ARTÍCULO: San Fermín y la glorificación de la estupidez humana.
Podría hablar de toda «la fiesta» no sólo de los encierros, pero sería demasiado largo, y grosero, este artículo. Podría hablar de todos los encierros de Espena, y lo haré sólo de los de mi pueblo natal, el suburbio Leganés. Podría hablar de esas tradiciones estúpidas que no sólo maltratan animales, sino a los humanos que las «disfrutan» y disturban y zahieren a los que no las gozamos, pero financiamos y soportamos.

16 muertos oficiales en esta sandez irracional llamada «encierros de San Fermín». Los heridos (muchos de ellos graves y con secuelas crónicas) serán ingentes. Del resto de Espena, insisto, no hablo, pero todos hemos vistos imágenes aterradoras. ¿Y por qué? Pues por el mismo motivo por el cual hay hijos de puta que corren con vehículos a motor y matan a inocentes (también en el mar, donde un amigo mío fue partido en 2 por una lancha), amén de a ellos mismos (por suerte, esto último): la adrenalina y la estupidez supina.
Y no llamo hijos de puta a los que corren con toros y cabestros, porque no matan a inocentes y están haciendo el gilipollas, la mayoría beodos, voluntariamente. Lo único obligatorio sería que todos pagasen un dorsal, como en las carreras bípedas urbanas, es decir: que todo corriera a su costa e indemnizaran a los vecinos que no queremos participar de estas jodidas fiestas beodas, ruidosas y con cornamentas diurnas bovinas y nocturnas humanas.
Estuve una vez en los encierros de mi suburbio natal, algo menor que los de la actual etarra Iruña (y Nafarroa). En cuanto sonó el cohete que indica la salida de los cornúpetas cuadrúpedos salí tan rápido de la carretera que iban a transitar, que ni levanté polvo, cual superhéroe sin capa. Me quedé a ver esa barbarie que es ponerte a correr por la ciudad… encima con toros al lado. Es el primer y único encierro que he visto y veré (y fue sólo un tramo). Aconteció que uno de los borrachos oficiales del municipio, «pasaba por allí» tal cual. Cruzó el encierro con un saco de chamarilería a cuestas, y su sempiterna cara morada y paso dubitativo de beodo contumaz. Un toro negro se percató de su presencia y frenó, ante el griterío alarmado de los asistentes (salvo yo, que me reía). La res lombarda dio vueltas nerviosas alrededor del borracho, el cual la miraba como pensando: «¿de qué conozco yo a este?». Algunos mozos salieron al quite, pero nada… el morlaco seguía cara a cara con el alcohólico imprudente. Y éste, cara a cara con él, en un surrealista duelo. El beodo le pegó en los morros al toro, un par de veces, en plan «sopapos» para que le dejara en paz. Y lo hizo, incomprensiblemente no lo empaló con sus cuernos y siguió su camino para que, horas después, lo mataran a él con un estoque.
En esas mismas fiestas populares (es acojonante de lo que es capaz el populacho) un amigo fue corneado en la pata, en otro encierro, estando sentado en una de las vallas que separan a bestias de humanos mediosensatos. Iba tan pedo que ni se dio cuenta. Mogollón de puntos de sutura, previo control de la hemorragia, que de ser décadas antes le hubiera desangrado. Y secuelas de por vida.
Ese mismo año, y en Iruña, otro amigo (amigo ídem del corneado) se cayó (y calló) desde un muro de varios metros, por estar borracho y adormilado. Hincó su jeta en el asfalto y su nariz se acható para siempre. Podría haber muerto, ahogado en su propia sangre, pero le salvaron. Suerte que no estaba donde el encierro, para que le hubiera rematado un miura.
En definitiva: que alcohol y toros no maridan. Más allá de que yo sea antitaurino y antifiestas populares.
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