RAFAEL LÓPEZ: El agua bendita.

Aunque mis acciones, como católico practicante, dejan demasiado que desear, cuando tengo ocasión aprovecho para entrar en una iglesia. Considero que la fe tiene un componente esencial introspectivo y, aunque reconozca que esa comunicación íntima con Dios la podemos realizar en los lugares, teóricamente, menos idóneos para ello, la paz y espiritualidad que se respira en los recintos sagrados ofrecen un marco incomparable para rezar y hacer examen de conciencia.
Una de las cuestiones que, con más tenacidad, viene a mi mente en esa comunicación personalísima es la siguiente: ¿Cuál debe ser el comportamiento de un cristiano, en estos tiempos aciagos y de tribulaciones? Reconozco que, desde siempre, el camino de la fe no ha tenido las cosas fáciles, pero vivir en una época, en la que las siniestras élites globalistas han impuesto un materialismo y un hedonismo sin precedentes, genera no pocas preocupaciones y confusiones.
Considero que, al igual que hace dos milenios, mantener una actitud cristiana frente a la vida debe ser, como entonces, un acto de rebelión contra el poder y sus perversas manifestaciones. Pero cómo olvidar el nivel de sumisión de la sociedad en su conjunto, y la de los católicos en particular, cuando si hay un grupo humano que debería haber resistido el miedo que, de manera desbocada, han inoculado en la sociedad, ése es el de los creyentes

Lejos de ello, los cristianos, además de haber asumido la repugnante agenda globalista, nos hemos convertido en una especie de inerme piñata a la que todos vilipendian y zahieren. No se observa ése comportamiento hacia el resto de religiones, todas más feroces e intransigentes. Ante ellas ocurre, justamente, todo lo contrario, lo cual pone de manifiesto que se nos ha perdido totalmente el respeto y, más allá de consideraciones morales, cuando alguien te falta al respeto ya no merece trato de ninguna clase, a excepción de la bendita legitima defensa.
Desafortunadamente se han integrado, en nuestras vidas, la totalidad de las liberticidas y tiránicas pseudo medidas sanitarias y de control social impuestas desde el poder, como sí no hubiera un mañana (distancias de seguridad, arrestos domiciliarios, supresión de actos litúrgicos, estúpidas normas de desinfección, etc., etc.), mientras como unos mansos, sin aliento vital ni moral alguno, se pone la otra mejilla ante todo tipo de alimañas y seres sin alma.
Pésimo ejemplo el de los actuales discípulos del Nazareno en este asunto, porque lo que podría haber dado ocasión a profundas y vigorosas manifestaciones de la fe en el Redentor, mutó, desde el primer instante, en una genupectoral postración ante las majaderías evacuadas por un poder político corrompido, ateo y profundamente criminal.
Son gotas en el océano los clérigos que se han manifestado en contra de este fanatismo pseudo sanitario y la deriva hostil de la sociedad hacia todo lo cristiano. No casualmente, son los mismos que también alzan la voz denunciando los nauseabundos adoctrinamientos de los niños en las aulas y la promulgación de unas leyes masónicas y eugenésicas que avalan desde la pederastia, pasando por el aborto y poniendo la guinda del pastel con la eutanasia. Mientras, desde el poder (también el propiamente eclesiástico), se tratan de acallar esas voces libres, a la vez que, con gran indulgencia, siguen con sus agendas repletas de aberraciones. Para colmo de despropósitos con el dinero que nos expolian, a través de los sanguinarios impuestos, se sufragan, y alientan, todo tipo de adoctrinamientos y manifestaciones pornográficas, mientras se atienden las infinitas gabelas y privilegios de transexuales desabridos y los sujetos de la peor calaña.

En la actualidad, la permisividad hacia lo promiscuo y la degeneración moral conviven con una despiadada, e hipócrita, estigmatización de los valores tradicionales de la familia (también alcanza a cualquier tipo de disidencia contraria a la doctrina globalista). En este contexto, y dentro de las cuestiones exclusivamente morales, se considera delito (por supuesto peligrosísimo) que se rece delante de las clínicas de muerte abortistas, mientras callan, cuan rameras, cuando un malnacido sarraceno asesina a un sacristán, en su particular guerra santa. Pero siempre hay más, la demolición de símbolos religiosos ha adquirido tintes cuasi festivos y los chalaneos entre los gobernantes y la cúpula eclesiástica, en materia de profanaciones en sagrado, huele a azufre que hiede.
De cualquier manera, el fin último de todas estas fechorías no es otro que la destrucción del propio individuo, atacando la ratio más sagrada del mismo: la Familia y su vínculo con Dios.
Ajenas a estas mundanas cuitas, como todos los años por estas fechas, viene con armoniosa puntualidad el saqueo institucional de la declaración de la renta. Preciso momento, elegido por la Conferencia Episcopal, para poner de manifiesto su enésima connivencia con el poder. Para la ocasión, se insertan en multitud de vallas publicitarias, de la vía pública, los oportunos anuncios que nos recuerdan la labor asistencial de la Iglesia, con el objeto de que los creyentes no nos olvidemos de poner la X en la casilla de la Iglesia Católica. Este año la exposición visual de la campaña se ha visto notablemente mermada por la siempre edificante y minimalista presencia de la publicidad partitocrática, de cara a las elecciones de final de mes.
Aunque considero que parte de los recursos obtenidos, por el medio anteriormente indicado, son utilizados en fines realmente encomiables, para mí, no es suficiente para tolerarlo, porque el fin no justifica los medios y ése dinero es dinero sucio. En primer lugar, por lo que supone de complicidad en el expolio; y, en segundo lugar, porque a través de él se tratan de acallar las escasas voces libres que, desde dentro de la Iglesia, pregonan la deriva de una sociedad adormecida y profundamente descreída.

Sí se permitiese que ésas aportaciones (para algo bueno debería servir una sociedad tan súper informatizada como la nuestra, en la que la mas nimia actuación con la Administración y entre particulares te obligan a realizarla por estos medios) fuesen nominales, consideraría reconfortante y hasta de justicia, que parte del dinero robado, por el pútrido Estado democrático, tuviera un buen fin (los conventos que atienden a los más humildes, las monjas que cuidan de los enfermos que están solos, etc., etc.).
Para finalizar, por hoy, estas reflexiones sobre la Iglesia y la fe, les relataré lo observado en una de mis últimas visitas a un templo. Resulta que al acceder al mismo, en el lugar donde siempre hay ubicada una pila para el agua bendita, me encontré que la misma había sido sustituida por un funcional y aerodinámico recipiente de plástico, tipo monodosis, con gel hidroalcohólico. Tal imagen me sobrecogió, porque llevar a tradiciones milenarias a su degeneración, por culpa de los delirios de estos hijos de Satanás, me produjo un profundo desasosiego. Acaso, ¿es ésa sumisa manifestación hacia la desquiciada escoria globalista prueba de fe?, me niego a asumir semejante aberración.
Intuyo que cuando la peste bubónica asoló Europa, principalmente en la baja Edad Media, ocasionando la muerte de un tercio de su población, el agua bendita estuvo presente, como siempre, en el acceso a los lugares de culto. Y aún más, los fieles que acudían a los templos seguro que, en aquellas terribles condiciones, seguían introduciendo, con delicadeza y fervor, las yemas de sus dedos en las pilas de agua bendita para santiguarse al acceder al recinto sagrado, mientras ofrecían la misma a sus familias.
Considero que para un cristiano son nuestros actos en vida los que nos definen y a través de los cuales seremos juzgados. No hay nada virtuoso en enfrentar, de manera inconsciente o temeraria, la enfermedad, el peligro o la muerte, pero tampoco en someterse, servilmente, a imposiciones arbitrarias que nos alejan de Dios.
Volviendo a la inexistente pila con agua bendita, que debería haber ocupado su principal puesto en el acceso a la iglesia, me fijé, ya al salir, que la misma estaba es un rincón, de otra nave aledaña a la principal, casi como si estorbase. Por supuesto, árida en lo físico, y abatida y yerma respecto de su finalidad espiritual. ¡Qué triste manifestación de decadencia!.
Probablemente, ésto que les he relatado, sea un síntoma menor del declive de la fe en estos tiempos de mendacidad y de ateísmo generalizado, pero, para mí, va más allá, por lo que supone de terrible asunción del argumentario de los carnuzos globalistas. Que hayan conseguido infiltrar su ponzoña materialista y deshumanizada en los cristianos, bajo ese infame y falaz disfraz filantrópico y buenista, es prueba manifiesta de lo tenebrosa que es la hora en que vivimos.
Desde mi punto de vista, la evangelización se ha venido fundamentado mucho más en hechos y vidas ejemplarizantes que en las propias catequesis. Así, poderosas manifestaciones públicas de fe como las de los antiguos cristianos que, con sobrecogedora entereza, iban cantando cuando los llevaban al matadero del circo romano; o a Hernán Cortés y sus oficiales hincando la rodilla ante los humildes frailes -que los aztecas llamaban Motolinia por lo austero de sus vestimentas y hábitos de vida-, supusieron hitos evangelizadores sin parangón. De la misma manera, la vida y obras de las grandes personas que vivieron con intensidad la fe, en Nuestro Señor, han sido, y son, manantial fresco y rotundo de evangelización. Por último, hay una influencia mas íntima, aunque no por ello menos importante, que proviene de la convivencia con personas, de nuestro más cercano ámbito familiar, que profesaron la fe con sencillez, transmitiéndola de una forma natural con su ejemplo.

Con todo lo expuesto, considero que hubiese sido un perfecto ejemplo de fe, haber observado a los lacayos cuerpos de seguridad del Estado entrando en un recinto sagrado, porra en mano, para disolver una misa, porque los feligreses no se ponían el gel de marras, habían sobrepasado el toque de queda y estaban junticos sin bozal. Lejos de esa vigorosa manifestación del sentir cristiano, las misas se convirtieron más en un acto de infinitas, e inútiles, prevenciones asépticas que en lo que realmente son.
Y, por favor, no me hablen de que ya hemos vuelto a la normalidad y estas cosas no pasan (¡ya veremos que nuevas felonías nos tienen preparadas!), o de aquellos grotescos neologismos de las nuevas normalidades, porque quienes utilizan esa repugnante palabrería, ¡vive Dios que tienen ganado … el averno!
P.D. :aunque ya he recomendado, por estos lares, la película “La guerra de Dios”, del año 1953 y dirigida por Rafael Gil, me parece un sobresaliente maridaje para mi artículo.
Aunque no tenga relación con el tema tratado, también quisiera recomendar una película del mismo año (en este caso lamento no poder facilitar un enlace donde visionarla), dirigida por Luis Lucia y titulada “Aeropuerto”.
Este estupendo cine franquista es, curiosamente, muy bueno, muy actual y muy transgresor.
“La guerra de Dios”, que les presento a través del enlace adjunto, es como le gustan a don César, en versión original y sin subtítulos.
https://www.tokyvideo.com/es/video/la-guerra-de-dios-1953,
Segunda P.D.: una persona muy querida, muy leída y muy inteligente me dijo que lo nuestro era la acracia patriótica. Creo que nunca he escuchado un término más adecuado, brillante y con el que me sienta más de acuerdo.
Tercera P.D.: plenamente convencido de la diligencia y atención que me brinda el señor Bakken Tristán, este artículo se publicará en fecha cercana a la festividad de Pentecostés. Confiemos, como ocurriese hace dos mil años, que el Espíritu Santo venga y nos ilumine, ¡que buena falta hace!
Cuarta P.D.: MUCHAS GRACIAS, DON CÉSAR, por mejorar mis letras juntadas con las imágenes que con tanto acierto seleccionas y, principalmente, por hacerme perder la sensación de esterilidad a través del recibo y atención de estos materiales.
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