
Parece mentira, a parte de lo que la minga estira, el estropicio físico real que son capaces de generar los rituales esotéricos y metafísicos. El hecho que voy a narraros me ocurrió a mí, a finales de siglo (no digo cual, porque no soy Noé ni Matusalén), en un viaje universitario, de asueto (“paso del Ecuador”), por una parte de Europa (Espena, Gabacholandia, Vejiga y Adiosnda).
Iba yo con 5 compañeras de la carrera de Derecho (UCM) y no conocíamos a nadie más en el autocar, formado por universitarios de varios puntos de Espena y algunos de nuestra ENORME universidad. Yo sólo, con 5 titis, como debe de ser; mariconadas las justas. Aclaro que a la que yo le gustaba no me la ponía como el cuello de un cantaor, y a la que me gustaba a mí, yo no se lo ponía como un bebedero de patos; así que esta historia no es sicalíptica, sino esotérica a tope. Historia con final, más o menos, feliz gracias a la intervención de una naturista y una bruja blanca que nada tienen que ver en la génesis del asunto.
Me voy a centrar sólo en el amarre de amor que me hicieron, no en las 1.001 situaciones molonas que podría narrar de esos 9 formidables días de viaje. Vamos al lío:
El plan era salir de Madrid a las 22h. y llegar a París 24h. después, del tirón. Nos demoramos casi 2 horas por culpa de 2 tías que llegaron tarde y viajaban juntas. Precisamente las 2 que llevaría yo tras de mí, justo en los últimos asientos del autocar. Nos colocamos los 6 en la parte final, como los macarras que éramos, bebiendo alcohol, como todo viaje digno de veinteañeros. Todo el autocar despotricaba por la tardanza en salir, así que al llegar estas 2, precisamente bien no nos caían a nadie… pero yo me pasaría todo el viaje con ellas pegadas al culo y acabaría locamente enamorado de una.
Hicimos buenas migas la bruja negra y yo, pese a que me relacioné con todo quisque y las lie bien pardas – delitos impunes incluidos –. Nada más entrar en Francia, mi cuerpo se rebeló contra mi alma y tuve que visitar los servicios de una gasolinera, sin lograr alivio alguno, creía que necesitaba el aseo y qué va… algo raro me pasaba… sería la priva de abordo – pensé –. El resto del viaje estuve bastante jodido, con dolores físicos nuevos para mí.. pero a los 21 años yo era un toro y me la sudaban enfermedades y dolencias crónicas o sobrevenidas. “Ninguna enfermedad puede pararme” es uno de mis lemas al ser polienfermo y lisiado físico oficial.
Marijose (la bruja) era una morenaza guapetona, con los ojazos más bonitos que haya visto yo y toda la tropa del viaje, que así lo afirmaban. Impactaban sus enormes ojos de color inclasificable y no sólo por mi glorioso daltonismo. Cómo imaginar que 3 años después vería el rostro de esa misma chica en una carta del “tarot negro egipcio” (o cartas negras, algo así lo llamó la bruja buena).
El caso es que yo no quería novia ni en broma, y no caí en esa trampa hasta los 26 años, por eso ni atisbaba liarme con ninguna (salvo, si caía de casualidad pero no por mi inexistente cortejo, la compañera/amiga del bebedero seco de patos). Unos pocos años después mi yo del futuro se hubiera zumbado a la que yo le gustaba – que no estaba nada mal, por cierto – y ligado, irremisiblemente, con la bruja negra. Pero mi yo de entonces era 100% anti-relaciones sentimentales y, casi, sexuales. Interrumpían mis huracanadas experiencias vitales estos asuntos, así que los rehuía.
El caso es que Marijose se me lapó, y no me molestaba, en absoluto. Noté que tenía cierta querencia por mí y que se estaba creando un vínculo estrecho entre ambos. Un día, estando en Holanda, hasta llegó a llorar, apoyada en mi hombro, diciéndome que no quería volver a Madrid y que ojalá pudiera vivir siempre como estos días y conmigo… Bueno… así se las ponían a Felipe II, coño. Pero a mí me la sudaba. Además, le había visto despedirse de su novio y yo no me meto entre un perro y su presa.
El caso es que ya en España, en el viaje de vuelta, sabiendo que ambos nos tendríamos que separar, sentí ese hormigueo en las entrañas, síntoma de enamoramiento o de explosión sensitiva a tope e impaciencia motivada por el anhelo de no cohibir los deseos y no tener más remedio que hacerlo. Llegamos a Moncloa y cada mochuelo se fue a su olivo que eran los padres de cada cual, con el coche. Es un clásico eso de que vayan a recogerte en coche tras un largo viaje, o era. Nuestra despedida fue con un deseo abrumador contenido de que no fuera así. Era de noche, pero cada uno parecía un faro para el otro y nuestras miradas se cruzaban constantemente, mirando de soslayo mientras hablábamos con familiares y nos despedíamos de compañeros y nuevas amistades. De haber sido época de móviles hubiera caído en sus garras, sin duda alguna. Pero al no serlo, mi último recuerdo de ella, durante muchos días, fue esa última mirada que me lanzó girándose ,como diciendo: no te vayas, ven conmigo. Vámonos juntos.
Por primera vez en mi vida, y contra mi voluntad, estaba enamorado como un cadete.
Mis problemas físicos se acuciaron. Sobre todo un dolor intenso en la zona de la escápula izquierda y 1.001 sensaciones físicas desagradables. Pero con el tiempo normalicé eso, me adapté y seguí con mi vida a todo trapo. Hasta 3 años después, cuando mis dolencias empezaron a ser insoportables. Estudiaba yo Ciencias Políticas, por entonces (hui despavorido de Derecho, en 4º), tras ser expulsado al mes de empezar Perrodismo, y atribuía mis penurias mentales a esos cambios, tanto estudiantiles como de planteamientos vitales, más o menos, radicales, contraproducentes con una vida “normal” y profundos a nivel moral personalísimos.
Pero mi abuela paterna (sigue con vida y vitalidad, 107 añazos) es medio bruja blanca, así que un día que me vio más eccehomo de lo normal en mí, me miró de mal de ojo (con agua, aceite y ritual tipo rezos interiores pero con escenografía cristiana; don que heredé yo, al pasármelo ella, obviamente en vida) y yo “no me curaba”.
Aumentaron mis pesares y ella me aconsejó ir a una bruja de otro tipo, porque su intento de curación sólo me estaba indicando que tenía alguna cuita esotérica encima y no, precisamente, buena. Así que una de mis amantes de entonces me presentó a una amiga suya: una bruja chilena, lesbiana, con un hijo y cocainómana. Una tía rara de cojones: Vicky. Y como 2 es mejor que 1, un amigo me presentó a una naturista – curandera, precisamente de Leganés, donde yo vivía entonces. La naturista era cara pero eficiente y la bruja, barata e ídem.
Ambas, sin conocerse de nada y por métodos diferentes a cada cual más raro, hicieron la misma etiología de mis dolencias. Y yo flipé pues era una causa tan inopinada como olvidada ya por mí: el viaje a Europa que os estoy contando y Marijose.
Paquita (la naturista) me cogió las muñecas por detrás de mi melón, yo tumbado boca arriba con los brazos hacia atrás. Y sopesando mis zarpas sacó todo eso y que la causa era una chica que conocí en el viaje y de la cual me enamoré sin yo quererlo, tal cual lo dijo. Vicky fue más específica y, diciéndome lo mismo, con el método del tarot que he dicho, sacó una carta diciéndome: “¿A qué la chica es esta?” ¡Y era ella! Parecía casi una foto más que un dibujo. Por suerte yo tenía una foto del viaje, donde salía ella, tanto para demostrar la veracidad de las cartas como para el posterior ritual que me libraría de su hechizo.
Resulta que la hija de puta me hizo un amarre de amor, con un ritual perfecto (que, por cierto, comprobé posteriormente que aparece detallado en libros esotéricos… ¡ni se os ocurra jugar con esas cosas, queridos niños, a no ser que tengáis un dominio exquisito del asunto y una mente y alma fortísimos y nobles. De hecho, cuando el amigo que me presentó a Paquita, y yo, veíamos parejas con uno de los miembros enormemente feo/a y adefesio/a y la pareja un pibón… decíamos, riendo: “está amarrao/a”).
Yo había vencido el hechizo, es decir, mi enamoramiento me duró unos pocos meses, pero el hechizo no se había olvidado de mí. Resulta que esta chica era la reencarnación de una bruja negra ancestral, con un enorme poder psíquico y extrasensorial y – por si eso fuera poco – preparó el amarre y luego, según la bruja, se olvidó de desactivarlo y me seguía jodiendo, sin querer ya ella nada de mí.
Vicky me dejó alucinado diciéndome, paso a paso, lo que esta chica hizo conmigo durante el viaje. Al estar tras de mi, en el autocar, tenía fácil acceso espiritual /energético a mí, pues de espaldas somos totalmente vulnerables, de ahí que en ese inicio del viaje, me rompió el aura, por la parte izquierda superior de mi espalda (la parte de mi body que estaba más a su vista, al ir yo sólo en 2 asientos y quedar ese punto a su vista entre los respaldos), que fue el punto de entrada de mis dolencias futuras y por eso al entrar en Francia me descompuse: yo estaba luchando, sin saberlo, contra ella, contra su deseo de poseerme ad hoc, es decir, no lo hacía involuntariamente. Me dejó herido pero no muerto, ya que yo soy espiritualmente fortísimo y tengo la protección de un guerrero ancestral y gallardo, que cuida mis espaldas. Eso me dijo Vicky, y he podido comprobar en mis 1.001 peleas de autodefensa contra muchos enemigos, humanos, animales no humanos y meteorológicos, que así es.
A efectos de ritual con objetos eran solo 3 cosas aparentemente inocuas pero totalmente inicuas: regalarme un objeto personal suyo, sacarme una foto – de cuerpo entero – sin yo darme cuenta y luego devolvérmela, una vez hecho el trabajo esotérico con ella. Recordé que Marijose me sacó una foto furtiva, girándose repentinamente hacia mí y disparando… hecho que yo vi con el rabillo del ojo y que ella no percibió al ir yo con gafas de sol. No le di más importancia pero sí me chocó cuando en el intercambio de fotos , con todos los del viaje presentes, al enseñarme su álbum, apareció “de la nada” esa foto y exclamó: “¡Anda! ¿y qué haces tú aquí?” Pensé: “¿qué hago yo ahí? si la foto me la sacaste tú”. Pero sólo dije: “Tú sabrás, estaba en tu carrete”. Y se hizo la sueca, regalándome la foto, el colofón de su hechizo. El objeto suyo fue un mechero clíper que me regaló en el viaje de vuelta, y que yo acepté.
Le llevé a Vicky la foto y otra de grupo donde salía ella, con lo cual hizo un ritual de desactivación, seguido de sesiones donde me tenía que dar yo unos baños (en la bañera de la bruja) con yerbas de todo tipo que ella cocía durante horas en una enorme olla, y tuve que comprar ciertos abalorios esotéricos, entre ellos una pirámide metálica que debí colocar bajo mi cama, sin decirle a nadie su existencia. Curiosamente, al acabar todo el proceso curativo, que duró casi 1 mes, la pirámide desapareció, tal cual. Y yo no tengo gatos. Y me recomendó comprarme una flor de Jericó (*).

Tras la entrega de la foto, mi enamoramiento de Marijose fue épico. Yo lo atribuí a habernos vuelto a ver… porque en las semanas que transcurrieron desde nuestra despedida, ya se había diluido su recuerdo en mí. Pero era época de exámenes finales, así que casi nadie iba a la Universidad y mis intentos de encontrarme con ella sólo fructificaron un día. Aún así, yo seguía empecinado en una lucha interna, pues no quería nada con esta tía ni con ninguna que no fuera algo esporádico y me negaba a estar colado por ella… “pero no podía evitarlo” normal… estaba más amarrado que el Titanic (era el Olympic, pero eso es otra historia) en puerto y más desahuciado que el mismo barco en su primera travesía…
Yo iba a estudiar a la biblioteca de la Universidad, con el afán de toparme con ella y empezar el cortejo que no podía evitar pese a que mi mente lo rechazaba de pleno. Hasta llegué a buscarla en las listas de resultados de exámenes, para tratar de localizar su tlf. con sus 2 apellidos… Y nos cruzamos en el largo paseo del metro a la Facultad. Ella volvía y yo iba al edificio de futuros picapleitos desalmados y juristas más leguleyos y cabrones que otra cosa. Nos saludamos, lógicamente, e intercambiamos frases normales sin mención alguna a vernos, tomar algo y etc. Intuyo que tras esos pocos meses, su vida había vuelto a la normalidad que rechazaba llorando en mi hombro, y el hechizo ya le importaba 3 cojones, porque no quería nada conmigo… pero, como he dicho, se olvidó de desactivarlo y pese a que yo vencí, con los meses, mi atracción hacia ella, la energía negativa y ofensiva del amarre seguía en furibunda lucha con mi energía positiva y defensiva… hasta que empezó a ganarme y de ahí mi contacto con las 2 tías raras que me hicieron un servicio enorme en esta pequeña vida que tengo, pero que es lo más importante que conozco y lo que más protejo, fomento y disfruto.
¿Por qué lo llaman amor, cuando quieren decir amarre?
Escribiré otros relatos, quizás más espectaculares /espeluznantes que este, sobre mis experiencias… digamos, “metafísicas”.
(*) Mi adquisición de esta planta acuática de la suerte (que está a metro y medio de mí, ahora mismo), coincidió con el periodo de inscripción a las becas universitarias de estudio. Jamás me habían dado una, pues los ingresos de mis padres y los míos se pasaban mil pesetas, o menos, del rango marcado. Ese año presenté mi solicitud solamente con mis datos personales y bancarios (esos años tuve cuenta bancaria… vicio que perdí hace más de 2 lustros), sin el resto de la documentación. La de admisión, flipó al ver el sobre (lo comprueban para ver que no falte nada y a mí me faltaba casi todo). “Pero si no has adjuntado nada, esta beca es nula”. Tú cierras el sobre y la metes en la saca, para que así por lo menos tengáis que currar un poco (le expliqué que jamás me habían concedido beca, siendo yo pobre a tope con la Cope). ¡Y me la dieron! 200 mil calas del ala. Gracias, flor de Jericó, o inoperancia colosal burrocrática.