
Dentro de mis muchos defectos está lo alambicado de mis artículos. En una ocasión hasta me dijeron que eran anacolutos (no crean el palabro existe aunque, no por ello, deje de seguir sonándome mal). Porque me suelo enredar en miles de vericuetos y dejo para el final lo más esencial, cuando los lectores ya están fatigados y, seguramente, pasan por alto el apoteosis de mis reflexiones. Sirva como alegato, que mi actividad, y afición, juntaletril se inició siendo ya un otoñal muy tardío que pone más voluntad que ingenio.
Trataré de paliar mis endémicas torpezas articulistas relatándoles, en primer lugar, los datos técnicos de la película que les presento hoy. Su director es el gran Rafael Gil y la filmó en el año 1956; cuenta con Paco Rabal de protagonista, junto a ilustres actores patrios como Manolo Morán, Juan Calvo, Rafael Bardem, José Luis Ozores y Antonio Ozores (los dos últimos en unos papeles muy pequeños). Es una especie de cuento de “La Cenicienta” que sirve como excusa para hablar de cine, del mundo del cine. El guion lo firma otro grande, Vicente Escrivá, habitual del director matritense.
Esta cinta se rodó cuatro años más tarde que “Cautivos del mal”, de Vincente Minnelli, generalizada referencia respecto del intramundo cinematográfico y, para mi, la única que merece la pena de ese director. Aunque pueda decirse que tratan el mismo asunto, la cinta de don Rafael es más castiza, más hispana, más cercana; y muestra, con gran claridad, la ilusión y el artificio que es el cine, pero también su potencial como obra de arte.

Al principio de la película se nos presenta un estreno cinematográfico en Madrid. No son gratuitos los homenajes que el director realiza al estupendo José Luis Sáenz de Heredia, que el año anterior había filmado “Historias de la radio”, ni a Jorge Mistral. Veo unas cuantas similitudes entre los concursos radiofónicos de ambas cintas, monitorizados – en las dos ocasiones – por la inconfundible voz y estilo de Bobby Deglané.
La trama, como se explica mucho mejor en manos del señor Gil, prefiero que vean la película y eso que ganan. De todos modos para que se sitúen un poco, indicar que, en un concurso radiofónico intrascendente, se debe elegir a una chica anónima de entre 10.000 concursantes, para que sea agasajada, durante dos semanas, en la capital de España; con vestidos, estancia en hotel de postín, asistencia a eventos, etc. La ganadora resulta ser una maestra de un pueblo extremeño que está impedida y no puede andar. A partir de ahí empiezan los líos y amoríos con un galán cinematográfico en horas bajas.

El gran Manolo Morán, como siempre, está estupendo; en este caso haciendo de agente artístico de Paco Rabal. Rafael Bardem realiza un delicado trabajo como el tío (y la persona que la atiende) de la chica ganadora, interpretado por la suiza Madeleine Fischer. Juan Calvo, el gruñoncete sargento de “Calabuig” de Luis García Berlanga, está soberbio en su deliciosa, simpática y respetuosa parodia del empresario cinematográfico Cesáreo González, quien fue productor de muchas de las mejores películas de los señores Gil y Sáenz de Heredia. Hay una frase suya muy divertida (es a partir de la hora y dos minutos), a raíz de una reunión para tratar de encontrar un desenlace que permita a la protagonista recuperarse de su carencia física. En dicha reunión, sus asesores van exponiendo sus disparatadas ideas, hasta que uno sugiere que la protagonista vaya a Lourdes para curarse de la parálisis en las piernas, a lo que el productor responde airado -¡qué cree usted! que esto es una película de Escrivá dirigida por Rafael Gil- (en esa sencilla frase el director y el guionista se ríen de los atontaos que, simplistamente, los encasillaban por sus cintas de temática religiosa). Paco Rabal está bien en su papel, aunque creo que fue virtud de los grandes directores con los que trabajó (Buñuel, Gil, Sáenz de Heredia), porque sabían embridar cualquier intento de sobreactuación de los actores bajo sus ordenes.
Comentado lo principal sobre la película, quiero compararla con el cine actual. Por temática y elegancia (nada de desnudos gratuitos ni sicalipsis innecesaria) está muy alejada de los cánones actuales. Dudo que un proyecto así, hoy, viese la luz. La verdad es que hace lustros que no voy al cine, porque ya sólo ver los tráiler, de algunas de las cintas que se estrenan hoy en día, me causa espanto. Vista la producción patria y mayoritariamente extranjera, considero que pagar el dineral que cuesta ir a una sala de cine se ha convertido, definitivamente, en algo inextricable para mi.

Tampoco he visto nunca la “aclamada” ceremonia de los premios Goya. Por artículos de mis queridos don César Bakken y don Luys Coleto he visto algunas imágenes del ponzoñoso evento de marras, en el que pululan todo tipo de engendros andantes con unos “vestuarios” (si pudieran tener ese calificativo) infames. Si el de Fuendetodos (Zaragoza) viera el manoseo grotesco que se hace de Él, les iba a dar de hostias hasta en el carné de identidad. Eso sí, todos son muy rojos y muy pedigüeños “por el bien de la cultura”. TANTO SE PREOCUPAN POR LA CULTURA QUE HAN CONSEGUIDO CONVERTIRLA EN UNA CIÉNAGA.
No faltan al evento de marras los políticos rojos de turno (a los peperos les pasan la mano por el lomo de vez en cuando). Todos ellos son tan defensores de la cultura, tan filántropos, tan generosos que, para que les besen las botas, los tienen hiperdopaos con dinero público, vía espurias subvenciones, en un despilfarro sangrante. Pero no contentos con esa felonía, les quitan el IVA a sus mastuerzas y ruinosas producciones, mientras que al populacho, vil e inculto, nos crujen con todo tipo de impuestos, especialmente sobre los alimentos y los consumos más básicos.
Pero es que el paisanaje del cine actual se lo merece todo, son divinos de la muerte, tan cultos, con un conocimiento tan profundo de nuestra historia, tan antifranquistas todos ellos, en fin …
Nunca he visto una gala de entrega de los Premios Nacionales de Cinematografía, que se realizaban en tiempos de Franco, y que concibo como la antesala noble de los Goyas actuales. Pero me atrevo a aventurar que el saber estar de los intervinientes y, dentro del glamour, la austeridad de dichos eventos eran sinónimo de distinción y buen gusto. Por otro lado también estaba la calidad de actores, directores, guionistas, etc., que dotaba a esos premios de un valor notable y que difícilmente puede tener un parangón, con estos tiempos aciagos y de tribulaciones.
Me voy a ir despidiendo con una referencia que sale al principio de la película: se muestra el aula, donde imparte clase la protagonista, y, en ella, hay un crucifijo presidiéndola. Aun recuerdo, de niño, en el pueblo turolense donde nací, como el aula estaba, también, presidida por un crucifijo, acompañado por una imagen del Caudillo. Era una edificación con dos aulas grandes, una para las chicas y otra para los chicos, aunque dentro de ellas estábamos de todas la edades, pero con una única natura: todos eramos hijos del pueblo. Hijos de labradores, ganaderos, pastores, peones para las labores del campo, zapatero, herrero, que formábamos un espléndido núcleo vital de esa España profunda e intemporal. Da tristeza observar como esos pueblos languidecen hoy, reconvertidos en “cementerios” de pensionistas y melancólica sombra de un pasado feraz y lleno de dinamismo.

España es un Estado (de desecho) aconfesional que ha proscrito el crucifijo de las aulas (de la imagen del Generalísimo, ni les cuento). Sin embargo tenemos que observar, con profundo asco, como se corrompe a los niños con pornografía y todas las aberraciones sexuales imaginables; como se toleran, en los comedores escolares, menús especiales para no herir la sensibilidad religiosa de los sarracenos; como se enseña el Islam sin el más mínimo recato; como se realiza un feroz adoctrinamiento histórico y social (por parte de los hijos de perra sociatas, peperos y separratas) para hacer pasar por virtuoso el régimen cleptómano del 78 y las siniestras y esquilmadoras Autonomias; como, en definitiva, se defenestran los contenidos formativos importantes (Historia, Matemáticas, Lengua, etc.), para abotargarles con siniestros contenidos que los aleccionan sobre las virtudes del multiculturalismo; lo espléndida que es una sexología perversa y malintencionada; y de que para luchar contra el “cambio climático” lo mejor es la extinción de la especie humana .
Por desgracia, LA INEXISTENCIA DE UNA ADECUADA FORMACIÓN A LOS NIÑOS Y JÓVENES DE ESPAÑA, SUSTITUIDA POR UNA INFERNAL ASTRACANADA DE IDEOLOGIA PROGRE, LOS MUTILA PARA DESARROLLAR UN PROYECTO PROFESIONAL Y VITAL DIGNO.
En definitiva, la Educación está echada a perder desde hace medio siglo ¿Qué generaciones saldrán con este pútrido sistema actual? ¿Acaso servirá para formar legiones del “perfecto nuevo hombre” que nos redima de nuestros yugos y servidumbres, mientras hace el caldo gordo a las elites globalistas que nos malgobiernan?
¡Qué disfruten con la película!