RAFAEL LÓPEZ: Una generación.

Tengo entendido que a un periodo de cinco lustros se le considera una generación. Efectúo esta convicción personal porque la estructura de mi artículo se referirá a dicho espacio temporal, aunque en distintos momentos de la última centuria.
Hace unos días estaba enzarzado en una discusión con mi Esposa cuando en una de mis habituales vehemencias verbales mencioné el año 1940. Podría haber nombrado cualquier otro año porque, al indicarlo, no pretendía referirme a ningún acontecimiento concreto que le hubiese acaecido a alguno de nuestros mutuos ancestros.
La cuestión es que mi Esposa nació justo una generación después del año antes mentado y una vez superadas las turbulencias conyugales le surgieron, al hilo de ése espacio temporal, lúcidas reflexiones sobre los cambios que se vivieron en España durante aquella generación.
De las cosas que me dijo podemos dar fe porque, sin ser años vividos en sentido estricto (ambos nacimos en las postrimerías de dicho periodo), fueron acontecimientos que marcaron a nuestros Padres y Abuelos, los cuales nos relataron permaneciendo, desde entonces, cual esculpidos en piedra, en nuestra memoria. Así, siendo quizás el más significativo, se pasó en nuestros pueblos de tener que ir a la fuente, con pozales y cántaros a por agua para el consumo e higiene de la familia, o ir a lavar al rio (en el mejor de los casos, a uno de los lavaderos públicos tan habituales en aquellas tierras), a disponer de agua corriente en las casas. Hoy tan malacostumbrados a las chorradas tecnológicas minusvaloramos las comodidades de tener agua corriente en nuestros hogares.
Pero, suponiendo un hito importantísimo, hubo muchos otros avances, de tal manera que el acceso a un frigorífico o a una máquina de lavar ropa otorgaron una notable y novedosa calidad de vida para las familias. En la actualidad, abatidos por las siniestras abducciones a dispositivos luciferinos de todo pelaje (que nos privan de libertad, de independencia y cuasi de inteligencia) parecen pueriles estos logros, sin comprender que nos están condenando a un futuro en el que volverán a valorarse de nuevo. ¿Quién, después de una jornada de duro trabajo físico no valora darse una ducha (hay excéntricos que prefieren el plato de ducha a la bañera, es que “hay gente pá tó” como dijo un torero) para asearse?, y si reside en las rocosas sierras de nuestra geografía, y es invierno, no bendice disponer de agua caliente para tal fin.

Sí hablas de aquellos tiempos sin agua en las casas, con aquellas entrañables instalaciones eléctricas que apenas alcanzaban a cuatro puntos de luz con los que alumbrar, tenuemente, las estancias, te llaman rancio ¡como poco! Sin embargo, considero que es bueno tener presentes las realidades de no hace tanto, al igual que reconocer y valorar la capacidad de los hombres de entonces a cultivar la tierra, criar ganado y atender las 1.001 faenas para mantener el hogar.
Décadas de menosprecio hacia la forma de vida tradicional han conseguido que las nuevas generaciones desconozcan esas antañas y vigorosas realidades. Ingenuamente las consideran como imposibles de que vuelvan a estar vigentes, imberbe creencia que no comparto, es más, considero que, con la que se avecina, sólo quienes sean capaces de coger ése tren de las sabidurías y habilidades de nuestros ancestros tendrá la oportunidad de salir adelante.
Los tiempos actuales imponen su dictadura de moderneces que no sirven para nada de provecho, aunque son eficientísimos coadyuvadores de los sanguinarios fines de las elites globalistas que privando a las nuevas generaciones de los recursos y los conocimientos para salir adelante en contextos austeros, serán presas fáciles de su siniestra agenda eugenésica.
Este insigne blog dispone de muchos materiales de denuncia sobre las pérfidas intenciones de las elites globalistas, pero es que nunca será bastante retratar lo peligroso y deshumanizado de las mismas. De todos modos, más que avanzar en una crítica – que tal como indicaba está ampliamente cubierta en grandísimos artículos del blog – quiero retomar los notables avances que se produjeron en España en la generación objeto de mi relato.

Los logros en aquellos provechosos años fueron numerosos y afectaron a la práctica totalidad de los españoles. Nombrarlos generaría un texto excesivamente prolijo y no es ésa mi intención, ni creo, tampoco, que fuese del agrado de los pacientes lectores de este juntaletras cuasi invernal. Sí les nombraré un hecho para mí clarificador: los matrimonios que tuvieron un hijo en 1940 vieron, con orgullo, como sus desvelos, trabajo y sacrificio permitían que las expectativas de sus hijos y su calidad de vida era, una generación después, notablemente superior a la suya. Y hay más porque ese hijo, ya un hombre, podía ofrecer, venticinco años después, a sus vástagos un desarrollo personal, en todos los órdenes, imposible de anticipar cuando él nació.
En estos tiempos tenebrosos resulta dramático y hasta desesperante, para cualquier padre de familia, observar como sus hijos (que cuando nacieron todavía disponían de una calidad de vida, incluso superior a la de sus padres) vivan, una generación después, bajo sombrías expectativas; indudablemente peor que cuando nacieron y, en lontananza, el gélido aliento de un proyecto vital de miseria. De los nietos ya ni les cuento.
Esta fúnebre realidad trata de ser maquillada (diría más bien enterrada, un término, para mí, más definitorio) por unos medios de intoxicación corrompidos hasta el tuétano que, cual rameras arrabaleras, hacen el caldo gordo a los siniestros malgobiernos que ha padecido España en las dos últimas generaciones.
Y les diré algo más, un detalle premonitorio: a quienes acababan sus estudios universitarios, hace cinco o diez lustros (me da igual), se les abrían oportunidades donde desarrollar sus potencias y formación recibida en España; hoy, en el último curso de carrera, taimadamente, tienen que exponer las condiciones laborales de su profesión en otros países (Francia, Alemania, Argentina, Portugal, Estados Unidos, Irlanda, Suecia, Noruega, etc.). Resulta lacerante comprobar como Espena se ha convertido en madrastra para sus hijos, mientras actúa como una grotesca furcia que ni cobra por sus servicios y encima sufraga el coste de la cama para sus enemigos. Hace tanto tiempo que nos hemos convertido en la hez del mundo…

¿Sabrán las nuevas generaciones arreglar un conejo o un pollo (o polla, me da igual, que hoy estoy sicalíptico en honor del tirano), hacer un matapuerco, trabajar un huerto y mil cosas útiles para la vida; sabrán lavar la ropa sí se estropea la lavadora y qué hacer si no disponen de un frigorífico?. Todas estas cuestiones no suponían ningún contratiempo para nuestros padres, de hecho las hacían con naturalidad. Indudablemente las mejoras tecnológicas las aceptaron con agradecimiento, porque les permitía aligerar su carga de trabajo, pero seguían siendo capaces de afrontar el reto de vivir con autonomía plena. Ahora eso ni ocurre y el abismo que supone verse abocado a esa previsible realidad causa espanto a cualquiera que tenga dos dedos de frente.
Mis Suegros y mis Padres se admiraban por la primorosa crianza que les dábamos a nuestros Hijos. Hoy, desde el Cielo, observarán apesadumbrados cual aciago está siendo el devenir de su existencia, en sólo una generación. Tal vez venir a Canarias, cuando aún eran pequeñicos, fue un acierto, porque todo han sido tribulaciones, miserias y ruinas (económicas y morales) desde entonces, ¡qué tristeza tendrán al observar cómo agonizan tan nobles esperanzas y potencias!
Como epílogo de mi relato generacional tengo que manifestar que, de Pascua a Ramos, uno descubre un faro generacional, un rayo de luz, alguien que con menos lustros a las costillas, dispone de talento, creatividad, inteligencia y buenos y nobles sentimientos hacia el prójimo; alguien para quien la libertad y el respeto mantienen su perfecto significado; alguien que, incluso, acrisola un nivel superior en muchos conocimientos y sabidurias; alguien con una capacidad didáctica generosa y sencilla. Todos estos aspectos los consideraba moribundos y, sin embargo, los posee el cómitre que ofrece ésta ubérrima ventana a la verdad y la libertad.
Tratar a don César, sin que Él lo pretenda, me hace sentirme más humilde al observar su calidad humana y, aunque sea una ‘rara avis’, me ha permitido mantener viva cierta esperanza en el alma de los hombres.
¡¡¡SALVE CÉSAR!!!
P.D.: ¡VIVA FRANCO! y ¡VIVA JOSÉ ANTONIO!, ¡qué estoy harto de estos carnuzos profanadores de tumbas!. No respetar el descanso de los muertos es una de las acciones más rastreras que se pueden cometer.
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