Precisamente hoy que no tengo vino blanco, me he parado a pensar (condena eterna) en por qué me tiré más de una década sin catar vino blanco y ahora raro es el día que no lo soplo. Aclaro que me hinchaba a vino tinto, por si alguno denotó algo abstemio (¡anatema!). El caso es que, ni caso, pero por si a caso, sigo.
“In vino veritas”.” Ningún vino es malo: los hay buenos y superiores. Este es bueno”. “Con pan y vino, se hace el camino”.
Caminé por el Camino Francés del Camino a Santiago, 3 veces, desde León. Recuerdo con especial simpatía mis paradas para tomar vino blanco, digamos cada 10km. y en pueblos encantadores. Yo ando mucho, bien, rápido y cargado. Recuerdo a otros “peregrinos” que pernoctaban conmigo y salían de la cama a la par que el sol, o un poco antes. Yo retozaba hasta bien entrada la mañana y luego, pues caminaba. Y adelantaba a todos los madrugadores. Iba yo con banda sonora, pues tengo unos cachivaches (vulgo amuletos ancestrales) metálicos en la mochila, que hacen “Tilín, tolón, tralarí, trilorero” cada vez que me muevo. Había peña que se giraba al oírlo y, al pasar a su lado, me decían: “Sabía que eras tú”.
El caso es que ni caso, como os he dicho hace un rato.
Yo tomaba vino blanco porque en los bares/restaurantes de España era imposible tomar vino bueno, salvo ese que nunca es malo. Digo en los bares / restaurantes donde una sabandija económica como yo tiene acceso. Cuando he estado en lares más caros que el amor, cualquier vino es cojonudo. En este caso el precio sí que es una pista de virtud.
Ya en tiempos de pesetas sabía yo que mi alcancía no alcanzaba, así que si quería soplar (cosa que siempre he hecho, desde los 17 años, salvo 15 días en el Sahara y porque esos gilipollas sólo permiten beber te, refrescos de mierda, café y agua) lo mejor era tomar brebajes que, por lo menos, no devastaran mi paladar. El vino blanco fresquito es el mejor amigo para estos casos. Puedes marear las neuronas de cualquier camarero de España (de Espena ya ni te cuento) para explicarle qué y por qué quieres tal o cual vino. Y no hay manera. Ninguno sabe ni leer la etiqueta. A duras penas saben abrir las botellas (he tenido que abrir muchas. Os juro que muchos ni saben el arte de descorchar). Una vez, en un velero de madera (un Llaüt), en Eivissa, fondeados en Formentera tuve que abrir botellas sin sacacorchos. Éramos 3, como Juan, Periquito y Andrés. Una tía y 2 maromos, yo uno de ellos, a pesar de todo sigo siendo machirulo y heterosexual. Me decía la gabacha que no manchara la cubierta al abrir el vino sin sacacorchos. Manchar yo mi casa… yo vivía en ese velero pese a que el barco era de uno de ellos. Mi única propiedad son miles de libros y una bici de montaña. Encorchar es algo más difícil de descorchar, y se pierde algo de “buqué” al catar, pero en tiempos de guerra todo agujero es trinchera. Hundir corchos se me da bien.
El caso es que, a parte de que ni caso, tu culo para mi aparato.
Os quería contar esto del vino blanco porque me resulta muy curioso que tras tantos años sin catarlo ahora sea parte esencial de mi dieta. No hay nivel. Todo es, básicamente, podredumbre y cieno. Un vino tinto malo (que son casi todos) es muy difícil de trasegar para un paladar más o menos honrado. Una vez soplé 30 litros de calimocho en 2 días (ni uno más ni uno menos, pues los preparé yo y eran 15 cartones de vinacho infame, en perfecta proporción de 50% con cocaculo, por el culo te la estrujo. Mi querido y fallecido amigo Juandi hacía los porros y yo el calimocho, en algo que, jocosamente, denominamos: “pacto de caballeros”.)
Era una acampedo en Ávila (Piedralaves). Cerca de nuestra tienda de acampedo había una con 2 punkis (una parecía una mujer y le hacía ilusión liarnos los petas, liberando así de carga a mi amigo) Fijaos cómo no seríamos de cabrones y pasotas yo y mi querido amigo que 2 punkis de mierda “nos cuidaban”. Ellos fueron los que nos hacían la comida, porque nosotros estábamos todo el día pedo, tal cual. Y cuando desmontamos el chiringo ellos hicieron lo mismo: «Si os vais vosotros ya no tenemos nada que hacer aqui» Tal cual. Y en la cola del autocar, nos colamos, obvio… íbamos con 2 putos pankis «El punki guachipuri de la chupa guachipanchi» algo así llamábamos a este capullo, a colación de un glorioso capítulo de los Simpson.
¡Cuidado con los vientos! Yo antes casi no dormía. Cuando la vida molaba era una estupidez estar dormido. Recuerdo 3 meses en Eivissa (verano del 2001 donde sólo dormía 4 horas al día, o a la noche). Digo lo de los vientos, en referencia a los de las tiendas de campaña. En esa acampedo de los 30 litros de calimocho (más medio de güisqui que nos regalaron los punkis ángeles de la guarda y 6 botellines de un bareto camino al camping y 4 litronas) una madrugada tropecé con los vientos de una tienda con 4 titis dentro. ¡Eso fue muy bueno! En medio del monte, más de noche que por la noche, un viento en el medio del camino de un borracho campero. Me caí, con todo lo grande que soy, sobre la tienda. Menudo despiporre fue eso. Yo tratando de levantarme metiendo mano (para incorporarme) a 4 tías. Son muy débiles las paredes de una tienda de acampedo, el lobo ni necesita soplar y soplar para derribarlas.
No es fácil levantarse de un lugar así. Digamos que una vez asumido donde y cómo has caído, no sabes si tratar de explicar lo ocurrido o, simplemente, dejarte llevar y disfrutar. Yo estaba entre Pinto y Valdemoro y trababa de decirles a las féminas que había sido un accidente pero que no se preocuparan, que no pasaba nada grave. Pero claro, ponte en su lugar. Estás sobando y, de repente, se te cae la casa encima con un King Kong que tal vez sea ese impresentable que sabes está junto a otro cabrón, en una tienda a 20 metros… acojona. Las tías se fueron antes de amanecer, casi. Que las vi yo todavía junto a la hoguera aledaña a mi tienda. Sí… antes podíamos hacer fuego en el monte. Ahora los queman y no nos dejan hacer fuego.
El caso es que tu culo sigue siendo para mi aparato.
Me voy por los cerros de Úbeda, para contaros lo del vino. Úbeda, por cierto, es el apellido de 1 compañero del insti. Una vez en Blanes (Gerona) no sé por qué cojones yo me duchaba con esponja y se me olvidó meterla en la mochila. Lo dije y Úbeda me dejó la suya, que estaba sin estrenar, envuelta en su derivado del petróleo. Tras ducharme se la devolví con más vello que bellezas en un desfile de modelos. “No son pelos de los huevos, Úbeda”. Siempre me ducho con las manos, no sé esa etapa de imbécil que tuve y, por suerte, no retuve. ¡Ah! La mejor ducha que me he dado en la vida fue en Bignona (un pueblucho del sur de Senegal), con una jarra de agua, de litro y medio. La sujetas en con el pulgar y la vas escanciando levemente para desenjabonar. No hace falta más agua para una buena ducha, os lo aseguro. Eso sí… un día antes de eso me duché en una ducha más grande que cualquier cuarto de baño normal. Una ducha de 4 o 5 metros cuadrados en un hotel de lujo de Dakar. Qué contrastes nos da la vida. La jefa de personal del hotel cenó conmigo y, literalmente, me dijo que eligiera a cualquiera de las mujeres que trabajaban allí, que subiría a mi habitación al momento. Tela, ¿eh? Y yo con una pulsera de barra libre y sin haber pagado 1 pavo (mi socio del docu – estaba allí para el docu que es foto de portada del BLOG – es multimillonario y el hotel de lujo era, más o menos, de su padre). Por cierto, esa noche México dejó de ser Norteamérica y no sé si fue Sudamérica o centroamérica, no quedó clara la cosa. Los imbéciles comensales (los gerifaltes del hotel y alguna zorra chupapollas) dijeron que México no era Norteamérica… es que la jefa de personal era mexicana y como yo tuve una novia regia, pues… salió el tema de México y, no sé por qué, de su ubicación. Y nada… que como yo era el único comensal que sabía donde estaba ese país, pues ese país no estaba donde estaba. A la noche mi socio, el muchimillonario, se empeñó en irse de putas por Dakar, pero eso es otra historia.
Lo del vino blanco, como os dije antes, es porque fresquito entra bien y embriaga lo mismo. “¿Martini? ¡Eso no embriaaaaaaaga! ¡Vodka, güisqui, gineeeebraaaaaaaa!!” eso gritaba un pibón italiano en Ciudad Real capital queriendo yo comprar Martini para un botellón. Mira que soy maricón, a veces. Qué buena estaba la rubia italiana. No me la follé, pero sí la vi despertarse de un sofá cuando yo me estaba enrollando con una compañera suya de piso, otra rubia, por cierto, pero manchega. Menos glamur, está claro. Y tu culo, ya sabes, para mi aparato.
Se pasa muy mal cuando tomas un tinto malo. Pero con el blanco… probad. Es diferente. Por eso lo tomo tanto ahora. Sé que todo lo que puedo comprar es vino malo, así que, fresquito y blanco.
Pero no todo el blanco es orégano… una vez caté uno que no servía ni para cocinar. Fue en Eivissa, esperando yo la salida del ferry a Denia que me devolvía a Madrid, tras otra incursión fallida de varios meses para intentar vivir en mi isla. Mis incursiones nunca han sido muy prolíficas, porque a mí trabajar a cambio de dinero no me va. Y así donde coño voy a ir… está claro. Lo asumo.
Pedí un blanco en la terraza de un bar del puerto, no de marineros, de eso ya no queda, sino de pijos de mierda, de esos los hay por doquier. Iba con un maletón y un mochilón y mejor esperar sentado, leyendo y soplando. Pero hostia, qué malo era. Era tan malo que me divertí mucho con él. “Dime que te debo y tráeme el libro de reclamaciones y el tique”. Eso le dije al camarero tras enfrascarme el brebaje. Me trajo sólo el tique (2 euros. En 2002 eso era dinero). “Te falta el libro, pero aún así cóbrate. Por este vino malo de cocina te voy a pagar 50 céntimos. No por el vino, sino por tu trabajo de servirlo en la terraza. Tráeme las vueltas y el libro (le di 1 euro)”. El caso es que el camarero no era el dueño, hay gente que no es dueña de ná. Yo, por lo menos, soy dueño de mi momento. No me quería dar el libro porque que si tal y cual Pascual. Que su jefe no se qué y no sé cuantos. Así que me apiadé de él y no insistí con el inservible libro. Eso sí, el notas me dijo que si quería otro vino, invitaba la casa. Nunca sabré si era sutil ironía o infame servilismo. 50 céntimos por un vino blanco, en ese lugar, no fue mal trato aunque maltratara un poco mi cuerpo por esa infame ingesta.
La penúltima vez que pedí una hoja de reclamaciones (es que ahora se llaman así a los libros de reclamaciones) fue en Ciudad Real capital. Me cobraron una barbaridad por un tercio de birra (Alhambra 1927, la mejor birra del mundo, y no me pagan por decirlo). Era un bareto de mierda, pero de madrugada aplicaba precio de discoteca de Manhatan. No te jode el manchego de los cojones. Timarme a mí… más manchego que él. El caso es que, tras lo de tu culo para mi aparato, el notas me dio la hoja de reclamaciones y, viendo la cara de capullo que tenía, como temiendo que lo que yo escribiera ahí iba a acabar con su puto bareto… escribí, en grandes letras y en horizontal.: “Esto es una puta mierda”. No cogí las 2 copias, obvio. Pero pedí otra birra de esas timo. Esta vez me cobró un precio razonable, el muy gilipollas. Ya sabía que yo no era un cliente borrego.
¡Quien dijo miedo! Qué antes no había virus voladores asesinos que no matan.
Quien fuera yo, otra vez, en esos años. Cuando había vida humana sobre la Tierra. Cuando podían pasar estas cosas que os he despotricado.
Yo tengo mucha vida a mis espaldas. Qué pena que jamás volvamos a tener vida, más que en nuestros recuerdos. Y qué pena que haya tantos jóvenes (y, sobre todo, niños) que jamás sabrán lo maravilloso que es estar vivo sobre la Tierra. O fue. Yo tengo más que claro que toda mi vida es pasado. Aún así, atisvo una mínima esperanza de que unos cuantos valientes amantes de la vida podemos sobrevivir entre tanto zombi y, más o menos, con mediana felicidad humana. Pero hay que moverse para ello. El que quiera peces, que se moje el culo. Y ya sabes, para mi aparato.