RAFAEL LÓPEZ: (cuento breve) «Raquel y Esteban».
Hará cosa de quince años, durante aproximadamente tres o cuatro, fui vecino de Raquel y Esteban. Por entonces eran dos recién cuarentones sin hijos, con quienes coincidía, con cierta frecuencia, tanto en la calle como en el ascensor o el portal del edificio donde residíamos.
A pesar de esos casuales encuentros públicos, el vivir pared con pared (¡estos edificios de las grandes ciudades son indiscretos a más no poder!), me permitió conocer una realidad más intima.
Raquel era una mujer que aún manifestaba una buena parte de la belleza que seguro había tenido siendo más joven. Sin embargo, cuando la conocí, su aspecto aparentaba tener un par de lustros más de lo que reflejaba su fecha de nacimiento.
Esteban era un tipo atractivo de presencia rotunda y don de gentes. Estoy convencido de que fueron esas cosas las que atrajeron a Raquel para casarse con él. De todos modos, en los años en que fuimos vecinos observé una dualidad notable en el carácter de Esteban, porque podía ser un tipo encantador para cualquiera, pero en lo que atañía a la convivencia marital era un auténtico carnuzo.
Esteban era un celoso enfermizo pero, sin embargo, él – incluso cuando iba acompañado de Raquel – no tenía reparo alguno en fijarse, descaradamente, en las jóvenes de buen ver con las que se cruzaba y, siempre que tenía ocasión, las dejaba pasar por delante suyo para realizarles la oportuna radiografía del equipamiento posterior. Fueron estos años una época donde las desavenencias conyugales de mis vecinos me dejaron una profunda huella. Aunque la realidad era que el único desavenido era Esteban, quien, con una frecuencia roma e implacable, era sumamente desabrido con su mujer.
Raquel era ama de casa y coincidíamos a veces mientras iba o venía de hacer la compra. Cuando llevaba mucha carga solía ayudarla, aunque ella era algo refractaria a la desinteresada ayuda, por si alguien conocido la veía en mi compañía, supongo. También solíamos coincidir en la iglesia, aunque menos veces de las posibles, porque mi pereza para madrugar los domingos me impedía acudir a la misa de las 9, que era la preferida de Raquel. Nunca la vi acompañada de su marido.
Esteban trabajaba como comercial, con considerable éxito, en una empresa de venta de coches y era, durante su jornada de trabajo, una persona que no manifestaba el agrio trato que, por entonces, le daba a su mujer. Las discusiones eran más bien monólogos porque el único que soltaba diatribas y exabruptos era el animal de Esteban. Creo que Raquel ya se había dado cuenta de la esterilidad que suponía discutir con un energúmeno incapaz de darle un adarme de cariño. Me he excedido con el término ya que a una esposa se la respeta y éste no era el caso.
Raquel cocinaba, lavaba la ropa, atendía el hogar y hasta tenía que soportar esporádicas relaciones sexuales cuando las hormonas, de la bestia bípeda que tenia como marido, estaban exaltadas. Sin embargo, en cuántas ocasiones escuché como Esteban le espetaba hirientes comentarios como que Ella comía gracias a lo que él ganaba; que era una inútil que sólo ocupaba su tiempo en ver intrascendentes series de televisión; que se estaba poniendo gorda porque no pensaba en otra cosa que comer; y otras lindezas por el estilo. ¡Cómo si Raquel no se partiera el lomo, todos los días, haciendo mil cosas de provecho!
Siendo mucho, no sólo eran esas las únicas situaciones en las que Esteban manifestaba su áspero carácter. Continuamente criticaba a Raquel con comentarios desagradables por minucias: que si la comida estaba con poca sal; que si te han visto acompañada; que qué estabas haciendo cuando he llamado hoy a casa y no me has contestado; que todavía no me has cosido el bajo del pantalón (¡a saber en que circunstancias!); que tienes la casa hecha una porquería y, en fin, cosas por el estilo.
Intervenir en una contienda conyugal así es muy complicado, y yo jamás encontré la manera de ayudar a Raquel, más allá de mostrarle la mayor cordialidad de la que era capaz. La tristeza de la mirada de Raquel me sobrecogió siempre. Ésa cristiana resignación suya, vinculada a la asunción de la responsabilidad por la elección del marido, es algo que siempre consideré como de una gran integridad moral pero, a la misma vez, terrible. Cuando, por motivos laborales, tuve que cambiar de residencia, me entristeció sobremanera la despedida con mi vecina. Ella jamás me comentó nada sobre su desastrosa convivencia marital, su entereza, ante su adversidad personal, me conmovió.
Después de tantos años, casualmente la semana pasada, volví a ver a Raquel. Se había producido una extraordinaria metamorfosis en su aspecto, no en lo físico, porque a pesar del tiempo transcurrido se puede decir que físicamente estaba tal como la recordaba. Sin embargo su ánimo y su mirada me resultaron novedosas. Me comentó que enviudó cuatro años después de dejar de ser su vecino. No le pregunte por lo ocurrido, ni siquiera le dí el pésame, hubiera sido un gesto hipócrita a los que no soy dado. Al fin y al cabo el sentimiento más probable, ante el óbito de su cónyuge, sería, con mucha probabilidad, el de alivio. No observé que se molestase por esa forma de actuar mía.
Fue un encuentro muy cordial. Raquel estaba muy tranquila, con esa confianza interior que se manifiesta sutilmente, sin impostarla. Me presentó a su madre, quien la acompañaba en ese momento. Es una anciana menuda de pelo cano, gafas de montura metálica y de mucha graduación. Tiene esa mirada serena de quien ostenta nobleza y ha hecho el bien durante toda su vida. Su aspecto físico estaba notablemente condicionado por el paso de los años, también de aquellos en los que había dejado una marca visible el sufrimiento por su hija.
Para mi sorpresa me dijo que, si me iba bien, podíamos quedar para comer un día. Me comentó que prefería la comida a la cena, porque cenaba muy frugalmente, ante la irascibilidad de su estómago (según Raquel, un legado paterno del que hubiese preferido prescindir).
Dos días después fuimos a un restaurante convenido, un sitio en el que había estado y que, en esta ocasión, me resultó más luminoso y agradable que nunca. Es uno de estos clásicos restaurantes familiares con un pequeño bar a la entrada. Las mesas están dispuestas con esos entrañables manteles a cuadros en las mesas y cuya mayor virtud, además del cordial trato que brindan el matrimonio y sus dos hijos que regentaban el local, es disponer de un fuego bajo que le dota de una calidez especial. Como era poco después del día de Reyes, se puede decir que el ambiente no podía ser más propicio y acogedor para una inmarcesible charla. Y así fue.
Me alegré al observar que Raquel había encontrado esa armonía vital que merecía. Al fin y al cabo ya había pagado el precio (y el sobreprecio) de la misma. Durante esa comida descubrí algo que no había visto antes: su sonrisa.
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