RAFAEL LÓPEZ: La mies es mucha. CINE.

No pensaba incluir esta película en la selecta lista de recomendaciones cinematográficas del estupendo José Luis Sáenz de Heredia, pero sólo por la escena que voy a comentar, obviaré ese primer impulso.

Quisiera ser don César para, con su poderosa y privilegiada prosa, relatarles la hilarante secuencia en cuestión. Antes debo advertirles que la historia trata sobre un misionero español en la India, donde tendrá, como competidor, a un pastor anglicano, cuyos regalos y gabelas a los parroquianos lo convierten en el favorito de los mismos. Este clérigo inglés cuenta, además, con un armonio con el que dar cobertura musical a sus cantos, lo que le otorga una ventaja competitiva imbatible para el precario estado de recursos musicales y de toda índole de nuestro paisano.

La cuestión es que el misionero recibe, de un anónimo benefactor español, un gramófono y un par de discos con el que competir musicalmente con el hereje inglés. La intención es poner uno de los discos, cuyo contenido son unos villancicos, durante la Misa del gallo, pero la impericia de sus ayudantes hace que el disco se rompa al poner una escalera encima de él. Sin embargo, sus ayudantes no son de los que se arredran ante los infortunios y preparan un desternillante plan alternativo.

Y ahora viene la escena en cuestión que me hizo reír como hacia tiempo y me hace sonreir al recordarla, desde entonces:

La iglesia anglicana está abarrotada, el español apenas cuenta con media docena de fieles. Justo en el momento acordado ponen en marcha el gramófono con el único disco disponible, que es ¡¡de sevillanas!!, JAJAJA. El misionero se queda, obviamente, paralizado pero la música sigue sonando a toda pastilla y los presentes en la iglesia anglicana van siendo seducidos, o más bien abducidos, por la música de la católica, huyendo de la misma hasta dejar al pastor solo, mientras nuestro misionero se lleva la sorpresa de su vida.

En fin, lo dicho, don César lo hubiese contado con más gracia. Para los holgazanes indicar que la escena en cuestión es a partir de la hora y 1 minuto (tienen el enlace donde visionar la película al final del artículo).

Dudo que tenga tanta intensidad como viendo la película completa, que no es dada precisamente a la sonrisa, pero menos da una piedra.

Sobre la cinta, indicar que es del año 1948, con una imagen y sonido manifiestamente mejorables en algunas partes de la misma, aunque, plenamente, disculpables por lo interesante de la historia.

En la línea habitual del director tiene una duración superior a los 100 minutos, y resulta enternecedor ver a la pléyade de actores españoles “haciendo el indio” jejeje, porque el guion marca la acción en aquel lejano país, así que a los actores se les aplicó el oportuno maquillaje para oscurecer sus rostros y anatomías.

No me gusta Fernán Gómez, que es el protagonista (transmite el misticismo de una patada en los riñones), pero la primera parte de la cinta cuenta con la estimulante presencia del gran Alberto Romea, un actor de gran versatilidad que mejoraba cualquier producción en la que participara.

El director, como es habitual en El y también con don Rafael Gil, cuenta con un elenco de habituales (¡qué estupendos actores había cuando Franco!). Respecto de cuestiones técnicas, sólo aptas para extravagantes, pues buceen en esas cibernéticas y luciferinas herramientas, tan comunes hoy en día, que yo me voy a reír un rato recordando la escena que he relatado.

https://m.ok.ru/video/1087949572696

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