ARTÍCULO: El derecho, torcido, a vivienda.

Si los satánicos agendistas 2030 me garantizaran que todos no tendremos nada «y seremos felices» como anuncian, sería el más fervoroso seguidor de la Agenda. Pero insisto, todos, no sólo los 4 parias que actualmente no tenemos nada y, por lo menos en mi caso, no somos felices ni atisbamos su advenimiento.

Hasta el más insensato ya se rasga las vestiduras o se sonroja (depende de si es víctima o victimario) por la precariedad de la vivienda. Pero… como a todo hay quien gane, yo gano a todos los actuales vilipendiados. Y donde digo yo, no sólo digo Goyo sino todos los que alguna vez se han parado a pensar, ese deporte de riesgo, ese actual delito oficioso.

La foto de cabecera es un zulo real (con perdón) que visité hace 5 años, cuando costaba 50 mil pavos que podía pagar a toca teja. Hay que sumarle unos 10 mil napos más, de impuestos. Digamos que, sin hipoteca, hay que pagar 145 mil euros por este zulo, sito pegado – literalmente – a una carretera nacional y a pocos metros de 2 negocios hosteleros diurno y nocturno respectivamente; para asegurarte el agradable ruido de los clientes, nunca suficientemente estimado y estimados. En este caso, 4.800 pavos cuesta el metro cuadrado en un pueblo como Cercedilla.

Un aumento de 85 mil pavos en 5 años.
Estamos mejor que queremos, ¿a qué sí? Pero resulta que ya hace 25 años los precios, en Madrid y Eivissa, eran todavía «mejores»( en mis alquileres de Córdoba, Granada y Cabañeros sí tuve suerte en plan barato), pero mi juventud, gallardía y entusiasmo vital me los ocultaban. Empecé a compartir piso algo tarde, a los 24 años. Antes – y durante – tenía cobertura tanto en casa de mis padres (chabola vertical en el suburbio Leganés) como de familiares/amigos y largos periodos vacacionales de hoteles, camping y dormir al raso, directamente.
Cuando he estado soltero pero dispuesto al fornicio desenfrenado, usaba la táctica kamikaze de ir a una ciudad extraña (o Madrid capital), ligarme a una tía y recibir hospedaje en su casa. No era tarea fácil, porque a parte del arte de ligar en una noche con alguien soltera (o con pareja ausente y desconocida para mí) e ignota, súmale que tuviera casa propia o en alquiler. Queridos niños, no intentéis hacer esto en casa y, sino os queda más remedio, hacedlo bajo la supervisión de un adulto.
Sólo una vez me falló esta táctica, pero di en el larguero. Fue en Arnedo (La Rioja, o a saber de dónde dicen ahora que quieren ser ellos), en los fastos de su festival de cine del 2000 y algo (creo que 5 o 6). Acudí por la patilla, en una furgona de «artistas» y, siguiendo mi táctica infalible, me ligué a la farmacéutica de Arnedillo (el pueblo de al lado) que había acudido al estúpido evento, con ágape también por la patilla, para mí. Estaba buena la chica. Rubia y con más complementos incluidos que le hacían muy útil a mi sicalipsis y yo a la suya. Encima tenía una farmaFia. ¿Qué más podía yo pedir? El problemilla es que me tenía que ir con ella, en su coche, al pueblo de al lado y confiar luego en que me devolviera a Arnedo, para el viaje de vuelta en la misma furgoneta de la ida, banda de negratas plastas gospel incluída.
Para cubrirme la chepa, me medio ligué, a la par que a la rubia, a una morena que estaba igual de potente o más. Me dijo que podía quedarme a sobar en su casa. «¡Cojonudo!» me dije, «ya tengo techo garantizado y, tal vez, magreo grato». Y baje la guardia, me confié y lo confieso. Seguí de cachondeo con todo el jolgorio presente y dedicando tal vez menos tiempo del necesario a la farmacéutica. Ella, a parte de farmacéutica, no era gilipollas y se pispó de mis devaneos. No en vano, yo era parte de ese estulto artisteo, aunque no participaba en el Festival de Cine, pero era el amigo íntimo del presentador y otros mentecatos más del evento; y yo mismo era artistilla reconocido y reconocible. Hasta me dio tiempo para investigar el paradero de un antiguo amigo de universidad con el que viví en Eivissa, que recordé era de Arnedo. Y lo localicé con «mis contactos» recién hechos ese día.

La estúpida fiesta daba a su fin cuando el cielo se lleno de ficticios nubarrones en la sala.

Resulta que la buenorra morena era la mujer del notas que patrocinaba el evento. Gente muy maja pero… pareja. Le dijo al marido que yo pasaría la noche en su casa y vaya… como que no me sedujo el plan. Techo seguro, pero polvo desaparecido y mi reputación kamikaze por los suelos. Así que volví a por la rubia. Ya sólo me quedaba esa carta, que era una buena jugada, por cierto. Pero ella, con toda la razón del mundo, me rechazó diciéndome la absoluta verdad: «Ya conozco a la gente como tú, de la farándula (usó ese término, lo juro). Os vais con cualquiera que os guste. A ti no te gusto nada más que para esta noche y mañana te irás para siempre». «¡Joder! cuanta intensidad emocional tiene esta mujer – me dije –». Lancé una rápida ojeada y vi que la peña se estaba ya largando, pues el evento era en un local municipal que ya cerraba. El momento exigía diligencia suma. Traté de volver a magrearme con la rubia, como habíamos hecho las horas previas… pero qué va, ya tenía la tienda del magreo cerrada, al ver mi devenir de ligoteo nocturno con la morena y otras más. Y su casa, más cerrada aún para mí. Pudo ser una bonita historia de amor, qué duda cabe… pero quedó en nada, porque la chica quiso empezar la casa por el tejado. Nunca sabrá el mundo lo que pudo surgir de ahí, si esta mujer no fuera tan precavida con las sabandijas como yo.

Tras el definitivo rechazo de la rubia se me acercó el marido de la morena, para volver a ofrecerme su casa, concretamente un sofá cojonudo, decía. Pero aunque agradecido, yo no podía rebajarme a eso, tenía una reputación que defender. Tantos años de Don Juan kamikaze no podían terminar en un sofá de Arnedo, junto a un pibón que si se le ocurría ponerse tontorrona, me buscaba un lío mayúsculo con el marido; que ya había navegado yo en similares aguas procelosas y ya no quería leche, que tiene nata. La gente desapareció en un instante. Mi amigo el presentador se había traído a su novia de entonces y no cumplió su promesa de alojarme en su habitación de hotel, si no ligaba (él solía hacer lo mismo que yo). Se largó con ella sin llevarme con ellos. Fue todo muy rápido. Pero creí que en Arnedo habría algún pub donde intentar recibir el cariño que yo merecía… y qué va. Era invierno. Ahí no había nada abierto, salvo el viento gélido que soplaba por doquier, y una ligera lluvia. Me fui a hacer turismo nocturno. Como el castillo del pueblo estaba abierto a cualquier patán, lo estuve recorriendo un rato. Pero las horas pasaban, el frío aumentaba y el pueblo estaba desierto. Me refugié en la parte trasera de un edificio, en las escaleras metálicas. Mucho frío. Tenía que moverme para no perder el poco calor corporal que me quedaba.
Había quedado a las 8 de la mañana, con la de la furgoneta, para regresar a Madrid. Mi colega me dijo que él no madrugaría, que volvería en autocar o algo similar. Pero yo sí quería volver en la furgo. No tenía un pavo ni para autocar ni para ná. Lo mejor era regresar al suburbio en la furgo. Decidí irme a una especie de parque, en un paseo, meterme la cartera en los huevos, ceñirme el gorro y sobar tendido en un banco. Por suerte no llovió más.

Amaneció y me levanté, pues nunca me gustó parecer un indigente urbano y ya había gente pululando. Tomé una infusión en un sitio muy raro y fui a la cita con la furgo la cual, por supuesto, salió antes de las 8 y vi como se alejaba… al final un organizador del Festival me llevó en su coche a Logroño (junto a mi amigo y su novia) y nos pagó el autocar a Madrid (con dinero de la organización). Antes de lo de Logroño, esperé a mi amigo frente al hotel, al solecico y sentado en un escalón. Me vio y bajó. «¿Has pasado la noche fuera y con este frío? Qué loco estás, Bakken».

Quería hacer 1 artículo sobre que ya hace 25 años yo pagaba una media de mil euros al mes en mis alquileres compartidos (yo unos 300). Que la precariedad habitacional y la carestía de vivienda ya existe desde hace mucho. Que he llegado a vivir con más de 10 notas en El Retiro (casaza con 2 servicios, eso sí y casi todo tías estudiantes hisponoamericanas que se iban de viaje por Europa y la casa era sólo para mí y mi novia mexicana). Que hasta un picolerdo nos dejó su habitación a esa misma novia y a mí, en Aluche. Que un casero es tu peor enemigo, por lo menos en mi dilatado caso que he pagado varias decenas de alquileres. Pero como todo esto ya es vox pópuli, he preferido centrarme en mi querida rubia de Arnedillo, «la despechá». Me dio su tlf. por cierto. Pero no la llamé esa noche, ni nunca. Don Juan Beodo no podía rebajarse de esa manera…
Ahora que la vida se ha puesto tan ingrata, por lo menos a puretas como yo, que hemos vivido tanto, no nos pueden quitar los recuerdos. Ese mundo pasado siempre me acompañará y al igual que Séneca dijo que la soledad no estar sólo, sino estar vacío; los tipejos como yo sabemos que nuestra memoria (hipermnesia en mi caso) siempre nos tenderá la mano y sonreiremos recordando lo que fuimos. Al igual que dijo Gulliver: «muchas veces, las cosas no son como se ven, sino como se recuerdan» y, añadió el mismo personaje: «no podemos vivir más años, pero sí hacer que los años sean más largos».
Aquellas más de 24h. que pasé entre Leganés y Arnedo, con la excusa del Festival de Cine, no hubieran dado para un relatillo, si me hubiera alquilado una habitación de hotel y hubiera ido allí con dinero. Convertí 1 día en una semana. ¡Y casi me echo una novia buenorra, rubia y con Farmacia! César Bakken Tristán, mancebo… en Arnedillo…

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