RAFAEL LÓPEZ: Cine franquista transgresor – Entrega nº 5. “Viridiana”.

Afronto el epílogo de esta pentalogía dedicada al cine franquista transgresor, con una película que, desde mi punto de vista, ostenta el puesto de mayor privilegio al respecto. La cinta de Buñuel, fue motivo de disgustos para más de uno porque, aunque no se lo crean, pasó la censura sin apenas correcciones. Sin embargo, cuando ganó el festival de Cannes, y los escudriñantes ojos del Vaticano detectaron las sutiles cargas de profundidad puestas por don Luis, se lió una de cuidado.

De todos modos hablar de esta película y su director, más allá de ciertas puntualizaciones, que iré desarrollando en el artículo, no me parece de interés. Busquen, si lo tienen, en las procelosas aguas del universo cibernético y mediático porque hay muchísimo material, en ellas, sobre ambos.

He querido mostrar con mis recomendaciones de películas franquistas que siendo, o sin serlo, transgresoras en su momento, hoy lo son mucho más debido a la degeneración que ha sufrido la otrora próspera sociedad española. Aprovechando este soporte cinematográfico he dedicado las cuatro entregas precedentes a tratar los que, desde mi opinión, son las cuestiones más principales que afectan a España. Iniciaba este periplo señalando el EXPOLIO FISCAL como principal problema en la deriva económica, política y social observada en el último medio siglo. Continuaba con el caos en la EDUCACIÓN, que cercena el desarrollo formativo de las nuevas generaciones, mutilando sus expectativas futuras, tanto profesionales como vitales. La tercera entrega se la dedique a LAS SINIESTRAS INVASIONES DE SARRACENOS Y NEGROS. Y en la cuarta afrontaba lo que, para mi, es la última ratio para salvar a los españoles y a la patria: LA FAMILIA.

Ante asuntos de tanto calado, he tenido que valorar qué tema podría seleccionar como colofón de esta serie de artículos y he decidido no agregar ninguno. Creo que con los expuestos son más que suficientes y tampoco he encontrado ninguno que estuviese a su nivel. Así que dedicaré esta última entrega a hablar de todo y de nada, que es lo que más me gusta hablar.

Creo que Buñuel sería hoy, incluso, más subversivo que en tiempos de Franco. Hay que tener en cuenta que a pesar del revuelo de “Viridiana”, nueve años más tarde volvió a rodar en España, concretamente la cinta “Tristana”, así que muy represor no se puede decir que fuese el franquismo. La censura de hoy en día es más roma, más ladina; busca y ejecuta una muerte civil por inanición, el exterminio mediático de la disidencia y de las exiguas mentes libres que no se doblegan al poder (político, económico, etc.) ni a los mantras de la corrección ideológica. Para ello cuenta con un sistema terrible, al haber apesebrado a los medios y canales por los cuales se crean y exhiben los contenidos (en el formato que sea), lo que obliga a los pocos creadores independientes que hay, a tener que mostrar sus materiales en la gélida y desolada periferia mediática.

Creo que Buñuel habría sido víctima de la infame censura actual, igual que lo fue durante su idealizada República cuando prohibieron la exhibición de su película “Las Hurdes, tierra sin pan”. Don Luis no se casaba con nadie y la independencia y el espíritu crítico son características del hombre libre, temidas tanto por tirios como por troyanos. Es más, considero que, al igual que Jesucristo en el templo, don Luis se quitaría el cíngulo (o el cinturón, lo que tuviera más a mano) para expulsar a los fariseos que patrimonializan el concepto de cultura y que son meros mercaderes de suculentas subvenciones y de trabajo, generosamente remunerado, por el hecho de ser unos buenos mamporreros o unas buenas meretrices (que de los dos sexos hay en la viña de Satanás).

Tampoco estarían exentos de la justificada critica de don Luis esa jerarquía religiosa abonada al lucro y a ‘gestionar‘ (detesto esa palabra, tan vinculada a los hijos de perra peperos) el primoroso legado católico de cientos de generaciones. Esa curia con parálisis pastoral que acepta, repugnantemente, la ideología globalista, el compadreo con nuestros malgobernantes y que confunde la caridad cristiana con la más hiriente sumisión al Mal.

Porque una iglesia que ha sustituido las pilas con agua bendita por siniestros botes de plástico con gel hidroalcohólico ya marca querencia de por donde va. Igual que callarse como pecadores ante las liberticidas imposiciones durante la plandemia (distanciamiento social, bozales, prohibiciones, etc.). No conozco a ningún cura (lo de párroco creo que les queda grande) que haya dicho a sus feligreses, durante aquellos nigérrimos meses: ¡hermanos, entrad a la casa del Señor para que su mensaje eterno os reconforte! y que de paso, acogiéndose a sagrado, desautorizase cualquier intromisión policial en la casa de Dios. Por si ésto no fuese bastante, la curia está acometiendo la enésima traición a la fe del Nazareno, consistente en una turbia tolerancia respecto de las uniones homosexuales.

Viridiana nos muestra muchas cosas aún más transgresoras hoy que en 1961. Por ejemplo, como la maldad y miseria moral no va vinculada a una clase social. Y lo hace mostrando a esos mendigos que llevan una vida de penuria pero en cuya alma anida el egoísmo, la mentira, la lascivia y la hipocresia. Seres que, cuando tienen la ocasión, se muestran tan depravados y viciosos como el que más.

No lo he leído por ningún sitio, porque Buñuel siempre se declaró como un antifranquista acérrimo, ¿pero acaso, en “Viridiana”, no es Paco Rabal una especie de Franco?: ese hombre fuerte que pone orden en el caos e impide la anarquía y los excesos generados por unos mendigos indignos de cualquier tipo de compasión.

Buñuel sabia imprimir a sus películas de un aura, de una marca indeleble, incluso en sus proyectos menos personales. No es el caso de Viridiana que cuenta con icónicas imágenes, como la de Fernando Rey poniéndose (parcialmente, porque obviamente le es pequeño) el inmaculado zapato blanco de novia de Silvia Pinal. Y que decir de esa Última Cena de los mendigos, burdamente parodiada por unos degenerados en la ceremonia de los juegos olímpicos de París el año pasado.

Esta película la vi el siglo pasado y no pienso volverla a ver, a pesar de recomendarla para quien no la conozca. Para mi, la mayoría de las cintas del calandino son del tipo ¡con una vez, basta! Sus películas no son, especialmente, de mi agrado, de hecho la que más me gusta suya es, seguramente, la menos buñueliana: “El gran calavera”, una obra maestra que encontró hospedaje, hace mucho tiempo, en este magnífico blog de don César.

Sé que el fiero cómitre que gobierna esta estarranclada balsa de náufragos, compuesta por galeotes indisciplinados y eremitas irredentos, se sentirá incomodo con lo que voy a decir a continuación, pero como utilizaré ese prodigioso ungüento que ha cauterizado nuestras desavenencias, a la par que desarrollado y vigorizado nuestro feraz vínculo amical, dudo que la sangre llegue al rio. Me refiero a un bien muy preciado y raro, en estos tiempos aciagos y de tribulaciones: EL RESPETO.

Me atrevo a decir que, sin ser pretendido, ni procedente de imitación alguna (por la edad me refiero ahora a don César), observo algunas facetas comunes, tanto en el carácter como en cuanto a su creatividad, entre los señores Bakken Tristán y Buñuel Portolés. Ambos disponen de una capacidad creativa extraordinaria, autónoma, independiente, descarnada a menudo, selectas a veces enternecedora y con esos sutiles detalles de fino humor, algo socarrón todo sea dicho, tan maño y tan manchego.

Como les separan quince lustros, cada uno es hijo de su ‘destiempo’, aunque tienen en común que son ‘raras avis’ en tiempos marcados (especialmente don César) por la mediocridad y la mentecatería. De hecho los creadores, como Ellos, nacen para ser transgresores en cualquier época, de ahí su bendita “peligrosidad. Sin embargo, hay una diferencia significativa entre ambos: Buñuel tuvo unos Mecenas (su Madre y Ramón Acín) que le permitieron, siendo joven, hacerse con un nombre que aunque por su personalidad creativa le cerrase muchas puertas, también le abriera, con posterioridad, las de otros benefactores (Óscar Dancingers, Gustavo Alastriste, etc.), motivo por el cual pudo desarrollar una amplia carrera cinematográfica.

Don César no ha tenido esa oportunidad y fiel a esa indómita independencia suya no ha querido corromperse. Sus trabajos creativos se han tenido que centrar en videos, cortometrajes y documentales, realizados con recursos muy limitados, pero de resultados brillantes, que, por desgracia, languidecen en un infame ostracismo mediático.

Una faceta creativa suya, de la que soy devoto, son los artículos que publica en su blog, fuente de conocimiento y de referencia, sobre muchos asuntos ignotos para mi. Tengo que destacar su primorosa sintaxis y ortografía, la cual tiene la bondad de aplicar a mis artículos al revisarlos, dotándoles de las correcciones oportunas. También hemos tenido algún desencuentro, especialmente por cuestiones sicalípticas todo sea dicho, ¡faltaría más!

Reconozco que no toda la producción del señor Bakken Tristán me gusta, pero, al igual que Buñuel, tiene un sello personal único. Comprendo, asimismo, que su complejidad creativa se me escapa a menudo, lo que dificulta que valore, adecuadamente, algunos materiales suyos.

Al contrario que don César, Buñuel estaba equivocado en lo referente a la política (con respecto a Franco y su régimen, equivocadísimo del todo), pero siendo aragonés y tozudo me obliga a ser doblemente indulgente con Él, porque yo también lo soy, ¡y mucho! (maño y cabezón).

Dudo que don Luis tuviera ese característico lenguaje rocoso del señor Bakken, y desconozco si sentía algún tipo de predilección por ruidosos metaleros recalcitrantes como don César; porque la única afición musical que se le reconoce a Buñuel era ir a tocar el tambor, a su Calanda natal, durante su emblemática Semana Santa. De todos modos si, en esa trampa que consiste en hacer viajar en el tiempo a las personas, se hubiesen conocido, hubieran discutido muchísimo y a mi me habría gustado estar allí para verlos y oírlos, porque don César es un antagonista temible.

La dignidad personal, la fe verdadera están en la esencia del hombre libre, ése que es capaz de no doblegarse a la mendacidad y el fariseismo que reinan por doquier. Hombres con principios morales, valores éticos y una creatividad pura y salvaje, características que los convierten en indomeñables.

Cuesta encontrar, hoy en día, hombres que acepten con entereza y autocrítica los errores y fracasos. Que se muestren humildes ante los éxitos y venturas. En definitiva: HOMBRES AUTÉNTICOS, LIBÉRRIMOS Y CREATIVAMENTE EXCELSOS. Porque lo habitual, lo cotidiano, es ver como sujetos, con codiciosa y genupectoral sumisión y sin el menor adarme de talento, ni sensibilidad artística, doblan la cerviz ante el poder, ante el dinero, ante las gabelas, ante lo sucio.

Ni César, ni Luis están hechos de esa pútrida materia prima, por éso son tremendamente transgresores.

Sé que, cuando escribo estas líneas, no es el día (ni lo será, tampoco en la fecha en que vea publicado mi artículo en tu magnífico blog) pero como no es la primera vez que me equivoco al respecto, realmente me da igual, así que ¡FELIZ QUINCUAGÉSIMO ‘RESTAAÑOS‘, MALDITO!

Mis invernales impulsos juntaletriles languidecían mortecinos cuando el buen cine franquista vino a rescatarme de esa modorra ¡y de qué manera! Primero con la poderosa filmografía del gran Rafael Gil y después con el estupendo José Luis Sáenz de Heredia. He disfrutado muchísimo, en los últimos meses, con las pentalogías dedicadas a esos grandes directores, las cuales han tenido continuidad con otra dedicada al cine franquista relacionado con el glorioso Alzamiento Nacional, la Guerra Civil y la posguerra y, por último, con la presente cuyo eje vertebrador ha sido el cine franquista transgresor.

Con los dedos de una mano (y me sobrarían dedos) puedo recordar, en mi actividad juntaletril, momentos tan gratos y de tanta plenitud interior.

https://m.ok.ru/video/3966956210833

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