RELATOS esperpénticos y kafkianos (IX) : La Dama de las camelias, La Traviata y yo colándome en la ópera.

No ha mucho terminé este buen libro de Alejandro Dumas (hijo del ídem). Para no joderos su lectura, que os recomiendo, sólo diré que pese a que los protagonistas sean de una clase social a la cual yo jamás me arrimaría, si no es para sacudirles hostias, el libro es una espectacular historia de amor (sin caer en la sensiblería) y una pugna entre la clase social alta – en nivel adquisitivo – y los sentimientos más humanos y, por lo tanto, mundanos, como el amor y las relaciones sociales, no necesariamente de amistad.
La técnica literaria de Dumas, en este su único libro que he leído, es exquisita y se acerca a un realismo de ficción próximo a la futura novela de no ficción popularizada por Truman Capote. La epístola deviene nuclear en esta muy buena novela. Y su poética narrativa la aleja de Capote.
Y fruto de una de sus adaptaciones teatrales, surgió el libreto para la celebérrima ópera de Verdi: “La traviata”. Y de esta ópera es de lo quiero charlearos ahora.
La vi hace 20 años, en Ciudad Real (Teatro Quijano) “mi segunda ciudad, a la par que Eivissa y Córdoba”.
Fui a verla con un amigo, desde Madrid y haciendo noches a 50 km. de Ciudad Real capital, en la decrépita y entrañable casaza de campo que alquilé un año en una pedanía. Por supuesto, íbamos sin entrada pues mi propósito era colarnos en el teatro y ver la obra como mejor pudiéramos /supiéramos. Mi plan era entrar por la parte de atrás, donde los transportistas. Me he colado muchas veces en lugares de este tipo… pero ese día no era misión sencilla, pues la puerta estaba cerrada, ya deberían haber metido todo el cotarro previamente. Así que tuvimos que ir a la taquilla /puerta civilizada de entrada. Todo vendido. Nada que hacer… ¿o sí?
Pese a mi juventud ya era perro viejo en eventos culturetas… y sé que hay muchas maneras de entrar a estos eventos, a parte de la lógica de comprando una entrada. Empecé a camelarme a la taquillera, método muy bueno, pues ella es quien puede facilitarte la entrada o una entrada y, si está buena, quitarte las ganas de ver el evento e irte a retozar con ella en cama o lugar similar acogedor. Me centré en entrar a ver la ópera, pues habíamos venido ex profeso desde Madrid, para eso. ¿Pero cómo entrar sin entrada, y no yo solo, sino 2?
Desde 5 horas antes del inicio de la ópera, ya estaba yo probando estratagemas de entrada gratuita, entre birra y birra en un bar aledaño, mientras mi compinche sobaba una merecida siesta en el destartalado buga que teníamos. Descartado colarnos por detrás (mi fácil plan inicial) tenía que sacar todo mi encanto y perspicacia, para no tener que caer en el burdo robo de 2 entradas a sus portadores… cosa que jamás he hecho ni haré, pero que sí he visto hacer… pero no a mí, claro. Creo que mi cara es cristalina en estos asuntos y cualquier ladrón lee en ella: “Ni te acerques a este”.
Ya con mi amigo operativo, éramos 2 para indagar y dar la chapa en la puerta de entrada /taquilla. Decidimos optar por la táctica de comprar en la reventa. No íbamos a pagar, pero de esa manera sabríamos si todavía había entradas disponibles.
La reventa no funcionaba ahí, por lo que abordé el asunto “invitaciones” pues siempre hay entradas de este tipo. Pero tampoco logré ninguna. Y la hora de inicio del show se acercaba y ya estaba entrando gente y todo. Tanteé colarme, pero los puertas no parecían ser gilipollas ni sobornables.
La taquillera nos dio un poco de luz, al decirnos que a última hora alguien podría devolver alguna entrada o hasta una invitación. Todavía había gente que no había venido son esas entradas ya repartidas. Y hete aquí que nuestra perseverancia y coñazo que dábamos a todo el que merodeaba por la zona, tuvo su fruto. Llegó una chica con una invitación para devolver, ya que no podía ir a la ópera pero sí fue tan amable de ir a la taquilla a dejar su entrada. Y yo, más hábil que todos, la oí y antes de que la taquillera dijera nada, me camelé a esta mujer para que esa entrada no fuera devuelta, sino regalada al menda lerenda.
Bien, ya teníamos una. Ahora faltaba el más difícil todavía. Se acercaba la hora del inicio y ya estaba casi todo el público dentro del teatro. Los puertas, y coleguillas a fuerza de nuestra presencia, nos decían que si no hubiera aforo completo, colarían a uno de nosotros, pero estaba todo lleno.
Y hete aquí que si la primera entrada la conseguimos gracias a un alma caritativa que, en lugar de no ir a devolver al invitación, fue a devolverla; la otra fue porque otra con entrada pagada quiso descambiarla. Aquí también estuve yo al quite; y las horas de cortejo a la taquillera fructificaron. Logré que me regalara la entrada. Total, ya estaba la taquilla cerrada y no se podía vender… así que segunda entrada, por la patilla. Y las 2 en platea, de las caras.
Gran opera, buena compañía la que la representó y una manera rara de entrar a verla, pero más divertida que comprar las entradas, desde luego. Eso sí, no me pispé de anda de lo que hace unas semanas pude disfrutar con la lectura del libro. La ópera es maravillosa, pero no es una manera de leer, sino de oír buena música y ver puestas en escena, más o menos virtuosas. Leer es el método comunicativo y creativo insuperable, los lectores ávidos bien lo sabemos.
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