ARTÍCULO: Unos gitanos amenazan a otros, por robarles los gallos.
Si los españoles (de ancestros de aquí) tuvieran el 5% de los cojones que los gitanos, otro gallo le cantaría a este país, nunca mejor dicho por el motivo de este artículo, expuesto en el título. Os muestro los 2 vídeos de este suceso que sólo acaba de empezar y, de paso, os cuento una historia mía que me han recordado este nutrido grupo de gitanos, porque yo sí tengo los mismos cojones que ellos, y algunos amigos y conocidos míos, ídem: pero no es suficiente para arreglar este destartalado país.

En este enlace podéis ver el primer vídeo:
https://x.com/ultimocolinesio/status/1879145174389137568
En el siguiente enlace podéis ver los 2 vídeos. Os recomiendo pasar las imágenes hasta los vídeos, porque la chapa de esta señora no tiene muchas sustancia (en este caso, en otros sí):
https://www.youtube.com/watch?v=sWOIJT-pmt4&t=100s
Y aquí mi intrascendente y absolutamente prescindible historia:
Era yo muy feliz currando, riendo, aprendiendo, enseñando y follando sin parar en mi querida Córdoba, allá por el 2005. A parte de vídeos, recitales, gestión cultural y etc. curraba en la taberna más bonita del mundo: «La Magdalena», sita junto a la homónima plaza. Durante varios meses al año, pegado a la taberna ponían (o ponen, no he vuelto en época de caracoles) un enorme puesto de caracoles que regentaban unos 10 gitanos de 3 generaciones. Tenían terraza, aledaña a la nuestra. Yo era el encargado de la terraza y las mesas de dentro (unos 100 clientes «en hora punta») y tan sólo 3 personas (cocina, barra y yo) nos apañábamos – salvo algún día con demasiada gente que venían hasta 2 personas más. Éramos unos currantes de la hostia.

Los gitanos no respetaban el pacto que aunque yo no lo hubiera hecho, mi jefe y el patriarca hicieron: en nuestras mesas podían sentarse gente con caracoles, pero consumiendo nuestras bebidas y resto de papeo nuestro.
Bien…como lo suyo hubiera sido que en nuestras mesas no hubiera ni un puto caracol… pues los gitanos se tomaron hasta el pie la estúpida mano que les tendió mi jefe. Pero yo no… no,no,no… conmigo nunca, siempre, NO ante la injusticia. En pocos días casi todas nuestras 10 mesas estaban copadas por los clientes de los caracoles, y con las bebidas que ellos les vendían. Yo discutía con los del chiringuito, y con sus clientes en nuestras mesas, y les obligaba a irse a la zona de los caracoles si no pedían en la taberna. Siempre los echaba o lograba que pidieran mínimo una consumición por melón. Una vez, en una mesa de 4 (2 notas y 2 mujeres) con caracoles y birras del puesto, uno se me puso chulo y ante mi insistencia de que o pedían o se fueran. A regañadientes, uno me pidió un botellín. Los demás no querían nada así que les mandé a tomar por el culo, literalmente. El del botellín me dijo, chulescamente, que ya había pedido así que se quedaban. Le insistí, ya de muy mala hostia, a que se largaran. Se levantó y cuando ya iba a soltarle un bandejazo para que su cabeza sonara como un «gong» apareció mi jefe – que conocía a este gilipollas – y calmó los ánimos. Luego me dijo que ese era campeón de no sé qué arte marcial, jajajaja como si mis cojones hicieran distinciones, no te jode…

Lo de los gitanos y me callo
Uno de los nietos del patriarca era un gilipollas farlopero insoportable y, pese a mis advertencias constantes, venía con sus productos a nuestras mesas. Le advertí muchas veces hasta que ya me cabreó y cuando se iba hacia el puesto de caracoles, le puse una instintiva zancadilla. El muy cabrón tuvo suerte y no cayó. Me dijo, asombrado: «¡Me has puesto la zancadilla!» y yo: «¡claro, lástima que no te hayas roto la puta cabeza!». Mira… palabras mágicas para que a los pocos segundos vinieran todos, y digo todos, los gitanos a rodearme.
El patriarca (el abuelo de todos estos currelas) vino con la voz cantante y muy mala hostia, garrota en mano: y ,supongo, una `7 muelles´ en el pantalón: «¿Tú les has dicho a mi nieto que le vas a romper la cabeza?». «No – contesté sin achantarme (10 gitanos a mí… ya ves tú, a un pendenciero criado entre navajazos en el suburbio de Leganés y exultra de jurgol y política). Le he dicho que ojalá se hubiera partido la cabeza».
Parece que no les gustó mi respuesta y empezaron a encabronarse más y, ante el escándalo y que todo los clientes se habían levantado de las mesas y apartado de la zona, mi jefe se pispó y salió a conciliar; pues era «amigo» de los gitanos, a fuerza de ser él cordobés y conocerles de varios años de puesto maloliente de caracoles. Entre los gritos, se oyó muy por encima el mío, algo así (pues mi hipermnesia no recuerda esto literalmente, pero casi): «¡Tu nieto no para de traer vuestra bebida a nuestras mesas, y ese no era el trato! ¿tenéis problemas de entendimiento o la cara de cemento?». Ante eso, y mi jefe hablando con el patriarca, se calmaron los ánimos.
Uno de los gitanos de la segunda generación pero no padre del niñato este, me dio la razón. Nos hicimos grandes amigos durante años, por cierto. Los gitanos reconocieron que el niñato era un gilipollas y se fueron a su puesto maloliente.
Desde esa noche me respetaron más que a una pareja de guardias civiles (no les digo picolerdos porque me refiero a los buenos, a los del mauser, capa y tricornio). El niñato me llamó de usted, desde entonces, y jamás, digo jamás, hubo una sola bebida suya en nuestras mesas y mi relación con todos los gitanos fue estupenda.
Apostilla
Jamás os acojonéis ante el mal o este os comerá. «Los malos» también sangran (nunca lo olvidéis) y cuando se enfrentan a alguien con cojones que, además, tiene toda la razón; no sólo achantan, sino que tienden la mano y se hacen casi amigos tuyos, cuando no muy buenos amigos, hasta de por vida. Aunque no lo creáis entre «los chungos» suele imperar el honor y el respeto; que al final deviene en concordia y casi fraternidad.
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