ARTÍCULO: Maldito colectivismo. Maldito Estado. Maldita sociedad.
Soy de los pocos autores sociopolíticos y filosóficos que apenas ha leído (y menos que leeré) las opiniones de otros autores, de cualquier edad histórica. El motivo es que no soy ni de «el huevo o la gallina» sino que me como el huevo y a sus ponedoras. Esto es: me dan igual las opiniones de los demás, la verdad sociopolítica esta en la pragmática, en el método científico, incluso: obtener conocimientos – nuevos o ancestrales – mediante la observación sistemática, medición, experimentación y la formulación; análisis y modificación de hipótesis. En base a esto, no hay nada mejor para la antropología, sociopolítica, sociología y filosofía; que estar vivo y vivir, por lo tanto, en sociedad. Por eso detesto a la sociedad, en casi todos sus aspectos y en todos los relativos al colectivismo.

Si me dieran 1 euro por cada vez que me han preguntado el por qué me niego a trabajar a cambio de pecunio, sería millonario. Esta paradoja refleja, perfectamente, a la sociedad: un hediondo e hipócrita lugar en el cual, si no entras en el redil, suscitas cuanto menos la curiosidad del prójimo que subsiste amordazado y encadenado a un sistema opresor desde el nacimiento al deceso.
«Yo no trabajo a cambio de dinero, a mí me pagan por vivir» ¡cuántas veces no habré acuñado ese axioma propio ante los que querían pagarme a cambio de que Yo renunciara a vivir! Salvo contadas excepciones (aunque no exentas de paradojas y aporías) el eutoengaño laboral es lo único que sustenta esta sociedad opresora y genocida.

La génesis de mi pensamiento ácrata patrio (oxímoron mío y única manera de intentar prosperar, física, moral y espiritualmente en la sociedad) nace a mis 4 años, momento en el cual mi hipermnesia da su pistoletazo de salida y, con el paso del tiempo, de llegada; pues nuestra vida es circular, cual río y mar de Manrique, que no es linea recta, sino evaporación, condensación y fluido, en movimiento eterno.
Iba yo a mi primer día de adoctrinamiento escolar (1º de parvulitos) de la mano de mi Madre. No tenía yo consciencia de haber sido engendrado, parido y etc. de motivos de nuestra presencia física en esta Dimensión, pero sí que esa Mujer era quien velaba, cuidaba y garantizaba mi bienestar, pese a vivir en una chabola vertical de un suburbio madrileño pestilente (digo esto porque con el tiempo me intentaron enseñar que la felicidad es no vivir en esos lares sino en otra jaulas mayores y «lujosas» custodiadas por los mismos súcubos e íncubos (nunca mejor expresado que ahora, en estos tiempos «sin géneros»).
Ese día me vi abrumado por la presencia de cabezones como yo – todos uniformados con un «babi» – y acompañados de adultos (sobre todo adultas, pues antes las Madres criaban a sus hijos y por eso no había tanto hijo de puta, como ahora); y todos llorando a moco tendido. Recuerdo nítidamente mi reflexión: «¿y estos por qué lloran, si van de la mano de su Madre? ¿Qué mejor lugar al que ir que donde te lleva tu Madre? (porque Ella me explicó en qué consistía ese primer abandono temporal al que me sometió). Tras los primeros días de clase y las primeras gilipolleces a las que el colectivismo me sometió, supe que mi vida sería remar contra corriente en aguas procelosas repletas de todo tipo de alimañas. Ya a esa edad me di cuenta de la barbaridad que era obligar a los niños a usar punteros metálicos para apuñalar papeles y la estupidez que era obligarnos a pasar varias horas semitendidos sobre el pupitre en lo que llamaban «asignatura siesta».

Los siguientes 46 años que llevo bogando por aquí, han ido aumentado mi rebeldía ante todo lo colectivo, desde grupos de amistad y «sociales» en los que yo era lo que llaman «líder» y luego abandonaba por aburrimiento hacia todo lo estatal, académico y laboral. Nada más estático que el Estado, y la vida, sin dinamismo enquilosa el alma y atrofia el cuerpo. He dejado todos y cada uno de mis decenas de trabajos remunerados, y en todos ellos (salvo en los que me han despedido por irreverente y díscolo) me «rogaban» que renovase y me ofertaban al alza salarial y de categoría profesional :¡»Qué mejor oficio que el de ser hombre sobre la Tierra!» pese a que lo escribiera la pluma del marxismo (Gorki), la ideología más atroz de la historia, la más colectivista y anuladora de la personalidad. Y he abandonado casi todas mis amistades, que fueron millares, aunque – por suerte – siempre han ido apareciendo nuevas y buenas, a cuenta gotas, de las cuales sólo me priva la parca.
En estos 46 años, que redondean mis actuales 50yninguno, he aprendido que casi todo (y todos) se mueven por el colectivismo, es decir: sometimiento, explotación, ninguneo, alienación – alienNación– castración, vulgaridad, gregarismo, traición; inmoralidad, subordinación, humillación, necedad, grosería, psicopatía, abulia y etc. de barbaridades tan (in)humanas: desde parvulitos al resto de estudios; desde tu hogar hasta tu municipio y Estado; desde tu primera novia hasta tu mujer; desde tu primer empleo remunerado hasta el actual y etc.

Por eso, mi fórmula vital para mi sempiterna felicidad de vivir, pese a mi pesimismo antropológico y mi entorno hostil, ha sido juntarme con personas que JAMÁS te pidan nada que tu lo no le pedirías a ellos. Personas que no te vean como un borrego más (y más o menos poderoso y pudiente, es decir, un cerdito con forma de hucha que romperán un día), que no tengan interés económico alguno hacia ti ni te exijan nada a este vil respecto de Don Pecunio – el mayor demonio sobre la Tierra –. Gente que se una a ti por el mero interés de compartir y hacer de su vida, y por lo tanto la tuya, algo mejor y alejado del colectivo.
El colectivismo que nos abruma es todo lo contrario a la dialéctica, a la didáctica participativa, al intelecto, a la creatividad (a la mayeútica, incluso), a la lógica, al razonamiento, a la gallardía, a la justicia, a la ética, a la espiritualidad; a todos los pilares de mi vida, que en tan pocas otra he apreciado.
Cualquier colectivismo es pernicioso. Sólo pensad en que viven enfrentados entre ellos, no para mejorar a los demás, sino para imponerse ante ellos y, por lo tanto, dominar ellos a la sociedad. Los motivos, todos justificadísimos por estos sátrapas y sus feligreses sojuzgados, son de todo pelo; pero nos llevan al mismo sumidero: la anulación de la personalidad y el sometimiendo de una enorme minoría a una ingente mayoría. Pero en este modus vivendi sociopolítico tan malo es el que somete como el que se deja someter, es decir: no hay ideología política ni credo religioso bueno ni malo. Es que no saben vivir de otra manera. Aquí surge la inevitable analogía bíblica: «Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes». Y esto lo dijo Cristo mientras lo crucificaban.

Yo que soy agnóstico y tengo un único y exclusivo Dios ancestral, puedo decir que 2 son compañía y, el resto, multitud (entiéndase muchedumbre). Erradicad todo lo colectivo. Sed libres y la vida os unirá con el resto de almas libres, que luego os harán rebaño, pues el colectivismo es absolutamente inevitable ante tanto pusilánime desalmado, que son casi todos los humanos. Ergo… cambio mi consejo (en este caso que ofrezco y para mí si tengo): convivid con el rebaño, como hago yo, pero matad a todos los pastores que se os aproximen y os quieran meter en el redil. Y si no podéis, por miedo a la represalia colectivista, recordad que todos los apriscos se pueden agujerear y entrar y salir, sin ser vistos, pese a ser la oveja negra.
Deja un comentario