ARTÍCULO- relato: «Cómo matar a un perro siguiendo las instrucciones de su dueño».

La foto de cabecera no es del perro de esta historia, pero casi, porque tenía los mismos colores y estaba en el mismo lugar.
Resulta que ayer fui a la vera de un río de la sierra de Madrid, donde me esperaban mi parienta y mis muñecos (estoy tan cuerdo que mis mejores amigos son inanimados para los demás). Iba yo con una bolsa del nefasto plástico que nos esta matando a todos – pero que no dejan de vendernos a mansalva –, con 2 latas de birra, que mata a los que la bebemos, y una bolsa de frutos secos que mata a todo el que se atraganta. Vamos… qué iba yo como el hijo de la gran puta que soy para el NOM. La pena de muerte es una pena muy leve para gentuza como yo. Pero, tranquilos, que dentro de 3 semanas resto 47 años a la vida… ya os queda menos para libraros de mí. ¡Celebradlo!
Pero cometí la imprudencia de ir, también, con un bastón de montaña. Vaya, vaya, aquí no hay playa, que cantaban “The refrescos”. Qué temeridad ir con un bastón de montaña, por la montaña.
Bueno… pues antes de llegar al río me topo con 2 supuestos seres humanos (aparentemente una mujer y un hombre), sentados en un banco frente a unos columpios sin nenes (pleno monte, ojo que te la cojo, no ciudad o pueblo), les saludo, ella me responde, y sigo hacia el río. Nada más perder de vista a estos 2 supuestos humanos, me persigue un can no muy grande pero no muy pequeño, de unos 20-25 kg. sin parar de ladrarme. Bueno… yo a lo mío, pasando de él. 200 metros más allá y el puto perro “guau que te guau” conmigo. Llego al río y el perro “requeté guau que te guau”, pero le digo que se vaya a tomar por el culo, literalmente, y se va.
Y a los pocos minutos nos tenemos que ir nosotros 2, y los 4 muñecos, porque la vaca de la foto demanda su territorio, bajando hacia nosotros moviendo su cabezón en plan: “¡Ey! antropomorfos, fuera de mi territorio”. Y como yo respeto los territorios de los seres vivos, nos largamos de ahí. Si la vaca entra en el mío, de esa manera, le hago filetes y ya tengo comida para un regimiento.
El caso es que, nada más retomar el camino paralelo al cauce, otra vez el puto perro, pero esta vez mucho más cabreado que antes y yo yendo con mi parienta y los muñecos, es decir: ya no me la sudaba la vida, porque cuando voy sólo me importa 3 cojones, pero acompañado voy ojo avizor. Y empieza a gruñirme entre ladrido y ladrido, y se me tira y tengo que repelerle. Pero antes de abrirle en canal con mi puñal, me fijo en que tiene un collar (que rima tanto con canal como con mi puñal) y sopeso que, tal vez, sea “propiedad” de los 2 supuestos humanos de antes, así que alzo mi voz a fin de que me oigan, en plan: “¡eh! Chucho, fuera, largo de aquí”. (os aseguro que no tener miedo de nada y de nadie es descojonante por dentro)
Y aparece el antropomorfo, colina arriba, llamando al de los ladridos; el cual se crece – pues los perros son absolutamente gilipollas comparados con humanos como yo, y abrumadoramente inteligentes comparados con la mayoría de humanos que no son como yo – y arremete todavía más furibundo contra mí.
El caso es que ni le mato ni me muerde y el dueño se hace con él y le pone la correa.
Cuando los caminos mutuos confluyeron, la mujer me pide perdón, por lo del perro, mientras el hombre va a su vera con el can. Y yo no me lo tomo a mal, porque cuando voy acompañado no quiero que mi compañía sepa la malísima hostia que me gasto en autodefensa (pese a que la compañía de ayer, al ser mi parienta, lo sepa de sobra, pero no me gusta renovar la sapiencia) . Peeeeeero… resulta que el can se muestra incontrolable, saltando y ladrando, con su ira sólo sujeta por el dueño y la correa, justo cuando atravesamos una valla con puerta, y viendo yo que mi parienta y los muñecos quedan a salvo de las fauces y los antropomorfos… entro yo en escena y les dejo a ellos al otro lado de las rejas, y cierro la puerta al entrar…
- ¿Qué pollas hace tu perro suelto?
- Mi mujer ya le ha pedido perdón.
- No te he preguntado eso. Te repito: ¿qué pollas hace tu perro suelto y atacándome?
(la mujer, una gorda oligofrénica de manual pero aparentemente inofensiva para los demás, pero no para ella misma, balbucea algo ininteligible o que a mí no me da la gana entender, porque lo mío iba ya contra el dueño y el puto perro. Y aquí viene lo bueno, ojo que te la cojo).
- Es que lo acabamos de adoptar.
- ¡Pues adiestra al puto perro si no quieres que lo mate! – e instintivamente agarro mi puñal, pero no lo saco recordando que tras de mí están mi parienta y los 4 muñecos.
- Es que cuando ve un palo se pone así, porque le maltrataron con un palo.
Aquí ya se me hizo de día y me sudó la polla mi alrededor.
- O sea, qué sabiendo que este perro ataca a cualquiera que lleve un palo, y siendo esto la montaña, donde todo Dios va con bastón… tú le dejas suelto.
Le insulto muy levemente para lo que merece, vuelvo a recordarle que haré “hot dog” con su can si vuelve a atacarme y a él le inflaré a hostias hasta que sea un globo sonda, y me piro porque al ir acompañado no puedo hacer la justa justicia (no es redundancia, es que la Justicia nunca es justa, salvo si eres Charles Bronson o amigo suyo, en la década de los 90, no ahora)
Pero a los pocos minutos, recordando que llevo las 2 latas de birra, y para calmar mi cabreo y mis ganas de ir a partirle la cara a ese hijo de puta que sabiendo que su perro ataca a los que van con bastón, viéndome a mí con bastón, no llama a su puto perro para que no me ataque… me siento con mi parienta en un banco del solitario camino campestre y reflexiono:
¿Por qué hay tanto hijo de puta? ¿O son, sencillamente, locos? ¿Por qué han de pagar justos por pecadores? Porque yo al perro lo mato en un segundo, pero al culpable de todo, el dueño, no puedo matarlo – que es lo que merece porque gente así no puede habitar entre humanos – porque paso 20 años en la trena si lo hago. Y entiendo, perfectamente, por qué las guerras son los momentos adecuados para ajustar cuentas con los malvados y echo de menos no haber tenido 20 años en 1936. Siendo madrileño y viviendo en Madrid, me lo hubiera pasado de lujo en la quinta columna que “creó” el General Mola. Alguien sin miedo es alguien que engorda perdido en el desierto.
«¿Y si en lugar de ir yo con el bastón va mi hijo de 10 años – si tuviera el infortunio de tenerlo – y el perro lo mata, como ya ha pasado otras veces?» Divago ante mi parienta y mis muñecos, con ganas de volver a por el criminal dueño de un perro inofensivo si no fuera por él.
Eso sí: a la segunda irá la vencida si me vuelven a atacar este perro y su puto dueño… yo no espero a la tercera. Y lo siento, profusamente, por el perro, que no tiene la culpa de nada ABSOLUTAMENTE, salvo de estar rodeado de humanos asquerosos como su dueño actual “adoptivo” (me cago en las putas ONGs maltratadoras de animales y humanos) y los que le maltrataron a golpe de palo.
Por cierto… como anécdota digo que a los pocos minutos, ya en el pueblo… tuve que sacar el puñal pero para quitar carteles férreamente pegados, en los que se leía: “La sierra es feminista” con un puño comunista tras la asquerosa y magalómana frase. ¿Por qué pollas se arrogan los psicópatas – de uno y otro bando – la pertenencia del todo a su parte? O sea… que yo, al vivir en la sierra soy feminista y comunista. Si su megalomanía y adanismo se quedara en su puta casa, podrían decir: «¡Viva el feminismo!» o cualquier consigna PARTICULAR y, por lo tanto, respetable. Pero no… ellos, los totalitaristas, nos someten a todos, por supuesto por nuestro bien. Pues no… hijEs de putE, en la sierra hay, por lo menos, 2 seres humanos y 4 muñecos que NO SON FEMINISTAS NI COMUNISTAS. Que son ácratas españoles entre espenoles y muy peligrosos cuando se intenta sojuzgar su acracia (bueno, el peligroso soy yo, no los otros 5, pero me basto y me sobro).
De verdad… es que ni en la naturaleza nos dejan en paz los totalitaristas. Pero conmigo han tocado en hueso… pobrecillos, no saben quién y qué es su nuevo vecino… Dentro de poco seré alcalde, para poner un poco de orden y corrupción sensata… jejeje.
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