
Voy a mostraros una de las 1.001 causas de la plandemia, acaecida hace más de 35 años en el colegio donde estudié. Pero antes os narro lo que me pasó ayer mismo y que no es sino la continuación de la historia escolar:
Tienda Fotoprix, en Avda. de la Albufera (Hediondo Puente de Bellacos). Un empleado –al que conozco desde hace años, como cliente suyo, nada más – y 2 clientas, separados muchos metros entre ellos. Al verme entrar, gestos despavoridos y desencajados. Ellas se pegan a las paredes y él, que estaba fuera del mostrador porque los ordenadores para trapichear imágenes con el cliente están ahí, se va al final. El motivo: que no llevo bozal. Antes de dejar que la estupidez de los 3 me afecte, tomo las riendas y le pregunto si todavía ofrecen el servicio que he venido a solicitar. Tras decirme que sí, como si estuviera viendo a Dios o al Diablo, me dice lo del bozal. Le ignoro, y mientras comento detalles del servicio suyo que quiero le entremezclo que yo no puedo usarlo, por la eximente de enfermedad respiratoria. Y reculo hacia la puerta a esperar que me toque el turno. Y hete mi asombro que el tipo ordena salir a las 2 clientas, que me esquivan como si yo fuera una Hidra, y con una congoja que sólo he visto en la cara de algún enemigo mío (o de otros), tras ser derrotado en una pelea a hostias, me dice que entre. “Da igual que ellas estén primero. Acabemos con esto rápido”.
Resolvemos, en el ordenador, el asunto al que he ido. Entre sus balbuceos timoratos e indignados, descubro que NO SABE A FECHA DE AYER que hay personas eximidas del bozal (y obligas a no usarlo, por cierto, pero eso es más arduo de explicar). Le recrimino MUY SEVERAMENTE que siendo un empleado de tienda no sepa ALGO TAN BÁSICO sobre los derechos y obligaciones del cliente, y las suyas. Espeta que no lo sabe, pero que le da igual “hablo por mí, que no quiero contagiarme”. Ahí asumo que no hay nada que hacer con este tipejo. No obstante, mientras finiquitamos Y PAGO, OJO, QUE NO ESTABA ATRACÁNDOLE, le indico, por pena más que nada (no porque me interese su puta vida, de hecho no deseo que alguien así viva cerca de mí, por eso sé que el que sobra soy yo, lo sé desde siempre) que si le preocupa su salud no debería tener la enorme puerta de la tienda todo el día abierta “para airear al virus” ya que está pegada a 4 carriles atestados de coches.
Y ante su falta de respuesta y sus preguntas estúpidas de “¿no te dicen nada en el metro ni en la calle? Todos van con mascarilla, nunca he visto a nadie sin ella, por eso hay que llevarla… un amigo con asma la lleva. Mejor protegerse del virus aunque estés enfermo” decido cortar por lo sano: “El virus no existe”. ¿Cómo razonar con alguien que, a día de ayer, tiene menos información sobre el congojavirus que antes del inicio de la plandemia?
Físicamente este hombre (treintañero) es un poema: ojos medio bizcos, uno de ellos con un derrame perpetuo. Metro 80 (aprox.) complexión normal, tez morena, labio inferior saliente, boca atrapa moscas, gesto bobalicón (le conocí sin bozal, recordad, queridos niños), movimientos timoratos, dubitativos y gestos de servilismo extremo, capaz de reír si tú ríes o de negar si tu niegas y etc. Personalidad 0. Maleabilidad 100.

En el colegio nos hacían dictados, para aprender gramática, sobre todo la manera de puntuar y la ortografía. Nos decían los signos de puntuación, para que nosotros los escribiéramos, ya que no deberíamos saber donde se ubicaban si no se nos indicaba. Luego, la maestra corregía nuestro escrito. Un compañero, Juan Carlos Martínez, era muy guapo (pese a tener 9-10 años estas cosas se ven), no tenía la pinta del de la tienda de fotos, pero era igual de extraviado mental severo, en este caso para clase de lenguaje. La “seño” nos leyó, entre risas, la transcripción que de su dictado había hecho él, escribiendo los signos de puntuación indicados en voz, con letras, no con signos. Esto provocó la hilaridad de la clase entera, esa panda de hijos de puta que son la mayor parte de la humanidad, salvo la mía (obviamente me hizo gracia, pero mi gesto no lo reflejó, de haber estado a solas con Juan Carlos sí me hubiera reído con él de esa torpeza tan enorme y le hubiera explicado como se escribe un dictado). Pero yo sabía que este chaval no tenía el mismo coco que el resto para estas cuestiones de la enseñanza, que era “lento” en eso; para otras cosas sería rapidísimo y yo una tortuga, pues nuestro talento vital no hay que medirlo en aquello que destacamos, sino en aquello en lo que no y que necesitamos querer aprender.
A este compañero había que darle una educación especial o un apoyo extraescolar, no RIDICULIZARLE delante de toda la clase y que TODA LA PUTA CLASE (insisto: menos yo) se despollara de él y, luego, durante todo el día. El curso siguiente ya no estaba en ese colegio. Y me alegro por él, ya que ahí solo habría encontrado maldad. Espero que le fuera mejor donde acabase, pero me temo que no, porque la estupidez y crueldad humana es generalizada. Igual, de haber seguido su proceso de belleza física –quien nace con eso no suele perderlo –, de adulto se hizo modelo, actor, o tenía habilidades deportivas y etc. de cosas donde no haya que usar la cabeza y con el cuerpo baste para vivir de puta madre e hincharse a ganar pasta. Cada mochuelo a su olivo y lo importante es ser buena persona, lo cual exige tolerancia a la diversidad y saber que todos somos diferentes y si no aplicamos las potencias individuales de cada cual, la humanidad se va a la puta mierda, que es donde está. Asumo que sé escribir algo mejor que Juan Carlos y él será mejor modelo de fotos que yo. Porque cada cual tiene su talento. Lo que no puede tolerarse es que yo, siendo calvo, sea la imagen de una empresa de champú, ni que un ciudadano, siendo retrasado mental severo como el de la tienda de fotos, pueda estar cohabitando con el resto y, encima, despreciando a la ley y sometiendo a los 4 inteligentes que quedamos, en la dictadura del congojavirus; porque sus putos cerebros no dan para razonar algo tan simple como esta plandemia… y ni siquiera para saber una mierda de ley que exime a parte de la población a llevar bozal. Cuando los políticos y los que les mantienen en la poltrona (las débiles armadas y del orden) son como el de la tienda (o se lo hacen), tenemos el mundo que tenemos. Y cuando le das poder a los más tontos, no lo ejercen equitativamente, sino coercitivamente. Ello lo que quieren es ser, por fin, mejor que tú. Y si pueden, matarte. Ahí es donde todos los irredentos tenemos que poner de nuestra parte, porque si no nos defendemos (con todo tipo de armas, sobre todo intelectuales) nos comerán. Sus cerebros no procesan el odio y la bondad como los nuestros. Cuidado con ellos, cuidado con los extraviados mentales severos empoderados.
Menos mal que soy mortal.