RAFAEL LÓPEZ. Memoria rústica [II]: la siega mecanizada

Consideré prudente no extenderme más en mi anterior artículo, porque disponía de material para más y opino que estas píldoras nostálgicas es mejor tomarlas poco a poco.

La mecanización va indisolublemente ligada a la desaparición del mundo rural. En estos tiempos aciagos y de tribulaciones observa uno, atónito, como una clase urbanita desconocedora de todo, pontifica, a diario, sobre cuestiones de agricultura, caza, montes y ganadería. Por desgracia, legiones de indoctos, que no tienen ni puñetera idea de nada, compran esas mercancías averiadas.

Relataba, el otro día, la cantidad de trabajos que se tenían que realizar durante la cosecha, todos ellos de una exigencia física considerable. Les aseguro que nadie que estuviera corbella en mano, toda la jornada, desconocía en que parte de su anatomía se encontraban los riñones, aunque no hubiese ido a la escuela ni un solo día de su vida. Pero la siega era sagrada porque suponía la obtención del sustento doméstico para todo el año, tanto desde el aspecto alimenticio por el trigo convertido en pan, así como por el pienso para las caballerías y los animales de corral que componían el sustento proteínico familiar (cerdo, gallinas, conejos, etc.). También, por supuesto, suponía la fuente de recursos económicos familiares obtenidos a través de la venta de los excedentes de trigo y cebada.

Indudablemente, esos exigentes trabajos manuales hicieron florecer una serie de maquinas que trataran de aliviarlos en lo posible. Iré mencionando algunas de ellas, sin orden ni concierto:

La primera de la lista es la aventadora. Esta maquina tenía como finalidad sustituir la actividad de aventar la mies a mano. Estaba compuesta por una serie de cribas metálicas que iban separando el grano de la paja. Aunque la tracción, durante su funcionamiento, seguía siendo manual, tenía la ventaja de que aunque no hiciese viento se podía aventar igualmente.

La empacadora. Esta maquina recogía la paja que las cosechadoras expulsaban, para compactarla, mediante un par de cuerdas, en unas balas llamadas alpacas, que tenían forma de prisma rectangular y de unos 25/30 kg de peso. Ese formato permitía el almacenamiento de una forma mucho más eficiente, tanto en pajares como en unos espacios con techumbre situados en las eras (¡maldita memoria! no recuerdo el nombre que tenían). Hasta la aparición de esta maquina la paja se almacenaba a voltero en el pajar con las angarillas.

Ahora existen también empacadoras, pero su compactación es más contundente al formar unos cilindros chatos de gran volumetría y peso que sólo se pueden manejar con maquinaria. Diríase que se ha industrializado la compactación y el manejo de la paja.

De todos modos la máquina estrella que supuso una transformación radical en los quehaceres relacionados con la recolección del cereal ha sido la máquina cosechadora. Esta máquina fruto de la evolución de las arcaicas precedentes, de escaso recorrido y versatilidad (como la gavilladora, el trillo de discos, las segadoras, la trilladora) integró la casi totalidad de las tareas inherentes a la recolección del cereal.

Las cosechadoras modernas cortan, en primer lugar, la planta del cereal por la base del tallo (la función que antaño se hacia a mano con las corbellas), introduciéndola en un tornillo sinfín que ira cortando el tallo haciendo las antiguas funciones del trillo. Posteriormente una serie de cribas (parecidas a la aventadora) separan el grano de la paja. El grano se va almacenando en un deposito que lleva la propia máquina de unos 4.000 kg, mientras que la paja es expulsada. Cuando el depósito de cereal esta lleno, la cosechadora, mediante un tubo sinfín, habilitado al efecto, lo expulsa dejándolo caer sobre el remolque, o camión, que lo llevará al silo o almacén.

Es decir, las fatigosas tareas que antes ocupaban varias semanas ahora las realiza una maquina en dos o tres jornadas. ¿Sirve para algo recordar estas antañas maneras en las que el hombre se relacionaba con la naturaleza? Creo que sí. No soy un nostálgico de aquellos trabajos en que nuestros ancestros tenían que trabajar tan duramente para llevarse el pan a la boca. En primer lugar, ahora seríamos incapaces de exigencias físicas de ese nivel, pero considero que no debemos olvidarlos nunca para, como suele decirse, “tener los pies en el suelo”.

En estas sociedades modernas, tan tecnológicas, nos olvidamos con frecuencia de la importancia de la comida. Nos hemos acostumbrado a comprar, sin esfuerzo alguno, una barra de pan o un kilo de carne, pero dichos productos han requerido del trabajo de la tierra y la cría de ganado. Los que son algo más mayores que yo, y los de mi generación, nos iremos pronto de este infierno en la Tierra en que han convertido el solar patrio, pero debemos trasladar a las nuevas generaciones, aunque sólo sea un adarme, ese formidable legado para que lo conozcan y minimizar que sean tratadas como reses (¡qué es como ya nos tratan a todos!).

Si hace unas semanas les recomendaba el tema discotequero “I love de night life”, compuesto e interpretado por la estadounidense Alicia Bridges, hoy pondré melodía a mi artículo con otra artista useña, me refiero a Suzy Quatro, con el tema “She’s in love with you”. Es una canción del año 1979, sólo un año después de la recomendación mentada anteriormente, y sigue inmersa en esa explosión sonora de la música disco. Aunque el verano es temporada baja para ese tipo de turismo, creo que esta canción es perfecta para la nostalgia de esos ancianetes (quintos míos) centroeuropeos que nos visitan y se alojan en los hoteles playeros, amenizando sus veladas con un repertorio para el que este tema va como anillo al dedo.

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