RAFAEL LÓPEZ: CINE e historia. «Embajadores en el infierno».

Tuve conocimiento de lo que se narra en esta película hace muy poco, fue el año pasado en un interesante programa de “El gato al agua” del gran José Javier Esparza en El Toro TV. El relato de los sufrimientos, torturas y quebrantos, a los que – durante 11 largos años – se vieron sometidos los Divisionarios Azules apresados por el Ejército Rojo en la II Guerra Mundial; es el hilo argumental de esta película del año 1956. La dirige, con mano maestra, el mañico José Maria Forqué, director que ya había recibido mi atención, en este magnifico blog de don César, ¡y por partida doble!, con “Atraco a las tres” y “Vacaciones para Ivette”.

Dista mucho esta cinta de la simpatía y alegría que desbordan las otras dos obras maestras antes mencionadas, porque “Embajadores en el infierno” no admite la más mínima sonrisa (bueno tal vez alguna, pero muy tenue, como se verá después). Los desdichados Divisionarios Azules prisioneros de Stalin fueron objeto de un encarnizamiento que no sufrieron ni siquiera los nazis capturados por el Ejército Rojo. La película nos mostrará, entre otras muchas desventuras y adversidades, como todos los prisioneros del resto de nacionalidades fueron liberados con anterioridad a los nuestros (algo que está atestiguado) y que sólo la muerte de Stalin permitió que nuestros compatriotas fuesen liberados de su cautivero.

La película fue rodada solo dos años después del retorno de los Divisionarios. Tiene como base un relato escrito por Torcuato Luca de Tena, quien entrevistó al capital Palacios, un santanderino que sí pudo volver a casa, después de su terrible experiencia en los gulags soviéticos.

La siniestra rabia de Stalin hacia los españoles sólo se puede entender porque fueron Franco y los españoles el único país que derrotó a la Unión Soviética, y éso jamás lo perdonó el criminal líder ruso.

Participan en esta amena cinta buena parte de la flor y nata de los actores patrios de aquellos esplendorosos años, liderados por el luso Antonio Vilar. Conocí a este actor gracias al visionado de las películas del gran Rafael Gil, ya que fue un habitual suyo: “La calle sin sol”, “Reina Santa” y “Una mujer cualquiera” (que yo recuerde ahora) y es muy de mi agrado, realizando un papel muy lucido, al interpretar al capitán Abrados, el protagonista principal de la cinta. De las pocas cosas que sí me han hecho sacar una sonrisa es ver a entrañables actores, cuya mayor parte de su filmografía han sido intrascendentes comedias del desarrollismo de los 60 y 70, haciendo de terribles comisarios políticos rusos con una estética enternecedora. Por citar sólo a uno, interviene en la película Valeriano Andrés, presencia frecuente en la filmografía de otro ilustre mañico Paco Martínez Soria.

Hay varias escenas que merecen ser resaltadas, en especial tres, todas ellas rodadas con gran vigor narrativo y visual: la primera es la encuesta que les hacen a los presos sobre su filiación política, religiosa, etc., al llegar a la ergástula soviética (es partir del minuto 8). La segunda el alegato del capitán Abrados en el juicio al que se le somete (a partir del minuto 44). La tercera la emotiva escena final, cuando ya están en el barco de regreso a España, y escuchan por la radio a sus familiares.

Esa escena final con la llegada del barco al puerto de Barcelona son imágenes reales, excepto en la que se muestran a los actores en primeros planos.

Es una cinta que no languidece en ningún momento y cuyo metraje de 95 minutos es una de las mejores inversiones en cuanto a ver buen cine y, de paso, aprender algo de historia.

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