ARTÍCULO: ¡nos han quitado hasta el fútbol!

Los que no sepáis nada de este burdo negocio que es el deporte de élite – el mejor de todos, el jurgol – hacéis muy mal. Es como ser cordero y no saber qué es un zorro o un lobo. Mala idea… al igual que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, desconocer la realidad habilita ser sojuzgado.

Recuerdo una gloriosa mañana estival en mi querida Eivissa (ahora destrozada) saliendo de nadar en Cala Salada, por supuesto en pelotas porque no había niños delante y era un lugar recóndito. No es fácil nadar donde lo hago yo, sobre todo para salir a tierra, entre rocas, erizos y oleaje. Era en 2001. Ya han llovido químicos por un tubo, desde entonces. Os muestro una foto mía, en ese mismo lugar, varios lustros después y «más civilizado» (yo):

El día que os cuento yo tenía que ayudar a cocinar un arroz a banda en una cueva de pescadores sita en dicha cala. El pescado, valga la redundancia, recién pescado por nosotros. 3 amigas (todas deseando ser mis novias porque en esa época yo era guapo y apuntaba a poder ganar mucho dinero) se protegían del sol en el interior de la cueva. Yo entré en pelotas y chorreando mar. Una de ellas, al pasar mi nabo por su cara (no aposta, sino por posición) exclamó: «¡Oye! qué aquí hay señoguitas» (es gabacha, de ahí lo de la «gu» en lugar de la erre). Al día siguiente, no muy lejos de ese lugar, fuimos los mismos y navegando, a otra cala (ses llosetes, Punta Galera). Tendidos en las rocas, a un sol que no era dañino por la casi ausencia de químicos en el cielo, esta misma gabacha, en vez de quejarse por mi miembro viril en su cara, puso en mi glúteo una lámina (no sé cómo se llama) o tira de cera para depilar vellos de no menos bellas mujeres. Y tiró… de ahí que, tal vez, se llame tira.
Me dejó un perfecto rectángulo lampiño y blanco en mi asilvestrado culo, amén de un supuesto dolor por la abrasión del acto. A mí no me duele casi nada porque vivo con dolores severos de mis no menos severas enfermedades crónicas y, muchas veces, agudas.

¿A dónde quiero ir y qué tiene que ver esto con el jurgol?

Pues que muchos años no he sabido nada del deporte de élite, porque si no te interesaba nadie te lo mostraba. Cuando he querido disfrutar del fútbol (el resto de deportes de élite son irrisorios para mí, y mira que el jurgol lo es) he llamado a su puerta, no a la inversa como acontece ahora. Antes, la Selección nacional eran unos tipos que jugaban para el equipo de todos los españoles. No mirábamos de qué equipo venían, ni su procedencia o color de piel. Eran «de los nuestros». Ahora, más de media España odia a su selección de jurgol, porque si «este jugador es de tal equipo y/o es de tal raza o procedencia».

En menos de 24h. mi amiga gabacha pasó de quejarse por lo de mi nabo en su cara, a darme besos en el culo (sí… tuvo que curarme la depilación NO CONSENTIDA que me hizo, y me daba crema hidratante y besos ahí, varias veces al día durante más de una semana). Con los meses, ya en Madrid centro a 27 metros de la Puerta del Sol, me mordía los glúteos, y delante de gente. Como veis, el hombre es un animal de costumbre o, de costumbre, es un animal (casi retruécano mafaldiano). Ahora ya ni podemos disfrutar de algo tan simple como era el fútbol. Todo está torticeramente politizado. Hay españoles que odian a España, y no sólo por el jurgol. A mí, por lo menos, una gabacha me estuvo dando besos en el culo. Y lo que te rondaré morena. Y eso que para todos los ignorantes yo soy racista. Luego me tiré a su mejor amiga, también gabacha y que se tiraba a su novio cuando estábamos todos el Londres… pero eso es otra historia…

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