RAFAEL LÓPEZ: Un cuento de Navidad.

Era Antonio un tipo endurecido por mil vicisitudes, a quien sus vecinos temían como al mismo demonio, por sus nulas concesiones hacia la injusticia y la arbitrariedad. Tanto ellos, como los cargos políticos y los agentes del orden de todo pelaje, conocían de su gallardía y que no ‘no reblaba’ ante nadie. Su voz poderosa y lenguaje rocoso no eran casi nada respecto de cuando miraba de frente. En fin, una mala bestia de tomo y lomo.

Estaba nuestro protagonista tomándose unos vinos, en un bar del pueblo donde moraba, cuando de pronto apareció en el local un ancianete de pelo cano, y pintas de no haberse peleado, en su puñetera vida, con nadie. Ese vejestorio andante, sin mediar palabra, va y le espeta a Antonio ¡eh Tú, maldito!.

Los parroquianos se quedaron atónitos, se hizo un silencio sepulcral. La primera imagen que se les vino a la cabeza es que Antonio se iba a comer crudo a ese anciano irreverente. Sin embargo nada de éso sucedió porque, Antonio, entre sorprendido y alborozado, supo al instante quién era ese forastero inesperado.

Lejos de darle la paliza de su vida, por una ofensa verbal que no le hubiese tolerado a nadie, le ofreció, al recién llegado, la mano cordialmente, pero lejos de aceptarla le propino sendos besos en las mejillas (besos de hermano), dejando estupefactos a los presentes. Como era invierno y hacia frio fuera, Antonio le cogió, con cariño, del brazo y le invitó, muy amablemente, a acercarse a una chimenea que tenía el local donde cálidamente ardían unos troncos de pino, que dejaban su inmarcesible aroma.

Allí charlaron amigablemente, y no tan amigablemente, pero, en contra de todo pronóstico, de los que en el bar estaban en ese momento, sus discusiones no motivaron que Antonio fulminase a ese viejo irreverente, que se atrevía a llevarle la contraria por momentos.

Intrigados por la naturaleza de ese indómito viajero, los habituales se mantuvieron impertérritos esperando cualquier tipo de desenlace. Nada que no se haya descrito ocurrió. Cuando el camarero anunció que era la hora del cierre, con toda naturalidad, Antonio salió junto a su recién conocido.

Nunca más se le volvió a ver al “intruso”, aunque lo acontecido en aquella velada, persiste, perennemente, en la memoria de los que tuvieron el privilegio de contemplarla.

Los más osados de los lugareños (iban en grupo, por si acaso) tuvieron la impertinencia de preguntarle a Antonio, días después,

  • Antonio ¿quién era ese anciano que te encontró en el bar hace unos días?
  • A lo que Antonio les respondió, con severa mirada: Alguien a quien no había visto en toda mi vida.

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