Rota fortunae. O pésima fortuna en nuestra patria común, España, la de la vaquita Klara. El año pasado, Paycom Multimedia iba a estrenar en cines la estupenda Klara y el ladrón de las manzanas (cual venerable licor, palabrita de abstemio) un viernes 13 de marzo de 2020. Un día en las salas. El sábado 14, Pedro Sánchez secuestraba domiciliaria e ilegalmente a los españoles en sus hogares. Casi un bienio después, Klarita tiene una segunda oportunidad en los cines con su secuela, Klara y la Navidad en la Granja. Potente cine noruego de animación, pues. Al menos, eficaz y solvente. Klara y la Navidad en la granja, producción noruega lo dicho, como Barcos, ¡al rescate! o Dos colegas y la gran bestia. Tres estimables, muy estimables cintas. Sin duda.
La Navidad es estar junto a los seres queridos
Klarita prosigue igual de extrañamente cosmopolita. Y muy diferente al resto de la terneritas. En esta ocasión, feliz por pasar su primera Navidad en la granja de su padre. De todas formas, su progenitor pasa bastantes de fiestas y líos y rollos varios. Pero con la valiosísima ayuda de un desvergonzado elfo, Klara encuentra pintiparada ocasión de cumplir sus navideños y festivos anhelos.
Klara resuelve feraz y navideño misterio. Al estilo de la excelente película Rudolph 2: La isla de los juguetes perdidos, secuela de la antológica y señera cinta de 1998, el siempre interesante director Will Ashurst sabe utilizar hábilmente recurrentes elementos navideños para crear una historia con desbordado y desbordante interés, como pasaba recientemente con la majestuosa Bella y el circo mágico, en la que también refulgía, esplendente, irresoluble enigma como principal premisa. Al menos como “hitchcockiano” macguffin para que Klarita acabe descubriendo lo que de verdad importa: la Navidad es estar junto a los seres queridos.
Mucho mejor que alguna consagrada
Klara y la Navidad en la granja, inferior a las geniales Encanto, Los Elfkins o Los Olchis. Pero, honestamente, en tantas, tantísimas cosas, muy superior a ¡Canta 2! o Clifford, el gran perro rojo, mi amarga ydecepción del infausto y PLANDÉMICO 2021. Y feliz año. En fin.
Trastada cinematográfica, ditirámbico y animado cabotaje, todo da comienzo el pasado seis de marzo de este mismo y nefasto 2021. El abulense David Galán Galindo estaba viendo en su queli la ceremonia de los Goya cuando de repente escucha que la excelente La Gallina Turuleca había obtenido el Goya al mejor largometraje de animación sin ningún rival: era la única candidata. Se le enciende la neurona a Galán Galindo: ¿por qué no rodar a todo meter una cinta de animación con la expectativa de ser la única candidata y alcanzar así la púrpura? Poco después, Galán Galindo llamaba a dos colegas, Pablo Vara y Esaú Dharma. Hasta hoy, diez meses después, cinta recién estrenada en nuestra patria. Antaño España, hogaño Bozalistán.
En principio, contra todo…
Pero este año no están solos: compiten contra Mironins, Valentina y la producción vasca Salvar el árbol (Zutik!). Una película, Gora Automatikoa, «sin pelos en la lengua, que arremete contra todo» lo que rodea a los premios del cine español de forma humorística, según explicaba recientemente a Efe en una entrevista, Esaú Dharma. «Una película de tres individuos que quieren hacer una película para ganar un Goya automático», agregaba uno de los miembros del triunvirato director. Como en su día, automáticamente, pudo ser para la citada y gallinácea y estupendísima película dirigida por Eduardo Gondell.
Y recordemos dos datos: lo de automatikoa es porque bastantes cintas de animación vascas en los últimos años han ganado la estatuilla; lo de gora (viva, arriba) se debe a que la Academia del cine dizque español – tan expoliador y tan comunistoide y ultracapitalista, valga la fingida aporía – no les dejó utilizar el término Goya. Y otro inexcusable memento, no deviene película de solo tres amiguetes. Raúl Pérez, el imitador, da voz a Antonio Banderas; Frank T ha compuesto el rap de la película; Javier Fesser ha aplaudido genial súper-pulla a la sobrevalorada e hipocritona Campeones(Fesser, Galán Galindo y Vara coincidieron en la magnífica y coral peli y apocalíptica Al final todos mueren); el productor Enrique López Lavigne y los Javis, Javier Ambrossi y Javier Calvo, por ejemplo, cedieron su imagen.
…pero solo con la puntita
Gora Automatikoa, cinéfilo y cinéfago trampantojo pues, que deviene medio gracioso y, por momentos, muy agudo. Entre las nominadas no deviene la mejor, desde luego, pero sí la más diferente y la única nítidamente para adultos. Cinta deudora de potentísimos títulos como SouthPark y La fiesta de las salchichas, a veces Los Simpsons y, descollando, todo el fascinante universo de Seth McFarlene (Family Guy, American Dad, The Cleveland Show…). Irreverentes y superlativas pelis con tacos y cochinadas y guarrerías, cierto, pero que hablan tras la citada y saludablemente soez fachada de lo que de verdad importa en esta breve singladura existencial: censura, dictaduras (sanitarias, por ejemplo), religión, amor, vida y, sobre todo, muerte.
Gora Automatikoa deviene simpática y perspicaz y amena sátira que posee la estimable la gran virtud de no tomarse muy enserio a sí misma. Tiene un tono humorístico brillante, muy brillante por instantes, que sabe esquivar la feroz tiranía de lo política y socialmente correcto, pero sin pretender ocasionar controversia en demasía y hacerlo, entonces, reventar todo. Jugar a la transgresión, aproximarse al limes. Sin traspasarlo, lástima. Crítica al pútrido (sub)sistema del “mafioso” cine español. Con la puntita. Y gracias.
Y Pablo Vara, uno de los directores continúa esclareciéndonos. “Nuestra intención no era hacer una troleada, sino que al final hubiera una historia de cine dentro de cine”. En la atmósfera pululaba el recuerdo del delirante Vosotros sois mi película, el grandioso docu sobre el gran troleo del sin par youtuber Wismichu en el festival de Sitges de 2018, en el que se programó un filme, Bocadillo, sesenta y cinco minutos de una sola secuencia mostrada en un embaucador tirabuzón, ya que en cada repetición había una pequeña (y supuesta) variación…
…Y coda y lamento y dolor, personalísimos
La mejor película (eso sí, sobremanera “sostenible” e “inclusiva”) de animación española del año, D’Artacán y los tres mosqueperros, ha sido descartada porque el ominoso ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales de España), considerando su producción, no la ha calificado como española. Cosas veredes, Sancho. En fin.https://www.youtube.com/watch?v=hT_N3nvkOM8
Mediocre cinta nominada a mejor película de animación en los Premios Goya 2022, he ahí Valentina, estrenada el pasado viernes 10 de diciembre en nuestra patria. Grosso modo, trata la historia de una cría de siete tacos. Valentina echa de menos a su abuela y tiene la autoestima extremadamente baja. Por los suelos, diríase. Las orugas se convierten en mariposas, le recordaba su yaya. Pero se olvida recordar que las mariposas viven poco, muy poco. Y no viven grandes vidas. Y devenir de la majetona Valentina: unos colegas “imaginarios”, indeleble múrido culmen, y plurales (y desatinadas) tonadas de Milikito le ayudarán a superar la situación.
¿Hipocresía de masas, formidable autoengaño, algo de realidad?
Valentina trata el asunto de la trisomía 21. Vulgo, síndrome de Down. ¿Una tara terrible o una capacidad especial? El síndrome de Down y otros y variados deterioros son vistos socialmente como una aterradora desgracia, que en el mejor de los casos debe aceptarse con resignación.
Sin embargo las personas que tienen en su casa personas que arrastran tales carencias suelen coincidir en que, a pesar de las enormes dificultades y bretes y apuros, el amor que ofrecen ayuda a toda la familia, pura reciprocidad, invitando, también, a brindar y devolver todo el amor dado, de forma generosa y gratuita, y facilitando la cohesión del hogar. ¿Hipocresía, autoengaño, realidad?
Setenta minutos, demasiado largos
Cinta flojita, deslavazada, liosa, ópera prima de la directora ferrolana Chelo Loureiro, los setenta minutos de metraje sobrevienen largos, larguísimos por momentos. Valentina es simpática, vital y, muy importante, resuelta y espontánea. Pero la historia aburre, mal hilada. Cinematográficamente, errática.
La historia de Valentina, entonces, anhelando ser trapecista, nos habla de los adioses vitales y de novísimas sendas existenciales. De la inclusión y de la diversidad y de la sostenibilidad, pura papelera restaurada, triple y vacua verbosidad del (engañador, entre otras deplorables cosas) Nuevo Orden Mundial. Pero narrativamente, lo dicho, deviniendo la molestia y la languidez y la consunción.
Gentuza
Islandia, (contra) ejemplo de un mundo que decidió suicidarse
Y recordando Islandia, claro. En tal país, sólo se registran entre 1 y 2 nacimientos por año con críos con el susodicho síndrome (en una población censada, en 2020, de 366.425 habitantes) Los padres poseen toda la información mucho antes del parto. El sistema de/contra la salud islandés ofrece a los progenitores A y B (ironic mode) una serie de test diagnósticos para determinar si los fetos poseen algún tipo de «dificultad» o si presentan alguna potencial enfermedad genética. La inmensa mayoría de los padres islandeses decide realizar tales pruebas.
Y, claro, la mayoría, las cifras aúllan: cuando conocen que su hijo posee elevadas probabilidades de nacer con síndrome de Down resuelven acabar con su incipiente vida. Silente e intrauterino exterminio. Maltusiano. Eugenésico. Genocida…
…Y Valentina, como en su día Campeones de Fesser (como casi todas las cintas que tratan este filoso asunto), abundando en tamaña e infinita hipocresía social. Dictadura, cada vez más brutal, de la corrección política. En fin.
Comparto, ex aequo, con Luys Coleto la crítica de la peli “Clifford, el gran perro rojo”. Se empeño él… no leí su crítica al hacer la mía. Primero pondré la suya, que intuyo es positiva (la leeré tras la publicación de este artículo… para que no me influya en mi crítica absolutamente negativa).
Clifford, El gran perro rojo es el nombre de una serie de libros creada por Scholastic y de un programa televisivo basado en esta serie. La serie se trata de un perro gigante rojo llamado Clifford, y de las aventuras que vive junto a su dueña Emily Elizabeth. La serie fue transmitida en Discovery Kids en Latinoamérica y PBS Kidsy Amazon Prime Video en Estados Unidos del 2003- 2006.
Clifford, el gran perro rojo, nos recuerda el orgullo de ser raro y diferente. Por Luys Coleto.
Poderosa adaptación de la serie de libros infantiles creada por Norman Bridwell para la editorial Scholastic. Clifford, el gran perro rojo, película dirigida por Walt Becker (Alvin y las ardillas: Fiesta sobre ruedas) y con el guion de Jay Scherick (Baywatch: Los vigilantes de la playa), nos narra la historia de Emily Elizabeth (Darby Camp) una estudiante de secundaria que conoce a un cuidador de animales mágicos (John Cleese) que le obsequia con un enanito cachorro rojo.
Lo más importante en la vida: buena gente a tu alrededor
Pero tal cachorro, súbitamente, se agiganta. Tres metros, aproximadamente. Tal Godzilla, pues. Y mientras su ajetreada madre (Sienna Guillory) se halla fuera por asuntos de negocios, Emily y su extravagante y alocado y vehemente tío Casey (Jack Whitehall) se embarcan en una aventura que recorre, “mordiendo”, la Gran Manzana neoyorquina. Central Park, clave.
Clifford, el encarnado y simpático chucho, enseñará al mundo cómo amar a lo grande, nunca mejor dicho. A sentirse orgulloso de las diferencias, también a lo grande, entretenida comedia mediante. Clifford mide tres metros, lo dicho, pero nos acaba mostrando que ser diferente no importa, al contrario más bien, y que lo importante es tener buena gente que pulule a tu alrededor, empeño tan arduo, diríase casi imposible. Clifford, fausta argamasa de gente muy distinta: buen mensaje (prenavideño) de amistad y de aceptación hacia la peña realmente distinta.
Como Larita Vida cuando duerme dibujo rápido
Ingeniería genética, NO: ET y Frankenweenie
Clifford, el gran perro rojo, en definitiva, dos almas perdidas y errantes (Emily y Clifford) buscando razonable lugar en el mundo y sólida familia. Elogio de las beneméritas rarezas, «grandes y fuertes», la cinta nos regala momentos memorables. A saber. Clifford y su «bautismo». O Clifford encorajinado con una paloma. O los inolvidables Owen, un chavea chino, y un despistado chucho carlino, fieles acompañantes de nuestro entrañable trío de la bencina.
Amable historia, Clifford, entre Okja y las dos geniales entregas de Paddington. Y todo el metraje recordándonos dueto de colosales clásicos de «raros»: E.T., de Spielberg y Frankenweenie, de Tim Burton. Dos inmarcesibles pelis, en nuestro caso, para dar poderosa cera a la siniestra industria de la ingeniería genética. Lyfepro, diana. En fin.
Crítica de César Bakken Tristán:
¿Por qué, John Cleese? En el ocaso de tu vida, en esta Dimensión, destrozar toda tu carrera por culpa de un perrazo? Este genial actor, archiconocido sobre todo por ser miembro de los incomparables Monty Python, es el narrador y personaje secundario hilo conductor de esta peli.
Cualquiera que vea el tráiler, salvo Don Luys, no sería capaz de ver esta peli. Yo sí lo he sido, porque tengo muchas tragaderas y porque nobleza obligaba a la petición de mi gran amigo (Don Rafael… nunca olvide usted “Pieles” y sea indulgente conmigo, que yo no quería ver esta, de verdad. La otra no la vi, se lo juro). Les endoso mi crítica para que hagan el favor de no ver la peli:
Un cachorro abandonado se convierte en un Mamut perruno porque le cae una lágrima de su futura dueña (nena ñoña insoportable de 12 años) que, harta de estar puteada y ninguneada en el cole, le dice esto al perro: “ojalá fuéramos grandes y fuertes. El mundo no podría dañarnos” (en el trailer está mal traducido y dicen: olajá fueras grande y fuerte y nadie pudiera hacerte daño). Esto sucede en el minuto 26. Antes, la peli era un coñazo pero con expectativas de no ser insoportable.
El mamut perruno hace cosas de cachorro, pero con ese tamaño pues… yo qué sé… ¿resulta gracioso? No sé… mea en un árbol y empapa a los protas, llena de babas a todo quisque, destroza todo (mucho más que meter a un elefante en una cacharrería) y hasta hace que la prota se pegue a su ojete, subiendo a un perro de tamaño normal para que lo huela.
Sin colmillos y trompa, ese es el perrazo.
Bueno, para darle emoción hay un gran laboratorio de experimentos genéticos con ovejas que quiere trincar al perro para no sé qué pollas de experimento malvadísimo, qué ríete tú del KOBIZ. Los maderos se pasan una hora de peli sin aparecer en pantalla, al más puro estilo maderos espenoles con los inmigrantes ilegales y resto de delincuentes de Espena… total, ¿qué problema hay brother? Take it easy… Pero cuando el malvado del laboratorio les soborna, van a la caza del perrazo. Lo cazan. Los buenos lo liberan. El perro se queda como mascota. Sí, aceptamos Mamut como animal de compañía.
Les pido perdón por hablarles de esta peli, pero todo tiene un lado bueno. En mi caso veo en este perrazo y sus absurdas e intrascendentes andanzas una metáfora con los perros urbanos que destrozan la vida de toda la peña mientras sus amos se ríen.
No sé qué más decir, de verdad, no la vean. Se lo repito. No hagan caso a lo que les haya dicho Don Luys. Ahora leeré su crítica, la que ya han leído ustedes. Sí, por primera vez llamo a mis lectores de usted, la ocasión la merece…
Qué listo fue el Señor Coleto al no mandarme el enlace de esta peli antes de nuestro último encuentro físico… pero me vengaré. Seré cruel, tal vez en demasía. Don Luys, si está leyendo esto recuerde a Richard Harris en “Un hombre llamado caballo” Sí… precisamente esa secuencia que está usted pensando, parecida a lo que don Rafael le suele decir de los pulgares… pero más a mi estilo… jajajjaajajajajajaja
Memorable data para cinéfilos y melómanos, 9 de diciembre, 2016. Media década del estreno en nuestra patria. Un lustro desde que se estrenó La La Land, una de las mejores películas del postrer decenio. De la historia del cine, apuremos, sin llegar infundadamente a la hipérbole. Jamás podrá ser superado ese final. Y jamás podrá ser superado semejante robo en los Oscar. ¿Pero quién coño se acuerda a estas alturas de Moonlight? No me toques las pelotas.
Cartel aroma antiguo
Vivir es perder
Y, desde luego, las rebosadas, redundadas, destiladas lágrimas finales. Compendiemos. Chico conoce chica, chica conoce chico. Se gustan, se enamoran, son felices. Pero no acaban juntos. No son felices y comen perdices. No. Otra opción, intento. Chico conoce chica, chica conoce chico. Se gustan, se enamoran, pedazo de beso, son felices… pero toman decisiones, apuestan por personalísimos anhelos y eso les conduce a dolorosa e inevitable separación. Apuestan y renuncian, obvio. Porque la vida es una inacabable e implacable sucesión de renuncias para poder alcanzar ciertos logros.
Vivir es, ineludible recordatorio, esencialmente, pérdida. Somos lo que somos no solo por lo que apostamos o por quién apostamos, sino por todo aquello a lo que final y definitivamente renunciamos. Y no suele ser fácil renunciar, al igual que no es fácil apostar y batallar por algo. O alguien. Cada decisión que uno toma (o que omite) hace que optes por una senda y no por otra.
Así, no de otra manera, vas escribiendo tu historia, tu aventura, tu sin par singladura. Tres lecciones, pues. Para hacer realidad tus sueños, hay que tener fe y perseverar y resistir. Tu pareja debe ser un gran auxilio (pero no demasiado). Y, lo dicho, no siempre (casi nunca, agrego) acabamos con el amor de nuestra vida. Y Heráclito de Éfeso, recuérdalo bien. E ignora un rato a Parménides de Elea…
La mejor luz dura poquísimo tiempo
…Mia se va a Paris. Sebastian se queda en Hollywood. Pero años después, de forma casual (¿sí?), como suele juguetear el caprichoso destino con nosotros (los creyentes hablarán de diosidencias), se vuelven a encontrar. Y unos milisegundos, quizás breves minutos, esquivan la “nueva” realidad, fantaseando otra realidad alternativa de lo que pudo haber sido su vida…y, claro, no fue. Quizás no fuesen más felices con esa otra vida. O quizá sí. Y el eco, reverberación mejor, de la imperecedera Casablanca.
Y es dable recordar la gran, grandísima lección existencial de La La Land, Damien Sayre Chazelle, culmen: las personas aparecen en tu vida de forma “fugaz” con una «misión”. Cuando aparecen no significa que vayan a quedarse para siempre. Estrellas momentáneas, luces que brillan con el doble de intensidad, pero durando la mitad tiempo (memento otro imperecedero y cinéfago clásico: Blade Runner).
A veces, tontísimamente, pensamos que tal persona será el amor de nuestra vida. Y sin embargo muy probablemente no lo sea (o quizás sí…nunca se puede llegar a saber). Tantas veces, casi mejor. Esa persona que apareció tenía una misión. Sin más. Y pon comillas en misión. O no lo hagas, como te plazca. Misión, sin necesidad de vislumbrar en ese fenomenal acontecer la huella de ninguna difusa divinidad.
Sebastian y su piano
Gracias a las luces que surgen en la oscuridad
Quizás su misión fue la de hacerte dichoso en ese momento, la de hacerte crecer, la de hacerte mejor, la de recordarte cosas esenciales invisible a los ojos (El Principito). Enseñarte algo. Quizás fue la de mostrarte luz cuando sólo había desesperanza y perdición y sordidez en tu puta vida. Quizás apareció para creer en ti cuando tú ya no sabías ni en qué creías. Quizás apareció sólo para ilusionarte o quizás para mostrarte no sólo lo que quieres sino lo que no quieres. Quizá apareció simplemente para convertirte en lo que hoy eres…
…Porque somos lo que somos, pensamos como pensamos, sonreímos como sonreímos, gracias a muchas efímeras personas que florecieron y brotaron y emergieron en nuestra vida. Somos, a día de hoy, la «cristalización» muchas personas que fluyeron por nuestras vidas. Y, así, hasta que este rato que echamos por aquí, concluya. Para siempre.
Indudablemente, lo mejor de Disney, desde la magistral Coco. Feliz, felicísimo retorno a Hispanoamérica: en esta ocasión, Colombia. Contándonos subyugador relato: hipnótico diseño visual, puñado de macizas y memorables tonadas y una historia con genuino y mágico corazón. En definitiva, cautivadora fábula musical sobre los universales y casi irrompibles vínculos familiares.
Encantados
La historia de Los Madrigal, morando en la sierra colombiana, la cinta recorre desde los Andes colombianos, hozando el Valle de Cocora, pespunteando el río Quindío, hasta la Región Cafetera, transitando las selvas tropicales. Tal familia vive en un hogar muy especial en un pueblo emplazado en un maravilloso lugar de nombre Encanto. Lugar mágico donde los haya y donde todo infante, en principio, posee un don. Todos salvo una cría llamada Mirabel, inolvidable y orgullosa gafotas, que fue parida «normal». La niña, de apenas decenio de vida, intentando «revertir» durante todo el metraje tan “anómala” situación.
Mirabel y sus maravillosas gafotas bieeeeeeeen
Potentes, poderosas canciones: ocho originales de Lin-Manuel Miranda (creador y estrella original de Hamilton, Broadway). Encanto, por supuesto, contiene algunas de las mejores secuencias musicales de Disney de todos los tiempos. Y todo ello capitaneado por Byron Howard, director de las geniales Enredados y Zootrópolis: aseguradas las risas. Encanto, tan divertida como ambas joyitas.
Afortunadamente, únicos e irrepetibles
Aunque el relato no es del todo redondo, su panoplia de voces deviene sólida y su tono es consistente y elegantemente alegre, muy alegre. Casi cien minutos de pura felicidad, narrándonos cómo las debilidades pueden ser fortalezas, las fortalezas debilidades y cómo el amor incondicional, preferentemente familiar, y la arriscada determinación son infinitamente mejores que la presunta magia cuando se trata de curar a una familia irremediablemente quebrada. Despeñada, pues.
Pura alegría, puro genio, puro optimismo. Aventurera e íntima, tierna y ubérrima, dulce sin llegar al empalago, deliciosa y desenfrenada (con sutiles toques de screwball comedy), colorida como pocas. Entrañable, pues. Pureza narrativa, vigorosa energía, Encanto nos recuerda que todos los seres humanos somos únicos e irrepetibles. Algunos con unos dones, otros con otros. A veces imperceptibles a simple vista. Otras, no.
La cagadita feminazi o femibolche
¿Su mayor defecto? Acertaron, lo de siempre. El engorroso y omnipresente toque feminazi. Mejor expresado, femibolche. Cual apócrifa secuela de Frozen, a veces pareciese supersticiosa fábula sin magia alguna de empoderadas chicas/heroínas al poder. Ufff. En fin.
Recién arribada a las carteleras patrias, Dos colegas y la gran bestia, segunda parte de una cinta de animación noruega, Dos colegas al rescate, estrenada hace seis años. Triunfadora en tal país escandinavo, en España se estrenó en 2017. Casi un lustro después, secuela.
El abuelete audaz y pirata
Buscando al yayo
Nada más iniciarse nuestro relato fílmico, nos hallamos ante un desahucio casero en toda regla. Todo iba razonablemente bien para Ludiwood y Tootson, en un hogar que es un túnel. Vida sosegada, preñada de gratas y pegadizas tonadas, morando con simpático tejón, jalando mermelada y, colegueando, haciéndose bromas sin parar.
Hasta que infausto día se deja caer una conductora de trenes con devastador mensaje: deben desalojar el lugar ya que, según ella, los túneles son para trenes y no para la gente del común. Lugares poco habitables, pues. Tras el mazazo inicial, nuestros dos protagonistas idean un plan: el abuelo de Tootson, el famosísimo y aterrador y espeluznante capitán pirata Tootson, podría acudir en su ayuda. Escrutando el paradero del bizarro e incógnito yayo, nuestros dos protas visitan fascinantes y bárbaros lugares.
Muy cantarines los dos colegas
Poco rescatable, una pena
Con su indagador periplo se nos va el breve metraje de la historia, escasa hora y cuarto. Visualmente discreta, disparatada y muy irregular tramada, humor facilón, la cinta comentada se coagula siquiera antes de comenzar. Alguna gracieta molona e interesantes canciones infantiles, poco más, lo más sobresaliente en esta esforzada (e innecesaria) segunda entrega dirigida por Rune Spaans y Gunhild Enger. En fin.https://www.youtube.com/watch?v=nHmOuLjXU3I
Los lances de Morticia ( camina como levitando, tal Lisa Marie en el prodigio burtoniano Mars Attacks!), Gómez, tío Fétido, Pugsley y Miércoles carecen de la sutileza y la mordacidad que se podían tasar sobradamente en los trazos ideados por el genial Charles Addams o la sesentera serie de la caja tonta. Incluso en las dos noventeras versiones cinematográficas hábilmente pergeñadas por Barry Sonnenfeld. Los Addams se nos volvieron políticamente correctos, correctísimos. Además de bastante tediosos.
gloriosa serie del 64
La familia Addams 2, la gran escapada: chusco
Un ejemplo a vuela teclado. Miércoles Addams (icónica y admiradísima Christina Ricci) lideraba gloriosa insurrección de frikis y marginados y raritos varios contra la así llamada (sub)normalidad y todos los fariseísmos, sinrazones e injusticias que ésta velaba, culminado todo ello con aquella memorable arenga que expresaba su negativa a “compartir el pan con los peregrinos”. La innegociable identidad freak, como nítido y corrosivo y necesario discurso antisistema, demolidas en las dos últimas versiones animadas (lo de ésta última es de traca: a peor, mucho peor). Demoliendo el feroz y feraz espíritu crítico y gamberrísimo del citado creador Charles Addams y, sobre todo, de la serie original, que a pesar de su aparente candor agitaba con fiereza y acre e inteligente humor las vigas maestras del perfecto (y muy falsario) sueño/pesadilla yanqui.
Animación dirigida de nuevo por Greg Tiernan y Conrad Vernon, La familia Addams 2, la gran escapada, relato dolorosamente domesticado, uñas paulatinamente desafiladas, melladas, romas. Narración que nos cuenta disparatadas vacaciones de chiflada familia americana cataratas del Niágara, Gran Cañón y otras típicas postales turísticas estadounidenses, hibridado todo ello con una difusa trama relacionada con una trama de robo/intercambio de bebés que afecta precisamente a nuestra, en su día, querida Miércoles.
Nos han robado a los Addams
Relato, también, aparentemente iniciático. Adolescentes, aborrescentes híper-ventilados, desaforados, que no encuentran su lugar en el mundo (como nadie mínimamente razonable lo puede encontrar). En ese sentido, la ruta de postalitas turísticas por todo Estados Unidos deviene una suerte de presuntamente ingenioso freno a su irreprimible furor hormonal. En cambio, cosas veredes, vuelta de tuerca, es la yaya, en esta ocasión, se dedica a organizar clandestinamente desmadres festivos en la ahora deshabitada mansión.
Pero veamos, necesario recordatorio. ¿Dónde se hallaba el insobornable genio de Los Addams? En la imposibilidad de conciliar dos estilos de vida —la familia nuclear norteamericana frente a un delirante hedonismo ácrata, de cambiantes pero poseedores de su propia y sólida lógica amorosa— se encontraba su grandeza. Una razonable coexistencia pacífica entre ambos y punto.
La cochambrosa mercancía averiada que ahora se nos vende, inicua traición, vil felonía. Imperativo mercantil o globalista, ambos tan machihembrados, las dos muy fallidas entregas de animación senderean por la “segura” trocha de la family eco-gay- friendly chachi molona. ¿El instante abisal, hadal mejor expresado? Cuando nuestra antaño amada Miércoles declara que no es “una friki, sino una fuerza de la naturaleza”. Sic. Y brota súbita e inextinguible melancolía. Cinematográfica y vital. En fin.
Acomete el día, alborada estrepitosa. Y unos somormujos zapatean, un martín pescador escudriña su lugar bajo el sol y una tortuguita alucina en colores en este hábitat tan agitado y estremecido y trepidante. Hechizante entorno natural preñado de agua y bosques, una decena de animales de especies disímiles nacen y crecen y se observan y se persiguen y juguetean. Mientras, en el agua, una exigua merlucilla anhela ser gigantona, una púber libelulilla quiere aprender a guerrear y una salamandra desea salir de las aguas y descubrir que más allá de éstas, existe rebosante y aterida vida. También, por allí, columbramos a un castor autosuficiente que observa los movimientos de un disparatado avetoro lentiginoso que ansía llegar hasta la luna volante y volandera. En el pináculo de los árboles, una lechuza alza el vuelo cruzándose con un murciélago melómano. Un día más, sin más.
Fascinante experiencia cinematográfica
¡Buenos días, mundo!, apariencia sencilla, colosal ambición expresiva, casi un decenio de sufrido quehacer artístico. Proyecto capitaneado por los franceses Anne-Lise Koehler y Éric Serre, el fascinante resultado es un breve largometraje, de poco más de una hora, que sin embargo está construido con una minuciosidad impresionante, usando preferentemente la técnica del ‹stop motion› sobre esculturas erigidas en papel maché.
Nos hallamos ante una suerte de documental ficcionado que transita el bullir existencial de diversos animales en un lago y el bosque que les rodea. La cinta se revela como una abracadabrante y muy talentosa panoplia de los ciclos vitales de fauna y flora, mientras una voz en off conduce a los animales, desde su comienzo hasta su vida adulta, haciéndoles plantearse su lugar en el mundo y a comprender, finalmente, quiénes son. El abisal, hadal más bien, asunto de la identidad pululando e impregnando todo el prodigioso film.
Maravillosa música del corazón o nocturna sinfonía
Podemos y debemos cuestionar la discutible costumbre de antropomorfizar animales y atribuirles sentimientos y emociones humanas, una forma de animalizar, en el peor sentido, a la curiosísima especie sapiens sapiens. E, ineludible inversión, humanizar a aquellos: peligroso volteo. Sin embargo, tal avatar no empece para sentirnos embrujados durante todo el metraje, sondeando con la idónea mixtura de seriedad y viveza un ecosistema complejo y fascinador, en el que quedan bien reflejados tanto el viaje personal de cada protagonista como la relación que todos ellos establecen con su entorno.
En definitivo, magistral obra de animación que mezcla técnicas diversas. Las señeras, la citada del stop-motion, además de la animación tradicional, con fotografía virando a difusa sepia. Cientos de figuras realizadas en papel maché representan 76 especies animales, 43 especies vegetales y 4 especies de hongo. Todo ello para recordarnos oportunamente lo trascendental que es mantener y respetar el equilibrio de los ecosistemas. El film también contribuye a que observando el entorno que nos rodea, nos conozcamos y reconozcamos también a nosotros mismos y a los demás y, sobre todo, en qué consiste la fascinante aventura de crecer. De vivir, en definitiva. Todo ello tan alejado del eugenésico ecologismo antihumano que tanto se vende actualmente con la mula ciega de la farsa climática. Geoingenieros de por medio. O no…
Basada en la homónima saga de libros para infantes escrita por Erhard Dietl se nos narra la historia de los olchis, unas alienígenas y verdosas – “demasiado verdes” – criaturas tan fétidas como afectuosas. En esta aventura llegarán, cabalgando a lomos del dragón Firebottom, hasta la localidad de Smellville. Todo ello con el propósito de encontrar un hogar donde poder instalarse definitivamente.
Tipos majetes los olchis
Los ochenta son nuestros (y había cierta libertad)
Los olchis (ogglies en el original) llevan calcetines sucios (comen su «sopa», de hecho) y respiran a todas horas aire contaminado. Profieren sin descanso lenguaje extremada y jocosamente soez, haciendo constantes y, por momentos, chuscas referencias a cosas y situaciones apestosas: arcadas, regurgitaciones, vómitos, eructos, flatulencias. Hozan entre montañas de basura, conviven con residuos tóxicos, usadísimas bolsas de plástico, puercos neumáticos, charcas de alquitrán, latas oxidadas, objetos grasientos. Para ellos, Smellville es un el paraíso.
Deudora de inmortales clásicos ochenteros, como Cuenta conmigo, Los Goonies o ET, aparecen en la cinta dirigida al alimón por los alemanes Toby Genkel (la saga ¡Ups! ¿Dónde está Noé?); y Jens Møller (Lego Ninjago: Maestros del Spinjitzu o Lego Star Wars: Las crónicas de Yoda), detalles que nos retrotraen a tal década: la llegada de un elemento ajeno, críos en bicicleta que descubren un hallazgo, un villano tras el que se transparente un contundente denuncia social, en nuestro caso, feroz ataque a la desorejada corrupción empresarial e inmobiliaria.
Olchis y humanos confraternizando
¿Ecototalitarismo?
Mientras, en el ínterin, se transmite olor, pudiese ser hedor, a algo que ya hemos visto muchas veces antes: discutible mensaje a favor de la tolerancia (¿como aceptación de todo?), la valoración de lo diferente y la apuesta por una sociedad “ecologista” que convive en armonía con el entorno que nos circunda. Una ecología demasiado deudora del eco-totalitarismo eugenésico que el genocida Nuevo Orden Mundial nos tiene preparado: el ser humano deviniendo plaga del planeta.
La animación es hacendosa y trepidante y vívidamente colorida y, aliándose a la banda sonora, todo deviene frenesí y proteica acción. En conjunto, la película es entretenida y liviana, agradeciéndose de paso que aterricen cada vez más en nuestra patria cintas animación europea y procedente de otras naciones alejados de las grandes industrias hollywoodenses y adyacentes.
Muy buen cine de animación europeo
Títulos sobresalientes como El jinete del dragón o Los Elfkins (ambas también germanas), La casa mágica, Ballerina, Mina y el mundo de los sueños o la más reciente D’Artacán y los tres mosqueperros confirman la sólida evolución de la industria de animación en el viejo continente siendo todas – o casi todas – propuestas harto macizas, muy solventes y sutilmente sofisticadas que nada tienen que envidiar a eficaces títulos de DreamWorks o Disney. Incluso, específicamente, de Pixar…
…Y en las salas vascas, además del doblaje en español, si es su deseo, pueden verla en euskera. Oltxiak, pues. Además, buen euskera, se lo confirmo. En fin.