RAFAEL LÓPEZ: Cine franquista transgresor – Entrega nº 4.– “La gran familia”

Voy acercándome al final del camino, de esta pentalogía dedicada al cine franquista transgresor, y lo hago de la mano del director mañico Fernando Palacios que, en 1962, dirigió “La gran familia”. Creo que la mayoría de lectores, de este magnífico blog de don César Bakken Tristán, habrán visto, en alguna ocasión, esta emblemática película del cine franquista, que tuvo un éxito rotundo en su momento.
Para quien no la conozca indicar que es un relato sobre la familia Alonso, compuesta por el matrimonio, el padre de la esposa y ¡11 hijos! (también el padrino tiene un papel estelar). Es una cinta que, por supuesto, no tuvo ningún problema con la censura, pero que, en estos tiempos nigérrimos, dudo que corriera idéntica suerte.
Ahora un matrimonio con 11 hijos (¡y con menos, también!) es considerado, según su fe, un peligrosísimo fundamentalista católico; mientras que si devienen de la conejil fertilidad de la caterva de uniones sarracenas es algo divino de la muerte. Por supuesto esa feracidad en engendrar mahometanos y más mahometanos es utilizada, por estos siniestros invasores, como un ‘modus vivendi‘, para solazarse a costa del erario público. Los plebeyos, siervos contribuyentes (ya estoy, otra vez, con las redundancias), debemos – lanarmente – atender, a través de los sangrantes impuestos con los que nos crujen, este vicio y latrocinio, por culpa de millones de ‘votontos‘ que eligen a los más inmundos y miserables malgobernantes sobre la faz de la Tierra.
Y qué decir de los estereotipos sobre la mujer que se muestran en la cinta: esa ama de casa (es un personaje que me resulta petulante, porque las mujeres de aquellos años eran más serias), y sus hijas ayudándole en las labores domésticas. Como, académicamente, son más brillantes los hombres que las mujeres (el examen oral sobre el rio Ebro que le hacen a una de las hijas es de traca). Como la proyección natural de la mujer es el casamiento y el cuidado de la familia. Todo eso es visto hoy , por la progresía dominante, como rancio, machista y retrógrado. A las niñas, jóvenes y mujeres, de estos tiempos desquiciados que nos ha tocado malvivir, se las educa, en primer lugar, contra el varón y lo que llaman heteropatriarcado. En segundo lugar, se les muestra la virtud de un “empoderamiento” cuya única finalidad parece ser copiar las actitudes y comportamientos menos edificantes de los hombres.

Si salen vivas de esos adoctrinamientos, observarán como la maternidad es puesta en entredicho en el mejor de los casos, cuando no como algo negativo para su desarrollo vital y profesional. Como el cuidado y dedicación a la familia supone, casi, una ofensa a su dignidad como persona, y un lastre en su reconocimiento social. Como deben aceptar una transexualidad perversa que invade sus espacios íntimos y elimina la feminidad, para sustituirla por un grotesco constructo visceral en el que ser mujer depende de la voluntad del individuo. En fin, los delirios y sinsentidos al respecto, son muchos más, pero no quiero extenderme.
Desde mi punto de vista, la FAMILIA es la institución básica de la sociedad, la que le otorga la tan necesaria estructura primaria y le confiere cohesión. LA FAMILIA ES LA ÚLTIMA RATIO DE TODO LO NOBLE, Y QUE MEREZCA LA PENA, EN ESTE ATRIBULADO MUNDO. Porque ni una sociedad, ni un país, puede subsistir sin esa piedra clave que es la familia, pero incluso el propio individuo necesita a la familia para desarrollarse como persona y adquirir todas sus potencias. Esa importancia es bien conocida por quienes quieren destruir las sociedades, los países y, por supuesto, a los individuos, que, sin un entorno familiar recio, son presas fáciles de los simplistas mantras ideológicos y de las élites que nos malgobiernan.

Contra la familia se han articulado toda una serie de armamentos de muy grueso y siniestro calibre: el aborto, la eutanasia, el divorcio, las uniones de maricones y lesbianas (grotescamente equiparadas, civilmente, a los matrimonios) incluso con la posibilidad de que, en algunos países, puedan adoptar niños; las nuevas tecnologías que deshumanizan y aislan, los hábitos de vida que destruyen los lazos familiares; la educación infantil y juvenil que adoctrina y trata de separar al individuo de un entorno familiar vigoroso, etc.
Vi, hace unas semanas, un video de dos maricones a los que, inexplicablemente, les habían concedido hacerse cargo de un bebé. En primer lugar, no puedo llegar a comprender que taras mentales sufren estos ‘carnuzos’ para que no entiendan que ser un buen padre (fisiológicamente podrían serlo, aunque, vistas las pintas que traían, mejor que no procreen) permite alcanzar los más sublimes anhelos parentales de cuidado y cariño, pero que, indudablemente, la madre tiene un vínculo con el bebé superior, especial y único.

Continuo con lo que les quería contar: quité el sonido para minimizar el cabreo, porque las imágenes ya eran, de por sí, esperpénticas. Uno de esas inmundicias malantropomorfas trataba de darle el pecho a la criatura, por supuesto con un estéril resultado y la “turbación” del maricón. Pero más allá de ese par de engendros depravados y sus delirios “maternales”, subsiste una raíz del Mal mucho más dañina y profunda. En primer lugar, están esos políticos desquiciados que implementan una infernal legislación, coadyuvante de estos infames hechos. Después, las miriadas de asociaciones, y organizaciones apesebradas, que forman la oportuna correa de transmisión, para que se cometan estos crímenes contra unos seres inocentes. Sin embargo aún hay más, porque, los principales culpables, de estos ignominiosos delitos contra criaturas inermes, son esos padres descastados que venden, o abandonan, a sus hijos y para los cuales el averno supone demasiada indulgencia. Y, por último, una estructura pública (jueces, asistentes sociales, etc.), que debería ser independiente y cuidar de estos seres inocentes, pero que está corrompida hasta el tuétano, siendo cómplices, o callando como rameras, ante estas felonías.
Sin ningún ánimo de critica, ni de condicionar la libertad individual y familiar de nadie, les quiero contar algo que, desde hace unos cuantos lustros, me viene resultando tremendamente ilustrativo. Tanto mi Esposa como yo hemos paseado mucho a nuestros Hijos. Coincidió que, cuando eran pequeños, aún vivíamos en el pueblo, y allí dar paseos era una rutina deliciosa. Tanto cuando fueron en el capazo, como en la silla, siempre los llevábamos mirando hacia nosotros; desde nuestra perspectiva siempre lo consideramos lo natural, porque permite estar pendiente de Ellos, ante cualquier eventualidad y porque, para unos padres, no hay mejor visión que la de sus hijos. Pienso (y lo haré siempre) que también para Ellos, les resulta grato y estimulante ver y sentir el cariño de unos padres entregados.
Hoy que la natalidad está por los suelos y cuesta ver a unos padres paseando a su bebé, también suelo fijarme en los homéricos padres que van empujando un carro, o una silla, de bebé, y son casos extraordinarios los que lo hacen como lo hacíamos nosotros. La inmensa mayoría llevan a las criaturas mirando al tendido; incluso les dejan un esmarfon, o una tableta, para “que se entretengan”. Tampoco faltan los casos en que son los propios padres los que copian ese hábito y van observando el artilugio de marras, mientras pasean a sus hijos (todo muy cibernético y digitalizado, la verdad, ¡pero qué triste!).

Desconozco si, psicológica o terapéuticamente, es mejor un sistema u otro, pero no puedo abstraerme a la idea de que ese alejamiento visual y sensorial, en edades tan tiernas, pueda ser bueno para las criaturas, ni para sus padres, en cuanto a la formación de un vínculo familiar poderoso.
Indudablemente cada familia es un mundo y la libertad de los padres está muy por encima de mis posicionamientos personales, así que no acometeré más valoraciones sobre éste u otros asuntos tan íntimos, como son la crianza y educación de los hijos.
Me voy despidiendo, indicando que el señor Palacios filmó tres años más tarde una secuela, titulada “La familia y uno más”, aunque, lamentablemente, no la pudo ver estrenada porque murió joven, con «cuarenta y todos años«. Es una regla universal, con muy pocas excepciones, que “nunca segundas partes fueron buenas”; en este caso, aunque no tiene la frescura y originalidad de la primera, al menos sabe llevar bien el paso.
Demencialmente, muchos años más tarde, decidieron desempolvar a la familia Alonso realizando dos bodrios infumables, cuyo destino más noble sería la hoguera. En el primero de esos esperpentos cinematográficos aún participaron Alberto Closas y José Luis López Vázquez (más les hubiese valido estarse quietos porque les supuso más un demérito, en sus sólidas carreras, que otra cosa). Si esta “resucitación” de la familia Alonso fue pésima, el último engendro de la saga aún lo fue mucho peor. En esta ocasión ya sólo pudieron contar, como única referencia de peso, con la entrañable presencia del señor Galindo de “Atraco a las tres”.
Deja un comentario