conyugales y familiares le impedirían ceder a la tentación, porque sería incapaz de abandonarse de tal manera que perdiese su condición de pater familias; que, al fin y al cabo, es el vínculo que liga al hombre con la eternidad.
Creo que el tema es interesante y demasiado amplio para que este maño gruñón y holgazán siga divagando. Por supuesto existen muchos otros tipos de tentaciones: dinero, posición, reconocimiento, pero convendrán conmigo que resultan mucho menos atractivos (al menos a mí, no me tientan para escribir sobre ellos)
Seguramente muchos pensarán de otra manera (es lo más natural), pero no estoy aquí para mantener una controversia al respecto: doy mi opinión y el que no esté de acuerdo que utilice los comentarios que generosamente ofrece el cómitre que dirige este libérrimo blog.
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