
Todavía ando turbado por una de las principales programaciones para las fiestas fundacionales de Las Palmas de Gran Canaria, que se celebran para el día de San Juan. Ese día, de hace cinco siglos y medio, es la fecha oficial por la que se incorpora la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria a la corona de Castilla. Antes de la llegada de los españoles / castellanos / godos a la isla, para su definitiva incorporación al territorio español, hacia algo más de un siglo que navegantes mallorquines, portugueses y genoveses se daban garbeos por estos lugares (sí quieren saber más consulten los datos históricos en la biblioteca, porque me he vuelto demasiado holgazán para hacerlo por ustedes).

Ahora que ya han tenido ocasión de ver los actos programados, a los que me refería al inicio del párrafo anterior, quería opinar sobre ellos, ya que don César me otorga el privilegio de hacerlo en su casa, bajo el muy acertado epígrafe ‘© RAFAEL LÓPEZ opina’. En primer lugar me resulta llamativo lo del quinto centenario de los ingleses en Canarias, ¡un poco más y llegan antes que los españoles!, ¿pero que son unos cientos de años cuando hay «amor del bueno»? Pues no son nada, sobre todo si se anda escaso de bagaje matemático, y menos de historiográfico, porque esos ingleses que arribaron a estas islas, en las agonías del siglo XVI, lo hicieron para matar españoles, violar a españolas y saquear todo lo que pudieron. La filantropía británica que hay que conmemorar probablemente se ajuste más a los hechos cuando, hace un par de siglos, mutaron sus fines sanguinarios, y criminales, por los comerciales.
No voy a quejarme porque el Ayuntamiento de la localidad donde resido trate de atraer al turismo británico, dada la que está cayendo en las islas con una pésima imagen turística internacional, por culpa de la emasculada laxitud del malgobierno de Sánchez ‘el mentiroso’ (lo pondría en mayúscula pero con el ego que tiene este fatuo engreído seria demasiada indulgencia) con la inmigración ilegal marroquí; ni porque haya un paro juvenil del 60 % y figuremos en el podio del paro en España; mi doliente queja es porque la raíz, de todos estos males, nace del malgobierno de España, del malgobierno de Canarias y del malgobierno de Las Palmas de Gran Canaria, un nefasto trío de inútiles, y criminales, redomados incapaces de hacer algo bueno por los siervos tributarios que tienen a su cargo.
¡Ah!, se me había pasado informarles que las tres instituciones son socialcomunistas, la perfecta combinación para generar la ruina en los, por lo demás demasiado pacientes, canarios.
No, no fui a ninguno de los actos programados, ¿para qué?, sí tienes que ir con el puto bozal y con la insignificante recompensa de un té con pastas. Si al menos hubieran contemplado algún ‘lingotazo’ etílico me lo hubiera planteado, pero una programación para amebas, sin gota de sangre, cómo que no.
No es que esté especialmente en contra de una potencia invasora de nuestro territorio (Gibraltar, para los lerdos) ¡qué también!, sino de los que se dicen españoles y apóstatan de dicha naturaleza. Pero que puedo esperar de los enemigos si los «amigos» me traicionan. Vengan pues fiestas del orgullo LGTB, y del quinto centenario de los ingleses en las islas, porque hay que animar el asunto, aunque nuestros criminales malgobernantes sean la pútrida esencia de la escoria luciferina.
He podido encontrar en Internet la película que se menciona en la programación. Un almibarado masaje al legado británico en las islas, de unos tres cuartos de hora, con el siempre genupectoral apoyo del dinero público (¡a quien ose contabilizarlo como una de mis recomendaciones cinematográficas lo cuelgo de los pulgares!).
Me estimula la idea de lo que el señor Bakken hubiera conseguido realizar con ese presupuesto y esos recursos, e incluso con la tal Harryet (en sus años de soltero ¡claro!).
Y si algún lector, se atreve a decirme ¡y tú qué cabrón!, con toda amabilidad le responderé qué de medios audiovisuales mi bagaje es igual a cero, por lo que en ese asunto no tengo más que añadir, y respecto al segundo que hace más de seis lustros que mi devoción conyugal me sujeta los pulsos a ese respecto (cuando el lector alcance ese nivel que me pregunte ¡si se atreve!).
Y, sin más, yo me despido de ustedes hasta que un nuevo cartelón sobresalte mi rutina mundana.
