RAFAEL LÓPEZ: Un artículo como otro cualquiera

Ya he escrito, por estos lares, sobre la utilidad de la disciplina, ese aspecto del carácter humano, tan raro en estos tiempos de tribulaciones, pero que, cada vez, lo considero más necesario y oportuno. Alberga en su seno un poderoso influjo vertebrador de nuestro día a día, coadyuvando a que los factores negativos, tanto domésticos como externos, no nos hagan excesiva mella.

Les aseguro que no es ésta una cuestión baladí ya que observo, por doquier, como la falta de disciplina provoca no pocas perversiones en el hombre. Someterse a la severidad de una conducta superior (yo así lo creo) no resulta sencillo y, de hecho, suelo pecar con más frecuencia de la que quisiera, pero su presencia es un estimulante aliento, para no reblar en el empeño emprendido.

Por supuesto la disciplina debe estar guiada por la consecución de unos objetivos nobles y que fortalezcan nuestro espíritu. Porque existen disciplinas en hacer el Mal (las vemos a diario), y cómo son legión los que las siguen. Indudablemente no hay virtud en esas disciplinas que nacen, y viven, de la depravación, la infamia y la molicie.

Cuando escribí, hace varios meses, sobre el asunto, me ceñí, casi íntegramente, a los criterios selectivos de nuestra conducta a la hora de buscar y acceder a información de calidad. Comentaba la importancia de ello para formar opiniones y criterios rigurosos. Por supuesto, este blog tiene esas características, pero, también enumeraba alguna que otra selecta fuente. Ha transcurrido muy poco tiempo, desde aquella restringida relación de manantiales informativos, y ya me desdeciría de uno (¡hay que ver cómo está el patio!).

Disculpen que me haya desviado de la línea argumental del artículo. Hace poco me dijo un sujeto que mis discursos eran anacolutos y probablemente tuviera algo de razón, pero ¿Qué se puede esperar de un maño, gruñón y cuasi invernal?

Volviendo al lio, considero que el esfuerzo es una de las facetas más directamente relacionadas con la disciplina. No me refiero al esporádico, ligado a la materialización de unos objetivos concretos, sino al constante, ése que te obliga a hacer las cosas aunque no tengas ganas y a superarte a ti mismo.

Indudablemente cuando me refiero al esfuerzo no sólo me circunscribo al físico, también al intelectual y al creativo. Otro aspecto que no tiene una relevancia excesiva es el hecho de que se reciba una remuneración pecuniaria por el esfuerzo/trabajo. Al fin y al cabo hay que dar de comer a la familia y, en muchas ocasiones, malditas las ganas que tienes de hacer aquello por lo que percibes un salario.

Nunca he considerado, ni consideraré, la presencia de una remuneración económica, o en especie, como un desdoro respecto del concepto de esfuerzo, aunque tenga que reconocer las distintas graduaciones que puede haber en el concepto, porque esforzarse, cuando no existe esa contraprestación, tiene un mérito superior.

Observo que para el hombre moderno, tan echao a perder, es más cómoda la autocomplacencia y el ceder a sus instintos holgazanes, donde el mayor esfuerzo suele ser dejarse abducir por las nuevas tecnologías, o ir al gimnasio (esos lugares que han proliferado como hongos y que se han convertido en los nuevos templos de reunión social). Considero que esa dejadez es un síntoma de debilidad y que la pérdida de la cultura del esfuerzo, supone uno de los mayores exponentes de la degeneración en que vive nuestra sociedad.

A menudo evoco, en mis artículos, los vigorosos tiempos de nuestros padres y abuelos, Ellos no se vieron expuestos a las tentaciones de ahora, pero estoy convencido de que no se hubiesen dejado corromper, como lo estamos en la actualidad.

El aburrimiento de la sociedad actual es retroalimentado, eficazmente, a través de una sobreabundancia de la basura del entretenimiento. Nadie se plantea ni un pensamiento superior, ni una actividad enriquecedora, porque ambos aspectos supondrían alejarse de la zona de confort (mis disculpas por utilizar ese esperpento de neologismo). Las élites, impúdicamente, allanan el camino para someter al hombre con mayor facilidad, eliminando los recios valores de antaño, relacionados con la disciplina y el bien hacer.

Estudiar, trabajar, leer, aprender ¡qué verbos tan virtuosos y difíciles!

Indudablemente esforzarse, en todo, supone una gran exigencia para la cual, la diligencia es herramienta ineludible. Gracias a Dios, he conocido personas que han sido ejemplos vivos de tener ésa severa disciplina vital llevándola con alegría y enriquecedor provecho personal. Fueron titanes que no se dejaron abatir por la merma de sus capacidades físicas e intelectuales y que, tuvieron el coraje de hacerle frente, cara a cara, a la pereza y el hedonismo, saliendo vencedoras, hasta que el Redentor las llamó para que le hicieran compañía.

Recientemente leí una noticia que considero ilustrativa: en Suecia van a eliminar toda la chatarra tecnológica de las aulas, volviendo a los ancestrales libros, libretas, lapiceros y bolígrafos. El experimento de los chismes que piensan ha resultado ser el de un aprendiz de brujo, porque ha generado unos desastres descomunales en las azoteas de los estudiantes, incapaces de razonar, esforzarse, memorizar y aprender.

Hace muchos lustros, recién casados, íbamos, mi Esposa y yo, a unas entrañables actividades de ejercicio físico, organizadas por el Ayuntamiento de Huesca, que se realizaban en el emblemático pabellón donde jugaba el homérico Magia de Huesca de baloncesto. Teníamos un par de monitores, eran un matrimonio muy agradable, aunque al que más recuerdo es a Manuel. En una ocasión me dijo: “el músculo hasta que no duele, no empieza a trabajar”, con lo que di por hecho que los ejercicios que realizábamos tenían que suponer un cierto sacrificio, un esfuerzo, para que los músculos pudieran fortalecerse.

Creo que es así en todo, la comodidad debilita y es necesario buscar el dolor del sacrificio, de la disciplina, del esfuerzo, para fortalecernos como personas. Hoy, que la cultura del esfuerzo languidece, he creído oportuno escribir un artículo como otro cualquiera.

Tanto en el aspecto físico como en el intangible, la probidad y la superación personal se alcanzan a través de ese angosto y empinado sendero del esfuerzo, la disciplina y la virtud en el ánimo.

Rafael López

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