
Las chorradas que se han evacuado sobre Franco, su régimen y la sociedad de aquellos primorosos años, son materia prima, cuasi inextinguible, para infinidad de comentarios y revisiones sobre la mendacidad e hipocresía de las mismas y de quienes las evacuan.
En estos pútridos diez lustros de “democracia y libertad”, la estupidez inoculada, meticulosamente, en un vulgo emasculado y adocenado ha implantado el dogma de lo libres que somos, de lo bien que vivimos, de cuánto hemos progresado; de que somos la envidia del orbe, etc., etc., etc., ¡para qué seguir!, si ustedes se saben, de sobra, la cantinela.
Sin embargo la realidad es bien distinta, porque si visionamos las películas de los 40, 50, 60 y primeros 70, observaremos en ellas exquisitas actitudes, formas de comportarse, formas de hablar y de vivir que hoy están estigmatizadas, cuando no perseguidas policial y judicialmente. ¡TANTA LIBERTAD, TANTA LIBERTAD! PARA ACABAR VIVIENDO EN UNA ERGÁSTULA BAJO LA BOTA DE UNA TIRANÍA EXPOLIADORA, LIBERTICIDA Y MALCARADA.
En fin, voy a traer a este magnífico blog de don César Bakken perlas del cine franquista, que sin ser políticamente incorrectas (tal vez alguna si) en su momento, o haber tratado asuntos de tanto calado como el glorioso Alzamiento Nacional o la Guerra Civil, hoy ni se podrían realizar, porque hay tanto majadero con capacidad censora por doquier, que dichas obras son, a día de hoy, profundamente transgresoras.
Antes de entrar en materia, quiero realizar un emotivo y justificado recuerdo hacia nuestros Padres y Abuelos, artífices, con su dedicación y sacrificio, de que pudiéramos vivir mejor que Ellos y tener unas expectativas vitales impensables en sus generaciones. Desgraciadamente, sus cuerpos ya reposan en el camposanto y su alma en el cielo (o en otra Dimensión como dice don César) ¡y casi mejor así!, porque si vieran el infame resultado de sus desvelos se volverían apesadumbrados al cajón.
Bueno, volviendo al lio: ¡qué mejor manera de iniciar esta serie de películas neo transgresoras, que con mi paisano Paco Martínez Soria! Les voy a presentar “Don erre que erre”, divertidísima comedia que, analizada con la perspectiva actual y una mirada crítica, ofrece más ásperas reflexiones de las que uno quisiera.

Como siempre que se pregunta: que noticias prefieres ¿las buenas o las malas? Yo soy (creo que como la mayoría) de los que dice las malas. Así que empezaré con la parte menos amable de mi artículo, comentando amargas realidades subyacentes de esta película que resultan hoy lacerantes.
Esta cinta es del año 1970, y la he elegido en color para anticiparme a los gilipollas que dicen aquello de “esa España en blanco y negro” (dicho con el desprecio que destilan esas piaras de miserables del rojerío). En fin, continuo. Año 1970, resulta que, en España, no te saqueaban bajo el concepto del siniestro I.R.P.F. (Impuesto Rendimientos Personas Físicas), ni los autónomos tenían que realizar esas sangrantes declaraciones trimestrales (Modelo 130), ni toda la jungla documental autonómica (Modelo 425, Modelo 415, etc., etc., etc.). NO, no existían ninguno de esos luciferinos impuestos, ni la miriada de declaraciones tributarias de todo pelaje. No me digan que, ya solo por eso, aquella España no se asemeja bastante al paraíso. Imagínense no estar expoliados, como llevamos desde que murió Franco, ni tener que soportar el sufrimiento de observar el criminal y degenerado destino del dinero, que nos roban con repugnante profusión.
Indudablemente la película no trata esta cuestión porque, seguramente, ni en sus más tortuosas y febriles ensoñaciones, pensarían lo que iba a venir después. Haber asimilado, y tolerado, el expolio fiscal, con una pusilanimidad vergorzante, es algo que figurará, ‘ad eternum‘, en el DEBE de nuestras generaciones.

Si mañana Dios me concediese un único deseo sobre el devenir de la patria, LE PEDIRÍA QUE FULMINASE EL EXPOLIO FISCAL QUE LLEVAMOS SUFRIENDO DESDE HACE MEDIO SIGLO (si los contribuyentes recuperásemos, asimismo, el dinero que nos han robado, el éxtasis que tendríamos se sentiría en todos los confines del universo). Porque el 99,99 % de los problemas de España se derivan del dinero robado, vía impositiva, que ha sido el germen de 1.001 corrupciones y crímenes. Como decía aquella añeja canción “sin dinero, no hay rock and roll”. Esa sencilla frase resume una gran verdad, porque todos estos crápulas esquilmadores sociatas y peperos no nos habrían perjudicado tanto, si no hubiese sido por los descomunales recursos económicos malobtenidos con su voracidad tributaria.
Quiero continuar con mi relato incluyendo detalles más concretos, y explícitos, que sí aparecen en la película. Resulta que nuestro protagonista, en esa delirante primera escena, entra en una gasolinera a repostar (que el gasolinero se este fumando un puro al lado del surtidor es ya de nota) y quiere pagar con un billete de mil pesetas; sí, aquellos emblemáticos billetes de 1.000 pesetas de color verde, que tenían en el reverso la imagen del Banco de España y en el anverso la de José Echegaray, y que descontaminizaban la polución de la ciudad, con el flujo de aire que generaban al sacarlos de la billetera. Esos billetes tenían la cualidad de que mil de ellos pesaban un kilo justo (¿alguien se acuerda?); así que a un millón de pesetas se le denominaba coloquialmente “un kilo”.
Hoy con el equivalente a 1.000 pesetas, que son 6 €, vas a la gasolinera y lo único que das es risa y, por supuesto, no llenas el depósito a no ser que tenga la capacidad de un dedal. La cuestión es que nuestro protagonista se ve comprometido porque el precio del carburante es tan económico, que el gasolinero no dispone de cambio para un billete de tanta envergadura; tampoco lo tienen en el bar aledaño; ni los parroquianos que hay en él pueden, entre todos, juntar ese dinero –acaso tenemos aspecto de haber matao a alguien– llega a decir uno de ellos, mientras fuma saludablemente dentro del bar. Así que empieza una disputa sobre la obligatoriedad legal de disponer de cambio, según el tipo de establecimiento en la que se verán inmersos hasta la Guardia Civil (la pongo en mayúscula porque era la de entonces: por parejas, con tricornio y capa, como Dios manda). En fin, hoy en día, que somos muy pocos los que pagamos los repostajes en efectivo, resulta enternecedora esta secuencia.
¡Cuántas cosas se podían hacer entonces, y comprar, con un billete de mil pesetas!, anda, sal de casa, ahora, con 6 € ¡a ver que haces!, y no me digan que actualice el valor del dinero. Háganse trampas al solitario ustedes solos, que yo estoy muy mayor para aguantar chorradas y soy demasiado gruñón para ser indulgente con mentecatos.
Yo fui uno de los majaderos que se creyó la mandanga de que íbamos a tocar el cielo, con la manos, cuando entró el euro, ¡qué estúpido! El caso es que mi querida Esposa ya me lo advirtió, indicándome que el cambio nos iba a perjudicar porque España perdería autonomía económica al carecer de su capacidad en la regulación monetaria; también que subirían los precios (lo que costaba 100 pesetas pasó a costar un euro) con lo que perderíamos poder adquisitivo. ¿Creen que reblé ante argumentos tan sólidos y lúcidos?. Los maños somos tozudos por natura, pero si lo complementas con ser un gruñón mediosordo, el resultado es deplorable. Ni siquiera tuve la inteligencia de tener presente la experiencia; porque cuando nos casamos, a finales de los 80, hicimos el viaje de novios a Francia, país al que repetiríamos tres años después, y no tuvimos ningún tipo de problema con las, ahora, añoradas pesetas. Como un papagayo repetía la argumentación que evacuaba la televisión mañana, tarde y noche: que el euro es una moneda fuerte; que puedes viajar por Europa sin la molestia de cambiar de moneda; etc., etc. Desde el 2002, en que entró el euro, ni viajes al extranjero (en península los imprescindibles), ni estancia en hoteles, ni cenas en restaurantes, ni copas en los bares y, más que nunca, hemos tenido que mirar la cesta de la compra. En definitiva, pocas veces, para lo que se merece mi cabezonería, mi compasiva Esposa me recuerda aquellas disputas. Ver que el cambio de marras sólo nos ha traído empobrecimiento y miseria es algo que me escuece todavía (y por edad creo que mientras viva).

Y no crean que me olvido de los impuestos indirectos (sí, ésos que se cobran por lo que consumimos: energía, alimentación, ropa, agua, teléfono, etc.), porque si pudiéramos tener el privilegio de la fiscalidad franquista nos reiríamos del I.V.A., si tuviera alguna gracia (que no la tiene). La realidad es que los impuestos de aquellos espléndidos años tenían que ver más con la filantropía que con la palabra ‘impuesto’ (que ya ella misma se califica).
Y que decir de las oficinas bancarias, con aquellos casilleros que contenían los diversos modelos, con las operaciones a realizar (ingresos, pagos, depósitos, etc.). Me resulta imposible no evocar, en este punto, una película emblemática para mi, que ya presenté en este magnífico blog del señor Bakken; es, por supuesto, “Atraco a las tres”, con sus operarios bancarios armados con poderosos sellos de caucho. En fin, si no la han visto se la recomiendo entusiástamente (les adjunto un enlace donde visionarla al final del artículo), y si la han visto seguro que recordarán tan entrañable película.
Ahora vas al banco y ni casilleros, ni modelos, ni sellos de caucho golpeando “amablemente” los formularios, ni nadie fumando (y mucho menos el “puro de la paz” en la oficina del director), ni ná de ná. Eso sí, desde que entras, te zahieren con ‘protolocos‘ a cada cual más ridículo: para pagar los recibos sólo atienden de 10 a 11; para sacar dinero tienes que hacerlo con una tarjeta de crédito en el cajero automático; para que te atiendan personalmente tienes que pedir cita -no digo cita previa, porque todas las citas lo son- (las secuelas por no haber hecho una buena E.G.B. son generalizadas y vergonzantes) y, en fin, vayas a lo que vayas, todo son restricciones que asemejan la oficina bancaria más a una nave espacial hiperdigitalizada y deshumanizada, que a lo que debería ser. Y, ¡mucho ojo!, porque como te descuides te dicen que te descargues una aplicación para móvil (estos indoctos, aún no se han enterado que deberían decir para un esmarfon, porque lo que yo tengo sí es un móvil de los veros, que solo vale para hacer llamadas y no permite estos ponzoñosos usos digitales modernos), esas omnipresentes app, con las que martirizan nuestras neuronas en todos los comercios, instituciones y servicios. Si consigues salir medio vivo del carrusel de despropósitos, te rematan con la imposición de un codigo qr, con el que la entidad bancaria busca mejorar la trazabilidad con el cliente (será la del puyazo que te han metido).
Lo de echar las quinielas, ya es sólo apto para nostálgicos irredentos, y lo dejo para otro día (que ya me estoy extendiendo mucho), a no ser que algún osado lector comente algo al respecto, en la muy confiable opción que ofrece este blog.
Hay muchos más detalles, fíjense bien y traten de trasladar, a día de hoy, lo que sucede en la cinta, lo que se dice y como eran, y son, los lugares y el paisanaje que allí salen. Seguro que se sorprenderán ¡verán cuánto hemos “progresado”!. Y si algún hijo de Satanás les comenta algo sobre “ese cine casposo”, sencillamente mándenlo a hacer puñetas.
Dirige esta agradable película el estupendo José Luis Sáenz de Heredia ¡palabras mayores!, a quien tuve el placer de dedicarle una pentalogía hace poco. Comparten protagonismo con don Paco, ilustres del primoroso fondo de armario patrio de aquellos años: el solvente Tomás Blanco, Guillermo Marín, tan habitual en las filmografías del gran Rafael Gil y del director de esta película; Valeriano Andrés ese entrañable comisario soviético en “Embajadores en el infierno”, Alfonso del Real, Manuel Alexandre, Jesús Guzmán, Félix Dafauce, Santiago Rivero, Rafael de Penagos, José María Escuer, Xan das Bolas, Rafael Hernández, etc., como pueden ver un elenco de primerísimo nivel. También sale un rojo, de ésos que se pusieron las botas de hacer películas, ganar dinero y vivir privilegiadamente con Franco; sí, me refiero a esa inmundicia antropomorfa de josé sacristán, ése franquista hasta el 75 y después “homérico luchador por la libertad y la democracia”.
Mari Carmen Prendes ejerce de paciente cónyuge de don Paco y Joséle Román de hija de ambos, con la particularidad de que ha heredado la misma tozudez que su padre.
En fin, no les enredo mas, abro el telón y les invito a disfrutar de una estimulante película franquista. A buen seguro que, durante hora y media, echarán más de una sonrisa y olvidarán los tenebrosos análisis de mi artículo.
https://m.ok.ru/video/1682373675585
Para los perezosos, como yo, les adjunto también el enlace de “Atraco a las tres”, película del año 1962 dirigida por el mañico José María Forqué
¡MENUDO PROGRAMA DOBLE!