
Un perro rabioso de las genocidas élites no deja de constituir un peligro simplemente porque le cambiemos el collar. Tampoco lo podemos educar, domesticar o curar para que deje de tener la rabia.

Pasado, futuro: dos trampas
Podemos mirar hacia atrás y recordar si el perro alguna vez fue bueno y amigable. O solo lo fingió. De todas formas, eso no solucionará el problema.
También podemos mirar hacia adelante e imaginar qué chulo será todo cuando el chucho deje de tener rabia. Es una opción. Como la anterior, muy discutible. Errada, pues.

Legítima defensa
Pero si en vez de distraernos con el pasado o con el futuro, observamos el crudísimo presente entonces lo más sensato es que el cuadrúpedo desaparezca. Es cuestión de legítima defensa. O él o yo. O ellos o nosotros.
En fin.