ARTÍCULO / RELATO / Música SIN mariconadas: “el emigrante”, Juanito Valderrama.

Quien nos iba a decir, décadas ha, que esta canción estaría en pleno vigor, a día de hoy; pero con un sentido totalmente contrario al original: ser extranjero en tu tierra.
Desde el inicio de este nefasto y criminal siglo antiser humano no miembro del NOM, asistimos a la paulatina y preocupante destrucción de Occidente (actual Accidente), particularmente España (actual Espena), por su historia y situación geoestratégica en el Viejo Continente que ahora es un contenedor de mierda. La estrofa más celebérrima de esta inveterada y entrañable canción es su estribillo:
“Adiós mi España querida
Dentro de mi alma te llevo metida
Y aunque soy un emigrante
Jamás en la vida yo podré olvidarte”
Las entidades supranacionales, sobre todo la UE – en nuestro caso – y entidades privadas como la puta OMS (Organización Mafiosa contra la Salud), grupos de inversión como Blackrock o Vanguard y etc. de testaferros de ellos, han destruido nuestra nación, a la vista de todos y sin subterfugio alguno. Han sido muy listos sabiendo el potencial de estupidez del español medio y su total adicción, dependencia y sumisión al Poder y al Estado; gente manipulable al 100% a través de los mass mierda (sobre todo la putatele), internet y las redes sociales. No voy a repetir lo que cualquier lector de este BLOG sabe de sobra (vosotros no sois vulgo ni satánicos siervos del NOM), sino hacer una analogía con Juanito Valderrama, el pasado de España y el presente de Espena:

Coincidí varias veces con este cantaor, en el bloque de Leganés donde me crie. Una sobrina suya era mi vecina de abajo, la señora Paqui, y él venía a visitarla periódicamente. Esta mujer tenía marido y 2 nenes. El mayor, Francisco, de mi quinta, el menor – Antoñito –, obviamente menor que yo, jeje. La señora Paqui comía pipas como si no hubiera un mañana con pipas. Lo hacía cuando nos cuidaba a la chavalería del bloque. Éramos 20 chabolas verticales, de gente española TODOS inmigrantes de pueblos de España. Cuando éramos canis jugábamos en los aledaños del bloque, sin atisbar carretera alguna, y eran las madres quienes se turnaban para echarnos un ojo o un bofetón si venía a cuento. La acera donde la señora Paqui se hinchaba a pipas no era de tránsito, sino que sólo daba a nuestro portal, acera que luego ella misma barría para quitar la tonelada y media de cáscaras.
Fueron lustros de camaradería y amistad entre más de 100 personas que habitaban las 20 chabolas verticales, y entre buena parte de los bloques aledaños Sólo los críos (y no tan críos) teníamos hostilidades y estábamos todo el día a hostias entre bloque y bloque, aunque hacíamos alianzas para luchar contra manzanas aledañas… es lo que tiene haberse criado en 1km. cuadrado habitado por más de 60 mil personas… el núcleo urbano más poblado de Europa, por entonces, ahora ni idea, Zarzaquemada era mi barrio. Alguna vez recibí una pedrada, pero en el cuerpo a cuerpo siempre acababa yo fostiando (así lo decíamos antes) a alguno de los bloques de al lado. Íbamos con desventaja los del mío, porque muchos de los otros eran de 10 plantas, el doble que el mío, y con ascensor; pero en el mío teníamos más cojones, precisamente por no tener ascensor y estar todo el día oblados a cruzarnos por las escaleras; esa obligada unión hacía nuestra fuerza.
Actualmente mi viejo sigue viviendo ahí, pero todo ha cambiado. El tiempo y el NOM han dinamitado la otrora gloriosa comunidad de españoles en hermandad, dentro de una prosperidad económica sin parangón ahora, donde sólo trabajaba – y de manera humilde – una persona por vivienda manteniendo a 3 y hasta a 7 más; coche y 1 mes de vacaciones incluidas, y comida y bebida de primerísima calidad.
Según fui cumpliendo años (me parieron en el 75) todo empezó a mutar, lenta y paulatinamente, en lo que tenemos ahora. Yo lo vi venir, enseguida, pero otros no. En los hogares donde antes sólo trabajaba uno fuera, empezamos a trabajar casi todos, y nuestra vida cada vez más paupérrima. Empezaron a crear impuestos por doquier, la inflación se desbocó y las antiguas generaciones no pudieron dejar su testigo a nosotros, las nuevas.

Todo se llenó de coches y, con ello, de gastos, contaminación y aparcamientos subterráneos hasta debajo de las raíces de los árboles. Empezaron a llegar los inmigrantes (pero no como los de la canción, pues esos eran reclamados por los países de acogida y bien remunerados) de ahora: explotados laborales, paniaguados, delincuentes y putas. Primero vinieron de Hispanoamérica, salvo excepciones puntuales de todo el orbe. Luego empezó la actual e imparable invasión sarracena. En los 90 ya eran decenas los negros e hispanoamericanos que vivían en mi bloque, alquilando casas de vecinos que se olieron la tostada y abandonaron el barco. Actualmente creo que sólo quedan 8 vecinos de los 100 de antes. Entre fallecidos – muchísimos y de todas las edades y mi madre entre ellos – y gente como yo que abandonamos el nido muy pronto, el edificio es un reflejo de la sociedad espenola: miscelánea de inmigrantes y cero relación entre vecinos. Y perros y gatos, muchos, como en todos lados. Y nenes, solamente de los inmigrantes.
El hijo menor de Paqui estaba un poco “falto” y por eso era la persona más alegre del barrio. Todos los 6 de enero llamaba a las 19 casas del bloque, que no eran la suya, y nos enseñaba (con una ilusión que jamás he vuelto a ver, ni veré, en mi vida) los regalos que le habían traído Los Reyes Magos. Uno de ellos siempre era un disfraz, porque a él le encantaba disfrazarse. Y allí, en el rellano de 4 apartamentos, salíamos mogollón de vecinos en pijama y/o bata para compartir el asombro de Antoñito, enseñarle nuestros regalos y ensalzar su orgullo, y agradecimiento, por los suyos. Era, además, un besucón, y sobre todo las madres del bloque lo eran ídem… ¿cuándo es la última vez, ahora, que te has besado con un vecino? ¿Ha habido alguna primera…?
Precisamente, esta familia del cantaor fue de las primeras en mudarse, pero la que más notamos, porque interactuábamos más con ella. En su lugar vino un picoleto (y de esto no voy a hablar ahora que no sé yo eso de la prescripción de ciertas cosas con estos caballero-caballero), menudo cambio, joder. La señora Paqui fue la que enseñó a la chavalería a tirarnos de cabeza en la piscina. Sí… no sólo cohabitábamos en armonía el precario edificio, sino que íbamos en tropel a la piscina pública, de vacaciones a la playa y la montaña, al pueblo del vecino, el vecino al nuestro y así… ¿alguien se imagina ahora esta relación con los vecinos?
La mía, cuando he vivido en edificios, ha sido o indiferencia y ostracismo u hostias constantes. ¡Cómo ha cambiado el cuento, caperucita (la que no iba a ver a su abuela, sino a lavarse el coño al río)!
Hace décadas que vivo asediado por inmigrantes de todos lados, especialmente sarracenos ahora. Los menores de edad, el 90% (aproximado, no los cuento, obvio) son hijos de ellos y se reproducen a partir de los 20 años, o 10 y muchos, a un ritmo de 1 por año. Echad cuentas de lo que nos queda para cantar eso de Juanito Valderrama, viviendo en Espena. Yo hace lustros que lo canto, porque es lo que siento. Puede ser mi pesimismo antropológico. Pero es que, quien no lo sea, o es un “Antoñito” de la vida o uno de ellos, de los que nunca deberían haber venido a sustituir la población autóctona del país (seguramente) más ubérrimo y privilegiado del Mundo. Un país para oriundos y turistas respetuosos, no para inmigrantes. Y no por xenofobia ni, mucho menos, racismo; sino porque el mundo es ENORME y cada mochuelo debe prosperar en su olivo. Lejos de eso, lo que está haciendo el NOM y la inacción de los inveterados españoles es dejar que nos hayan usurpado el nido del olivo y dejar que los únicos mochuelos (adjetivo / sustantivo peyorativo) seamos los españoles de varias, o todas, las generaciones aquí.
Pues eso: “Adiós, mi España querida”.
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