
Algunos jueves, mientras voy a realizar alguna compra a un centro comercial cercano a mi domicilio, me suelo acercar a una de esas modernas multisalas de cine. Jamás entro, simplemente me dedico a echarle un vistazo a una enorme pantalla que hay en la entrada, donde van desfilando los anuncios de las películas que están en proyección.
Por supuesto, este, entre sufrido y necesario, ejercicio es el mejor argumento para no entrar al cine ni harto de coñac, pero suele facilitarme algún detalle para escribir unas líneas en este insigne blog de Don César.
Antes de nada, debo indicar que aunque salen escenas de películas son siempre sin sonido, los diálogos aparecen siempre escritos. La cuestión es que estaba mirando el carrusel de la oferta cinematográfica y en una película me aparecen las palabras “joder” y “coño”, debidamente edulcoradas con j*der y c*ño, para no ofender la sensibilidad.
Tanto recato me resulta enternecedor. En primer lugar porque aún llaman más la atención esos palabros astericoides que los originales. Más allá de que el segundo de ellos jamás lo he usado en toda mi vida, me sorprende que con las cosas que se evacuan en televisión, con imágenes altamente censurables en horarios desaconsejables, se anden con estos remilgos hipócritas.
Pero, como siempre, aún hay más. Basta conocer como se manejan verbalmente (también por comunicaciones cibernéticas varias) nuestras elites (sé que es un oxímoron dicho calificativo, pero para que me entiendan) políticas, mediáticas, sociales, eclesiales, judiciales, etc., en sus ámbitos privados para que cause un gran estupor este tipo de prácticas fariseas.
Lo más perverso del asunto es que justifican estas prevenciones semánticas para proteger a la infancia. Esa misma infancia de los 100.000 asesinados al año en el vientre de las que deberían ser sus madres; esa misma infancia a la que se adoctrina sin compasión en los colegios; esa misma infancia que sufre el acoso en las escuelas como nunca antes; esa misma infancia a la que se le cercena la inocencia, corrompiéndola con contenidos repugnantes; esa misma infancia a la que le han robado el presente y el futuro.
En fin, que son unos hijos de perra ¡y sin asteriscos!